Loreto: Leyenda o Milagro (Parte I)

Como es sabido por todos los católicos, la Santa Casa de Nazaret fue trasladada milagrosamente por los ángeles ante el peligro de ser destruida, durante la primera expansión musulmana. Después de diversas peripecias se estableció en Loreto, Italia, donde una hermosa basílica protege la sagrada reliquia. Dado que en los últimos años se ha puesto en duda la veracidad de este prodigio, el autor ha querido demostrar, con amplia fundamentación histórica que es verdad lo que los católicos siempre hemos creído. Incluso cuando lo nieguen en el propio santuario lauretano.

Indice completo de la obra

1. - Contexto histórico: el siglo XIII

1. 1. La Cristiandad y el Islam

1.2. La cuarta cruzada: el final del imperio

1.3. Los reyes cristianos y el imperio Bizantino

1.4. La Iglesia católica y el cisma de Oriente

1.5. San Juan de Acre: el principio del final

2. - Nazareth: la Casa de la Santísima Virgen

3. - Loreto: la Santa Casa

4. - La Traslación

5. - Conclusión

Primera entrega.

I.- Contexto histórico: el siglo XIII.

1.1. Islam y Cristiandad. Los Santos Lugares

Si Roma y Bizancio, Oriente y Occidente, son dos polos entre los cuales gira la historia durante la época del Bajo Imperio y de la alta Edad Media, desde que a las costas mediterráneas se asoman los turbantes árabes, la Cristiandad europea condensa y acumula sus energías para enfrentarse con el Islam, que avanza conquistador en gigantesca maniobra envolvente. Todo el resto de la Edad Media se verá condicionado por la tensión religiosa, cultural y militar entre estos dos campos: Islam y Cristiandad. Los califas, sucesores de Mahoma, salen espada en mano de los límites de los desiertos de Arabia para arrebatar a los bizantinos la Siria (639), la Palestina (Jerusalén cae en 637), Egipto (640) y adueñarse del antiguo y poderoso Imperio de Persia (624-651). Al entrar en contacto con países de régimen monárquico y elevada civilización, los Árabes no pueden menos que modificar su organización política y enriquecer su cultura por asimilación, haciéndose invasores más fuertes. Cuando los califas Omeyas asientan su capital en Damasco (661), dan comienzo los ataques sistemáticos a Bizancio, cuyo primer asedio tiene lugar por mar y tierra en el año de 672. No cejarán en su empeño más que tras siete años y tras comprobar la magnífica defensa de la capital del Bósforo.

En Asia llegaran hasta Samarcanda y Turquestán, luego caerán sobre Cirene y Trípoli… siguiendo hacia occidente, a finales del siglo VII, las tropas del emir de Tánger, Muza-ben-Nosair, avistan las costas Atlánticas. Mezclados con los bereberes, que se convierten al Islam, dominan el estrecho de Gibraltar y, aprovechando las divisiones internas del reino visigodo ocupan casi toda la península ibérica. A partir del 720 salvan los Pirineos, devastan el ducado de Aquitania, conquistan Narbona, Carcasona y Nimes, llegando hasta el Loira en el 731. Carlos Martel les derrota en Poitiers en 732. Cien años mis tarde son dueños de Sicilia y se proponen la conquista de Italia con el objeto de alzar una mezquita sobre el Vaticano, como lo hizo Omar sobre el Templo de Jerusalén. El Mediterráneo toma carácter de lago musulmán. No creamos, sin embargo, en la superioridad de la raza árabe. Realizada la conquista, tuvieron que ser tolerantes con los pueblos vencidos para mantenerles sujetos, aunque no lo consiguieron siempre, teniendo que acudir a otras razas o dinastías islamizadas, como los bereberes, seléucidas y otomanos.

Esta amenaza constante del mundo musulmán, lo mismo en Oriente que en Occidente, llevó a un trance decisivo: el enfrentamiento entre Cristiandad e Islam, antagonismo que justificará la dramática epopeya de las Cruzadas. La causa y origen de éstas hay que buscarlo en la creciente y amenazadora marea otomana de una parte, y de otra en la costumbre de los cristianos de peregrinar a Palestina, en expiación de sus pecados y veneración de los Santos Lugares. También influyó el cambio de actitud de la Iglesia católica frente a la guerra. A la militia secularis la Iglesia oponía la militia Christi. La guerra se justificaba cuando se hacía por defender a la Iglesia o por amparar a los débiles y desvalidos inocentes… posteriormente también cuando era contra los paganos. No con carácter cristianamente universal, ni dirigidas por el Papa, hubo en Oriente guerras que por buscar la reconquista de Tierra Santa, profanada por los enemigos de la Cruz, podían justificarse como santas, si bien en ellas había también una finalidad política. Las cruzadas en España y Sicilia fueron precedentes justificativos.

Un tiempo de convivencia, tiempos de persecución...

Sin embargo, a los peregrinos no les ponían dificultades los nuevos gobernantes de Palestina. Había continuas peregrinaciones que constituían una fuente de ingresos para los árabes. En Jerusalén y otros lugares vivían muchos cristianos sin recibir molestia de nadie y practicaban pacíficamente su religión, al menos desde 636. La afluencia de peregrinos comenzó a crecer en el siglo X. Belén, Nazaret, Tiberíades, el Jordán y, sobre todo, Jerusalén. Pero con la revolución política que puso toda Palestina en manos de los fatimitas de Egipto (969) la presión sobre los cristianos aumentó y la iglesia de Jerusalén pidió socorro en el año 1000. El Califa fatimita, de Egipto AI-Hakern, fanático, cruel y extravagante, dio orden al gobernador de Siria de destruir el Santo Sepulcro y aniquilar en Jerusalén todo lo que tuviese sabor cristiano. Basílicas y monasterios cayeron bajo la piqueta demoledora. Entre 1009 y 1020, cristianos y judíos vieron sus casas, saqueadas y sus personas ferozmente perseguidas. Muchos huyeron, otros apostataron y los que se quedaron fueron obligados a portar distintivos infamantes. Tras esta persecución, que duró diez años, su hijo Al-Zahil, en 1027, mandó que se reconstruyesen los Santos Lugares, a cambio de que en Constantinopla se restaurase una antigua mezquita.

El renovado concurso de peregrinos, con sus ofrendas y limosnas, hizo que se reconstruyesen rápidamente los santuarios, ahora no bajo protectorado franco sino bizantino. Con la conversión de Hungría al cristianismo, los viajes por tierra se facilitan… pero desde que el cisma oriental se consuma por obra del Patriarca Miguel Cerulario (1054), los latinos que se dirigen a Tierra Santa se sienten molestados por los griegos cismáticos durante sus viajes. Estas condiciones del Oriente se transforman súbitamente cuando los turcos seléucidas, originarios del Turquestán y convertidos a la religión de Mahoma, arrebatan en 1064 el califato de Bagdad. Cuatro años más tarde pasan el Éufrates y se apoderan de Cesarea y Capadocia, saqueando la tumba e iglesia de San Basilio.

Repliéganse los bizantinos para cobrar fuerzas y poder contraatacar con mis fuerza, pero todo fue en vano. Los 100.000 hombres de Romano IV Diógenes son aniquilados en la batalla de Manciquerta (1071) y el propio emperador cae prisionero. Los turcos entran en Damasco (1076) y expulsan de Palestina a los fatimitas de Egipto, quienes se ven forzados a entregar la ciudad de Jerusalén en 1078. Dado el fanatismo de los nuevos señores las peregrinaciones resultan difíciles y peligrosas. No solamente los lugares santificados por Nuestro Señor y por la Santísima Virgen, también las iglesias mis célebres de la antigüedad van sucumbiendo a la invasión turca. Antioquía en 1084… tres años antes Nicea… Esmirna en 1092. Oriente tiembla bajo la sombra de las cimitarras. En el 1073 el emperador Miguel VII había pedido auxilio al Papa Gregorio VII prometiéndole acatar el primado romano. Inmediatamente se pone al habla con los príncipes y señores de Occidente… no se podía desaprovechar tan magnífica ocasión de reunificación. Rescatar el Santo Sepulcro es una razón importante pero le mueve, más la esperanza de reducir la Iglesia griega y las otras de Oriente a la unión con Roma.

El Reino Latino de Jerusalén

No será Gregorio VII, sino su segundo sucesor Urbano II el elegido por Dios para levantar las fuerzas de Occidente y lanzarlas contra el terrible enemigo de la cristiandad. El 18 de noviembre de 1095, en Clermont con la asistencia de 14 arzobispos, 250 obispos y cerca de 400 abades, en la apertura del Concilio, Urbano tenía ya tomada la resolución de predicar la Cruzada. El Papa, finalizada la Asamblea, se dirigió a la multitud fuera de las murallas de la ciudad y exhortó con ardientes palabras a poner fin a las luchas, fratricidas entre cristianos y reservar sus fuerzas para la liberación de sus hermanos de Oriente y la reconquista de Tierra Santa, profanada, por los infieles. Morir en tan sagrada empresa era morir por Cristo. Indescriptible fue el entusiasmo, que se apoderó de todos los oyentes y el grito de iDios lo quiere! resonó en Clermont… lo que el Papa pretende es la liberación de las iglesias de Oriente y la reconquista de los Santos Lugares. Urbano II no se dirige a los reyes, ni a los príncipes sino a los caballeros y a los señores feudales que lo siguieron con decisión y entusiasmo. Con cuatro ejércitos convergerían por distintos caminos en Constantinopla, el duque de Lorena, Godofredo de Boullion los dirigirá hasta la toma de Jerusalén, cerca de 30.000 hombres se dieron cita en Constantinopla: Nicea (1097), Antioquía de Siria (1098). Iconio, Tarso, Beirut, Sidón, Cesarea... El 7 de Junio de 1099 entraban en Emaús. Por fin, el 15 de julio, viernes, tomaron la ciudad de Jerusalén. Godofredo de Bouillon, duque de Lorena, al ser ungido el 22 de julio de 1099, no quiso llamarse rey sino defensor del Santo Sepulcro. Así comienza el reino cristiano de Jerusalén que no cumplirá 90 años.

En el año 1160 tras la muerte del califa, sube al poder en Egipto Saladino, inaugurando la dinastía de los Ayubitas. Muerto el señor de Siria y Mesopotamia, Saladino conquista Siria hasta el Éufrates y el Yemen. Jerusalén quedaba cercada salvo hacia el mar. La división y el caos campaban por sus respetos en el reino cristiano. Edessa había caído. Se firmó una, tregua con Saladino (1180)… pero el Maestre de los Templarios, Renaud de Chatillon tuvo la audacia de tomar el puerto de Aila a orillas del mar Rojo… avanzó hasta Adén y amenazó la ciudad de Medina, aprisionando a los peregrinos que iban a la Meca, en 1187 sorprendió una caravana capturando a la hermana de Saladino. El Califa predicó la guerra santa en todo el Oriente. En la terrible y desesperada batalla de Hattin, bajo el sol abrasador de julio de 1187 cayeron prisioneros Renaud de Chatillon y Guido de Lusignan, rey de Jerusalén. Saladino mismo dio muerte al maestre de los Templarios con su cimitarra. El ejército cristiano fue aniquilado. El 2 de octubre de 1187 Saladino entraba en Jerusalén. Arrancó cruces y campanas, intentando borrar toda señal de cristianismo… destruyó los monasterios y convirtió las iglesias en establos a excepción del Santo Sepulcro que fue confiado a los griegos a cambio de un tributo anual de 40.000 monedas de oro.

1.2. La cuarta cruzada:

Saladino había muerto en 1193, repartiendo sus dominios entre sus 17 hijos… su hermano, Malek-el-Adel, logró adueñarse de Egipto y Siria. Nadie en Occidente podía oponerse al poderío del sultán, que en 1197 arrebató Jafa a los cristianos… nadie sino Enrique VI hijo de Federico Barbarroja. El ambicioso emperador había prometido al Papa Celestino III equipar una flota y enviar un poderoso ejército a Oriente. Pero no era el ideal religioso el que movía a Enrique VI sino el pensamiento cesáreo de hacer suyos todos los territorios cristianos de Palestina y Siria y de imponer su título imperial así en Oriente como en Occidente. Como señor de Sicilia y heredero de los normandos, abrigaba la ambición ancestral de luchar contra los bizantinos y arrebatar la corona al emperador de Constantinopla.

En las dietas de Gelnhausen y Worms (Octubre-Diciembre del 1195), se ultimaron los preparativos de lo que debiera ser la IV Cruzada: Duques y arzobispos alemanes bajaron con sus tropas al sur de Italia y en septiembre de 1197 partieron de Mesina por mar hacia San Juan de Acre. El emperador armaba una gigantesca flota que se dirigiría hacia Oriente, pero quién sabia dónde. Los cruzados alemanes, acaudillados por el duque de Lorena, reconquistaron Beirut y Sidón y decidieron marchar sobre Jerusalén. Pero la noticia de la muerte, el 28 de septiembre, de Enrique VI desalentó a los más y los resultados quedaron en mediocres. Estos resultados avivaron en el Papa Inocencio III, que acababa de subir al trono pontificio, el anhelo de promover una gran Cruzada con la cooperación de todos los reinos cristianos. Inocencio III entabló relaciones con el emperador bizantino, Alejo III, en orden a la unión de las Iglesias, y con la esperanza de que el monarca fuese uno de los mejores adalides de la Cruzada contra el turco. Pidió el Papa informes sobre la situación de Tierra Santa a los grandes Maestres de las Ordenes militares… tomó bajo su protección al rey de Jerusalén Amalrico II sucesor de Enrique de Champaña, negoció con el rey de Armenia, que estaba ya en unión con la Iglesia romana… obtuvo la paz entre Ricardo Corazón de León y Felipe Augusto (enero, 1199)… en fin, exhortaba a todos los príncipes, obispos y abades, trataba de recoger subsidios y enviaba predicadores de la Cruzada. Pero los reyes no respondieron al llamamiento. Los dos pretendientes al trono alemán, Otán de Brunswick (güelfo) y Felipe de Suabia (gibelino), se hacían la guerra mutuamente y el monarca, francés estaba muy entretenido y prefería seguir al lado de Inés de Merania.1

El abad cisterciense de París y el abad de Citeaux recorrieron Francia, Alemania e Italia moviéndoles a tomar la Cruz.

Finalmente, reunidos los nobles de Champaña en Ecry para un torneo, noviembre de 1199, se resolvieron a tomar la Cruz tras la predicación del párroco de Neuilly, el francés Fulco. Entre ellos el conde Teobaldo de Champaña, el conde Luis de Blois, Simón de Monfort y Godofredo de Villehardouin, historiador de la Cruzada. Les siguieron otros feudatarios de Francia y Flandes, destacando Balduino, conde Flandes. La cuestión era quién acaudillaría la expedición. Convinieron que Teobaldo de Champaña. Harían la ruta por mar y dirigirían su ataque primero a Egipto donde se hallaba el corazón de las fuerzas islámicas. En febrero de 1201 Villehardouin, con otros cinco caballeros, partieron a Venecia a ajustar un Pacto con la República, poderosísima en el Mediterráneo, solicitando barcos y marineros que transportasen los ejércitos cruzados a Oriente. El Dux Enrique Dindolo, viejo zorro de 84 años, previó el partido que podía sacar de aquella empresa y accedió en los siguientes términos: Venecia pondría barcos de transporte para 4.500 caballos con otros tantos caballeros, 9.000 escuderos y 20.000 infantes con vituallas para nueve meses, a condición de que los cruzados le pagasen 85.000 marcos de plata en cuatro plazos, antes de mayo de 1202. Además la Serenísima armaría 50 buques de guerra a su costa para participar en la empresa, de cuyas conquistas se le daría la mitad. Informado en detalle Inocencio III de este contrato, lo aprobó con la única condición de que los expedicionarios no atacasen a ningún cristiano. La falta de idealismo religioso de los venecianos y su torcida voluntad se manifestó cuando rechazaron indignamente al cardenal Pedro de San Marcelo, delegado apostólico del Papa en la Cruzada.

Al regresar Villehardouin a Francia, con el Pacto firmado, encontró al valeroso Teobaldo de Champaña gravemente enfermo, murió el 6 de mayo de 1201. Era preciso elegir otro jefe. Resultó elegido Bonifacio, marqués de Montferrato, hermano de Conrado, héroe en Palestina y que fue asesinado en 1192, tras ser nombrado rey de Jerusalén. Bonifacio fue a tomar la Cruz al monasterio de Citeaux.

La mayor parte de los cruzados descendían hacia Italia en verano del 1202 y se concentraban en San Nicolás del Lido aguardando la llegada de las naves venecianas. Su situación se volvía cada vez más angustiosa porque sus jefes no habían alcanzado a pagar más que 50.000 marcos a Venecia y ésta se negaba al embarque mientras no se satisficiera la deuda. No podían renunciar a la empresa y tampoco quedarse a morir allí sin víveres... Tuvieron, finalmente, que rendirse a una intriga veneciana: la República de Venecia aceptaba retrasar el pago de la deuda hasta después de las conquistas siempre que los cruzados ayudasen a Venecia a recobrar, del rey de Hungría, la ciudad de Zara, en Dalmacia.

"El oro se ha convertido en escoria y la plata se ha cubierto de orín cuando, apartándoos del recto canino y de la pureza de vuestro primer propósito, abandonasteis el arado y mirasteis hacia atrás, como la mujer de Lot". Así reprendía, ásperamente, Inocencio III2 a los cruzados, especialmente a los venecianos, por la conquista, y saqueo de Zara, ciudad cristiana, y les conminaba bajo pena de excomunión si seguían destruyéndola y no restituían lo robado a los embajadores del rey de Hungría. El 9 de noviembre la gran flota, dirigida por el propio Dux se había situado frente a Zara y tras un asedio de varios días la había hecho capitular… muchos quedaron en las costas dálmatas aguardando al marqués de Monferrato… algunos, los menos, abandonaron la expedición en señal de protesta.

El 2 de diciembre el marqués se unió a su ejército. Pero en Venecia los jefes militares habían sucumbido a otra intriga política de mucha mayor envergadura. En Constantinopla, Alejo III, hermano del emperador Isaac II Ángel, lo destronó y encarceló, junto con su hijo Alejo el Joven, haciéndose con la corona ilegítimamente. Cuando Alejo el Joven consiguió evadirse hacia Occidente en 1201 buscó apoyos por doquier, incluso en Roma, para recuperar el trono imperial. Felipe de Suabia, su cuñado, le escuchó y le prometió su ayuda. Ambos pensaron que el mejor modo de triunfar era dirigir contra Constantinopla el poderoso ejército cruzado en lugar de disponerlo contra los musulmanes en Egipto. No les supuso gran esfuerzo convencer al marqués de Monferrato, emparentado con princesas bizantinas. Su hermano Conrado II había apoyado a Isaac II en su Ilegada al trono. La idea de reponerle en él le pareció bien al caudillo… pero necesitaban el asentimiento de los demás jefes cruzados y, sobre todo, de Venecia. En enero de 1203, los embajadores de Felipe de Suabia Ilegaron a Zara, con las propuestas del príncipe Alejo, ofreciendo compensar a los cruzados con más de 200.000 marcos de plata y la seguridad de que reconquistado el trono prestaría obediencia a la Iglesia romana… contribuiría a la Cruzada contra los turcos con 10.000 soldados y dejaría en Palestina una guarnición permanente de 500 caballeros.

La disputa entre los jefes fue larga y tensa. Cuando, finalmente y contra la voluntad del Papa, decidieron aceptar la oferta del príncipe bizantino, no menos de 2.000 cruzados, con Simón de Monfort a la cabeza, abandonaron Zara rumbo a Italia y embarcarse, por su cuenta hacia la Palestina. La gran armada zarpó el 20 de abril rumbo a Corfú llevando consigo a Alejo el Joven. El 24 de mayo levaron anclas hacia Constantinopla… cuatro días antes expedía Inocencio III una carta a los cruzados prohibiéndoles terminantemente atacar al Imperio bizantino so pretexto de que éste no obedecía a la Sede Apostólica o de que el emperador reinante había usurpado el poder tras haber cegado y encarcelado a su hermano. Era demasiado tarde. El 23 de junio de 1203 Ilegaba la flota a San Estéfano, a tres leguas de Constantinopla. Las negociaciones con Alejo III fracasaron y comenzó la batalla.

El asalto general tuvo lugar el 17 de julio de 1203. Desde el primer momento el cobarde Alejo III no pensaba más que en huir, y así lo hizo después de Ilevarse todo el oro y pedrería que pudo. Cuando a la mañana siguiente el pueblo se enteró de la fuga del emperador, liberó en la cárcel al ciego Isaac II, lo revistió de los ornamentos imperiales y le prestó juramento de obediencia. El joven Alejo se apresuró a entrar en la ciudad, pero los cruzados no se lo permitieron hasta que su padre no garantizara las promesas que el príncipe les hiciera. Hecho esto, el joven príncipe es asociado al trono y coronado con el nombre de Alejo IV. El triunfo parecía definitivo, en la opulenta Constantinopla encontrarían oro para todos… los venecianos verían el auge de su potencia comercial… los cruzados recibirían constantes refuerzos para atacar a los musulmanes… y el Romano Pontífice ejercería su autoridad suprema sobre la Iglesia griega. De estos dos argumentos hicieron uso ante Inocencio III para justificar su desobediencia. La primera desilusión vino, pronto… Bizancio empobrecida no pudo aportar más de 100.000 marcos de plata, de los cuales 86.000 los tomaron los venecianos. Además entre latinos y griegos había continuos roces… los cruzados quisieron quemar una mezquita y matar a turcos y árabes, el incendio se extendió por la ciudad. causando grandes daños.

Alejo Ducas3 traidor a su monarca, excitando los sentimientos nacionalistas del pueblo y de los soldados de palacio, promovió un motín, hizo estrangular a Alejo IV, volvió a encarcelar al viejo Isaac II, quien no tardó en morir de tristeza, y se proclamó emperador como Alejo V. Constantinopla empezó a armarse contra los invasores. El Dux veneciano, el marqués de Monferrato, los condes de Flandes y Blois, tras larga y madura reflexión, tomaron la decisión de apoderarse por la fuerza de la ciudad y de todo el Imperio bizantino, a pesar de que no contaban más que con 20.000 hombres. Convinieron que tras la victoria una comisión de doce electores, seis de Venecia y seis de los francos, elegiría un emperador latino a quien se le concedería la cuarta parte del Imperio… de los otros tres cuartos, la mitad se la quedaría Venecia y la otra mitad se les distribuiría a los caballeros en forma de feudos. Los venecianos se reservaron el derecho de nombrar el Patriarca de Constantinopla. El primer asalto, el 9 de abril, fracasó. El doce se repitió el ataque y el trece, al salir el sol, las calles aparecieron desiertas. Sólo una procesión de clérigos atravesaba las calles implorando piedad a los vencedores. La ciudad ardía en llamas y los cruzados se derramaron por la ciudad, saqueando, asesinando, raptando y violando... La cuarta cruzada concluía con la toma y saqueo de Constantinopla provocando el fraccionamiento del Imperio bizantino y la fundación en su territorio de varios Estados, unos latinos y otros griegos. Los primeros recibieron la organización imperante en Occidente. Los francos fundaron los siguientes: el Imperio latino de Constantinopla, el reino de Tesalónica, el Principado de Acaya (en Morea, Peloponeso) y el Ducado de Atenas en la Grecia central.

El poderío de Venecia se extendió sobre las islas bizantinas en aguas egeas y jónicas. Junto a esos Estados se crearon tres Estados griegos independientes en el dividido territorio del Imperio oriental: el Imperio de Nicea, el de Trebisonda, en Asia Menor, y el despotado del Epiro, en el noroeste de Grecia. Balduino, conde de Flandes, fue elegido emperador de Constantinopla. Guillermo de Champlitte, y después Godofredo de Villehardouin, gobernaron como príncipes de Acaya. Otón de la Roche fue duque de Atenas y Tebas. En los Estados griegos, Teodoro I Lascaris reinaba en Nicea (Bitinia)… en Trebisonda, Alejo I Comneno, y como Déspota del Epiro comenzó a gobernar Miguel I Angel Ducas Comneno. Eran remiendos nuevos en odres viejos...

1.3. Los reyes cristianos y el Imperio Bizantino:

Los dos estados vecinos de este complejo rompecabezas -el segundo imperio búlgaro y el sultanato de Iconion, en Asia menor- participaron activamente, sobre todo Bulgaria, en el desarrollo que, a partir de 1204, tuvo lugar sobre las ruinas del Imperio bizantino.

Todo el siglo XIII transcurrió en continuas luchas de dichos Estados, que efectuaron entre sí las mis dispares e inestables combinaciones. Ora lucharon los griegos contra los usurpadores francos, turcos y búlgaros… ora unos griegos pelearon contra otros griegos introduciendo nuevos elementos de discordia en la perturbada vida bizantina… ora los francos se batieron contra los búlgaros y así sucesivamente. A esos choques militares seguían alianzas y pactos diversos, quebrantados con la misma facilidad como fueron convenidos. Tras la catástrofe de 1204 se planteó el problema de saber cuál sería el centro político, económico, religioso y cultural en torno al cual pudiera desarrollarse un principio de unión y orden. Los estados feudales de occidente y las posesiones mercantiles venecianas, siguiendo cada uno sus propios intereses, contribuyeron, dentro de la anarquía general, a aumentar la desintegración del Imperio, no acertando a reconstituir un orden nuevo ni a conservar intacta la herencia que recibieron a raíz de la cuarta cruzada.

A la muerte de Teodoro I Lascaris, fundador del imperio griego de Nicea, subió al trono Juan Ducas Vatatzés (1222-1254) casado con Irene, hija de Teodoro. Juan fue el gobernante enérgico que precisaba la situación exterior. En aquel momento cuatro estados se disputaban la preponderancia en Oriente: el imperio latino, el de Nicea, el despotado de Epiro y el imperio Búlgaro de Juan Asen II. La política de Juan III Ducas consistió en alternar guerras y alianzas con un Estado o con otro. Por suerte para él, los tres Estados de la península Balcánica no se pusieron nunca de acuerdo para una acción decisiva siguiendo una política titubeante. Una cosa era necesaria para asegurar el desarrollo ulterior del imperio Niceno: la desaparición del déspota de Epiro, segundo Estado griego en cuyo torno se agrupaban los patriotas y de donde podía nacer una restauración del Imperio bizantino al margen de Nicea. Al no lograr ambos Estados Ilegar a concesiones mutuas que permitiesen la unificación helénica, debá¬an entrar forzosamente en conflicto tarde o temprano.

El fundador del despotado de Epiro, en 1204, había sido Miguel I Ángel. La familia de los Ángeles de Epiro estaba emparentada con los Comnenos y los Ducas. En un principio las posesiones del despotado de Epiro se extendían desde Durres (puerto comercial al oeste de Tirana), al norte, hasta el golfo de Corinto al sur, abarcando los territorios del Epiro y las antiguas Acamania y Etolia. El nuevo Estado tenía su capital en Arta. El despotado no tenía un gobierno interior muy diferente al que tenía antes del 1204 cuando sólo era una parte del Imperio Bizantino. Las formas de gobierno sólo cambiaron de nombre y el pueblo seguía viviendo bajo las instituciones bizantinas. El despotado se hallaba rodeado por doquier de estados latinos y eslavos. Por tanto, el Epiro hubo de crear una fuerza militar considerable, que le permitiera, en su caso, resistir al enemigo exterior. El suelo, montañoso y abrupto facilitaba la tarea. El déspota Miguel I Ángel se consideraba soberano independiente y no reconocía la superioridad de Teodoro Lascaris en Nicea.

También la Iglesia del despotado era independiente. Miguel I ordenó que los metropolitanos del despotado invistiesen a los obispos. La primera tarea que se propuso el despotado fue mantener el helenismo en el occidente de Grecia, evitando que lo absorbieran los francos y búlgaros. Bajo Teodoro Lascaris, Nicea no tuvo conflictos serios con el Epiro. Las circunstancias cambiaron con la exaltación de Juan III al poder. En ese momento el trono del Epiro lo ocupaba Teodoro, reinante desde el asesinato de su hermano Miguel. Bajo el reinado del déspota Teodoro se desarrolló la idea de ensanchar las fronteras del Epiro a expensas de latinos y búlgaros. El nuevo déspota ejecutó como primera proeza el apresamiento del emperador latino de Constantinopla, Pedro de Courtenay. Al morir Enrique, en 1216, los barones eligieron como emperador a Pedro, esposo de Yolanda, la hermana de Balduino y Enrique. Pedro se hallaba en Francia y tras ser informado partió para Bizancio con su esposa. De camino, se detuvo en Roma, donde el Papa Honorio III le coronó emperador, no en San Pedro, sino en San Lorenzo Extramuros, queriendo así remarcar que los dos imperios, Oriente y Occidente, eran distintos.

Luego que su mujer embarcó para Constantinopla, Pedro atravesó el Adriático con su ejército y desembarcó en Dyrrachium, contando Ilegar a Constantinopla por tierra. Pero Teodoro Ángel le tendió una emboscada en los desfiladeros del Epiro y lo capturó prisionero. Aquella hazaña fue muy al gusto bizantino y produjo gran impresión sobre todo en Occidente. Pedro de Courtenay murió en el cautiverio y su mujer Yolanda gobernó dos años, hasta, su muerte, en Constantinopla. La política antilatina de Teodoro Ángel no se detuvo allí. No tardó en presentarse la cuestión de Tesalónica, cuyo monarca Bonifacio de Monferrato había muerto en 1207 en un choque con los búlgaros. Al morir también Pedro de Courtenay, Tesalónica no pudo resistir la poítica ofensiva de Teodoro Ángel. Este declaró la guerra al reino latino, obtuvo una victoria y tomó, sin gran trabajo, Tesalónica en 1222, segunda ciudad del Imperio bizantino y primer feudo del Imperio latino de Constantinopla. Con la toma de Tesalónica y el crecimiento del despotado de Epiro, que ahora Ilegaba del Adriático al Egeo, Teodoro Ángel entendió que tenía derecho a la corona de emperador de los romanos. Esto equivalía a negar el título a Juan III Vatatzés, recientemente exaltado al trono de Nicea. Teodoro del Epiro consideraba que, como representante de las familias de los Ángeles, Comnenos y Ducas, tenía prelación sobre Juan III, hombre de origen poco brillante, sólo Ilegado al trono por su matrimonio con la hija de Teodoro Lascaris.

Se planteó la cuestión de saber quién debía coronar a Teodoro Ángel en Salónica. El metropolitano local rehusó, no queriendo atentar a los derechos del patriarca de Constantinopla, entonces en Nicea, y que había coronado a Juan III. El arzobispo independiente de Acáricha y de toda Bulgaria, Demetrio Comatenos coronó a Teodoro, dándole la santa unción. La proclamación de Teodoro como emperador de Constantinopla debía implicar la ruptura política entre Tesalónica y Nicea y la escisión religiosa entre la Iglesia griega occidental y el patriarcado de Nicea, que se Ilamaba el patriarcado de Constantinopla. En consecuencia, a partir de 1222, fecha en que fue proclamado el imperio de Tesalónica hubo en el Oriente cristiano tres imperios: los dos griegos de Nicea y Tesalónica y el latino de Constantinopla. Los dos emperadores griegos, Juan y Teodoro, tenían un enemigo común: el emperador de Constantinopla. Pero los dos emperadores eran incapaces de unirse porque ambos ambicionaban adueñarse de Constantinopla. La Europa occidental, sabedora de los progresos de Nicea y Epiro, sintió inquietud por el imperio latino. Esta tensión duró hasta 1259 en que se libró la famosa batalla de Pelagonia en la que Miguel Paleólogo, ayudado por griegos, turcos, kumanos y eslavos, venció estrepitosamente a la coalición organizada por el déspota de Epiro y su yerno Manfredo, hijo bastardo de Federico II, junto con el príncipe de Acaya, quien cayó prisionero.

La batalla de Pelagonia4 tuvo importancia decisiva para la restauración de Imperio bizantino. Los territorios del déspota del Epiro quedaron reducidos a sus posesiones hereditarias. El imperio latino quedaba privado del apoyo del príncipe de Acaya y en Constantinopla reinaba el débil y apático Balduino II. Para asegurar mis el éxito Miguel Paleólogo firmó, en marzo de 1261, un acuerdo con los genoveses, convenio que traspasaba a los genoveses la supremacía comercial ejercida por los venecianos hasta aquel momento. El mar Negro quedaba cerrado a todos los mercaderes extranjeros salvo los genoveses y pisanos, fieles a Miguel. La flota genovesa quedó comprometida con el Paleólogo, siempre que no fuese utilizada contra el Papa o los amigos de Génova… pero Miguel aspiraba a utilizarla contra Constantinopla. El 25 de julio de 1261 los tropas de Miguel Paleólogo se apoderaron sin combate de Constantinopla. Balduino II huyó a Negroponto, el patriarca latino y los representantes del clero latino lograron abandonar la ciudad antes de ser ocupada. Miguel hizo cegar al infortunado Juan IV Lascaris, que contaba siete años, heredero del trono de Nicea, y el mismo Miguel restaurador del imperio con el nombre de Miguel VIII, fundó la dinastía de los Paleólogos. Nicea se trasladó a Constantinopla.

Así cayó el Imperio latino de Bizancio, creación de la caballería occidental de los cruzados, de la egoísta política comercial de los venecianos y de la idea jerárquica del Papado. Había durado cincuenta y siete años y dejaba tras de sí la ruina y la anarquía.

El reino griego del Epiro, se desmoronó a mediados del siglo XIV frente al empuje otomano.

1 Reina de Francia, murió en 1201. Hija de Bertoldo de Tirol. En 1196 Felipe Augusto repudió a Ingeburga y casó con ella a pesar de las amenazas de excomunión de Inocencio III. Al cabo de cuatro años, cuando el Papa puso en entredicho el reino, se separó de Inés, que fue a refugiarse al castillo de Poissy donde murió de sobreparto. Dejó dos hijos, Felipe conde de Clermont, y María, segunda esposa del duque de Lorena.

2 Inocencio III: Su nombre era Lotario, hijo de Trasinumdo, conde de Segni, y de Claricia Scotti. Era pues de familia noble y había nacido en Anagni en 1160. Estudió Teología y derecho canónico, en París, bajo Pedro de Corbeil. Vuelto a Roma en 1185, fue nombrado canónigo de San Pedro y en 1187 su tío Clemente III le hizo cardenal. El día que se celebraron las exequias de Celestino III, enemigo de su familia, el 8 de enero de 1198, el cardenal Lotario, por elección unánime, le sucedió con el nombre de Inocencio III, aunque excelente escritor su auténtica vocación era la de rector y gobernante de la Iglesia.

3 Alejo Ducas: yerno de Alejo III Ángel. Hizo matar a Alejo IV el Joven en 1204 proclamándose emperador. Se dispuso resistir a los Cruzados e intentó envenenar en un banquete a sus jefes, pero la prudente desconfianza de Dándolo, Dux de Venecia, hizo fracasar el atentado. En la batalla por Constantinopla contra los Cruzados intentó un simulacro de defensa en el palacio de Bucoleón, pero no tardó en huir con todo lo que pudo llevarse de valor. Reinó, pues, dos meses y cuatro días. Se refugió en Zagora, donde su suegro le mandó sacar los ojos. Hecho más tarde prisionero por Thieffy de Sos, el emperador Balduino le mandó arrojar desde lo alto de la columna de Teodosio el Grande.

4 Hacia 1258, el imperio de Nicea era la principal amenaza para todos los estados, latinos o griegos. El más poderoso de todos era sin duda el principado franco de Acaya, pero el déspota de Epiro había dotado un hábiI sistema de alianzas casando a dos hijas suyas con Guillermo de Acaya y con Manfredo rey de Sicilia. Todos ellos, aunque tenían intereses incompatibles, estaban unidos contra Nicea. Miguel Paleólogo, excelente soldado y diplomático se había hecho coronar co-emperador al lado del niño Teodoro, legitimo heredero de la corona imperial, e intentó conjurar el peligro por medios diplomáticos pero fracasó… incluso escribió al Papa Alejandro tentándole con la unión de las Iglesias. Miguel Paleólogo no pudo evitar la guerra. Reunió 10.000 hombres y se dirigió a la Ilanura de Pelagonia. Los coaligados se juntaban en Italia: Manfredo envió a su suegro 400 caballeros, alemanes y un contingente de infantería siciliana… en Arta se les unió el ejército del Epiro y Guillermo de Acaya con caballería franca y con infantería del Peloponeso. Llegados a Tesal donde gobernaba. Juan, hijo bastardo de Miguel de Epiro, que se les unió con un contingente Válaco, se les unieron fuerzas procedentes del ducado de Atenas. La coalición superaba. numéricamente a los Nicenos pero era débil ya que, al menos Guillermo de Acaya, Miguel de Epiro y Manfredo aspiraban dominar Constantinopla… a ello se unía la animadversión tradicional. entre griegos y latinos. Con esto, sucedió que algunos caballeros dispensaron demasiadas atenciones a la hermosa esposa de Juan de Tesalia y éste al no conseguir satisfacción de Guillermo de Acaya, decidió abandonar. Furioso arrastró también a su padre, quien se dio cuenta que una victoria favorecería más a sus yernos que a él. El hecho es que la noche antes de la batalla, los contingentes de Tesalia y Epiro se retiraron… al amanecer, los latinos se encontraron solos frente al ataque de los de Nicea… la coalición fue derrotada y Guillermo de Acaya apresado. La batalla confirmó la supremacia de Nicea en la región y el debilitamiento hasta la extinción de los otros reinos.

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Tales afirmaciones se oponen al dogma que afirma que la religión católica es la única religión verdadera (cf. Syllabus, proposición 21). Se trata de un dogma, y lo que se le opone se llama herejía. Dios no puede contradecirse a sí mismo.

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En estos meses, desde su visita a Chile, Irlanda y con la publicación de los desastres morales que afloran en todas partes, curiosamente siempre relacionados con conocidos, protegidos o favorecedores de Francisco, su posición se ha vuelto sumamente delicada. Tal el caso de la impresionante protección que brindó a Mons. Zanchetta, ex obispo de Orán, Salta,cuyos detalles se pueden conocer en este artículo

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Henchidos de toda injusticia, malicia, codicia, maldad, llenos de envidia, homicidio, riña, dolos, malignidad; murmuradores, calumniadores, aborrecedores de Dios, indolentes, soberbios, fanfarrones, inventores de maldades, desobedientes a sus padres; insensatos, desleales, hombres sin amor y sin misericordia. Y si bien conocen que según lo establecido por Dios los que practican tales cosas son dignos de muerte, no sólo las hacen, sino que también se complacen en los que las practican.

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"Hoy, 25 de Noviembre, queremos salir a proclamar a Cristo como Rey de nuestras vidas y de nuestra sociedad. Frente a las numerosas negaciones e intentos de hacer desaparecer la Fe en Jesucristo, salimos hoy a las calles para cantar la Gloria de Nuestro Señor, para reconocerlo frente al mundo: Él es nuestro Salvador, Él es nuestro Señor, Él es nuestro Rey."

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Y 335º aniversario de la liberación de Viena del asedio turco: recordando la liberación de Viena.

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la Peregrinación pone en lugar principal el conocimiento y amor a la misa tradicional. La misa se convierte en el centro de los tres días de peregrinación. Misa de campaña, rezada bajo la lluvia y el frío, sobre el suelo de barro. Acompañada de cánticos en latín y castellano que ayudan a la devoción. La devoción era otro elemento patente entre los caminantes.