La Compuncion del Corazón II

La Compunción del Corazón II

Ante todo, la compunción prepara el alma para la contemplación verdadera.

Escribe Canis Domini

Los sacerdotes pueden encontrar en la liturgia numerosos ejemplos de actitud de compunción. En efecto, la Iglesia obliga al sacerdote a adoptar esta actitud especialmente en la Santa Misa. Y así, por ejemplo.

? Antes de subir al altar, le hace confesar sus pecados: ?Confiteor Deo omnipotenti??: Yo pecador me confieso ante Dios todopoderoso? que pequé mucho de pensamiento, palabra y obra? Reconoce sus pecados delante del pueblo fiel, y pide luego su oración para que estos pecados le sean perdonados: ?Ideo precor? vos fratres, orare pro me ad Dominum Deum nostrum?.

? Cuando luego sube el altar, el sacerdote no abandona la actitud de la compunción, puesto que dice ?Aufer a nobis, quasumus, Domine, iniquitates nostras, ut ad Sancta Sanctorum puris mereamur mentibus introire?.? No se atreve el sacerdote a subir al altar de Dios sin confesar sus pecados, sin compunción del corazón, y vuelve a pedir al Señor que lo purifique de todas sus faltas, para que pueda ofrecer el santo Sacrificio con un alma santa y un corazón puro.

? Vuelve a insistir en esta disposición en el Ofertorio, cuando ofrece la sagrada Hostia: ?Suscipe, sancte Pater, hanc immaculatam hostiam??: Recibe, Padre santo, esta Hostia, esta Víctima imnaculada? No se trata sólo de presentar pan y vino, de poner los dones de pan y vino en la mesa, como se hace creer hoy, sino de ofrecer anticipadamente el cuerpo y la sangre de Nuestro Señor. ?Quam tibi offero pro innumerabilibus peccatis, et offensionibus, et negligentiis meis?: Que te ofrezco por mis innumerables pecados, ofensas y negligencias.

Sí, el sacerdote ofrece el santo Sacrificio, la Hostia inmaculada que es Cristo, ante todo por sus propios pecados, porque el sacerdote humano no es como Jesús. Jesús no tenía que ofrecer un sacrificio por Sí mismo, porque no tenía pecados, como dice San Pablo en la Epístola a los Hebreos: él era el ?Sacerdote santo, inmaculado, sin mancha, separado de los pecadores?. Pero nosotros somos pecadores… y por eso debemos tener continuamente, pero más en la santa Misa, la compunción del corazón.

? También al fin del Ofertorio la Iglesia le hace rezar al sacerdote: ?In spiritu humilitatis et in animo contrito suscipiamur a te, Domine?: Señor, recíbenos en un espíritu de humildad y con un alma contrita.

La liturgia tradicional nos da, pues, ejemplo de la compunción del corazón. ¡Qué lástima que estas oraciones hayan sido suprimidas de la liturgia nueva, de la liturgia reformada! Esta sustracción ?más allá de las intenciones de los reformadores? ha producido el efecto de destruir el espíritu de compunción, de destruir el sentido del pecado. Hoy muchos cristianos ?inclusive sacerdotes? viven como si el pecado no existiera. ?Lex orandi, lex credendi?. Aquello que se reza es aquello en lo que se cree.

Este sentimiento de compunción es la fuente de muchos frutos espirituales, como expresamente lo dice el Beato Dom Columba Marmión. Repasemos los principales.

? Ante todo, la compunción prepara el alma para la contemplación verdadera. Y es que la mirada interior del sacerdote, o del monje, o del simple fiel, cuando va purificada por la fe y el amor ?no olvidemos que la compunción viene inspirada en la caridad, y es una de sus manifestaciones más perfectas en un alma que ha pecado?, esta mirada interior, decíamos, penetra más perfectamente en las perfecciones divinas, permitiendo así al alma comprender mejor la bajeza de su ser y la distancia que lo separa del Infinito. La compunción da al alma, pues, el sentido de la nada, el sentido del hombre, el sentido de lo que es ante Dios, y así le permite vivir en la verdad. Todo eso es una actitud eminentemente contemplativa, de la contemplación verdadera.

? Además, la compunción confiere una gran delicadeza de alma para con Dios. Es fácil comprender que el haber ofendido a Dios, aunque haya sido una sola vez, conmueva íntima y profundamente a las almas penetradas de compunción. Su actual actitud de pesadumbre y de aborrecimiento del pecado demuestra una constante y sobrenatural delicadeza: una delicadeza que las lleva a evitar el pecado con más vigilancia que antes… una delicadeza que agrada mucho a Dios, y les atrae la misericordia infinita.

? Otro fruto espiritual de la compunción es la alegría y el gozo espiritual, pues el estado del alma de que vamos hablando no está en ningún modo en contradicción con la confianza y el gozo espiritual, y con las efusiones del amor, y con la complacencia en Dios. El recuerdo de las faltas pasadas va siempre acompañado del recuerdo de los perdones divinos, de las misericordias del Señor, de sus innumerables condescendencias para con almas que tanto lo han ofendido.

Como decía Santa Teresita del Niño Jesús, que jamás cometió pecado mortal alguno: ?Aunque hubiera cometido miles de pecados mortales, no perdería mi confianza en la misericordia infinita de Dios?.

? También produce, excita y alimenta el fervor interior, debido a que las almas compungidas aspiran a reparar sus faltas pasadas redoblando su generosidad y su amor.

? La compunción, finalmente, inspira al alma la desconfianza en sí misma, pero la vuelve admirablemente confiada en Dios y dócil a la acción divina, extremadamente atenta a los movimientos del Espíritu, a las inspiraciones de la gracia.

? Vemos así la importancia de esta compunción del corazón. Sin embargo, conviene notar que la compunción no exige, ni mucho menos, acordarse de todos los detalles de las culpas pasadas, muchos de los cuales podrían ser peligrosos y provocar de nuevo antiguas tentaciones, sino que consiste sencillamente en el recuerdo general de haber ofendido a Dios, y en una actitud de arrepentimiento habitual, de humildad, de acción de gracias ante la misericordia divina.

Por eso mismo, debemos hacer frecuentemente un examen de conciencia cobre este tema de la compunción del corazón. ¿Tenemos verdadera compunción, verdadera contrición de nuestros pecados, aunque sólo sean veniales? Los confesamos seguramente, pero ¿estamos arrepentidos de ellos como se debe? ¿Nuestros propósitos de enmienda son eficaces, o quedan esterilizados por la poca intensidad o seriedad de la contrición? Debemos recordar que la contrición forma parte de la materia de la Penitencia… y así la eficacia de este sacramento depende en gran parte de nuestra contrición.

Trabajemos también en adquirir propósitos firmes. Puede ayudar el consejo de San Vicente de Paúl a las Hijas de la Caridad, que se confesaban de muchas faltas veniales, labrando verdaderas letanías de ellas. Les dijo el Santo: ?En lugar de una enumeración material de una multitud de pecados veniales que se escapan a vuestra flaqueza, confesar con temor y dolor sólo tres pecados veniales, pero que sean los que más vergüenza les dan?. Esto es, no hace falta confesar todos los pecados veniales de los que podemos tener memoria… pero sí es una ayuda preciosa tratar de discernir los principales, los más repetitivos, los que indican en nosotros una resistencia más tenaz y más habitual a la gracia.

Sobre esos pecados hemos de trabajar más seriamente, haciendo recaer sobre ellos la fuerza de nuestros propósitos. De este modo aprenderemos a conocernos mejor, y nuestros propósitos, más determinados, serán también más eficaces.

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Tales afirmaciones se oponen al dogma que afirma que la religión católica es la única religión verdadera (cf. Syllabus, proposición 21). Se trata de un dogma, y lo que se le opone se llama herejía. Dios no puede contradecirse a sí mismo.

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