Cómo se debe amar al mundo

Meditando con San Agustín

Cómo se debe amar al mundo

Hay dos clases de amores: el amor de Dios y el amor del mundo. Donde mora el amor del mundo no es posible que entre el amor de Dios; salga el amor del mundo y ceda su lugar al amor de Dios, pues es de razón que ocupe el lugar lo que es más excelente.

Si amabas el mundo, no lo ames ya más; a me­dida que vacíes tu corazón del amor mundano se llenará del amor divino, y comenzará a habitar en ti la caridad, de la cual no procede mal alguno.

1º Todas las creaturas vienen de Dios; por El solo hay que amarlas, y a Dios en ellas

Todas las cosas que existen, es Dios quien las ha creado: que el espíritu del Señor te ilumine para que conozcas que todas son buenas; pero, ¡ay de ti, si amas las cosas creadas y abandonas al Crea­dor! Son hermosas a la vista; pero ¡cuánto más bello es el que las ha creado!

Dios no te prohíbe amarlas; lo que no quiere es que las ames buscando en ellas la felicidad, sino que las consideres y alabes amando en ellas al Creador.

Si el esposo hiciera para su esposa un anillo, y ésta amase más al anillo que a su esposo, ¿acaso no manifestaría en este amor su infidelidad, aunque amase un regalo de su esposo? Amaría ciertamente un don de su esposo; pero si dijese: «Me basta este anillo, y ya no quiero ver más a mi esposo», ¿qué amor sería éste? ¿Quién no reprobaría locura semejante? ¿Quién la excusaría de un afecto adulterino?

Amas el oro en lugar de amar a la persona; amas el anillo en vez de al esposo; si tal es tu disposición de ánimo, que amas el anillo más que al esposo, de modo que no deseas ya ver a éste, sería como si te hu­biera dado un regalo, no de compromiso, sino de repudio. No; la razón por que el esposo te ha dado esa prenda es para que le ames en ella.

El Señor te ofrece las cosas de la tierra: ama en ellas al Creador. Quiere, además, darte algo mejor: es él mismo, que ha hecho todas estas cosas. Si pues tú amas estas cosas, aunque hechas por Dios, y antepones este afecto al amor de Dios, ¿no podremos decir que tu amor es adulterino?

No te digo que no ames los bienes de la tierra, sino que los ames moderadamente y con relación al Creador, a fin de que este afecto no te sirva de lazo, y no ames para gozar lo que sólo debes tener para usar. Procura aplicarte a conseguir el amor de Dios, para que de este modo, como Dios es eterno, par­ticipes de su eternidad.

2º No está la felicidad en las creaturas, sino en el Creador de todas ellas

Cada uno es como aquello que ama. ¿Amas la tierra? Eres tierra. ¿Amas a Dios? No me atrevo yo a decirte lo que eres; escucha más bien la Es­critura: «Yo he dicho que vosotros sois dioses e hijos del Altísimo todos».

Por tanto, si aspiras a ser como Dios e hijo del Altísimo, no debes amar el mundo ni las cosas que hay en el mundo.

Observa las condiciones del amor humano. El amor se puede considerar como la mano del alma; cuando la mano estrecha un objeto cualquiera, no puede apoderarse de otro que se le ofrece; y si quiere tomar éste, es necesario que abandone aquél.

Si amas al mundo, no puedes amar a Dios, por­que tienes la mano ocupada. Dios te dice: «Toma y conserva lo que te doy. Si no abres la mano, dejando lo que ya tienes, te es imposible recibir lo que te ofrezco».

Si tus obligaciones no te permiten despojarte de los bienes de la tierra, consérvalos, pero sin hacerte esclavo suyo. Sé dueño, y no servidor de tus riquezas. Ama, eso sí, la vida eterna. Amala con tanta vehemencia como los mundanos aman el mundo.

Ama y no ames; ama algunas cosas y no ames otras. Te digo esto porque hay cosas que puedes amar sin perjuicio alguno, mientras que hay otras que sólo sirven de obstáculos. No ames los obstáculos si no quieres acaparar tormentos.

Lo que se ama en la tierra es un obstáculo; es, por decirlo así, una especie de liga adhesiva que entorpece las alas del espíritu, impidiendo la prác­tica de las virtudes mediante las cuales podemos volar hasta Dios.

¿No quieres caer prisionero, pero tocas la vis­cosa liga con tus alas? ¿Acaso no es verdadera pri­sión porque sea amable la cárcel? Pues sabe que, cuanto más agradable, tanto son más estranguladoras las ligaduras.

Entra en tu corazón, y únete es­trechamente a tu Creador. Permanece en él y ten­drás estabilidad, descansa en él y gozarás de un verdadero reposo.

¿Adónde te diriges por esos caminos escabrosos? ¿Adónde vas a parar? El bien que buscas y amas proviene de Dios, y sólo en cuanto se refiere a él es suave y dulce; pero justamente se trocará en amargo si injustamente amas, sin relación a Dios, lo que de Dios procede.

No está el descanso donde lo buscas. Busca lo que deseas, pero sabe que no está donde lo buscas. Buscas la vida bienaventurada en la región de la muerte, y no está allí. ¿Cómo es posible que haya vida bienaventurada donde ni siquiera hay vida?

3º Este mundo es un lugar de tránsito

Desnudo viniste al mundo y desnudo volverás al seno de la tierra. Tu condición en esta vida es de peregrino; y sólo serás verdadero cristiano, si en tu propia casa y patria te consideras peregrino.

Tu patria verdadera está arriba; allí no serás huésped. Aquí, en cambio, cada uno es huésped en su casa. Si no fueses huésped, vivirías siempre en ella; pero si has de pasar a otra parte, verdadera­mente eres huésped.

Cuando viajas y paras en un mesón, lo dejas después para otros; eres peregrino. Pues eso mismo haces en tu casa. A ti te la cedió tu padre, y tú la vas a ceder a tus hijos. No te engañes creyendo otra cosa, porque quie­ras o no quieras, eres huésped en tu propia casa; de hecho, la dejarás a tus hijos, que también son peregrinos.

Usa, pues, de las riquezas como el viajero utiliza en la posada la mesa, el vaso, el cántaro y la cama, pen­sando en que debe abandonarlos y que no debe permanecer allí. Usa del mundo como si no usases, sabiendo que estás en camino. Usa del mundo, pero no te dejes dominar de él. Tu estancia en el mundo es un viaje que haces; has venido para marcharte, no para permanecer.

Repón tus fuerzas, ya que estás de viaje; descansa un poco y prosigue tu camino; contigo nada llevarás de lo que encuentras en la posada. Después de ti llegará otro viajero que se servirá de los mismos muebles, pero que tampoco los llevará consigo.

Sírvante las riquezas de alivio en tu peregrina­ción y no de incentivo de tu avaricia; empléalas para satisfacer tus verdaderas necesidades y no tus caprichos.

Gozar es adherirse a una cosa por sí misma; en cambio, usar es servirte de lo que encuentres a mano para conseguir el objeto amado, siempre que merezca verdaderamente ser amado. Usa de este mundo sin detenerte en el goce de él,
y así, a cambio de bienes materiales y tempo­rales, recibirás los espirituales y eternos.

¡Oh dichosa vida eterna! ¡Vida donde no habrá enemigos ni será posible perder amigo alguno!

Aquí se cantan las alabanzas del Señor; también se cantarán allí. Pero aquí, en medio de temores; allí, en la seguridad y tranquilidad más completas. Aquí, como mortales; allí, como bienaventurados. Aquí, con la esperanza; allí, con el goce de la rea­lidad. Aquí, de camino; allí, en la patria.

Canta ahora, no para gozar del reposo, sino para aligerar un poco tus trabajos. Canta, sí, como cantan los viajeros; pero canta y camina. Canta para recobrar fuerzas en medio de tus trabajos; pero ten mucho cuidado en no dejarte vencer por la pereza; canta y sigue caminando. Camina adelante y avanza en el bien; si avanzas, camina; adelante en la recta fe, avanza en las bue­nas costumbres. Canta y camina. No te equivoques en la elección del camino, no vuelvas hacia atrás, no te de­tengas.

Afectos y súplicas

¡Oh Señor! La dulzura de la vida presente es un lazo. Los enemigos de mi alma colocan un cebo en sus redes para que yo, atraído por la dulzura de esta vida, me meta y quede atrapado en la red. Ayúdame, Señor, para que no caiga en ella. Esta vida pasará, y los que se hayan entretenido con sus dulzuras, y por gustarlas te hayan ofendido, pasarán con esta vida.

Mi alma ha sido librada como un pájaro de la trampa de los cazadores. Incautamente había yo caído en sus redes como pájaro volador; mas porque tú estabas conmigo, oh Señor, por eso mi alma se ha visto libre de los lazos de los cazadores. Me he visto libre, el lazo se rompió; y se rompió, porque busqué auxilio en ti, que hiciste el cielo y la tierra.

¡Oh Señor! Aunque con el cuerpo esté en el mundo, con el afecto quiero salir de él. Ahora dirijo ya mis deseos a la patria y he fijado en ella, a manera de áncora, mi esperanza, para no naufragar en este mar, víctima de alguna bo­rrasca. Y porque por mi inestabilidad soy como ave inquieta, ayúdame, Señor, para que fije mi pie en tierra firme, de modo que no caiga en los lazos.

¿Cómo haré para reavivar en mi corazón el amor a la santa ciudad, de la que por lo largo de la peregrinación me he olvidado? Desde allí me has escrito cartas con tus Santas Escrituras para que se encendiera en mí el deseo de volver a ti; porque, amando la permanencia en país extranjero, me había entregado a mis enemi­gos y vuelto la espalda a la patria.

Tú me has llamado, y yo te invoco; condúceme adonde has prometido; lleva a cabo la obra que tú mismo empezaste; no abandones, Señor, tus dones, ni desampares tu campo hasta que los frutos de tu sementera sean recogidos en el granero.

Concluida nuestra peregrinación, todos a una voz, formando un solo pueblo y unidos como mo­radores de una misma patria, nos consolaremos, y millones formaremos un solo coro cantando con los Angeles y los coros de las Potestades celestes, todos unidos en la única ciudad de los vivientes.

¿Quién gime allí? ¿Quién suspira? ¿Quién tra­baja? ¿Quién tiene necesidades? ¿Quién muere? Y ¿qué habrá allí? ¿Cuál será mi ocupación, cuá­les mis actividades? Una sola cosa: el amor tranquilo en la visión de tu rostro, meta es de mis deseos y de mis sus­piros. ¡Oh, y cómo me encenderá su vista!

Aquel por quien tan ardiente­mente anhelo sin haberle visto, ¡cómo me iluminará cuando me en­cuentre en su presencia; cómo me transformará! ¡Oh, dichosos los que moran en tu casa, porque te alabarán eternamente!

© Seminario Internacional Nuestra Señora Corredentora C. C. 308 – 1744 Moreno, Pcia. de Buenos Aires

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