Por Favor, No Imiten al Prelado

POR FAVOR, NO IMITEN AL PRELADO

La Columna del Editor y Responsable

 

Cuando la sátira se convierte en el género de moda es porque las cosas andan mal.

La sátira a hombres públicos es una forma de venganza de la sociedad contra la dirigencia a la que siente irresponsable, banal o corrupta. Es verdad que no a todos los satirizados causa el mismo efecto: en algunos casos, como el del ex presidente Menem, lejos de perjudicarlo, lo convirtió en una figura divertida y canalizó el descontento popular contra su gestión de un modo políticamente inocuo.

Por otro lado, al ex presidente de la Rúa, hombre mucho más solemne -aunque no se vean muy bien razones que justifiquen su solemnidad- la burla y el sarcasmo lo herían profundamente, al punto de haber intentado prohibirlas... sin éxito, por supuesto.

Desde hace algunos meses viene ocurriendo un fenómeno extraño a los tiempos que corren y que recordamos mucho más común décadas atrás: a saber, la sátira a alguien a quien los satirizadores no se atreven a mencionar. En aquellos días, se temía una represalia o la reacción adversa del público si se hacía explícito el nombre. Se imitaban las voces o a veces meramente se fingía un diálogo telefónico con el presidente de la Nación, por ejemplo, o algún otro personaje público, (estaba claramente sobreentendido) y la parte audible del supuesto diálogo confirmaba todas las sospechas de quien era el interlocutor a la vez que ponía en evidencia los defectos y los vicios (o lo que el público consideraba tales) que se pretendía satirizar. Pero no se mencionaba al presidente porque se respetaba la institución presidencial, o se le temía... ¿Qué mueve a la reserva en este caso? ¿El respeto a la institución a la que pertenece el satirizado? ¿El respeto que la gente tiene por esa institución?

Es una sátira radial de un conocido imitador de voces, en la que caricaturiza a un personaje identificado como "monseñor".

Decir que se alude a un prelado católico, titular de una diócesis del oeste del Gran Buenos Aires, de rigurosa presencia mediática y abonado permanente a ciertos programas televisivos, conductor él mismo durante un tiempo de un programa junto a un conocido rabino con quien coeditó un libro de viajes que realizaron juntos, y no mencionarlo por el nombre propio es repetir un lugar común del periodismo. Bien, vamos a repetir el lugar común. El personaje no es lo importante.

Lo importante es porqué se ha elegido a esta figura eclesiástica para la sátira cuando la Iglesia Católica es -al menos en cuanto institución- la que ostenta mayor credibilidad ante la sociedad argentina (a pesar de todo), apenas por encima del periodismo ( ¡vaya el criterio de comparación!) y muy por encima de los partidos políticos, en quienes nadie tiene la menor confianza ¿Se pretende herir a alguien o es tan solo un recurso efectivo para ganar audiencia? Atribuirlo a una enemistad personal o a los enemigos declarados de la Iglesia sería una reducción del problema a un esquema simplista y falso. El dueño de la radio es un hombre cercano al Opus Dei... y su estilo de conducción empresarial no deja dudas de que esta sátira no le ha sido impuesta: el personaje ha sido elegido porque él lo ha querido, o al menos no ha visto nada malo en ello. Subsistiría la hipótesis de la enemistad, pero es dudoso que un empresario arriesgue su capital por simple afán de vendetta. ¿Falla el olfato comercial de los productores de la radio? ¿Tienen evidencias de que la burla es bien recibida por el público?... Este es, probablemente, el punto. Todo lo demás es posible, pero habilitado por esta hostilidad del público hacia el satirizado.

La invitación a pecar (con pedido de que le avisen para participar) que hace el imitador al final de sus diálogos, una sucesión de chistes de vaudeville y de obscenidades explícitas puestas en boca de un "obispo", no repugnan al pueblo argentino, a pesar de que siempre ha respetado y aún respeta al clero católico. ¿Por qué?

La respuesta no parece se ajena al propio satirizado: la gente admite que se haga escarnio de aquellos a quienes desprecia, o considera hipócritas o dañinos. Tenga razón o no en su juicio, si así lo siente, así lo manifiesta.

La sobreexposión mediática del satirizado en cuestión, sus modales peculiares, sus pulcrísimos clergymans cortados a medida, su estudiado aspecto de monje tibetano, han contribuido a que el pueblo argentino reciba con agrado y festeje esta burla cruenta a la persona de un obispo católico. Un hecho quizás sin antecedentes. No es, naturalmente, el primer obispo a quien los medios atacan o el pueblo critica, con o sin razón. Pero es el primero a quien el sentir del hombre común, haciéndose eco divertido de la caricatura grosera y por momentos -sin exagerar- obscena, considera merecidamente escarnecido.

La imagen del obispo que se ha formado el hombre de la calle está forjada sobre un arquetipo mediático falso, indigno, que ha opinado y gesticulado ad nauseam sobre todos los temas posibles con eficaz despropósito. Dios castiga a los hombres (a los seres humanos) con sus propios pecados y el hecho de ser hoy objeto de la burla mediática es el salivazo que la ahora víctima escupió al cielo durante años y que el cielo deja caer sobre su cara.

Los obispos no merecen aparecer representados en esta caricatura: la dignidad que invisten como sucesores de los Apóstoles debe ser respetada, empezando este respeto por ellos mismos.

Creemos que las autoridades eclesiásticas deberían sugerir al prelado en cuestión se abstenga de aparecer en los medios, por el bien de las almas de los fieles y de la propia. Y propiciar que quien represente a la Iglesia ante ellos haga una figura más digna, que inspire respeto. Un respeto que él debe ganarse, además, aun cuando se le deba a la representación que ejerce.

Los católicos argentinos merecemos que se nos ahorre esta humillación... al menos esta.

 

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