La Compunción del Corazón

La compunción de corazón

El pecado mortal es el obstáculo radical a la unión divina… pero el pecado venial deliberado, a su vez, impide el progreso espiritual. Decimos pecado venial deliberado porque, por lo que al pecado venial se refiere, cuando se trata de perfección, conviene distinguir cuidadosamente entre pecados veniales por fragilidad, y pecados veniales deliberados.

El pecado venial por fragilidad, por sorpresa, que se produce por nuestra debilidad, no nos detiene en el ascenso hacia Dios… por nuestra humildad salimos de él, y encontramos en él un estímulo fuerte para amar a Dios con más energías. Así, por ejemplo, santa Teresita, confesándose en una ocasión, escuchó de su confesor la afirmación de que sus pecados veniales no habían apenado a Jesús. Y se preguntaba la santa: ¿cómo es posible que un pecado no ofenda a Jesús? Pero luego comprendió que los pecados de debilidad no son los más graves, porque un acto posterior de arrepentimiento, de amor a Dios, los borra.

Pero con el pecado habitual y plenamente deliberado sucede lo contrario: si se cometen habitualmente faltas veniales deliberadas, si se cae a sangre fría, sin remordimiento, en faltas voluntarias y habituales, es imposible que el alma haga verdaderos y constantes progresos en la perfección… porque estos pecados ponen un óbice, un obstáculo, a la gracia. El alma se construye entonces un muralla de amor propio… y Dios encuentra en ella múltiples barreras que impiden la plenitud de su acción.

Muchas almas, sacerdotes también, religiosos, seminaristas... construyen estas barreras entre ellas y Dios, Prohibido entrar, parecen decirle… propiedad privada… nos reservamos el derecho de admisión. Cuando Dios encuentra estas barreras, no puede obrar. Y esta actitud puede llegar a ser un pecado contra el Espíritu Santo… pues es lo que San Pablo llama contristar al Espíritu Santo, no responder a las divinas insinuaciones, oponer diariamente un no a las inspiraciones del Espíritu Santo. Un alma que así obra, no solamente no se elevará hacia Dios, sino que corre serio riesgo de caer en faltas graves. En efecto, los pecados veniales predisponen a una ruptura completa con Dios, ya que quitan vigor a la resistencia contra la tentación, y el Espíritu Santo acaba por retirarse de un alma cuando se ve contristado con infidelidades voluntarias, Y entonces una simple sacudida bastará para hacer caer a esta alma en la culpa mortal, como nos enseña la triste experiencia, dice Dom Columba Marmion.

Esta actitud, sigue diciendo Dom Marmion, es un estado de tibieza, muy peligroso, especialmente cuando viene de pecados del espíritu, como el orgullo o la desobediencia. Y así, es de capital importancia evitarlo, cueste lo que cueste. Miremos al hijo pródigo, cuando vuelve a la casa paterna. ¿Acaso lo podríamos imaginar, después de su regreso, con aire desenfadado y presuntuoso, como si siempre hubiese sido un hijo sumiso? Sin embargo, ¿su padre no se lo perdonó todo? Por supuesto: lo recibió con los brazos abiertos, no lo echó en cara su conducta, y lo estrechó contra su corazón. Pero es que el hijo, agradecido a su padre por el perdón, y llevado por un firme arrepentimiento, aborrece su anterior conducta hacia su padre.

Supongamos ahora en esta alma, no un acto aislado de arrepentimiento, sino un estado habitual de contrición. Es entonces casi imposible que caiga en falta alguna deliberada. ¿Por qué? Porque el alma está sólidamente establecida en una disposición que por su propia naturaleza la mueve a rechazar el pecado, a saber, un estado de odio habitual al pecado. Es la compunción del corazón. Y por eso, entre la compunción y el pecado existe un estado de irreductible incompatibilidad. Tan es así, que San Bernardo emplea más de una vez la palabra compunción como sinónimo de perfección. Puesto que el alma se encuentra fortalecida en el horror del pecado, porque lo está también en el amor de Dios. Así, pues, podemos definir la compunción como un estado de contrición habitual que pone una irreductible oposición al pecado.

Veamos ahora el primer fruto de esta Columba Marmion, inducía a una piedad muy estable, que no podemos menos de admirar. Dejando de lado las inevitables excepciones, vemos a los antiguos compunción del corazón. Es la estabilidad en la vida espiritual, que tanta falta nos hace. La espiritualidad de los primeros tiempos, dice Dom monjes, reclutados a veces en medios más rudos que los nuestros, alcanzar en poco tiempo una vida interior de gran firmeza… al paso que muchas almas de nuestros días, aún entre los religiosos y consagrados a Dios, viven una vida espiritual de terrible inestabilidad. Las fluctuaciones a que están sujetas son innumerables… y sus ascensiones interiores tropiezan siempre con obstáculos, hasta el punto de verse comprometido en ellas todo progreso. ¿Cuál es la causa de estas vacilaciones espirituales? La mayoría de las veces, hay que buscarla en la falta de compunción. Por eso, no hay medio más seguro para comunicar firmeza y estabilidad a la vida interior, que impregnar el alma de espíritu de compunción. Y es una lástima, sigue diciendo Dom Marmion, que los autores modernos sean tan parcos al tratar de esta materia mientras que los antiguos místicos insistían mucho en la importancia de la compunción para el progreso espiritual, y los mayores santos practicaron y recomendaron semejante disposición del alma.

Veamos algunos ejemplos, que nos hablarán más que muchas palabras.

El primero de ellos es San Pablo, el Apóstol por excelencia. Escribiendo a los Efesios, les dice: «Sabéis que desde que llegué a vosotros no he dejado de servir a Dios con humildad y lágrimas ». Claro, el Apóstol se acuerda de los tiempos en que persiguió a la Iglesia. Y así, no se avergüenza, al escribir a su discípulo Timoteo, de acusarse de haber sido «blasfemo y perseguidor de la Iglesia ». Es más, se llama a sí mismo el primero de los pecadores, que obtuvo misericordia para que Jesucristo pudiese manifestar con él, antes que con ninguno, su inagotable longanimidad, y presentarla como ejemplo a todos aquellos que después habían de creer en Cristo. Y así, en San Pablo, el estado habitual de contrición perfecta, que llamamos compunción de corazón, crea una actitud de agradecimiento a la misericordia de Dios: «Al Rey de los siglos, inmortal e invisible, Dios único, se tribute honor y gloria por los siglos de los siglos » (1. Tim, l).

Otro ejemplo de santo converso, objeto de la misericordia divina: San Agustín. Este santo dejó escrito lo siguiente: «Hablar mucho en la oración es hacer una cosa necesaria con palabras superfluas. [Critica así la oración de aquellos que multiplican sus palabras en su oración interior]. Pero orar mucho es importunar con un movimiento piadoso del corazón a la puerta de quien llamamos, porque la oración consiste, no tanto en largos discursos y abundancia de palabras, cuanto en lágrimas y gemidos, [Hermosa definición de la oración la de San Agustín]. Pues no desconoce nuestras lágrimas quien creó con su Verbo todas las cosas, y no necesita de palabras humanas ».

Y San Benito, Patriarca de occidente, se hace eco de estas mismas expresiones. «En la oración, dice, debemos templar el alma por la compunción ». Y en otro lugar dice que «seremos atendidos, no por largos discursos, sino por la pureza de corazón y el arrepentimiento con lágrimas » (Regla, capítulo XX). También aquí se nos da una hermosa definición de la oración del monje. Y el santo Patriarca no osaría afirmar eso si no estuviera convencido de ello, y no lo hubiera experimentado él mismo. Y ¿cómo describe San Benito al monje perfecto, al hablar del duodécimo grado de humildad, cumbre de la perfección? «Ha llegado, dice, a aquel amor de Dios, que por ser perfecto, excede todo temor ». Bien. Pero ¿cuál es la actitud de este monje? «Se juzga, sigue diciendo el santo, reo de pecado en todo momento, indigno de levantar su vista al cielo ».

Este es realmente el sentimiento que se encuentra en todas las almas santas: el sentimiento de compunción del corazón.

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