Roma, Ciudad Eterna

Pinceladas de una peregrinación al centro de la Cristiandad

Roma es llamada la Ciudad Eterna por su elección como cuna de la Iglesia Universal. Pero no es sino hasta el momento en que uno la contempla con los propios ojos, que entiende la grandeza de este título. Para una católica y además amante de la historia (como su servidora) Roma es el paraíso.

Se calcula que en la Ciudad solamente hay alrededor de mil iglesias. Y se nota. En Roma se puede vivir la fe a través de la historia viviente que nos rodea.

El primer día de nuestra peregrinación visitamos la Iglesia de San Clemente, cuarto Papa de la Iglesia. Este templo fue originalmente vivenda de un noble romano llamado Clemente Fabio (no confundir con el Papa del mismo nombre). A pesar de su alta alcurnia (era pariente de la familia imperial) Clemente decidió dar su casa para la práctica del culto cristiano. En el sótano, originalmente santuario dedicado a la diosa Mitra, se construyeron catacumbas para albergar a los cristianos.


Al bajar a estas catacumbas sorprenden dos cosas: en primer lugar la densa humedad y la incomodidad de la estancia; y luego, comprobar la fe de esos primeros cristianos. Las paredes están llenas de pinturas donde prima la imagen de Cristo y sus apóstoles. El altar tiene cruces talladas simplemente en la piedra. Todo invita a la oración. Uno no puede menos que admirar lo que ve.
 

En la parte central de la Basílica (la planta baja), de inmediato el techo renacentista.Pero la figura dominante es un fresco de la Crucifixión, a primera vista muy sencillo pero que tiene un profundo significado. Cristo aparece crucificado, rodeado de doce palomas que representan a los apóstoles y bajo él las ramas de un árbol lo rodean. El árbol es la Iglesia que nace y se nutre de la crucifixión de Cristo.

La Iglesia de Santa Praxedes se encuentra a media cuadra de Santa María la mayor, medio oculta a la vista del público. Esta santa, perteneciente a una familia patricia romana, fue hija de un asiduo colaborador de los apóstoles Pedro y Pablo. De hecho San Pablo lo nombra en una de sus epistolas. Los hermanos de la santa muerieron mártires y son santos reconocidos. Ella no fue mártir pero dedicó su vida a la rescatar los cuerpos de los que morían dando testimonio de la Fe para darles cristiana sepultura. Hoy en día se encuentra señanalado en la nave central el lugar por donde la Santa metía los cuerpos y derramaba la sangre juntada con una esponja. Se calcula que hay alrededor de 2300 mártires enterrados bajo la Iglesia.

A los costados se pueden ver diferentes capillas. La principal es la que conserva la columna de la flajelacion de Nuestro Señor encerrada en un relicario más pequeño de lo que uno imagina. Se puede rezar a pocos metros de la columna.


La capilla de la derecha está dedicada a San Carlos Borroneo quien estuvo a cargo de ella durante el Concilio de Trento. Rezaba muy seguido en este lugar, mientras duró el Concilio.
La capilla de la derecha está consagrada a San Pío X. Un detalle curioso ya que al ser un santo de los tiempos modernos no se esperaría encontrarlo en una iglesia del siglo II. El principal postulador de la causa de canonización del Santo fue el encargado de la Iglesia durante mucho tiempo. De ahí el altar lateral dedicado a él.

Son tantos los hitos de la historia de la Iglesia reunidos en Roma que apabulla la idea de hacer una crónica. Por eso estas sencillas pinceladas tratan de suplir la emoción de esta visita.

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