Es el maltrato, animal

Reflexiones sobre una carta pastoral del obispo de Mercedes-Luján

Recientemente hizo algo de ruido una pastoral del obispo de Mercedes-Luján, Mons. Radrizzani, que es un personaje muy pintoresco. Su rol mediático más reciente tuvo lugar cuando cierto ex funcionario público decidió esconder unos 10 millones de dólares en billetes en cierto convento bajo su jurisdicción. Para los no informados o poco memoriosos recomendamos leer la crónica que le dedicamos en su momento.

El pintoresquismo de su última intervención sonada, aunque no tanto como la anterior, fue una carta pastoral relativa a la Peregrinación Gaucha que se realiza todos los años al Santuario Nacional de Luján. Por razones circunstanciales he sido testigo de esta peregrinación durante años, porque pasaba justo frente a mi domicilio. En la zona hay una fuerte herencia gaucha, que se cultiva en los llamados “centros tradicionalistas”. Para evitar confusiones, en este caso “tradicionalista” significa que ama y sostiene la herencia gaucha, y la celebra por medio de asociaciones donde se practican diversas suertes y artes hípicas, siendo la más atractiva la “doma”, hoy más bien un espectáculo de habilidad de los jinetes para mantenerse a lomo de caballos indomables, que sirven con su retobo al espectáculo. Otra cosa es el arte de domar el caballo para hacerlo dócil y hospitalario para con el jinete.

 

El domador de caballos puede usar muchas técnicas, pero no lo maltrata. Lo trata como corresponde al desafío de enfrentar a un animal poderoso y agresivo en estado salvaje.

En estas asociaciones se reúne la gente también para fomentar la amistad, rendir homenaje a la música tradicional argentina, cultivar la gastronomía de nuestra tierra, difundir el uso de vestimenta criolla…

Por cierto mucha gente criolla, pero también hijos de inmigrantes, participa de estas tradiciones, con atuendos, carruajes, y con la devoción de presentarse ante la Patrona de la Argentina para rendirle culto. Los recorridos no son excesivos para un caballo, que en muchos casos deben caminar no más de 60 kms. Gato y Mancha, los dos caballos criollos más célebres, caminaron desde nuestra provincia hasta Nueva York. Cabalgados por un suizo acriollado, Aimé Tschiffely. Los restos embalsamados de estos excepcionales caballos están en el museo… de Luján… Fueron más de 12.000 kms. Cierto que se tomaron tres años y cuatro meses. Esto fue en 1927, (el obispo de Luján en ese momento ¿habrá publicado una pastoral sobre el tema del maltrato?)

 

Gato y Mancha, maltratados por Schiffely

Conocí a un paisanito, cuya familia administraba un pequeño tambo familiar. Su padre, un puntano de ley afincado en la provincia de Buenos Aires se unía a esta peregrinación todos los años y le regaló a su hijo los aperos para la cabalgadura y la ropa gaucha, a la cual el muchacho está muy aficionado. Cuando su padre murió, de una enfermedad muy dolorosa, la viuda me comentaba que el hijo, de pura tristeza, no quería ir a la siguiente peregrinación. Y que ella lo animaba a continuar y hacer honor a su padre de este modo.

Hasta aquí la gente gaucha, que no solo trata bien a sus caballos, sino que los quiere de corazón.

También he sido testigo de que algunos peregrinos, en carros muy pobres, generalmente dedicados a recolectar desperdicios y venderlos a los recicladores, se unen a esta peregrinación. Son gente que tiene lazos con la tradición gaucha, pero han ido sufriendo una degradación cultural, producto de años de “conurbanización”, planes de asistencia a cambio de apoyo político, pérdida de arraigo y un cierto embrutecimiento. Estas personas suelen tratar a sus criollitos, los caballos que tiran de sus carros, con poca o ninguna consideración. Muchos son animales mal alimentados, enfermos y muy viejos. Cuando los someten a un esfuerzo mayor, con frecuencia mueren. Una de esas ocasiones es la de la peregrinación.

En la famosa pastoral, Mons. Radrizzani hace referencia a un hecho cierto, pero no aclara ni distingue. Más bien parece interesado en conquistar las simpatías de las asociaciones de protección animal, y del ecopúblico entontecido por un sentimentalismo casi religioso que no demuestra muchas veces para con los niños o los adultos necesitados. Son los que comen carne pero se niegan a admitir que procede de animales que han sido faenados. Como si fueran producidos por algún arte de magia que los saca de la nada y los deposita en higiénicas bolsas de polietileno.

Naturalmente, maltratar a un animal es un acto irracional. Y el maltrato sistemático (habría que definir qué es maltrato, ciertamente) suele tener relación con aspectos oscuros del alma humana. Dejemos de lado la Laudato Si y otras tonterías. Quien vive en relación con los animales sabe lo que es el maltrato. Lo que no sabe muchas veces es el límite racional de apegamiento a un animal, al punto de invertir fortunas en elementos innecesarios, o tratamientos médicos para evitar la causa de muerte más frecuente, la vejez. Muchos de esos mismos defensores a ultranza de la vida de los animales, a su vez dan poco o nada por defender la vida humana, en especial de los nonatos o los enfermos irrecuperables.

Una pastoral sobre el maltrato de los caballos… hasta podría haber sido una oportunidad para hablar de este desorden mucho más grave y difundido, que es el apego irracional a los animales de compañía o la “lucha” contra el sacrificio de animales para la alimentación humana. Con las contradicciones antes señaladas. Esto es un obstáculo mayor para un alma virtuosa.

También resulta ridículo invitar a una peregrinación gaucha (por definición a caballo o en carruajes) a venir por otros medios… De allí podríamos convencer a los ciclistas de que peregrinen en monopatín, o a los que caminan (muchas veces distancias tan extensas como esos mismos caballos a los que se dice proteger) de que vayan en bicicleta. De hecho se puede peregrinar por distintos medios, pero una vez elegido el medio y definida la peregrinación como tal (a pie, a caballo, en bicicleta, como sea) es absurdo invitar a cambiar de medio sin desnaturalizar el modo propio de la peregrinación. Es como si cambiáramos el mango y la hoja de un cuchillo y pretendiéramos decir que es el mismo cuchillo que teníamos antes.

El tema no es menor, si se tiene en cuenta que se desanima la perseverancia de los peregrinos aquerenciados con esta tradición popular. Se da una idea equivocada de lo que es el trato irracional de un animal generalizando lo que debe ser considerado como excepción, porque lo es. Y se omite decir palabra sobre un problema mucho mayor, que es esa forma de idolatría que practican muchos con sus animales, algo no solo irracional teóricamente sino perturbador de los conceptos morales prácticos más elementales. Y bajo una peligrosa apariencia de bien…

No se puede juzgar la intención, pero parece que si algo perturba a Mons. Radrizzani no son los caballos. Ni parece preocupado por hacer algo efectivo por esa porción de la sociedad tan ligada a la religión católica, al menos por herencia cultural, a la que habría que rescatar y sostener, antes que recriminar públicamente, la paisanada.

 

Carta Pastoral de Mons. Radrizzani sobre la peregrinación. ]]>Texto oficial.]]>

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