Una Apología de la Muerte

La polémica generada por el film "Mar Adentro" del chileno Alejandro Amenabar, estrenada hace pocos días en España con ostentoso apoyo del gobierno socialista de Zapatero, es una lisa y llana apología de la eutanasia. El artículo que reproducimos no duda en afirmar que "el cineasta ha optado por el camino trillado de la corrección política: la buena factura de la película y unas interpretaciones excelentes no disimulan un mensaje trucado y manipulador". Aquí los fundamentos.

Por Fernando Alonso Barahona

Ramón Sampedro sufre un desgraciado accidente mientras nadaba en la playa, en el mar que le había dado el trabajo y lo mejor de su vida. A consecuencia del golpe queda tetrapléjico y durante casi treinta años su vida se reduce a la habitación de una tranquila aldea gallega donde vive con su padre, su hermano, su cuñada y su sobrino. Cuando expresa su deseo de morir recibe varias visitas. Una de ellas es Julia, abogada de la llamada Asociación por la Muerte Digna (que sufre una enfermedad degenerativa), y la otra es Rosa, una mujer separada que quiere insuflar deseos de vida en el enfermo. Ramón insiste en un proceso legal que permita que le sea practicada la eutanasia activa, pero no lo consigue. Un día, con la ayuda de varias personas y ante una cámara de vídeo, toma la decisión de beber un compuesto de arsénico y opta de este modo por dar término voluntario a su existencia.

Es difícil referirse desde la frialdad objetiva a una película que ha supuesto todo un derroche de publicidad en los medios de comunicación y cuyo estreno casi se ha convertido en un acto institucional, con la presencia del presidente del Gobierno y buena parte de sus ministros. Ciertamente Alejandro Amenábar (Santiago de Chile, 1972) está ya muy lejos de aquel cineasta modesto que rodaba Tesis en condiciones casi amateur. El éxito de la notable Los otros parecía presagiar una carrera independiente y cercana al cine de género. Pero Amenábar ha optado por la corrección política y prefiere contar con todos los apoyos institucionales a la hora de enfrentarse a esta nueva etapa de su carrera.

Mar adentro, que es una pieza artesanalmente irreprochable con una fotografía sobresaliente y un acabado notable producto de su generoso presupuesto, podría subtitularse "Apología de la muerte". El sacrificio de la poesía y el sentimiento (para qué recordar a Vidor, Borzage, Sirk o McCarey) en aras de la tesis y la sutil manipulación del espectador, lastra el resultado final de una historia que hace aguas en muchos de sus vectores.

Ramón Sampedro ha decidido morir… sin embargo la historia nos describe un hombre con sentido del humor, con toda una familia detrás (la esforzada cuñada, el hermano, el padre, el sobrino al que casi considera un hijo) y además rodeado de admiradoras que incluso sienten celos entre ellas: los personajes de Julia y Rosa, que pugnan por estar a su lado, cada una por razones muy diferentes. Por si fuera poco Sampedro publica un libro de poemas y el éxito se dispone a llamar a su puerta.

La muerte parece algo etéreo, distante, ajeno a la vida. Tan sólo el contraste entre el hombre joven que se golpeó en la playa y el hombre maduro condenado a la habitación y a la cama, ofrecen una nota de dramatismo a la película.

Hay una secuencia especialmente deshonesta, y es la que describe el diálogo imposible (Sampedro se niega a bajar de su habitación y su interlocutor no alcanza a subir en su silla de ruedas) entre el sacerdote también tetrapléjico (encarnado por José María Pou) y el protagonista. Ambos personajes son reales y ciertamente la figura de ese sacerdote atado a su silla de ruedas, pero con esperanza y deseos de vivir, es un ser humano tal vez más interesante para una película que el propio Sampedro. Sin embargo Amenábar lo desprecia y le somete a una lamentable escena en la que queda de manifiesto el carácter discursivo de la película. Una tesis que no admite una esperanza más allá de la materia, y que, además, no quiere el diálogo ni la confrontación de opiniones. Exactamente igual sucede al llegar al desenlace: la auténtica muerte indigna del personaje ante una cámara de vídeo y poco después de haber confesado que no hay ninguna posibilidad de más allá y que todo concluye con la vida terrena.

Amenábar demuestra no ser honesto en sus planteamientos. Por un lado quiere reflejar la soledad del ser humano, pero -probablemente para no ahuyentar a los espectadores- no llega al final de sus propuestas. La tragedia íntima de un hombre encadenado a una silla de ruedas y sin fe apenas se manifiesta en las imágenes. Sin embargo se derrocha imaginación: el enfermo sueña que anda y que vuela acariciando el mar, y por si fuera poco todos se esfuerzan en ayudarle, incluso las mujeres se lo disputan. La pantalla se torna entonces luminosa, casi de estampa turística rezumando romanticismo.

La muerte sola y desnuda considerada como el final absoluto es terrible, pero las imágenes soslayan esa muerte y ofrecen el paisaje hermoso del mar como indicando la paz y el sosiego. Paradójicamente, Mar adentro, siendo una apología de la muerte, termina por escamotear la auténtica descripción de la muerte, seguro que demasiado dolorosa para una película comercial.

Sin duda lo que más asusta de la obra son los componentes de esa llamada Asociación por la Muerte Digna, auténticas aves de mal agüero, que sobrevuelan -cual buitres despiadados- en torno a las probables víctimas para intentar acelerar su muerte.

La conversión de Rosa, un personaje fresco y alegre, en la persona que decide ayudar a morir, tampoco está bien descrita. El tema de la muerte a través del amor ("la persona que me ame de veras me ayudará a morir", dice Sampedro en un instante dramático) tiene numerosos antecedentes literarios y fílmicos. Ahí está la leyenda trágica del hombre lobo, al que sólo una mujer enamorada puede liberar de su maldición y ha de hacerlo clavando la cruz de Mayenza o una bala de plata en el cuerpo de su amado. Pero la poesía y el tono fantástico no aparecen en Mar Adentro. El resultado, de este modo, se torna teórico, como si obedeciera a un plan estratégico meditado hasta sus más pequeños detalles.

Javier Bardem hace un buen trabajo, igual que Belén Rueda (espléndida como Julia) y el resto del reparto. Las secuencias de la casa gallega tienen fuerza y hay momentos intensos como los reproches del hermano mayor de Sampedro (el único que se niega a la eutanasia activa) o las cenas en el caserón en semipenumbra. Pero Mar Adentro se queda en la epidermis del problema, en la extrema corrección política de un melodrama refinado pero frío, en el que la tesis se impone al sentimiento.

Tomado de ]]>El Semanal Digital]]>

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