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Libertad religiosa y orden moral objetivo

Respuesta a un lector

En comentarios hago esta cita del Syllabus (índice de proposiciones condenadas por el Magisterio): 

"Todo hombre es libre de abrazar y profesar la religión, que guiado por la luz de su razón juzgue verdadera". (Condenado)

"Los hombres, sea cualquiera la religión que practiquen, pueden encontrar en ella el camino de su salvación, y alcanzar la vida eterna". (Condenado)

Dos lectores me responden: 

El primero: ¿Podría reescribirla de manera ortodoxa, sin dejar de lado el "libre" y "guíado por la luz de la razón", que son esenciales para cualquier acto humano?

y otro agrega: 

El primer punto, se refiere a la obligación moral de todo hombre de profesar la Verdad. Lo cual ni siquiera Dignitatis Humanae revocó. Pero, no indica que el estado deba obligar a la gente a profesar la verdadera Fe. Y de hecho, a ese punto DH se refiere, a estar libre de coacción por parte del estado. Pero que el concilio haya dicho que el estado no debe ejercer coacción, no quita la obligación moral. Es una confusión.

Yo respondo primero con la cita del texto del concilio:

"Este Concilio Vaticano declara que la persona humana tiene derecho a la libertad religiosa. Esta libertad consiste en que todos los hombres han de estar inmunes de coacción, tanto por parte de individuos como de grupos sociales y de cualquier potestad humana, y esto de tal manera que, en materia religiosa, ni se obligue a nadie a obrar contra su conciencia, ni se le impida que actúe conforme a ella en privado y en público, sólo o asociado con otros, dentro de los límites debidos. Declara, además, que el derecho a la libertad religiosa está realmente fundado en la dignidad misma de la persona humana, tal como se la conoce por la palabra revelada de Dios y por la misma razón natural . Este derecho de la persona humana a la libertad religiosa ha de ser reconocido en el ordenamiento jurídico de la sociedad, de tal manera que llegue a convertirse en un derecho civil". Dignitatis Humanae, cap 1 parágrafo 2.

  La D.H. no dice solamente que nadie puede ser forzado a creer en un culto (lo que la Iglesia siempre enseñó), sino también que nadie puede ser impedido de ejercer el culto según su consciencia. No habla más de tolerancia, sino que se reconoce a los adeptos de todas las religiones (e implícitamente a los ateos y agnósticos) un verdadero derecho natural de no ser impedidos de ejercer su culto, (o de no creer) lo cual es contrario a la enseñanza de la Iglesia

  Y para peor, este presunto derecho no concierne solamente al ejercicio privado sino también al ejercicio público y la propaganda de cualquier religión o a-religión. Considera que no ser impedido de actuar en materia religiosa según la propia consciencia como un verdadero derecho natural fundado en la dignidad misma de la persona humana, obviamente, la consecuencia es que, este supuesto derecho, debe ser reconocido también como un derecho civil, por lo cual, no habrá ya prudente tolerancia de falsos cultos  limitados por una moral objetiva, sino verdadera “libertad de cultos”, en la que todo principio moral sea la mera “libertad”, algo impracticable, como podemos comprobar a diario.

  Claro que, siguiendo el estilo ondulante en las afirmaciones, el texto luego habla de “justos límites” en el ejercicio de este “derecho” como dando a entender que no se puede hacer cualquier cosa. En el § 2, se habla de un “orden público justo”; después, en el § 7 se habla del “orden moral objetivo”, algo que resulta de todos modos deseable, pero imposible desde la premisa anterior.

  Pregunto: ¿en qué puede basarse un orden público justo y máxime un orden moral objetivo sino en la revelación que conserva solamente ella en su prístina pureza la Iglesia Católica. Un orden público justo, un orden moral objetivo ¿debe o no debe admitir, por ejemplo el divorcio, la poligamia, la homosexualidad, el aborto, por mencionar algunos temas morales incuestionables? ¿Existe algún orden moral objetivo u orden público justo en vigencia en el mundo? Excepción hecha del Estado del Vaticano… que convengamos no es un Estado típico.

  Un católico no puede dejar de ver las consecuencias implicadas en esta ilusoria formulación de la libertad de cultos como un derecho y no apenas como una tolerancia de mal menor. Y mucho menos pretender que un Estado católico pueda aceptar como derechos individuales cualesquiera de las consecuencias de la libertad de cultos que mencioné arriba: ¿aceptaremos la poligamia a los musulmanes, animistas, mormones, etc.? ¿Aceptaremos el divorcio a los protestantes e inclusive a los ortodoxos, que lo admiten, aunque restringido? ¿El repudio de la mujer y el aborto a los judíos? ¿Aceptaremos como derecho civil la homosexualidad y por lo tanto las uniones legales de homosexuales, inclusive elevadas a la categoría de “matrimonio” por ser su derecho ejercer libremente aquello que su conciencia les dicta, ya sea a modo de culto o de prescindencia de él, de inclinación o preferencia sexual? 

¿En que para el "orden moral objetivo"? Rota la base de la verdad religiosa obligatoria (aunque se ejercite con tolerancia del error para evitar mal mayor, se acabó todo orden moral obejtivo, de modo que la ley civil será meramente una convención cambiante según los que ejercen el poder.

  Este texto serrucha las patas de toda moral objetiva y por lo tanto de todo orden justo posible. Es una ilusión peligrosísima, fatal para el orden social.

Nadie es "libre" de elegir el error. Está obligado a la verdad, como afirma muy bien el segundo lector. De modo que no hay nada que reescribir.

 No saben lo que dicen quienes afirman que el párrafo citado no contraría la doctrina tradicional. Y las consecuencias de la aplicación de esta falsa doctrina son las que les acabo de postular… y pueden ser comprobadas en todas partes, por desgracia...

 

 

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Marcelo González

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El presente artículo es una buena síntesis con interesantes novedades sobre como llegó y como puede irse Bergoglio del papado. Más allá de diferencias con el juicio del autor sobre los papados precedentes, es una lectura necesaria en estas vísperas del quinto año de su pontificado.

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