13 de julio de 2017: Centenario del Secreto de Fátima

La Visión del Infierno y la Revelación del Secreto

El Centenario de Fátima es más que una fecha. Son seis fechas sucesivas, de mayo a octubre. Seis “13 de …” excepto en agosto, cuando el día trece los niños estuvieron retenidos en una prisión bajo amenaza de muerte y la Señora se les apareció el día 19.

Una de las más impresionantes jornadas de los días trece fue la del mes de julio. En ella la Virgen reveló “el secreto”, el mensaje que había de mantenerse en reserva hasta aviso del cielo a Lucía, quien lo expuso en tres partes, y reveló dos de ellas en los años ’40 a la vez que manifestó que la tercera parte (llamada comúnmente “Tercer Secreto”) se debía revelar en 1960 o tras su muerte, si ocurriera antes de esa fecha.

El 13 de julio es el centenario del Secreto. En sus memorias (relatos de las apariciones) Lucía dio a conocer las dos primeras partes. Ella misma lo narra en su pluma sencilla como su alma.

¿Qué es el secreto?

Me parece que lo puedo decir, pues ya tengo licencia del Cielo. Los representantes de Dios en la tierra me han autorizado a ello varias veces y en varias cartas; juzgo que V. Excia. Rvma. conserva una de ellas, del R. P. José Bernardo Gonçalves (1) aquella en que me manda escribir al Santo Padre (2). Uno de los puntos que me indica es la revelación del secreto. Sí, ya dije algo; pero, para no alargar más ese escrito que debía ser breve, me limité a lo indispensable, dejando a Dios la oportunidad de un momento más favorable.

Pues bien; ya expuse en el segundo escrito, la duda que, desde el 13 de junio al 13 de julio, me atormentó; y cómo en esta aparición todo se desvaneció.

Visión del inferno

Ahora bien, el secreto consta de tres partes distintas, de las cuales voy a revelar dos (3).

La primera fue, pues, la visión del infierno (4).

Nuestra Señora nos mostró un gran mar de fuego que parecía estar debajo de la tierra. Sumergidos en ese fuego, los demonios y las almas, como si fuesen brasas transparentes y negras o bronceadas, con forma humana que fluctuaban en el incendio, llevadas por las llamas que de ellas mismas salían, juntamente con nubes de humo que caían hacia todos los lados, parecidas al caer de las pavesas, en los grandes incendios, sin equilibrio ni peso, entre gritos de dolor y gemidos de desesperación que horrorizaba y hacía estremecer de pavor. Los demonios se distinguían por sus formas horribles y asquerosas de animales espantosos y desconocidos, pero transparentes y negros.

Esta visión fue durante un momento, y ¡gracias a nuestra Buena Madre del Cielo, que antes nos había prevenido con la promesa de llevarnos al Cielo! (en la primera aparición). De no haber sido así, creo que hubiésemos muerto de susto y pavor.

Inmediatamente, levantamos los ojos a Nuestra Señora que nos dijo con bondad y tristeza:

Visteis el infierno a donde van las almas de los pobres peca- dores; para salvarlas, Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón(5). Si se hace lo que os voy a decir, se salvarán muchas almas y tendrán paz. La guerra pronto terminará (6). Pero si no dejaren de ofender a Dios, en el pontificado de Pio XI (7) comenzará otra peor. Cuando veáis una noche iluminada por una luz desconocida, sabed que es la gran señal (8) que Dios os da de que va a castigar al mundo por sus crímenes, por medio de la guerra, del hambre y de las persecuciones a la Iglesia y al Santo Padre. Para impedirla, vendré a pedir (9) la consagración de Rusia a mi Inmaculado Corazón y la Comunión reparadora de los Primeros Sábados. Si se atienden mis deseos, Rusia se convertirá y habrá paz; si no, esparcirá sus errores por el mundo, promoviendo guerras y persecuciones a la Iglesia. Los buenos serán martirizados y el Santo Padre tendrá mucho que sufrir; varias naciones serán aniquiladas. Por fin mi Inmaculado Corazón triunfará. El Santo Padre me consagrará a Rusia (10), que se convertirá, y será concedido al mundo algún tiempo de paz (11).

Fuerte impresión sobre Jacinta

Excelentísimo y Reverendísimo Señor Obispo: dije ya a V. Excelencia Reverendísima, en las anotaciones que le envié, una vez leído el libro «Jacinta» que ella se impresionaba muchísimo con algunas de las cosas reveladas en el secreto. Ciertamente, así era. Al tener la visión del infierno, se horrorizó de tal manera, que todas las penitencias y mortificaciones le parecían nada para salvar de allí a algunas almas.

Bien; ahora respondo yo al segundo punto de interrogación que, de muchos sitios, hasta aquí me han llegado.

¿Cómo es que Jacinta, siendo tan pequeñita, se dejó poseer y llegó a comprender tan gran espíritu de mortificación y penitencia? Me parece a mí que fue debido: primero, a una gracia especialísima que Dios, por medio del Inmaculado Corazón de María, le concedió; segundo, viendo el infierno y las desgracias de las almas que allí padecen. Algunas personas, incluso piadosas, no quieren hablar a los niños pequeños sobre el infierno, para no asustarlos; sin embargo Dios no dudó en mostrarlo a tres y una de ellas contando apenas seis años; y Él bien sabía que había de horrorizarse hasta el punto de, casi me atrevería a decir, morirse de susto.

Con frecuencia se sentaba en el suelo o en alguna piedra y, pensativa, comenzaba a decir:

–¡El infierno! ¡El infierno! ¡qué pena tengo de las almas que van al infierno! ¡Y las personas que, estando allí vivas, arden como la leña en el fuego!

Y, asustada, se ponía de rodillas, y con las manos juntas, rezaba las oraciones que Nuestra Señora nos había enseñado:

– ¡Oh Jesús mío, perdónamos, líbranos del fuego del infierno, lleva al Cielo a todas las almas, especialmente a aquellas que más lo necesitan!

Ahora, Exmo. y Rvmo. Señor Obispo, ya V. Excia. Rvma. comprenderá por qué a mí me daba la impresión de que las últimas palabras de esta oración, se referían a las almas que se encuentran en mayor peligro, o más inminente, de condenación.

Y permanecía así, durante largo tiempo, de rodillas, repitiendo la misma oración. De vez en cuando me llamaba a mí o a su hermano (como si despertara de un sueño):

– Francisco, Francisco, ¿vosotros rezáis conmigo? Es preciso rezar mucho, para librar a las almas del infierno. ¡Van para allá tantas! ¡tantas!

Otras veces preguntaba:

– ¿Por qué Nuestra Señora no muestra el infierno a los pecadores? ¡Si ellos lo vieran, no pecarían para no ir allá! Has de decir a aquella Señora que muestre el infierno a toda aquella gente (referíase a los que se encontraban en Cova de Iría en el momento de la aparición). Verás cómo se convierten.

Después, medio descontenta, me preguntaba:

– ¿Por qué no dijiste a Nuestra Señora que mostrase el infierno a aquella gente?

–Lo olvidé – respondí. – También yo lo he olvidado – decía ella con aire triste. Algunas veces, preguntaba todavía: – ¿Qué pecados son los que esa gente hace para ir al infierno? – No sé. Tal vez el pecado de no ir a Misa los Domingos, de robar, el decir palabras feas, maldecir, jurar. – ¿Y sólo así por una palabra van al infierno? – ¡Claro! Es pecado... – ¡Qué trabajo les costaría el estar callados e ir a Misa! ¡Qué lástima me dan los pecadores! ¡Si yo pudiera mostrarles el infierno! Algunas veces, de una manera repentina, se agarraba a mí y me decía: – Yo voy al Cielo; pero tú te quedas aquí; si Nuestra Señora te lo permitiera, di a todo el mundo cómo es el infierno, para que no cometan pecados y no vayan allá.

Otras veces, después de estar un poco de tiempo pensando, decía:

–¡Tanta gente que va al infierno! ¡Tanta gente en el infierno! Para tranquilizarla, yo le decía: – No tengas miedo. Tú irás al Cielo. – Voy, voy –decía con paz–, pero yo quisiera que todas aquellas gentes fueran también para allá. Cuando ella, por mortificarse, no quería comer, yo le decía: – ¡Jacinta!, anda, ahora come. – No. Ofrezco este sacrificio por los pecadores que comen más de la cuenta. Cuando durante la enfermedad iba algún día a Misa, le decía: – Jacinta, ¡no vengas! Tú no puedes. ¡Hoy no es domingo! – ¡No importa! Voy por los pecadores que no van ni los domingos. Si alguna vez oía algunas de esas palabras, que alguna gente hacía alarde de pronunciar, se cubría la cara con las manos y decía:

–¡Dios mío! ¿No sabrán estas gentes que por pronunciar estas cosas pueden ir al infierno? Jesús mío, perdónalas y conviértelas. Cierto es que no saben que con esto ofenden a Dios. ¡Qué lástima, Jesús mío! Yo rezo por ellos.

Y ella repetía la oración enseñada por Nuestra Señora: – ¡Oh, Jesús mío, perdónanos! etc.

Mirar retrospectivo de Lucía

Exmo. y Rvmo. Sr. Obispo, ahora me viene a la cabeza una reflexión. Muchas veces me he preguntado si Nuestra Señora, en alguna de las apariciones, nos dijo cuáles son los pecados que ofenden más a Dios. Pues, según he oído, a Jacinta le dijo en Lisboa que eran los de la carne (12). Tal vez, ahora pienso, que, como era una de las preguntas que a veces me hacía a mí, se le ocurriese preguntársela a Nuestra Señora en Lisboa, y Ella le dijo que era ése.

El Inmaculado Corazón de María

Bien, Exmo. y Rvmo. Sr. Obispo; me parece que ya he manifestado la primera parte del secreto.

La segunda parte del secreto se refiere a la devoción al Inmaculado Corazón de María.

En el segundo escrito dije que el 13 de junio de 1917, Nuestra Señora me dijo que nunca me abandonaría y que su Inmaculado Corazón sería mi refugio y el camino que me conduciría a Dios; y que, al decir estas palabras, fue cuando extendió sus manos haciéndonos penetrar en el pecho los reflejos que de ellas salían. Paréceme que a partir de este día, este reflejo infundió principalmente en nosotros un conocimiento y amor especial para con el Inmaculado Corazón de María (13) así como, en las otras dos ve- ces, me parece, lo tuvo con relación a Dios y al misterio de la Santísima Trinidad. Desde ese día, sentimos en nuestro corazón un amor más ardiente hacia el Inmaculado Corazón de María. Jacinta me decía con frecuencia:

–Aquella Señora te dijo que su Inmaculado Corazón será tu refugio y el camino que te llevará a Dios. ¿No le quieres mucho? ¡Yo quiero tanto su Corazón! ¡Es tan bueno!

Una vez que en julio, en el secreto, como ya quedó expuesto, nos dijo que Dios quería implantar en el mundo la devoción a su Inmaculado Corazón; y que, para impedir la futura guerra, vendría a pedir la consagración de Rusia a su Inmaculado Corazón y la Comunión reparadora de los Primeros Sábados; hablando de esto entre nosotros, Jacinta decía:

–¡Tengo tanta pena de no poder comulgar en reparación de los pecados que se cometen contra el Inmaculado Corazón de María!

También anteriormente apunté, como Jacinta, entre las muchas jaculatorias que el P. Cruz nos sugirió, escogió la de: ¡Dulce Corazón de María, sé la salvación mía! A veces, después de decirla, añadía, con aquella sencillez que le era propia:

–¡Me agrada tanto el Inmaculado Corazón de María! ¡Es el Corazón de nuestra Madrecita del Cielo! ¿A ti no te gusta decir muchas veces: ¿Dulce Corazón de María?, ¿Inmaculado Corazón de María? ¡Me agrada tanto, tanto!...

A veces, cuando recogía flores del campo, cantaba en ese momento con una música inventada por ella:

¡Dulce Corazón de María, sé la salvación mía! ¡Inmaculado Corazón de María, convierte a los pecadores, libra a las almas del infierno!

Jacinta ve al Santo Padre

Un día fuimos a pasar las horas de la siesta junto al pozo de mis padres. Jacinta sentóse al borde del pozo; Francisco, conmigo, fue a buscar miel silvestre en las zarzas de un matorral que había junto a un ribazo de allí. Pasado un poco de tiempo, Jacinta me llamó:

–¿No has visto al Santo Padre? – ¡No! – No sé cómo fue. He visto al Santo Padre en una casa muy grande, de rodillas, delante de una mesa, llorando con las manos en la cara. Fuera de la casa había mucha gente, unos le tiraban piedras, otros le maldecían y decíanle muchas palabras feas (14). ¡Pobrecito, el Santo Padre! Tenemos que rezar mucho por él.

Dije antes como, un día, dos sacerdotes nos recomendaron rezar por el Santo Padre y nos explicaron quién era el Papa. Jacinta me preguntó después:

–¿Es el mismo que yo vi llorar y del cuál aquella Señora nos habló en el secreto?

–Lo es – respondí.

– Sin lugar a dudas aquella Señora también lo mostró a estos sacerdotes. ¿Te das cuenta? Yo no me engañé. Es necesario rezar mucho por él.

En otra ocasión, fuimos al Roquedal del Cabezo. Llegados allí, nos pusimos de rodillas en tierra, para rezar las oraciones del Ángel. Pasado algún tiempo, Jacinta se pone en pie y me llama:

– ¿No ves muchas carreteras, muchos caminos y campos llenos de gente que lloran de hambre por no tener nada para comer? ¿Y el Santo Padre en una iglesia, rezando delante del Inmaculado Corazón de María? ¿Y tanta gente rezando con él?

Pasados algunos días me preguntó:

–¿Puedo decir que vi al Santo Padre y a todas aquellas gentes?

–No. ¿No ves que eso forma parte del secreto, y luego se descubriría todo?

–Está bien; entonces no digo nada.

Visión de la guerra

Un día fui a su casa, para estar con ella. La encontré sentada en la cama, muy pensativa.

–Jacinta, ¿qué estás pensando?

– En la guerra que ha de venir. ¡Va a morir tanta gente! Y va casi toda para el infierno (15). Muchas casas han de ser arrasadas y matarán a muchos sacerdotes. Oye: yo voy para el Cielo. ¡Y tú, cuando veas, de noche, esa luz que aquella Señora dijo que ven- dría antes, corre para allá también! (16)

– ¿No ves que para el Cielo no se puede huir?

– Es verdad. No puedes. Pero no tengas miedo. Yo, en el Cielo he de pedir mucho por ti, por el Santo Padre, por Portugal, para que la guerra no venga para acá (17), y por todos los sacerdotes.

Exmo. y Rvmo. Señor Obispo: V. Excia. sabe cómo, hace algunos años, Dios manifestó esa señal, y que los astrónomos quisieron designar con el nombre de aurora boreal (18). No sé. Pero me parece a mí que si lo examinasen bien, verían que no fue ni podría ser, por la forma en que se presentó, tal aurora. Pero sea lo que sea, Dios se sirvió de eso para hacerme comprender que su justicia estaba presta a descargar el golpe sobre las naciones culpables, y por ello, comencé a pedir con insistencia la Comunión reparadora de los Primeros Sábados y la consagración de Rusia. Mi fin era, no sólo conseguir misericordia y perdón para todo el mundo, sino, en especial, para Europa.

Dios en su infinita misericordia, me fue haciendo sentir cómo ese terrible momento se aproximaba, y V. Excia. Rvma. no ignora cómo, en su momento, lo fui indicando. Y aún digo que la oración y la penitencia hecha hasta ahora en Portugal, no aplacó aún la Divina Justicia, porque no ha sido acompañada de la contrición y enmienda. Espero que Jacinta interceda por nosotros en el Cielo.

Ya dije en las anotaciones que envié sobre el libro «Jacinta», que ella se impresionaba mucho con algunas cosas reveladas en el secreto. Por ejemplo, con la visión del infierno, con la desgracia de tantas almas que para allá iban; la futura guerra, cuyos horrores ella parecía tener presentes, le hacía estremecer de miedo. Cuando la veía muy pensativa, le preguntaba:

– Jacinta, ¿en qué piensas? Y no pocas veces me respondía: – En esa guerra que ha de venir, en tanta gente que ha de morir e ir al infierno. ¡Qué pena! ¡Si dejasen de ofender a Dios no vendría la guerra, ni tampoco irían al infierno!

A veces me decía también:

– Tengo pena de ti. Francisco y yo vamos al Cielo y vas a quedarte aquí solita. Pido a Nuestra Señora para que te lleve también al Cielo, pero Ella quiere que quedes aquí durante algún tiempo. Cuando veas la guerra no tengas miedo, en el Cielo pediré por ti.

Poco tiempo antes de ir para Lisboa, en uno de esos momentos, en que parecía estar dominada por la nostalgia, le decía:

– No tengas pena de que yo no vaya contigo. El tiempo es poco; puedes pasarlo pensando en Nuestra Señora, en Nuestro Señor; diciéndole muchas veces esas palabras que te gustan tanto: ¡Dios mío!, yo te amo. ¡Inmaculado Corazón de María! ¡Dulce Corazón de María! etc.

Eso sí –respondió con vivacidad–; ¡no me cansaré nunca de decirlas hasta morir! Y después, he de cantarlas muchas veces en el Cielo.

Notas:

(1) El P. José Bernardo Gonçalves era uno de los directores espirituales de Lucía (†1966).

(2) La carta al Santo Padre Pio XII fue expedida el 2 de diciembre de 1940.

(3) Adviértase que se trata de un único secreto, que consta de tres partes. Aquí Lucía describe las dos primeras. La tercera, escrita el 3 de enero de 1944, ha sido publicada el 26 de junio de 2000.

(4) Lucía describe con muchos detalles la visión que ella tuvo del infierno.

(5) La gran promesa de salvación, del Mensaje de Fátima, aparece muchas ve- ces vinculada a la intercesión del Inmaculado Corazón de María.

(6) Se trata de la Primera Guerra Mundial (1914 -1918).

(7) Lucía confirmó, más de una vez, expresamente, el nombre del papa Pio Xl. A la objeción de que el inicio de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) ha- bría sido en el pontificado de Pio XlI, ella responde que la ocupación de Austria, en 1938, era el verdadero inicio de la guerra.

(8) Lucía admitió que la “extraordinaria” aurora boreal, la noche del 25 al 26 enero de 1938, fue una advertencia de Dios para el incio de la guerra.

(9) Esta promesa de “volver”, se cumplió el 10 de diciembre de 1925, cuando Nuestra Señora se apareció a Lucía en Pontevedra (Ver Apendice I). El 13 de junio de 1929 le pidió a Lucía, en Tuy, en una visión, la consagración de Rusia a su Inmaculado Corazón.

(10) La H.na Lucía afirma que la consagración hecha por Juan Pablo II, en unión con los obispos corresponde a lo pedido por Nuestra Señora: «Sí, desde el 25 de marzo de 1984, ha sido hecha tal como Nuestra Señora había pedido» (carta del 8 de noviembre de 1989). Por tanto, toda discusión, así como cualquier otra petición ulterior, carecen de fundamento.

(11) Esta promesa no está condicionada; ciertamente se cumplirá. Pero, de hecho, nosotros no conocemos el día en que se hará realidad.

(12) Es verdad que Jacinta, por su edad, no tenía conocimiento pleno de lo que significaba este pecado. Pero eso no quiere decir que ella, por su gran intui- ción, no haya comprendido su importancia.

(13) El amor al Inmaculado Corazón de María era, según Lucía, como una “virtud infusa”. Esto sólo se puede explicar por un modo místico extraordinario que a ella le fue concedido.

(14) Con la revelación de la 3a parte del secreto se comprende mejor como Jacinta reconoció en sus visiones al Santo Padre. El 27.IV.2000 Lucia respondiendo a la pregunta de Mons. Bertone si el personaje principal de la visión era el Papa, dijo «Nosotros no sabíamos el nombre del Papa, la Señora no nos dijo el nombre del Papa, no sabíamos si era Benedicto XV o Pío XII o Pablo VI o Juan Pablo II, pero era el Papa que sufría y eso nos hacía sufrir también a nosotros».

(15) Se trata de la Segunda Guerra Mundial. Jacinta vivió, por consiguiente,de una manera mística, esta parte del secreto.

(16) Lucía, con esta expresión, quiere manifestar el horror que estas visones provocaron en el alma de la pequeña Jacinta.

(17) Portugal, a pesar de los grandes peligros, fue verdaderamente favorecido, en la Segunda Guerra Mundial.

(18) Lucía admitió que la “extraordinaria” aurora boreal, la noche del 25 al 26 enero de 1938, fue una advertencia de Dios para el inicio de la guerra.

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