Fátima, el Secreto Olvidado

La parte del Secreto que conocemos con certeza y no practicamos

Los lectores de este sitio habrán notado poca actividad en los últimos tiempos. La causa de esta retracción de publicaciones es simple: no deseamos contribuir a la confusión general agregando más opiniones a las que ya circulan -en demasía-sobre la crisis de la Iglesia. Hay una gran ansiedad por “información”, un gran deseo de participar en la resistencia al neomodernismo que ha llevado a límites increíbles su tarea de destrucción.

Para enfrentar el vendaval de información y desinformación que nos azota necesitamos estar bien plantados. Cuando el viento arrecia, los navegantes lo saben bien, a veces es necesario arriar algunas velas. Sobre todo si el viento sopla en sentido contrario a donde pretendemos ir. O si es tan recio que amenaza desarborarnos la cordura. Para afrontar este temporal hay que tomar decisiones rápidas y seguras, porque de ciertos escollos no se sale más.

Hay dos modos de afrontar lo que pasa en la Iglesia y por consecuencia en el mundo. Uno es muy simple de plantear pero difícil de practicar. Otro es extraordinariamente complicado y peligroso, pero fácil de poner en practica.

El primero, que me parece preserva lo esencial del espíritu católico, consiste en retraer, precisamente, el deseo de comprensión de las minucias cotidianas y refugiarse en la comprensión de los hechos esenciales. Renunciar al método periodístico de ver la historia, hora tras hora, y buscar a un lugar de observación alto y firme. Lo que está ocurriendo nos fue anticipado en las Sagradas Escrituras y en las grandes profecías marianas de los siglos XIX y XX, e inclusive previas. Situarse allí, para ver con otra perspectiva. Pero este ejercicio no es meramente intelectual. Requiere más. Un compromiso espiritual.

El segundo modo es un minucioso seguimiento de cada hecho, su verificación, su interpretación, sus consecuencias, tanto en la Iglesia como en el mundo. Convengamos que pocas personas pueden hacer esto, pero muchas pueden ilusionarse creyendo que lo hacen porque pasan algunas horas al día en Internet. Esto es lo que más entusiasma, y cuanto más “conclusiones definitivas” se obtienen de los vaivenes provisorios de la realidad cotidiana, más inseguras y turbias parecen las cosas. Gran acopio de datos, mucho atragantamiento de noticias, generalmente provistas por fuentes de segunda y tercera mano. Fruto final: mayor ansiedad.

La ansiedad, una enfermedad moderna, al menos como epidemia, es el vacío que busca llenarse con algo. En el caso de nuestra ansiedad, la de los católicos angustiados por la situación de la Iglesia, es una desesperada búsqueda de respuestas. ¿Por qué Dios permite esto? Y Dios ya nos respondió, hace mucho, y nos responde todos los días, pero no lo escuchamos.

Es posible que los católicos hagamos un poco de cada cosa, que vivamos el día a día con un pie en cada modo de ver la realidad. El primero estrictamente practicado exige una vida recoleta, que es más que alejarse a un lugar rural, algo que de por sí no garantiza esta recolección, aunque ayuda, ni tampoco está al alcance de todos. Lo segundo, estrictamente practicado, demanda una dedicación exclusiva. Hay que ser periodista, filósofo (y sobre todo rentista) para dedicarse a con esta intensidad. Y tener una salud a toda prueba.

A las personas corrientes nos es necesario balancear nuestras vidas, volcar el centro de gravedad en las pocas pero fundamentales acciones prácticas que están en nuestra mano defender: la Fe, la moral, la Cristiandad.

Si la realidad nos aplasta diariamente con hechos, rumores, inquietudes y confusiones, parece necesario, por razones de salud mental y espiritual, adoptar en el primero de los modos, y si el cuerpo lo resiste, dedicar una mirada general a los acontecimientos, tan solo por razones de estrategia general, para tomar el pulso del momento. Nuestra batalla no resulta muy relevante cuando pretendemos incidir en los grandes escenarios. En realidad allí no tiene ninguna importancia si la libramos según el segundo modo. Pero es esencial para el triunfo de la Iglesia si la planteamos según el primero.

El Secreto de Fátima al que no prestamos atención

Hoy, (13 de julio de 2017) hace 100 años que la Santísima Virgen nos llamó, por vía de tres niños que fueron santos, a precavernos de peligros casi inconcebibles para la gente de ese tiempo –peligros que hoy padecemos a diario- por medio de la oración y el sacrificio. ¿Quién podría imaginar entonces el colapso de la Jerarquía, los poderes oscuros detrás de la técnica, la información y la finanza esclavizando el mundo, invadiendo hasta nuestros recintos más íntimos? Hoy es una evidente realidad. El rezo del Santo Rosario y una vida virtuosa, facilitada por la devoción al Corazón Inmaculado, complemento natural de la del Sagrado Corazón son nuestros salvavidas en estos tiempos.

La Virgen nos pide ir a misa los primeros sábados de mes, confesar, comulgar y hacer 15 minutos de reparación meditando los misterios del Rosario. A este sencillo pedido, que la Iglesia demoró tanto en difundir y los fieles, inclusive los más tradicionales tanto descuidamos, se agregó una dificultad mayor. Hoy no es fácil encontrar una “misa” según la Tradición de la Iglesia, por increíble que parezca… pero tampoco es imposible. Lo cierto es que muchos no la buscan siquiera o se alejan de la que tienen a mano porque “algo no les gusta”. ¡Como si pudiéramos despreciar el tesoro que se nos ofrece por preferencias personales!

Naturalmente, ir a misa los primeros sábados de mes supone ir a misa todos los domingos y fiestas de obligación, y si no hay un misa digna, santificar la fiesta dedicando el día a mayor oración, apartados de lo mundano, uniéndonos a las misas de siempre en nuestro espíritu, y si está a mano (a mano está en Internet sin duda) leer la liturgia del día y el ordinario.

Ir a una misa cualquiera para luego tronar las críticas porque el cura “esto y aquello” no santifica la fiesta. Por el contrario. Perseverar en la misa novus ordo porque es bastante “tranquila”, y el cura “nos permite” este o aquel acto piadoso no es trabajar por la restauración de la Cristiandad.

Centrados en la Misa de los Apóstoles, atrincherarnos en nuestras familias, a las cuales debemos darles no solo muchos sino santos hijos, ambas cosas en la medida de lo posible pero con el mayor esfuerzo. Y sin santidad paterna no hay un camino fácil para la santidad filial. No se reconstruye la Cristiandad meramente con críticas e invectivas a aquello que la destruye. Se la reconstruye con un intento serio de santificación. Con el concurso de otras familias se puede conformar una comunidad sólida, de allí podrá tal vez salir la educación formal de los hijos, apartados de las perversas escuelas actuales.

Mantenernos alejados del pecado mortal. Y también combatir el pecado venial, que nos ancla en la mediocridad espiritual. No basta trompearse con los abortistas, necesaria represión del mal, sino trompearse con uno mismo, indispensable promoción de la virtud sin la cual no entraremos en el Reino de los Cielos, o lo haremos tarde y mal, arañando por la misericordia y el fuego del Purgatorio lo que debimos haber ganado por la conquista de nosotros mismos, auxiliados por la Gracia de Dios.

¿Los tiempos actuales no permiten la santidad?

Hoy en día es casi una convicción en el ambiente católico más tradicional pensar en la santidad solo bajo forma de martirio. Admiramos a los cristianos que perseveran y mueren asesinados por odio a la Fe en países musulmanes y comunistas. Pero no apreciamos igualmente hacer lo propio confesando la Fe en nuestra sociedad corrupta y descristianizada. Si Dios nos quiere enviar el martirio, más vale que empecemos a practicar ahora las virtudes cristianas en un grado mayor. No solo la Fe, también la Esperanza y la Caridad. La Esperanza nos da paz, la Caridad nos aleja del celo amargo.

Si no estamos en paz con nosotros mismos, no culpemos a Francisco. Dios permitió a Francisco por causa de nuestros pecados. Todas las malas noticias que puedan llegar desde Roma o desde cualquier punto no pueden alternar nuestra serenidad porque Cristo está por encima de todo y de todos. Estará con nosotros hasta la consumación del siglo, y abreviará los tiempos para que los elegidos no vacilen. Garantías suficientes.

Lo demás suelen ser excusas para no hacer lo que en todo tiempo, pero en particular en estos tiempos oscuros, es nuestro deber de cristianos católicos, santificarse. Esto es lo que podemos hacer ya, ahora mismo, para abreviar la Pasión de la Iglesia y detener el colapso de la sociedad.

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Marcelo González

Yo recuerdo, en mi larga vida de tradicionalista, haber escuchado muchas veces este reproche: ¿cómo te vas a oponer a algo que ha dicho el papa? O el Concilio, cuando el Concilio era dogmático de facto. Algo que parece también dejó de ser para los conservadores.

Marcelo González

Signos del cielo y de la tierra: si los tiempos no se abreviasen hasta los justos perecerían

Mons. Bernard Fellay

Pretender hablar de conversión excluyendo que sea a la Iglesia católica, es burlarse de la gente. Dios, que es todopoderoso, ha puesto en las manos de María esta gracia, este poder de hacer milagros; no sólo el del sol, sino un milagro aún más asombroso: la conversión de un país entero mediante una sencilla consagración hecha por el Santo Padre, al que se unirían los obispos del mundo entero. Ese país, desde ese momento, quedará entregado a la Santísima Virgen.

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Continuemos la lucha con todas nuestras fuerzas como siervos inútiles que somos, pero pongamos nuestra esperanza, más que nunca, en la todopoderosa intercesión de Santa María, la Madre de Dios siempre Virgen, pues es ella quien, una vez más, vencerá la herejía.

Editor y Responsable

Cuando ahora leo en el Nuevo Testamento esas escenas tan encantadoras del paso del Señor por Palestina, recuerdo éstas que, tan niña todavía el Señor me hizo presenciar en esos pobres caminos y carreteras de Aljustrel a Fátima y a Cova de Iría. 

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La persona de Lefebvre es remansada, acogedora. No estamos frente a un energúmeno. Bastaba mirar sus ojos, a los que veo todavía hoy como claros y serenos. Una voz tranquila, no declamatoria, sensata. Su palabra mesurada y esperanzadora. 

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Los otomanos avanzaban sobre Europa. Juan (Jan III) Sobieski, rey de Polonia, decidió liderar la coalición, abandonando su patria marchó al mando del ejército. Al llegar a Viena los turcos doblaban a los cristianos. El enviado papal, Marco D’Aviano, consiguió unir a todo el ejército bajo el mando del rey polaco.