En Default

Lo que se nos exige a los católicos para mantener la Fe y salvar el alma.

No tema el lector. No vamos a opinar sobre la deuda externa ni los fondos buitre. Es sobre el default espiritual que vivimos que deseamos compartir una reflexión.

Hoy mismo un comentarista señalaba a otro por “comprar pescado podrido”, en la jerga de la prensa, dar credibilidad a noticias falsas. El primer comentario pedía referencias sobre supuestos dichos de Francisco respecto a la condición fabulosa o legendaria de la aparición de Nuestra Señora de Guadalupe. El segundo los descartaba aludiendo a la reconocida piedad mariana del Papa Francisco.  Yo no pude evitar hacer el comentario que surge de comprobar la realidad cotidiana: el mayor vendedor de pescado podrido es el propio Francisco, voluntariamente o no.

Para no alargar una lista demasiado larga, digamos que el pedido de perdón a los carismáticos en Caserta, donde reconoció que la Iglesia es culpable de persecución a los protestantes (así, sin matices, sin detalles, sin hechos) ha sido otro hito, como el viaje a Tierra Santa, las entrevistas periodísticas o el “quién soy yo para juzgar”.

Son otras tantas formas de decir cosas que de algún modo luego se van a negar a medias, cuando ya el efecto nocivo sea inevitable. Un periodista norteamericano ha hecho su micro televisivo bajo el título “El papa más malentendido de la historia”.  Es así. Sin juzgar intenciones. Las intenciones pueden ser conjeturadas, pero a los efectos del bien público estas conjeturas no sirven de mucho. 

Podemos callar, guardar silencio, pasar por alto 99 de cada 100. No podemos dejar de comprobar que la misión de “confirmar a sus hermanos” en la Fe ha pasado a ser en Francisco (como lo fue también en varios de sus predecesores) una suerte de “confirmación en la duda” o inducción al error.

Nuestro default espiritual

Habiendo dicho lo inevitable sobre el default de la jerarquía, en cabeza del Sumo Pontífice, lo cual es gravísimo, reflexionemos ahora sobre nuestro default, el de los católicos que –deseosos por la gracia de Dios de permanecer fieles- quedamos en una situación no inédita, pero tal vez sí única por la intensidad del daño infligido a nuestras almas.

Consideremos que la resistencia inevitable que mantenemos desde hace ya décadas, en algunos casos toda una vida, al neomodernismo triunfante en la Iglesia hoy se vuelve más intensa que nunca. Con un grado de tensión que amenaza quebrar el arco que resiste o romper la cuerda que se tensa.

La degradación, por definición, gradual, de tantas décadas de Concilio, concluye en un remolino que nos quiere tragar a la velocidad del vórtice. Es el movimiento que se acelera. Nos arrastra contra nuestra voluntad y no parece que haya nada de que sujetarnos, porque las certezas han sido tragadas, aparentemente, por el remolino (¿final?) de un río en curso: de aguas pútridas en lo moral, lodosas en lo doctrinal, revueltas en lo disciplinario.  Se espera de un curso rápido que traiga barro y piedras, no podredumbre. Estas aguas que se han precipitado no son deshielo sino aluvión. (*)

El refugio desconocido o despreciado

Es un final de camino, tal vez largo todavía, pero inminente en su condición de fin. Tal vez para algunos, también “fin” en el sentido teleológico, algo que pretendieron alcanzar. En tanto, los católicos fieles (entiéndase por fieles, que pretendemos mantenernos firmes en la Fe sin la cual no es posible agradar a Dios) debemos vivir una zozobra inaudita. La angustia de ver a diario el error proclamado por quienes tienen que ser profetas de la Verdad. La confusión en boca de quienes deben ser maestros de la certeza.

Los resultados en las comunidades católicas, familias y en cada uno individualmente son desoladores. Parece realmente un fin que desmiente las palabras de Cristo: “la puertas del Infierno no prevalecerán”.

Fin o no, es un tiempo que se debe vivir, que nos ha tocado vivir. Y Dios en su providencia ha preparado los medios para vivir este tiempo.  Hay quienes han podido resistir el sufrimiento, evitado la desesperación por un lado y la caída en la confusión por el otro; tienen un denominador común: son quienes se han aferrado a la Misa tradicional, a LA MISA.  A la misa y todo lo que ella implica sacramental y doctrinalmente.  A la doctrina no sólo teórica, sino práctica, aplicada, en obras concretas, obras que se mantienen y crecen pese a las miserias humanas.

La doctrina se enseña, lo que es fundamental; pero también se vive, se encarna. Es decir, se transmite: es tradición. Muchas veces, casi siempre, se trasmite por la vida más que, o junto a, la exposición didáctica. A condición de que esa vida tenga un nutriente sin el cual todo lo demás será más o menos infecundo: la gracia eficaz de los sacramentos.

Los sacramentos, fuente de gracia, custodiados y producidos por personas que viven conforme la Iglesia ha enseñado siempre se debe vivir: sacerdotes, religiosos, seglares, familias. Personas e instituciones que tienen vida (con sus miserias propias de pecadores) una vida que hoy parece en gran medida a resguardo del arrastre de este torbellino de confusión. Es la virtud de LA MISA.

No es fantasía, es comprobación experimental

No pretendo hacer teología de ficción. Declaro lo que para mí es una convicción que se ha afirmado a lo largo de décadas: la liturgia nueva de la Iglesia, el Novus Ordo no es fuente de gracia. Y esto ocurre porque hay en su origen una voluntad cismática, un deseo de apartarse de la Iglesia para complacer a las ramas secas cercenadas de la Iglesia. El penoso asunto del ecumenismo ha marcado esa reforma ab initio y la ha esterilizado para siempre. Sus cerebros han sido hombres de la logia, que no deseaban hacer lo que la Iglesia ha hecho siempre, sino que tenían otros fines.

En lugar de llevarles a las ramas secas la savia de vida, los autores intelectuales del Novus Ordo han elegido cercenarse a sí mismos de la vid y producir un instrumento para que, sin saberlo, otros se vayan cercenando con el correr del tiempo.

El resultado ha sido la degradación acelerada del cuerpo eclesiástico precipitándose en el abismo. Una agonía convulsiva confundida con resurrección. Negada por muchos que ahora agonizan ellos mismos. Sufrida por otros que se han dejado llevar demasiado lejos, o desesperan, o pierden la cordura o claman convulsivamente. Estas parecen ser las opciones de los que no quieren tomar el remedio de LA MISA y todo lo que ello implica como medio de salud para el alma, como bálsamo para el dolor de ver no pocas veces a la propia familia desbarrancada en la fe y la moral, viviendo en el pecado y la confusión.

Dirán algunos que hay ejemplos de quienes tienen LA MISA y han caído en la desesperación o han perdido la cordura. Sí, por cierto. La libertad humana sigue tan vigente como cuando Adán y Eva cometieron el pecado original. Se pueden tener todos los medios para la salud y aún así caer en la enfermedad. Lo que no parece posible, normalmente, es preservar la salud sin los medios necesarios.

La ausencia de dichos medios de los lugares consagrados a proveerlos parece ser el gran drama de los católicos hoy.  Esta falta que no es una mera ausencia marcada por el deseo ardiente de obtener aquello de lo que se carece sino el desconocimiento de que esos medios de salvación existen, o la convicción de que ciertas parodias espantosas son esos medios.

Y no pocas veces la incapacidad de asimilarlos cuando se le ofrecen, porque el mundo y –peor- el Novus Ordo con todas sus implicancias, han enfermado de un modo tal que ya no se puede distinguir la salud de la enfermedad. Esto también entre personas doctrinalmente informadas, que por prejuicio o pasión se alejan de allí donde se les ofrece la salud.

El rostro de la Iglesia

El rostro de la Iglesia asoma en los lugares donde los medios de salvación se ofrecen en su prístina pureza. Lugares que son la cara real que la Iglesia nos muestra hoy, bajo la máscara espantosa de “Iglesia de la Publicidad”, de la que hemos hecho mención tantas veces.

La Iglesia vive. En su doctrina, sin duda, a la que podemos acceder con sólo buscarla allí donde se presenta clara y sin confusión, dejando a mejor juicio de quienes tengan esa misión discernir qué valor tiene lo otro. Pero también vive en las comunidades que viven de la fuente de salvación, particularmente las que habiendo resistido con santa rebeldía a los que nos llamaron al error, sufridamente han ido construyendo pequeñas cristiandades tan sólidas como la Iglesia las ha producido siempre.  Comunidades en las que la fidelidad se ha traducido en obras fecundas, con el tiempo fortalezas de la vida cristiana, por difícil que esta se presente en los tiempos que corren.

Creo que Panorama no tiene razón de ser en la mera denuncia de los horrores de la Iglesia de la Publicidad, sino como un modo de invitar a los católicos perplejos a refugiarse en estas comunidades. A esperar allí, viviendo como Dios manda, el desenlace que El quiera darle a esta circunstancia histórica. Gozando allí de la amistad de quienes tienen la misma Fe, amparados por las obras de la caridad, por modestas que sean. El medio virtual es un comienzo, pero no llega a su fruto sino con la convicción y la decisión de ir a buscar la vida del alma donde ella se ofrece.

Allí está la Iglesia en su pureza esencial, con el esplendor que los tiempos permiten, aún con la marca del pecado que ha estado presente siempre, aun en los más gloriosos tiempos de la Cristiandad, pero con la certeza de que es la continuidad infalible de la obra salvífica de Cristo, rebrotando, a la espera de que por causas segundas o por intervención personal y visible de Dios las llagas de la Iglesia en su tiempo de pasión refuljan con el brillo de la resurrección.

Por momentos mantenemos silencio, porque no hay nada nuevo que decir ni es nuestro ánimo regodearnos en el mal. Por el contrario. Por eso se nos ocurre que tal vez sirva a los lectores que lo necesiten este

Decálogo práctico:

  1.  Católicos, familias, sacerdotes, religiosos: acérquense a estos lugares donde se ofrece lo que la Iglesia ha ofrecido siempre.
  2.  Busquen la certeza de lo que la Iglesia ha atesorado siempre y apártense de lo que resulta dudoso o confuso.
  3.  Busquen la doctrina y también a quienes viven conforme a esa doctrina, más allá del grado de virtud que cada uno alcance.
  4.  Sacrifiquen a ese fin todo lo demás.
  5.  Busquen la proximidad con LA MISA como el objetivo primero de todo católico en este tiempo.
  6.  Junto con LA MISA, debe buscarse la proximidad con aquello que LA MISA produce: sacramentos y vida real al amparo de dichos sacramentos: comunidad cristiana, escuela cristiana, cercanía entre los fieles.
  7.  Ningún motivo humano puede ser óbice para alejarse de los lugares donde se ofrecen –hoy tan escasamente- los medios de salvación.
  8.  La energía que muchas veces se vuelca en conocer y criticar los desvaríos del clero, ponerla en la construcción de una comunidad católica centrada en LA MISA.
  9.  Busquen al sacerdote fiel a LA MISA (aunque lo sea sólo de deseo) y apóyenlo para que levante un lugar de culto a fin de que en torno a él se forme una pequeña cristiandad.
  10.  Fundar las nuevas familias bajo esta consigna sin la cual difícilmente alcancen su fin natural y sobrenatural: santificarlas con LA MISA, vivir allí donde se ofrezca LA MISA, o traer LA MISA al lugar donde las familias están. Y con ella la escuela, y la vida de la comunidad, por pequeña que sea, que tenga a Cristo como Rey y a María como Reina.

Nada de esto se podrá organizar o consolidar sino por la oración y el sacrificio seguido de la acción práctica necesaria; la renuncia exterior e interior a la comodidad, la riqueza, el prestigio, aún de las cosas lícitas que la gravedad de los tiempos nos aconsejan dejar de lado. La renuncia al protagonismo. El vaciamiento de sí mismos, aunque más no sea en grado de ejercicio imperfecto. Dios bendice y produce lo demás.

 

(*) Las imágenes que referimos como símbolo de la historia de la Iglesia en las últimas décadas surgen de los dichos recientes del papa Francisco:  'No entiendo al cristiano que no camina. No entiendo a un cristiano quieto. El cristiano tiene que caminar...porque lo que está quieto, lo que no se mueve, se corrompe como el agua quieta que es la primera que se pudre...Pero hay cristianos que confunden el caminar con el dar vueltas. No son caminantes, son errabundos y van por aquí y por allá en la vida...Les falta la parresía, la audacia de seguir adelante; les falta la esperanza''.

La tradición religiosa occidental ha preferido la imagen inversa: “El mundo da vueltas mientras la Verdad permanece”.

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