Un sínodo con aduanas en una Iglesia "sin aduanas"

Ese matrimonio que llama a las puertas del sínodo

Ludmila y Stanislaw Grygiel enseñan en el instituto pontificio de estudios sobre la familia creado por el Papa Karol Wojtyla, su amigo de toda la vida. No han sido invitados. Pero tenían mucho que decir a los padres sinodales. Y lo han dicho. Con claridad y valentía. 

ROMA, 9 de octubre de 2014 – Un sínodo "abierto", como se invoca por todas partes empezando por el Papa Francisco, es un sínodo dispuesto a escuchar también las voces que le llegan de fuera, más aún si vienen de personas competentes.

Justo antes del inicio del sínodo, haciendo de influyente puente entre el exterior y el interior de sus muros, ha tenido lugar en Roma, del 2 al 4 de octubre, la asamblea plenaria del "Consilium Conferentiarum Episcoporum Europæ".

La asamblea estaba proyectada directamente sobre el sínodo, empezando por su título: "La familia y el futuro de Europa".

Entre los oradores había padres sinodales de primer nivel como el cardenal húngaro Péter Erdõ, presidente del CCEE y relator general del sínodo; el cardenal canadiense Marc Ouellet, prefecto de la congregación para los obispos; el cardenal Angelo Bagnasco, presidente de la conferencia episcopal italiana y su beatitud Fouad Twal, patriarca latino de Jerusalén.

Pero, sobre todo, había un matrimonio de filósofos, Ludmila y Stanislaw Grygiel, polacos, amigos de juventud de Karol Wojtyla sacerdote, obispo y Papa, ambos docentes en el Pontificio Instituto Juan Pablo II para Estudios sobre Matrimonio y Familia.

El Instituto fue creado por el Papa Wojtyla en 1982, dos años después de un sínodo dedicado a la familia y un año después de la exhortación apostólica "Familiaris consortio" que le había dado cumplimiento.

Con sede central en Roma, en la Pontificia Universidad Lateranense, el Instituto tiene secciones en todo el mundo, desde los Estados Unidos a España, desde Brasil a Alemania, desde México a la India, desde Benin a las Filipinas, con un número creciente de estudiantes, tanto varones como mujeres.

Entre sus rectores y docentes se pueden enumerar a los cardenales Carlo Caffarra, Angelo Scola, Marc Ouellet.

Ante la inminencia del sínodo de este mes de octubre, el Instituto ha producido una notable cantidad de contribuciones. La última, titulada "El Evangelio de la familia en el debate sinodal. Más allá de la propuesta del cardenal Kasper", ha salido contemporáneamente en Italia publicado por Cantagalli, en los Estados Unidos publicado por Ignatius Press, en España por la Biblioteca de Autores Cristianos y en Alemania por Media Maria Verlag.

Sus autores son el teólogo español Juan José Pérez-Soba y el antropólogo alemán Stephan Kampowski, ambos profesores en la sede romana del Instituto.

El prólogo ha sido redactado por el cardenal australiano George Pell, uno de los ocho purpurados que asisten al Papa Francisco en la reforma de la curia y en el gobierno de la Iglesia. El 3 de octubre, Pell presentó el libro al público, en la sede del Instituto.

En resumen, es difícil encontrar hoy en la Iglesia católica un instituto de estudios filosóficos, teológicos  y pastorales más influyente y competente sobre esto, los temas del matrimonio y la familia.

Y sin embargo, ha sucedido lo increíble. Ninguno de los docentes de este Instituto pontificio ha sido llamado a tomar la palabra en el sínodo sobre la familia que empezó el 5 de octubre y concluirá el 19.

Razón de más para volver a escuchar lo que han dicho Ludmila y Stanislaw Grygiel en la asamblea presinodal promovida por al Consejo de las conferencias episcopales de Europa.

He aquí a continuación un extracto de sus intervenciones, argumentadas y pronunciadas con la "parrhesia", es decir, con la franqueza, la claridad, la valentía, la humildad que el Papa Francisco ha aconsejado a todos en este sínodo.

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REFLEXIONES SOBRE LA PASTORAL FAMILIAR Y MATRIMONIAL

de Ludmila Grygiel



[…] Chesterton dijo que no necesitamos una Iglesia movida por el mundo, sino una Iglesia que mueva al mundo. Parafraseando estas palabras, podemos decir que hoy las familias, las que están en crisis y las que son felices, no necesitan una pastoral adecuada al mundo, sino una pastoral adecuada a la enseñanza de Aquel que sabe lo que desea el corazón del hombre.

El paradigma evangélico de esta pastoral lo veo en el diálogo de Jesús con la Samaritana, del que emergen todos los elementos que caracterizan la actual situación de dificultad, tanto de los esposos como de los sacerdotes comprometidos en la pastoral.

Cristo acepta hablar con una mujer que vive en el pecado. Cristo no es capaz de odiar; sólo es capaz de amar y por este motivo no condena a la Samaritana, sino que despierta el deseo original de su corazón, confundido por los acontecimientos de una vida desordenada. Sólo después de que la mujer confiese que no tiene marido, Cristo la perdona.

Así, el pasaje evangélico recuerda que Dios no hace don de su misericordia a quien no la pide y que el reconocimiento del pecado y el deseo de conversión son la regla de la misericordia. La misericordia no es nunca un don ofrecido a quien no lo quiere, no es un producto rebajado porque nadie lo quiere. La pastoral pretende una adhesión profunda y convencida de los pastores a la verdad del sacramento.

En el diario íntimo de Juan Pablo II encontramos esta nota escrita en 1981, tercer año de su pontificado: "La falta de confianza en la familia es la primera causa de la crisis de la familia".

Se podría añadir que la falta de confianza en la familia por parte de los pastores es una de las principales causas de la crisis pastoral familiar. Ésta no puede ignorar las dificultades, pero tampoco debe detenerse en ellas y admitir, desconsolada, la propia derrota. No puede acomodarse a la casuística de los modernos fariseos. Debe acoger a las samaritanas, pero para llevarlas a la conversión.

Los cristianos están hoy en una situación similar a la que se encontró Jesús, el cual, a pesar de la dureza de corazón de sus contemporáneos, volvió a proponer el modelo de matrimonio que Dios quiso desde el principio.

Tengo la impresión de que nosotros, cristianos, hablamos demasiado de los matrimonios fracasados, pero poco de los matrimonios fieles; hablamos demasiado de la crisis de la familia, pero poco del hecho de que la comunidad matrimonial y familiar asegura al hombre no sólo la felicidad terrena, sino también la eterna y es el lugar en el que se realiza la vocación a la santidad de los laicos.

Así, se ensombrece el hecho de que, gracias a la presencia de Dios, la comunidad matrimonial y familiar no se limita a lo temporal, sino que se abre a lo supratemporal, porque cada uno de los esposos está destinado a la vida eterna y está llamado a vivir eternamente en presencia de Dios, que los ha creados a los dos y los ha querido unidos, sellando Él mismo esta unión con el sacramento.

Fuente: ]]>Chiesa]]>

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