El Sacerdote Frente al Desprecio

El sacerdote frente al desprecio

Tomado de ?El Cura de Ars? de Francis Trochu

Si un pastor no quiere condenarse, decía, en cuanto se introduce un desorden en la parroquia, es necesario que ponga bajo los pies el respeto humano, el temor de ser despreciado y el odio de los feligreses… aunque esté seguro de que al bajar del púlpito será asesinado, no debe arredrarse.

Escribe Canis Domini

El bien no puede practicarse sin el sufrimiento… «no hay redención sin derramamiento de sangre ». Los santos no edificaron nada, sino sobre la base del sacrificio. El pastor de Ars conocía de sobra esta doctrina y se azotaba cruelmente y se imponía los ayunos más rigurosos para la conversión de su amada grey. Mas, por especial designio del Señor, otros dolores más acerbos había de sufrir de parte de la malicia más o menos consciente de los hombres.

Es imposible combatir desórdenes inveterados y arraigados vicios sin provocar resistencias. Estas resistencias el Rdo. Vianney las presentía y las aguardaba.

Si un pastor no quiere condenarse, decía, en cuanto se introduce un desorden en la parroquia, es necesario que ponga bajo los pies el respeto humano, el temor de ser despreciado y el odio de los feligreses… aunque esté seguro de que al bajar del púlpito será asesinado, no debe arredrarse. Un pastor que quiera cumplir con su deber siempre ha de estar espada en mano.

San Pablo ya lo había escrito a los fieles de Corinto: «Gustosísimo me sacrificaré una o más veces por vosotros, aunque amándoos más, sea menos amado » (II Cor. XII, 13).

El Cura de Ars «no quería condenarse ». Sus feligreses se convencieron bien pronto de ello. Durante muchos meses, los que acudieron al templo oyeron caer sobre ellos, desde el púlpito, reproches, exhortaciones y amenazas casi continuas. El predicador gustaba de repetir, al verles tan flojos y bostezando: «Cuando yo estoy entre vosotros no siento ningún fastidio ». Ellos lo encontraban ingrato (ingrat), lo que en su modo de hablar equivale a desagradable y provocativo.

« ¿Predicaba mucho rato el señor Cura?, dijo al señor Dremieux Mons. Convert.

-Sí, mucho rato y siempre sobre el infierno... Daba frecuentes palmadas y decía: « ¡Hijos míos, estáis perdidos! » También se golpeaba el pecho. ¡Qué firmeza tenía!... No falta quienes dicen que no hay infierno. ¡Ah!, él sí que creía en él ».

Más tarde, cuando su parroquia había mejorado sensiblemente, prefería mostrar a sus feligreses los atractivos de la virtud que la fealdad del vicio.

Sin duda, que inconscientemente y arrebatado por el celo, se dejó llevar, al principio de su apostolado, de su carácter sensible, nervioso e impulsivo. «He de deciros, procuraba repetir con frecuencia, que hay una ira santa, que nace de mi celo por los intereses de Dios ». No era partidario de las medianías. Sin embargo, siempre se dejó llevar menos por el temperamento que por el deber. Si nunca fue brusco donde convenía manifestarse conciliador y suave, tampoco jamás se detuvo cuando se imponían las resoluciones enérgicas. A través del pecador, por el que sentía gran compasión, descubría el pecado, por el cual no tenía misericordia.

Su manera de actuar no era la misma de sus antecesores.

Comenzaron las críticas en el seno de las familias: a tal niño no había querido absolverle… su primera comunión había sido diferida hasta el año siguiente. Y todavía peor: «Es porque se trata de mi hijo », decían las madres picadas en su amor propio. Además, aquel nuevo cura ¿no se mostraba demasiado riguroso con los profanadores del domingo, contra los que frecuentaban la taberna y contra los con currentes al baile?... Naturalmente, se indispuso con todos los taberneros. Si él no quiere vivir como todo el mundo, puesto que es sacerdote, cumple con su deber, ¡pero al menos que deje en paz a los otros! Así hablaban, entre copa y copa, aquellos filósofos de secano. ...

Las quejas y los chismes de las personas que había amonestado y de los penitentes a quienes había negado la absolución, llegaban a oídos del austero confesor. Y él no lo ocultaba.

"Si un pastor, dijo después de proferir violentas invectivas contra los malos ejemplos de los padres, quiere que conozcan sus faltas y las de sus hijos, montan en cólera, le vituperan, hablan mal de él y le hacen objeto de mil contradicciones..."

Si un habitante, prosigue, tiene algo contra su pastor porque le ha dicho alguna cosa para el bien de su alma, en seguida surge la inquina: hablará mal de él… oirá con gusto que otros hablan así, y echará a mala parte cuanto se le diga... Otra vez será una persona a quien habrá negado la absolución… se revolverá contra su confesor y será a sus ojos peor que el demonio.

La animosidad, en ciertos hogares, duró largo tiempo. El Rdo. Vianney tuvo ocasión de experimentarlo penosamente durante la revolución de 1830. Causa extrañeza que las jornadas de julio hubiesen tenido repercusión en la pequeña aldea de Ars. Y, sin embargo, así fue. «Siete de sus feligreses, a quienes parecía demasiado severo, diéronle a entender que tendría que dejar aquel pueblo »... Claro está que aquellos hombres no eran los más edificantes de la parroquia. Si bien el Cura de Ars no conservó para con ellos ninguna amargura ni habló jamás de ellos sino con dulzura, y en la intimidad, con todo, la prueba fue para él muy penosa...

Algo peor le aguardaba. Permite a veces Dios que las almas más puras sean víctimas de las más odiosas calumnias y de ello no exceptúa a los ministros del altar. «Con motivo de un hecho escandaloso -una desgraciada joven que había perdido su honor, acababa de ser madre en una casa contigua a la del párroco-, cuatro miserables intentaron empañar la reputación del siervo de Dios... No fue sino un rumor que no hizo fortuna y que su virtud desvaneció al momento, pues nadie jamás había sorprendido en su conducta cosa alguna digna del menor reproche o que diese pie a la menor sospecha ». A pesar de esto, cubrieron de inmundicias su puerta y no faltó quien, por espacio de dieciocho meses, le insultase por la noche desde bajo las ventanas, como si se tratase de un hombre de vida disoluta.

Parecía que ninguna humillación o sufrimiento moral había de serle perdonado. En 1823 fue restablecida la diócesis de Belley y Ars dejó de pertenecer al arzobispado de Lión. Mons. Devie, su nuevo obispo, no le conocía. Comenzaron a llegar cartas anónimas a manos del prelado, quien creyó un deber «enviar al cura de Trevoux, deán del señor Vianney, para que hiciese una información sobre su conducta ». Se ignora de qué manera se hizo, pero lo cierto es que las imputaciones calumniosas quedaron reducidas a la nada.

¿No era, acaso, al recordar estos penosos incidentes, cuando decía al fin de su vida: «Si al llegar a Ars hubiese sabido lo que allí había de sufrir, me hubiera muerto del susto »?. Vivió, en efecto, horas de verdadera agonía. Hubo un momento, refiere un testigo de su vida, «que llegó a estar tan cansado de los falsos rumores que algunos se atrevieron a propalar sobre su fama, que quiso dejar la parroquia y lo hubiera hecho si una persona de su intimidad no le hubiese convencido de que su partida equivalía a una tácita confirmación de las calumnias ».

Entonces «se abandonó más en brazos de la Providencia », y mientras su corazón se sublevaba contra la ignominia -pues se trataba de su honor sacerdotal- perdonaba a los culpables… más aún: les trataba como amigos. «Si hubiera podido colmarles de bienes lo hubiera hecho gustoso. » Así fue cómo ayudó en un revés de fortuna a una familia que le había perseguido... «Uno de sus miembros murió en un manicomio… mas el reverendo Vianney, a pesar de que sabía de quiénes se trataba, jamás hizo mención de ello y buscó todas las ocasiones para serles útil ». «Hay que rogar por ellos », decía al alcalde señor Mandy, indignado ante el proceder de gente tan miserable. A un sacerdote que se lamentaba de ser el blanco de las iras de los malos, le aconsejaba: «Haced como yo: les he dejado decir cuanto han querido, y de esta manera han acabado por callarse ».

Las almas - santas «convierten en suavidad todas las amarguras ». «Sé -cuenta otro testigo- que el señor Vianney no solamente soporta con paciencia tan indignos tratos, sino que además encuentra en el sufrir un gozo sobrenatural. Más tarde llamaba a esta época el mejor tiempo de su existencia. Hubiera deseado que el señor obispo, convencido de su culpabilidad, lo hubiese alejado de su parroquia para darle tiempo de llorar en el retiro su pobre vida ». En febrero de 1843 hacía a muchas personas atónitas estas confidencias: «Pensaba que vendría un tiempo en que me echarían de Ars a palos, o que el señor obispo me quitaría las licencias, 0 que acabaría mis días en una cárcel... Veo que no rnerezco estas gracias ». Y después de la información del deán de Trevoux, al ver que Mons. Devie, lejos de retirarle de la parroquia, le conservaba gustoso en ella, decía: «Me dejan aquí corno un perrito en el lazo. ¡Me conocen demasiado! ». ¡He aquí al Santo! El Cura de Ars llegó al grado más heroico de humildad: no solamente a un completo despego de los honores, sino al desprecio de su reputación. El moral, lejos de abatirle, fue para él un estímulo… fue en su alma el auxiliar de Dios que le modeló, como el escultor con el cincel modela la estatua al esculpir el mármol.

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Henchidos de toda injusticia, malicia, codicia, maldad, llenos de envidia, homicidio, riña, dolos, malignidad; murmuradores, calumniadores, aborrecedores de Dios, indolentes, soberbios, fanfarrones, inventores de maldades, desobedientes a sus padres; insensatos, desleales, hombres sin amor y sin misericordia. Y si bien conocen que según lo establecido por Dios los que practican tales cosas son dignos de muerte, no sólo las hacen, sino que también se complacen en los que las practican.

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