El Tiempo de Pentecostés

 

  Después de la solemnidad de Pentecostés y de su Octava, la sucesión del Año Litúrgico nos introduce en un nuevo período. Desde el principio del Adviento, preludio de la fiesta de Navidad, hasta la venida del Espíritu Santo, hemos asistido al conjunto de los misterios de nuestra salvación. Estamos con eso a la mitad del Año Litúrgico. Sigue ahora una segunda parte del Ciclo, no desprovista de misterios, en que la sagrada Liturgia nos ofrecerá una continua sucesión de episodios variados, gloriosos unos, emocionantes otros, cada uno de los cuales aporta su gracia particular para el desarrollo de los dogmas de la fe o el progreso de la vida cris-tiana, hasta que, terminándose el Ciclo, comience uno nuevo, que renovará los mismos sucesos y derramará las mismas gracias sobre el Cuerpo Místico de Cristo.

 

1º Misterio del Tiempo después de Pentecostés

  1º Objeto de este período — Para captar bien la intención y el significado de esta segunda parte del Año Litúrgico, hay que recordar toda la serie de misterios que la Iglesia ha celebrado ante nosotros. La celebración de estos misterios no ha sido un mero espectáculo representado ante nuestros ojos. Cada uno ha traído consigo una gracia especial que producía en nuestras almas lo que significaban los ritos de la Liturgia.


  En Navidad, Cristo nació en nosotros; en el tiempo de Pasión, nos incorporó a sus sufrimientos y satisfacciones; en Pascua, nos comunicó su vida gloriosa; en su Ascensión, nos llevó consigo al cielo; en una palabra, sirviéndonos de la expresión del Apóstol, «Cristo se ha ido formando en nosotros» (Gal. 4 19).


  Ahora bien, para consolidar y perpetuar la imagen de Cristo en nosotros, para aumentar en nosotros la luz sobre Nuestro Señor, para inflamar nuestras almas con un fuego perdurable, se requería la venida del Espíritu Santo. El Paráclito ha descendido y se ha dado a nosotros, con el único propósito de residir en nuestras almas y gobernar toda nuestra vida regenerada. Y es justamente esta vida, que debe desenvolverse según la de Cristo y bajo la dirección de su Espíritu, la que se halla figurada y expresada por el período que la Liturgia designa con el nombre de Tiempo después de Pentecostés.


  2º La Iglesia — La Esposa de Cristo, llena del Espíritu divino que se ha derramado en ella y la anima siempre, avanza en su carrera militante, y debe caminar hasta la segunda venida de su Esposo. Posee los dones de la verdad y de la santidad. Armada con la infalibilidad de la fe y con la autoridad del gobierno, apacienta el rebaño de Cristo, tanto en la libertad y en la tranquilidad como en la persecución y en la prueba. Su Esposo divino está con Ella hasta la consumación de los siglos, por su gracia y por la eficacia de sus promesas, y con Ella queda siempre el Espíritu Santo con sus dones.


  Esto expresa esta parte del Año Litúrgico, en la que no hallaremos los grandes episodios que marcaron la preparación y consumación de la obra divina, pero en la que la Iglesia se aplica a recoger los frutos de santidad y doctrina que estos misterios han producido y seguirán produciendo durante su marcha a través de los siglos. Veremos también cómo se preparan y realizan los últimos sucesos que transformarán su vida militante en una vida triunfante en los cielos.


  3º El alma cristiana — La vida y el destino del alma fiel es como un compendio del destino y vida de la Iglesia; por eso, debe vivir como la Iglesia el período que se le abre después de la fiesta de Pentecostés, es decir, obrando según el Cristo que se ha unido a ella en sus distintos misterios, y bajo la acción del Espíritu divino que ha recibido. Los episodios que señalan esta nueva fase han de aumentar su luz y su vida. En cada uno de ellos podrá recoger los rayos salidos de un mismo foco, y caminando de claridad en claridad, aspirará a verse consumada en Aquel a quien ya conoce, y en cuya posesión entrará por la muerte. Mas, si el Señor aún no considera oportuno llamarla a Sí, comenzará un nuevo Ciclo y volverá a revivir todos los misterios de la primera mitad del Año Litúrgico, hasta que el Señor la llame en el día y en la hora que le tiene señalados desde toda la eternidad.


  Entre la Iglesia y el alma cristiana, durante el intervalo que se extiende desde la fiesta de Pentecostés hasta su culminación, hay esta diferencia: que la Iglesia ha de recorrerlo una sola vez, mientras que el alma cristiana debe volver a empezarlo cada año. Aparte de esta diferencia, la analogía es total. Debemos, pues, alabar a Dios por venir en socorro de nuestra debilidad, renovando en nosotros sucesivamente, a través de la Liturgia, los auxilios con que alcanzaremos el fin para el que hemos sido creados.


  4º La enseñanza de la Escritura — Durante este segundo período del Ciclo Litúrgico, la Iglesia ha dispuesto la lectura de los libros de la Sagrada Escritura de tal manera, que se exprese convenientemente todo lo que se opera durante el mismo, ya en la misma Iglesia, ya en cada alma fiel.


   • Desde el primer domingo de Pentecostés hasta el mes de agosto, nos instruye con la lectura de los cuatro libros de los Reyes, que son como el resumen de los anales de la Iglesia. En ellos se ve la monarquía de Israel inaugurada por David, figura de Cristo victorioso en los combates, y por Salomón, el Rey pacífico, que levanta el templo para gloria de Dios. Pero entonces se declara el cisma en Samaria, y las naciones infieles reúnen sus fuerzas contra la Ciudad de Dios. El mal lucha contra el bien a lo largo de este correr de los siglos, entre reyes santos como Asá, Ezequías y Josías, y reyes infieles como Manasés. El pueblo santo, sordo con frecuencia a la voz de los profetas, acaba entregándose al culto de los dioses falsos y a los vicios de la gentilidad, y la justicia de Dios destruye en una ruina común al pueblo y a la ciudad infiel. Es imagen de la destrucción de este mundo, cuando de tal suerte faltará la fe, que el Hijo del Hombre, en su segunda venida, apenas encontrará rastro de ella.


   • Durante el mes de agosto, leemos los libros sapienciales, así llamados porque contienen las enseñanzas de la Sabiduría divina. Esta Sabiduría es el Verbo de Dios, que se manifiesta a los hombres por la enseñanza de la Iglesia hecha infalible en la verdad, gracias a la asistencia del Espíritu Santo, que mora en ella de modo permanente. La verdad sobrenatural produce la santidad, que no podría subsistir ni fructificar sin ella.


   • A fin de expresar este lazo que existe entre una y otra, la Iglesia lee en el mes de septiembre los libros llamados hagiógrafos, de Tobías, Judit, Ester y Job, en los que se ve a la Sabiduría en acción.


   • Como la Iglesia, al fin de su permanencia en este mundo, debe verse sometida a violentos combates, se leen, en el mes de octubre, los libros de los Macabeos, en que se narran el valor y la generosidad de los defensores de la Ley, que sucumbieron con gloria, como sucederá en los últimos tiempos, cuando se dé a la Bestia la potestad de declarar la guerra a los santos y vencerlos.


   • En el mes de noviembre se leen los Profetas, anunciadores de los juicios de Dios, dispuesto a acabar con el mundo. Pasan sucesivamente Ezequiel, Daniel y los Profetas menores, de los que la mayoría anuncian las venganzas divinas, y los últimos proclaman, al mismo tiempo, la próxima venida del Hijo de Dios.


  Tal es el significado místico del tiempo después de Pentecostés, completado con el uso del color verde en los ornamentos sagrados. Este color expresa la esperanza de la Esposa, que sabe que su destino ha sido confiado por el Esposo al Espíritu Santo, con cuya dirección va realizando su peregrinación con toda seguridad. San Juan expresa todo esto con una sola frase: «El Espíritu y la Esposa dicen: Ven» (Apoc. 22 17).

 

2º Práctica del Tiempo después de Pentecostés

  1º Objetivo del Año Litúrgico — El objetivo de la Iglesia en el Año Litúrgico es conducir al alma cristiana a la unión con Cristo por medio del Espíritu Santo. Este es el fin que el mismo Dios se propuso al darnos a su Hijo para que fuese nuestro Mediador, nuestro Doctor y nuestro Redentor, y al enviarnos al Espíritu Santo para que more con nosotros. Este mismo fin es el que persigue todo el conjunto de ritos y oraciones de la Liturgia, que no es sólo la conmemoración de los misterios que la bondad divina hizo por nuestra salvación, sino que lleva consigo las gracias correspondientes a cada uno de esos misterios, para que lleguemos, como dice el Apóstol, «a la edad de la plenitud de Cristo» (Ef. 4 13).


  La participación en los misterios de Cristo obra en el alma cristiana lo que la teología mística denomina Vía iluminativa, en la que el alma es iluminada cada vez más con la luz del Verbo encarnado, que, con sus ejemplos y enseñanzas, la renueva en todas sus potencias, y la acostumbra a tener siempre las miras de Dios en todo. Esta preparación la dispone a su unión con Dios, no sólo de un modo imperfecto y más o menos estable, sino de un modo íntimo y permanente, que es el que se llama Vida unitiva. Esta vida es la obra propia del Espíritu Santo, enviado al alma para mantenerla en posesión de Cristo y desarrollar en ella el amor por el que se une con Dios.


  2º Las Fiestas del Tiempo después de Pentecostés — En estas condiciones, el alma está lista para gustar y asimilar todo el alimento espiritual que le ofrecen los variados episodios del Tiempo después de Pentecostés. El misterio de la Santísima Trinidad, el del Santísimo Sacramento, la misericordia del Corazón de Jesús, las sucesivas grandezas de María, le manifiestan más plenamente la acción de Cristo y de la Virgen sobre la Iglesia y las almas, produciendo en ella nuevos efectos. Percibe más íntimamente, en las fiestas de los Santos, tan ricas y variadas durante este tiempo, el lazo que la une con Jesucristo por el Espíritu Santo. La felicidad eterna, a la que debe conducirla esta vida de prueba, se le revela en la fiesta de Todos los Santos.


  Respecto a la Iglesia, el alma, cada vez más unida a ella, sigue todas las fases de su existencia, comparte sus sufrimientos y sus triunfos, y ve sin desmayo cómo este mun-do se inclina hacia su ocaso, porque sabe que el Señor está cerca.


  Respecto a sí misma, siente que su vida corporal se apaga lentamente, que el muro que la separa de la visión y posesión del Sumo Bien se derruye poco a poco, porque ya no vive en este mundo, y su corazón está puesto en su tesoro. Así iluminada, atraída y fija por la incorporación a los misterios con que la Liturgia la ha alimentado, y por los dones que el Espíritu Santo le ha infundido, el alma se entrega sin resistencia al soplo de este divino Guía. La práctica del bien se le hace más fácil, por cuanto aspira a lo más perfecto; el sacrificio, que antes la asustaba, la atrae ahora; usa de este mundo como si no usase, porque las verdaderas realidades por las que suspira están fuera de este mundo; en fin, por cuanto se ha unido de corazón con Dios, se ha hecho un solo espíritu con El.


  3º La renovación anual de la Liturgia — Tal es el resultado que la influencia de la Liturgia debe producir en el alma. Y si, después de haber seguido sus sucesivas fases, nos parece que aún no hemos llegado a este estado de desprendimiento y de unión con Dios, y que la vida de Cristo no ha absorbido aún en nosotros nuestra vida personal, no nos dejemos llevar por el desaliento. El Ciclo de la Liturgia, con las luces y gracias que derrama en las almas, se renueva cada año en el cielo de la Santa Iglesia. Tal es la intención del que «tanto amó al mundo que le diosu Hijo unigénito» (Jn. 3 16), del que «vino, no a juzgar al mundo, sino a salvarlo» (Jn. 3 17).


  La Iglesia se conforma con esta intención, poniendo sin cesar a nuestra disposición, con su providencia materna, el medio más poderoso para llevar el hombre a Dios y unirlo con El. El cristiano a quien la primera mitad del Ciclo no ha conducido aún a la Vida unitiva, encontrará en la segunda preciosos recursos para desarrollar su fe y acrecentar su amor. El Espíritu Santo, que reina más particularmente sobre esta parte del año, no dejará de obrar sobre su inteligencia y sobre su corazón; y, cuando se abra un nuevo Ciclo Litúrgico, la obra ya esbozada por la gracia podrá recibir el complemento que la debilidad humana había impedido.


(Extractos de El Año Litúrgico, de Dom Prosper Guéranger)

 

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