El Espíritu Litúrgico de la Pascua

Una de las carencias más graves de los católicos actuales es la ignorancia litúrgica. La liturgia ha sido, desde siempre la fuente nutricia de la Fe del pueblo sencillo y hasta de clero menos ilustrado. Por eso aún en épocas de grandes crisis, la Fe se mantuvo universalmente sólida. Hoy, en cambio, la reforma litúrgica y los abusos subsecuentes han destruido prácticamente el sentido litúrgico de la mayoría de los fieles y –penoso pero rigurosamente concatenado- el del clero. Este resumen del espíritu de la liturgia pascual, brillante y sucintamente evocado por el autor, abarca desde el domingo de septuagésima hasta el domingo “in albis”, es decir, el primero después del de Pascua. El Dr. Fraga describe esencialmente la liturgia romana tradicional en una síntesis enriquecedora. Iniciemos el tiempo de pasión con la lectura de este artículo verdaderamente inspirador.

Escribe Ricardo Fraga

La liturgia es el ámbito sagrado donde resplandecen y se actualizan los “divinos misterios” de la vida, pasión, muerte y resurrección de nuestro Salvador.

Tales misterios salvíficos llegan a nosotros mediante la celebración de los signos litúrgicos, por medio de los cuales se manifiesta en el tiempo histórico la realidad permanente de la Redención obrada por el Verbo de Dios según aquello de Clemente de Alejandría: “yo te encuentro, Señor, en los misterios”.

En ellos lucen de manera específica los fines sobrenaturales de toda alabanza: el fin latréutico o de adoración, el fin eucarístico o de acción de gracias y los fines impetratorio y propiciatorio ordenados a nuestra salvación.

La adoración al Padre, por el Hijo, en el Espíritu Santo constituye el núcleo del culto trinitario que se sostiene y perfecciona en la mediación universal de Jesucristo.

Los tiempos litúrgicos tienen como único eje la fiesta principal y primordial de la Pascua que se renueva en un triple ciclo: diario, hebdomadario (semanal) y anual y cuyo centro es siempre la “domínica”, es decir, el domingo o “día del Señor” (feria prima o “una sabbati”, primer día después del “sabbat”).

Dichas temporadas corresponden a un ciclo cristológico (con fiestas movibles) y abarcan, bien la Pascua (con su preparación que es la cuaresma), bien la Natividad (con fecha fija y cuya introducción es el adviento), o a un ciclo todo él con fiestas fijas en el calendario civil que designa el “propio de los santos”.

El ciclo pascual es, como queda dicho, el eje central del cual proceden y al cual retornan todas las variables litúrgicas. Vemos en él tres momentos graduales de aproximación: uno remoto que es la septuagésima (en teoría setenta días anteriores a la Pascua, época en que desaparece de la celebración eucarística y del canto de la Horas el festivo aleluya), uno próximo que es la quadragésima (vale decir la cuaresma) y otro inmediato que es el tiempo de Pasión.

La llegada del domingo pascual se prolonga con una octava privilegiada que concluye con la llamada domínica de “quasi modo” o “in albis”, día a partir del cual los neófitos (bautizados en la vigilia pascual) dejaban de llevar sus blancas vestiduras.

El tiempo pascual que se inicia aquí conduce a la “pentecoste” (Pentecostés) o corona de cincuenta días que, también con su octava, exalta la manifestación del Espíritu Santo y que tiene digno corolario en la subsiguiente festividad de la Santísima Trinidad (primer domingo después de Pentecostés).

La cuaresma tiene un marcado origen bíblico (además de litúrgico): Moisés y Elías practicaron rigurosos ayunos cuaresmales en el Antiguo Testamento y, ya en el Nuevo, Jesucristo mismo santificó esta práctica con sus cuarenta días en el desierto (Mt. 4,1-11) que concluye con las tentaciones del demonio, perícopa evangélica que la Iglesia lee en la I° domínica de cuaresma.

La significación penitencial de la cuaresma se traduce en la triple sintonía de: oración, abstinencia y limosna, a las cuales aluden con frecuencia los himnos de las Horas canónicas u Oficio divino (breviario) como, vg., el “Audi, benigne Conditor” (himno de vísperas) cuya cuarta estrofa sintetiza de modo notable la relación entre las prácticas exteriores y el movimiento interior del corazón: “concédenos que el cuerpo exterior / de tal modo se quebrante por la abstinencia / que el espíritu sobrio / ayune enteramente de mancha de pecado”.

Actualmente la cuaresma comienza con el siempre célebre “miércoles de ceniza” (“caput jejunii” en la antigua denominación), precedido como supo estar por la celebración de una desenfrenada fiesta pagana: las carnestolendas (o carnaval) que bien podrían significar el “adiós a la carne”, de la cual se privaban nuestros antepasados casi a todo lo largo de este tiempo sacrificial.

La cuaresma consta ahora, en rigor, de cuatro domínicas cuyo sentido hondamente expiatorio lo condensa el prefacio del tiempo: “qui corporali jejunio vitia comprimis, mentem elevas, virtutem largiris et praemia” (que “con el ayuno corporal, domas nuestras pasiones, elevas la mente, nos das la virtud y el premio”).

Caracterizase también este ciclo por las “misas estacionales” (una para cada día) que se remontan a los primeros siglos de la Iglesia de Roma y que han dejado un delicado aroma de antigüedad litúrgica en nuestro Misal. En la estacional de la basílica de los santos mártires Juan y Pablo se destaca por la contundencia de su expresión doctrinal y ascética la “oración sobre el pueblo”: “protege, Señor, a tu pueblo, y límpiale, bondadoso, de todos los pecados pues no le dañará adversidad alguna, mientras no le domine alguna maldad” que, en latín, tiene una perfección clásica difícilmente superable: “quia nulla ei nocebit adversitas, si nulla ei dominetur iniquitas”.

Al tiempo cuaresmal propiamente dicho le sigue en la liturgia romana de corte tradicional el llamado “tiempo de pasión” con sus dos significadas domínicas: a) de Pasión (en la cual, conforme las primitivas normas de celebración se velan las imágenes, gesto ahora de hondo contenido dramático) y b) Domingo de Ramos, día de señalados contrastes poéticos ya que, por un lado, presenta una notoria dimensión jubilosa con la bendición de las palmas y la procesión de entrada en Jerusalén (momento en que se entona el delicioso motete pueril “Gloria, laus” compuesto por el español Teodulfo en el año 821, o más bien, se entonaba ya que ahora la ramplona música profana llevada al altar ha hecho tabla rasa de este tesoro litúrgico-musical) y, por otra parte, ya en la misa se canta en tono llano la Pasión del Señor según san Mateo.

Este tiempo está todo él consagrado a la memoria del triunfo de la Cruz como lo atestigua tanto el himno de vísperas: “vexilia regis prodeunt / fulget crucis mysterium”, esto es, “las banderas del rey ondean / brilla en alto el misterio de la cruz”, como por el prefacio, que no se amilana en evocar que: “pusiste (Padre) la salvación del género humano en el árbol de la cruz, para que de donde salió la muerte, saliese la vida, y el que en un árbol venció (el demonio), en un árbol fuese vencido”.

La Pascua arriba con la Semana Mayor o Santa que, como se ve, se inaugura con la domínica “in Palmis”. La pascua judía en la cual se inmolaban los corderos (Éxodo 12,1-11) tenía (y tiene) lugar el 14 del primer mes o mes de Nisán, día de la crucifixión de Cristo, “verdadero Cordero que quita los pecados del mundo”.

Desde muy antiguo en Oriente (en general) se conmemoró la pascua en este mismo día (orden cronológico), en tanto que en Occidente se privilegió la prevalencia altamente simbólica del domingo y la no coincidencia con la prefiguración de la pascua hebrea. Esto dio lugar a la disputadísima “controversia pascual” que concluyó con el concilio de Nicea (año 325) que determinó que la festividad caería siempre el domingo siguiente a la luna llena del equinoccio de primavera (21 de marzo en el hemisferio norte), esto es, desde el 22 de marzo hasta el 25 de abril.


Al siguiente día, el Lunes Santo la Iglesia proclama el evangelio de san Juan con el conmovedor relato de la unción de los pies de Jesús por parte de María de Betania. El Martes y Miércoles Santo, respectivamente, se canta la pasión según san Marcos y según san Lucas.

El denominado “Oficio de tinieblas” no constituye otra cosa, en rigor, que el canto lastimoso de los maitines y laudes del triduo sacro, a medida que se van extinguiendo las luces del tenebrario.

El Jueves Santo presenta una doble orientación litúrgica: por la mañana en las iglesias catedrales el obispo con todo el clero celebra la misa crismal, en la cual se confeccionan los santos óleos y el crisma que se utilizarán en la administración de los santos sacramentos (bautismo, confirmación, orden sagrado, unción de los enfermos, consagraciones). Por la tarde (a la caída del sol) tiene lugar la misa “in coena domini” (memoria de la sagrada Cena del Señor), recuerdo viviente de la institución de la sagrada Eucaristía, que incluye la ceremonia del “mandatum” o lavatorio de pies que conmemora, precisamente, el nuevo y revolucionario mandamiento del amor mutuo o caridad sobrenatural del amor al prójimo por amor de Dios.

Al fin de la misa el Santísimo Sacramento es públicamente expuesto para su adoración hasta la medianoche, en tanto el clero procede a la denudación de los altares al ritmo elegíaco del salmo 21, pronunciado por el rey David como prefigura de la Pasión.

El Viernes Santo (solemne jornada de dolor dedicada al ayuno y a la abstinencia) hacia la hora de nona (tres de la tarde solar) la Iglesia se concentra en una sobria y austera “acción litúrgica” (que no es la santa misa) y, en la cual, sucesivamente, se entona la Pasión según san Juan, se rezan las oraciones solemnes por las necesidades de la Iglesia y del mundo, se adora el santo madero de la Cruz y, por último, se accede a la sagrada Comunión.

Durante la adoración del Leño el coro alterna los famosos “improperios”: “pueblo mío, ¿qué te hice yo? O, ¿en qué te contristé? ¡Respóndeme!”, al tiempo que se van recordando todos los declarados beneficios de Yavé en la antigua alianza.

Si bien no de origen exactamente litúrgico, es este el día especial para la celebración del santo vía crucis, práctica tradicional que, configurada canónicamente en el mundo medieval arranca, en verdad, de las antiquísimas peregrinaciones a Jerusalén.

El Sábado Santo (llamado todavía por algunos “sábado de gloria”) es un día alitúrgico dedicado todo él al silencio ante el sepulcro del Señor y a la meditación por la desolación de María, su santísima Madre. Hacia el anochecer empezará la celebración de la vigilia pascual, apoteosis de fe y caridad para la cual la Iglesia ha reservado sus tesoros poéticos, musicales y simbólicos más elocuentes y prestigiosos, obra anónima y genial, verdaderamente popular, de largos siglos y que hoy, por vanas excusas “pastorales” que más bien son acidia y pereza del clero, se ven odiosamente sustituidos por una bazofia profana sin gusto alguno, cuando no francamente sacrílega.

La vigilia principia, en el exterior, con la bendición del fuego nuevo sacado del pedernal y el cirio pascual que, al encenderse, marca el momento triunfal de la Resurrección de Jesús. Dentro ya del templo el diacono canta el “Exultet” o pregón pascual, obra soberbia de las letras cristianas que contiene en todo su meduloso desarrollo toda la catequesis kerigmática de la Pascua: “exulte ya la angélica turba de los cielos, exulten los divinos misterios…”; pieza dogmática magistral donde la expansión del amor hace proclamar a la Iglesia: “¡oh feliz culpa que mereció tener tal y tan grande Redentor!”

Las variadas lecturas de la vigilia se explican por su básica significación bautismal y están (o estaban) destinadas, principalmente, a los catecúmenos que en esta dichosa noche recibirían las aguas de la regeneración. Por ello junto con el canto de las letanías se bendice el agua lustral, se renuevan las promesas bautismales y, al comenzar el rezo de la misa de la Resurrección, renace alborozado el cántico gradual, alternado y gregoriano del aleluya.

La misa de la domínica contiene el sencillo y conmovedor relato de la resurrección que trae san Marcos y, previo a su lectura, se canta la bellísima secuencia “Victimae paschali laudes”, obra del s. XI atribuida a Wipo: “la muerte y la vida lucharon un duelo admirable / el Señor de la Vida reina vivo después de muerto”.

El acento particularmente bautismal de la Pascua ha sido recordado recientemente por el Papa Benedicto XVI: “Así la cuaresma tenía, y sigue teniendo, el carácter de un itinerario bautismal, en el sentido de que ayuda a mantener despierta la conciencia de que ser cristianos se realiza siempre como un nuevo hacerse cristianos: nunca es una historia concluida que queda a nuestras espaldas, sino un camino que exige siempre un nuevo ejercicio” (“L´osservatore romano”, 08/02/08).

¡Felices Pascuas para todos!

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