Temores católicos en vísperas de la Exhortación sinodal

El demorado documento se firmó el 19 de marzo y se presume publicarán en abril

En esta Semana Santa de 2016, el sentimiento de dolor por la Pasión de Cristo que se renueva se confunde con la grave aprensión por la dolorosa situación que atraviesa la Iglesia. Las mayores preocupaciones tienen que ver con la próxima exhortación apostólica postsinodal que firmó S.S. Francisco el pasado 19 marzo, aunque no se publicará hasta después de la Pascua de Resurrección.

Según el vaticanista Luigi Accattoli, «las indiscreciones prevén un texto sin afirmaciones escandalosas en los aspectos doctrinal y jurídico, pero con numerosas opciones prácticas innovadoras en lo que respecta a la preparación para el matrimonio y a las parejas en situación irregular: no sólo los divorciados casados en segundas nupcias, sino también las parejas de hecho, las formadas por un creyente y un no creyente, y quienes hayan contraído matrimonio sólo por la vía civil» (Corriere della Sera, 20 de marzo de 2016) .

¿En qué consistirán esas «prácticas innovadoras»? La palabra clave del documento es «integración». Los que se encuentren en situación irregular serán «integrados» en la comunidad: podrán ser catequistas, animadores litúrgicos, padrinos de bautismo o de confirmación, testigos de boda, etc. Actividades todas ellas que la praxis tradicional de la Iglesia le ha vetado hasta ahora en razón de su situación de pecadores públicos.

Ahora bien, según afirmó Alberto Melloni en La Repubblica el 19 de marzo, «no se esperan novedades con relación a la comunión de los divorciados. Ya que de lo que se trata de es legitimar una praxis (…), no de darle un fundamento teológico». El documento no contemplaría una «norma general» para poder recibir la Eucaristía, dejando más bien en manos de los confesores y obispos particulares la decisión de permitir o no, «caso por caso», la admisión a los sacramentos. La novedad, según explica Melloni, no estaría en las palabras sino en los hechos, «lanzando una llamada a la responsabilidad de los obispos, a quienes restituye poderes efectivos, y señalando, como ha dicho el cardenal Kasper, una verdadera revolución».

Imaginemos que alguno afirmase: la moral existe, pero hagamos cuenta de que no existe. Como la moral es norma de la conducta humana, sería una invitación a constituir una sociedad sin reglas: la ley de la selva en lo moral. Todo estaría permitido en tanto que no se formule teorícamente. Jesús dijo: «Quien me ama guarda mis mandamientos» (Jn. 14, 21). En este caso, en nombre de un falso amor misericordioso se conculcarían los mandamientos de Dios y se haría burla de Él. Y eso sería precisamente la legitimación de la praxis propuesta por Melloni.

De ser cierto lo que revelan las indiscreciones, quien se encontrase en situación de pecado notorio y permanente podría ejercer de testigo, orientador o educador en la comunidad cristiana. Evidentemente, no sólo se aplicaría a los divorciados vueltos a casar, sino a convivientes públicos de toda ralea, hetero y homosexuales, sin discriminación.

¿Sería posible aplicar a semejante documento la hermenéutica de la continuidad,entendida como tentativa de considerar conforme a la Tradición todo acto o palabra de la jerarquía eclesiástica, independientemente de como sea? Para que haya continuidad con el pasado, no basta recalcar la indisolubilidad del matrimonio.

La continuidad de la doctrina se demuestra con hechos y no con palabras. Ante estas novedades en la praxis, ¿cómo se puede decir que nada va a cambiar? ¿Y cómo se puede proponer como solución la hermenéutica de la continuidad, que ya fracasó en lo que respecta a los documentos del Concilio Vaticano II? En su discurso del 14 de febrero de 2013 ante el clero romano, Benedicto XVI, que fue el más autorizado promotor de la hermenéutica de la continuidad, reconoció la débâcle causada por esta línea de interpretación de los hechos.

Su renuncia al solio pontificio constituyó, ante todo, el fracaso de la tentativa de contener la deriva religiosa y moral del posconcilio situándose en un plano de debate puramente teológico y hermenéutico. Cuando el propio Benedicto XVI pasó de la herméntuca a la realidad, otorgando el motu proprio Summorum Pontificum, ganó la batalla. Y Summorum Pontificum representa el culmen de su pontificado.

Quien se sirve del método hermenéutico debe aceptar la posibilidad de que haya interpretaciones diversas de un mismo texto o suceso. Si se niega la pluralidad de interpretaciones, afirmando que un documento o un acto pontificio debe entenderse obligatoriamente en continuidad con el Magisterio precedente, el método hermenéutico en sí queda frustrado. Por otra parte, la regla de interpretación, como en todo acto humano, es la búsqueda de la verdad, no de lo conveniente.

De esto se desprende que la distinción entre magisterio infalible y no infalible, que admite la posibilidad de error por parte de los pastores supremos de la Iglesia, es la única que nos ayuda a entender las divergencias entre documentos magisteriales. Si todos los documentos del Magisterio dijeran lo mismo y jamás hubiera contradicción entre ellos, las propias palabras perderían significado. La objetividad de los textos quedaría sustituida por la habilidad dialéctica un hermeneuta capaz de conciliar lo inconciliable. ¿Y quién interpretaría al hermeneuta? El proceso sería interminable, y toda hermenéutica es, como dice el filósofo alemán Otto Friedrich Bollnow, una forma abierta en la que cabe todo, porque el centro de gravedad pasa del objeto conocido a sujeto cognoscente. Por otra parte, la hermenéutica exige oscuridad y sólo germina en tierras sobre las que no se levanta el sol de la claridad.

La exhortación postsinodal no contendrá ninguna ruptura, según anuncia Alberto Melloni. El Papa, buen conocedor del estrecho límite que separa la herejía de la ortodoxia, no traspasa esa línea roja, pero se sitúa en una zona intermedia ambigua evitando dar el paso fatal que Melloni considera una ruptura considera una ruptura. Pero para que un documento sea malo no hace falta que sea formalmente herético. Basta que sea intencionadamente ambiguo y que, en su oscuridad, se acerque a la herejía o conduzca hacia ella. Entre la verdad y el error, la ambigüedad no constituye un tertium genus aceptable, sino una zona oscura que es preciso aclarar y definir. Un documento bueno puede contener algún pasaje equívoco que sea necesario interpretar a la luz del contexto general, pero si las zonas oscuras superan a las luminosas, el mensaje no puede ser sino sospechoso y malsano.

Hace dos años, el cardenal Kasper dio inicio al debate sinodal, y el mismo purpurado canta hoy victoria con la misma fórmula que propuso el 20 de febrero de 2014: «La doctrina no cambia; la novedad sólo afecta a la práctica pastoral». ¿Habrá ganado Kasper la batalla? Esperamos de todo corazón que nuestras preocupaciones queden desmentidas en los próximos días con el documento pontificio. Y si se confirmaran, esperemos ardientemente que los pastores de la Iglesia que a lo largo de los últimos dos años han intentado bloquear el paso a las ideas de monseñor Kasper expresen con claridad su opinión sobre la exhortación postsinodal. El texto que se publicará es un documento pastoral que no tiene por objeto formular una doctrina, sino dar indicaciones de conducta. Si dichas indicaciones no se corresponden con la práctica católica tradicional, habrá que declararlo con respetuosa franqueza. Más de un millón de católicos han dirigido una súplica filial al papa Francisco pidiéndole que se exprese con claridad sobre los graves problemas morales que se están debatiendo. Si dicha explicación clara no aparece en la exhortación apostólica, rogamos que la den los cardenales que eligieron al Papa y que tienen autoridad para reprenderlo, corregirlo y amonestarlo, ya que nadie puede juzgar al Papa salvo que, como enseñaban los decretistas medievales, se aparte del camino recto de la fe ortodoxa (Gratianus, Decretum, Pars I, Dist. XL, c. 6).

Fuente: ]]>Adelante la Fe]]>

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