Legitimidad y Oportunidad: un debate dentro de la FSSPX

Una distinción necesaria

Como es público, en los últimos meses ha habido una serie de debates dentro de la FSSPX. El tema es, más allá de ciertas cuestiones ocasionales, la diferencia de criterios sobre la legitimidad de aceptar una regularización canónica de la institución fundada por Mons. Marcel Lefebvre en 1970, que fue disuelta en 1975 por medio de procedimientos canónicos discutidos por el fundador, que los consideraba inválidos, y cuya normalización está en la agenda del Vaticano desde principios de 2000. Pero el otro debate es sobre la oportunidad de hacerlo bajo el papa Francisco.

Los dos últimos artículos de fuente propia sobre el tema llevan la firma de Jean-Michael Gleize, un destacado teólogo de la institución y profesor del seminario de Econe y el P. Paul Robinson, asignado al distrito de Asia de la FSSPX.

El artículo del P. Gleize se titula ]]>“Pour une “entente doctrinal”?”]]> y lo hemos publicado en español, siguendo la traducción de Adelante la Fe. El del P. Robinson lleva el título de ]]>“Unity of Faith with Pope Francis and Canonical Recognition of the SSPX”]]>, por el momento lo he visto solo en inglés.

¿Por una “entente doctrinal”?

El P. Gleize publica con mucha frecuencia en los medios oficiales de la Fraternidad y ha tenido un papel protagónico en las conversaciones doctrinales entre Roma y la FSSPX como asesor teológico. En un largo artículo de siete entregas se propuso demostrar que no es posible establecer la herejía formal del Francisco a partir de los textos de Amoris Laetitia, estudio precedido por una larga introducción sobre la cuestión de la posibilidad de un papa hereje y sus consecuencias canónicas.

En el actual estudio, más breve, publicado en Courrier de Rome, una revista asociada a la FSSPX, el autor destaca en los párrafos finales o conclusivos que un reconocimiento canónico por parte de Roma traería más males que bienes a la institución. Esto principalmente, dice el autor, porque el contexto doctrinal en el que dicha regularización tendría lugar domina mentalidad del clero “oficial” neomodernista de un modo determinante y con muy pocas excepciones. Después de declarar una larga lista de cuestiones que separan la doctrina tradicional de los postulados de la “Iglesia conciliar”, concluye con párrafos contundentes:

“La aceptación de nuestra parte de un reconocimiento canónico, en las circunstancias actuales, representa un acto moralmente indiferente, pero con un doble efecto, un efecto esencial bueno y un efecto accidental malo. El efecto bueno es el de situarnos en la normalidad jurídica ante Roma (y también, para algunos, beneficiarse con un campo de apostolado mayor, lo que está por verificarse). El efecto malo es igualmente doble: en primer lugar, el riesgo de relativizar la Tradición, que no aparecerá ya sino como un bien particular y una opción teológica personal de la Fraternidad San Pío X; y en segundo término el riesgo de traicionar y abandonar este bien particular en razón de todos los favens haeresim (promotores de herejías), que caracterizan como tal a la Iglesia conciliar.

La solución depende primero de la proporción a establecer entre el efecto bueno y el efecto malo. Está claro que en la intención de nuestro Fundador, es más importante evitar el doble efecto malo que de conseguir el efecto bueno. El efecto bueno aquí es menos bueno que el bien mejor al que se opone el doble efecto peor. La profesión pública de la fe es más importante que la normalidad canónica “Lo que nos interesa primero es mantener la fe católica. He aquí nuestro combate. Así pues, la cuestión canónica, puramente exterior, pública en la Iglesia, es secundaria. Lo que es importante, es permanecer en la Iglesia… en la Iglesia, es decir en la fe católica de siempre y en el verdadero sacerdocio, y en la verdadera misa, y en los verdaderos sacramentos, en el catecismo de siempre, con la Biblia de siempre. Esto es lo que nos interesa. Esto es lo que es la Iglesia. Lo de ser reconocidos públicamente nos es secundario. Entonces, no hace falta buscar lo secundario perdiendo lo que es primario, lo que es el prioritario objetivo de nuestro combate.”

La solución depende a continuación de la evaluación de las circunstancias: ¿Son tales que se pueda, de una forma razonable, evitar el doble efecto malo, es decir, el doble riesgo? Pues se trata ni más ni menos que de un riesgo. La cuestión se convierte, en suma, en preguntarse si es prudente someterse a la autoridad de los miembros de la jerarquía de la Iglesia, tales y como son en la situación presente, es decir, todavía imbuidos por la mayoría de falsos principios contrarios a la fe católica. Se podrían citar sin dudar algunas excepciones; pero no prueban absolutamente nada contra el estado de espíritu general que es más que evidente en su totalidad. Estamos pues obligados a aplicar la regla de llamar a las cosas por lo que es dominante en ellas y de concluir que los miembros de la jerarquía de la Iglesia son actualmente modernistas. Dicho esto, para responder a nuestra cuestión, disponemos de dos elementos: primero, nuestra propia experiencia, ya que hemos podido constatar que ninguno de los que han aceptado un reconocimiento canónico por parte de Roma ha podido evitar el doble efecto malo; segundo, la experiencia de nuestro Fundador: “No se entra en un marco, y bajo unos superiores, diciendo que vamos a cambiarlo todo ¡cuando estemos dentro, cuando ellos tienen todo el poder de sojuzgarnos! Ellos tienen toda la autoridad”.

¿Es lo mismo Unidad de Fe que reconocimiento canónico?

El P. Robinson, por su parte, excluye expresamente la cuestión de la oportunidad o prudencia de someterse a una regularización canónica y trata sobre la licitud de recibir este reconocimiento de un papa modernista. Advierte que con frecuencia los temas se confunden en la polémica y no diferenciarlos conduce a una discusión infructuosa.

Su razonamiento se basa en que la FSSPX se fundó bajo la jurisdicción de un papa notoriamente neomodernista, como Paulo VI. Es decir, que Mons. Lefebvre no tuvo nunca objeción en estar bajo la autoridad del papa legítimo, aunque este papa, en su magisterio fuese un hombre de doctrina confusa. Tal como lo comprueba la historia, la Pía Sociedad que fue autorizada a funcionar ad experimentum por cinco años, como es habitual en el caso de los nuevos institutos religiosos, se sometió a la autoridad del mismo papa al que cuestionaba en sus orientaciones doctrinales. Y cuando le fue negado el permiso para continuar bajo la forma canónica que la amparaba, en 1975, el fundador reclamó ante Roma porque se lo despojaba de la regularidad canónica.

Igualmente, antes de consagrar obispos, Mons. Lefebvre firmó un protocolo de acuerdo canónico, que luego denunció por haberse sentido traicionado, ya que ese mismo día Roma cambió parte de lo acordado. Sin embargo, y a pesar de los escándalos doctrinales que lo movieron a la decisión más dramática de su vida, consagrar obispos sin el mandato de Roma, el arzobispo jamás negó la jurisdicción universal del papa, ni su legitimidad de elección, pero lo resistió en aquello en que el papa iba contra la doctrina y la tradición de la Iglesia.

Dice el P. Robinson que siendo los diversos papas conciliares reconocidos como tales por la FSSPX, conmemorados en las misas y en las bendiciones, va implícito que han sido las autoridades permitidas por Dios y que, más allá de que hayan sido o no fieles a su mandado, fueron elegidos para hacer lo que la Iglesia hizo siempre por voluntad de Cristo. En tanto actúan según el mandato de Cristo, todo católico debe obedecerles. Cuando van en contra de él, lo deben resistir. Lo cual no significa ni juzgarlos, ni negarles su autoridad ni la reverencia debida.

Es posible, dice Robinson, colaborar con un papa modernista en tanto que esa colaboración sea en aquello en que no ejercita sus ideas modernistas. De hecho, insiste, la FSSPX colabora con Francisco (y antes con los papas previos) reconociéndolos y haciendo lo que la Iglesia pide que se haga, santificar y salvar las almas. Es una cooperación en aquello sobre lo que el papa debe velar, es decir, la salvación de las almas.

La falta de una forma canónica regular puede ser un obstáculo, pero de orden secundario, ya que si la congregación creyera que debe volver a la comunión con la Iglesia significaría que ha salido de la Iglesia. El papa no es la Iglesia, es el Vicario de Cristo. El propio Vicario de Cristo puede apartarse de la Fe de la Iglesia, pero en la medida en que obre para el bien de la Iglesia, todo católico debe cooperar con él. Cuando abusa de su autoridad, no es lícito seguirlo. Porque eso significa que se aparta de lo que Cristo quiere para la Iglesia. Pero no por eso pierde su condición de autoridad suprema en la tierra. Por eso, en sí mismo, no hay objeción esencial en cooperar con un papa modernista en aquello en que dicho papa no actúa como modernista. Por ejemplo, al darle a la FSSPX un estatus canónico regular, algo a lo que tiene derecho. Dice más adelante el autor:

“Este parece ser el principio bajo el cual el Arzobispo se guiaba. En su homilía de ordenaciones antisedevacantista de 1982 afirmó:

“A pesar de las heridas de la Iglesia, a pesar de las dificultades, de la persecución que sufrimos, inclusive de las autoridades de la Iglesia, no abandonemos la Iglesia, amemos a la Santa Iglesia, nuestra madre, sirvámosla siempre –a pesar de sus autoridades, si es necesario… queremos sostener a la Santa Iglesia Católica Romana”.

“Cuando dice “a pesar de las autoridades, si es necesario” él está implícitamente diciendo “con las autoridades, si es posible”. Sea lo que sea que venga, la FSSPX debe servir a la Iglesia, no a los clérigos como tales. Cuando los clérigos actúan contra la Iglesia –y claramente es muchas veces así- la FSSPX no debe cooperar”.

Estos dos artículos, que a primera vista podrían parecer opuestos, sin embargo no colisionan en lo esencial.

  • La prudencia de aceptar esta regularización es algo distinto de que la regularización sea un bien, porque es un bien secundario, sujeto a la fidelidad a la Fe, que es el bien mayor.
  • Estar bajo una forma canónica regular es en sí algo aceptable y normal. Pero las circunstancias son excepcionales. La jerarquía está ganada por el modernismo.
  • Se lo debe resistir en todo aquello en que pretenda imponer su magisterio personal modernista.
  • Se debe obedecer al papa en cuanto realiza aquello para lo que Cristo fundó el papado.
  • Francisco es modernista.
  • Francisco es el papa.
  • Para el P. Gleize prudencialmente una regularización es inaceptable en las condiciones actuales, el P. Robinson no se pronuncia sobre ese punto, aunque en el comentario de una situación analógica que pone por ejemplo observa que quien acepta ponerse bajo la autoridad efectiva (que no es lo mismo que aceptar la autoridad pero resistirla) corre el riesgo de quedar en una trampa y ser destruido.

Este debate es muy valioso. Por lo pronto se descartan las teorías que sostienen la ilegitimidad del pontificado de Francisco, por los motivos que se han discutido ya públicamente, o las de los papas conciliares en razón de sus posiciones doctrinales heretizantes. Ambos admiten que no hay un obstáculo esencial para recibir la regularización canónica, que es un bien. Y el P. Gleize se expresa en contra de la prudencia de hacerlo en este momento. El P. Robinson no se pronuncia sobre esto, pero admite que podría ser imprudente si la circunstancias que condicionan esa regularización permiten entrampar y destruir a la institución.

Parecen estar de acuerdo en lo esencial.

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