Oración y Contemplación, ¿desmovilizan al católico?

No es un tema novedoso. Formación vs. acción. Oración vs. apostolado. Dilemas falsos. Puede haber un error de quietismo y también su contrario, el activismo. La doctrina segura de la Iglesia pone su punto en la cuestión: la perfección cristiana consiste en el perfecto cumplimiento del deber de estado. Y perfecto significa aquí, en perfecta caridad, o sea, por amor a Dios, el alma libre de pasiones y inclinaciones personales.

Defender la Fe es deber del católico cuando la Fe está en peligro. No basta profesarla. Cuando los campos del combate son claros, el católico sabe en qué consiste esa profesión y esa defensa según las circunstancias. Tal vez el martirio. Cuando hay confusión, cuando la jerarquía está contaminada por errores tan sutiles como los del neomodernismo, la batalla se vuelve confusa.

El sentido de la Fe hace reaccionar al católico e inmediatamente busca “hacer algo” para defender la Fe. Algunos piden rezar solamente. Otros actuar. Otros predican que todo es inútil, porque no se puede contra tal enemigo. Dios se encarga por Sí mismo. No pocas veces estas posiciones se contaminan con el “celo amargo”, una cierta violencia, muchas veces verbal, contra todos los que no profesan la Fe o tienen grandes confusiones en la materia.

En el prólogo a la obra “Catecismo sobre el Modernismo” del P. Lemius, el P. Thomas Calmel por los años ‘70 trató estos temas, que hoy tienen una impresionante actualidad. Y que con frecuencia se presentan como un falso dilema entre los católicos más tradicionales. Sus respuestas son iluminadoras.

¿Hay remedio para la enfermedad del Neomodernismo?

Definitivamente hay remedio. De hecho, hay muchos. El mal no es incurable, ya que sabemos por la fe que las puertas del infierno no prevalecerán contra la Iglesia (Mt. 16:18), pues Nuestro Señor no nos dejará huérfanos (Jn. 14:18), ya que nadie puede arrebatar de las manos del Señor a sus ovejas (Jn. 10:28), pues Él continuará ofreciendo su sacrificio a través del ministerio de sus sacerdotes donec veniat, hasta su regreso (I Cor. 11:26). Por lo tanto, el mal que la Iglesia sufre, no la destruirá. Puede ser curada. Pero esta vez, a diferencia de lo que sucedió a principios de siglo, el mal ha penetrado más profundamente en la jerarquía. Mientras ésta no elimine el veneno que la infecta, el remedio solo será parcial y limitado. Ciertamente, el remedio no sólo provendrá de la jerarquía, ni de la cabeza. El cuerpo tiene que liberarse del veneno en todos sus miembros. Pero para que pueda curarse el todo, la cabeza necesita recuperarse.
 

Cuando tratamos de encontrar el remedio que podría ser aplicado contra el Modernismo, surgen tres cuestiones fundamentales: la cabeza de la Iglesia, el testimonio que ha de prestarse, y los estudios teológicos.

El principal testimonio radica en la caridad

Es indispensable confesar la fe, dar testimonio público, tanto con humildad como con amabilidad, con orgullo y paciencia. Pues la verdadera confesión de la fe es una obra de amor, humildad, bondad, y no sólo de fortaleza y valentía. Sin embargo, en tiempos de la revolución Modernista, surgen nuevas dificultades que obstaculizan que la confesión de la fe y de los sacramentos de la fe sea una obra de amor. Pero si no lo es, sería muy insuficiente ante la presencia de Dios, de los ángeles y de los hombres. Si tuviéramos que dar testimonio de la Misa católica tradicional delante de los perseguidores, si tuviéramos que enfrentar los tribunales del Terror y la Dictadura, como lo hicieron nuestros ancestros, obviamente nos expondríamos a una muerte violenta por el simple hecho de asistir a la Misa católica. En estas condiciones, ¿como no asistiríamos o celebraríamos la Misa con mayor fervor? La violencia nos pondría, por así decirlo, en una ocasión más próxima de crecer en amor para no cometer el pecado de negar la fe. Pero, hoy, debemos lidiar con la revolución Modernista y no con la persecución violenta.

Dar testimonio de la Misa católica tradicional requiere, indudablemente, de un esfuerzo paciente, pero esto no nos coloca, necesariamente, en un estado apto para aumentar nuestra caridad cuando celebramos o asistimos a la santa Misa. No nos convertimos en apóstatas de la Misa si continuamos asistiendo a ella con disposiciones mediocres, mientras que nuestros ancestros perseguidos se hubieran convertido en apóstatas si sus disposiciones interiores hubieran sido mediocres. Existen fieles y sacerdotes que, aunque sin duda se esfuerzan por confesar la fe en la Misa católica tradicional, continúan celebrándola, o asistiendo a ella, con disposiciones tibias prácticamente invariables. No parecen actuar con el gran amor que animó a los mártires del Terror cuando se exponían a la muerte por asistir a la Misa de un sacerdote indisciplinado. Dan testimonio de la Misa católica tradicional sin estar obligados a asistir o celebrarla con mucho amor.

Hoy en día, prácticamente no hay ninguna motivación del exterior; pero aun sin las provocaciones externas, el fuego interior de la vida divina y de la oración mental debería ser lo suficientemente intenso para hacernos dar testimonio de la fe y de los sacramentos de la fe con el amor que Nuestro Señor desea, y no sólo Él, sino también las almas de buena voluntad que están a la espera; que quieren encontrar este amor en nosotros para poder encontrar la valentía en ellas mismas y así convertirse a Dios y confesar la fe católica y los sacramentos de la fe.

¿Se puede convencer a los hombres modernos actuales ofreciéndoles la herencia de la Tradición católica?

Si nuestro testimonio está penetrado por este amor, la objeción engañosa, que surge de mil modos distintos, será hecha a un lado rápidamente. Nos dicen que: "al enseñar el catecismo romano, y conservar la Misa católica latina y gregoriana tradicional, no podremos influir en las almas; lo que hacen es preservar piezas de museo; las almas necesitan una religión que se adapte a sus necesidades; y esta adaptación consiste en adoptar el espíritu del Concilio, entrando así al movimiento evolutivo llamado Modernismo.' (En realidad, el Modernismo no es una adaptación, sino una perversión bajo el disfraz de adaptación: non prefectus sed permutation, en palabras de San Vicente de Lerins.)

Sabemos muy bien que únicamente corresponde a la autoridad suprema realizar adaptaciones rituales de importancia general, y proporcionar explicaciones dogmáticas. Cuando esta autoridad es deficiente, ¿cualquier adaptación se vuelve imposible? ¿Nos convertimos en inadaptados frente a nuestros hermanos de hoy, en lo que respecta a confesar la fe de todos los tiempos? Ésta es una pregunta engañosa, y se responde casi en su totalidad cuando el testimonio va acompañado de la caridad; pues ésta nos permite estar atentos a las verdaderas necesidades de los demás, sentir el modo correcto de presentar la religión de siempre, para que continúe siendo adecuada a la situación actual sin ser corrompida ni alterada.

Aun cuando la autoridad sea deficiente, y las adaptaciones generales, lejos de realizarse en la verdad, han tomado la forma de perversiones generales, aun en estos casos extremos, la caridad muestra al simple sacerdote, y más aún al obispo, dentro de su campo limitado de autoridad, el mejor modo de predicar una doctrina sana y de celebrar la Misa católica con la participación de los fieles sin perjudicar a nadie. Sobran los ejemplos. Los sacerdotes que conservan la Misa católica latina y gregoriana tradicional por una adhesión amorosa al Sacerdote Soberano, y, por lo tanto, inseparablemente, por celo hacia las almas, saben cómo cuidar de los fieles y hacerlos participar del modo más santo posible. Estos mismos sacerdotes cautivan a los niños enseñándoles el catecismo de San Pío X, y no creen que deban ceder ante el Modernismo para poder encontrar un modo apropiado de enseñanza. Sin embargo, estas bien adaptadas presentaciones, o adaptaciones fieles, sólo pueden realizarse con dos condiciones: primero, meditando incesantemente en la doctrina y ritos tradicionales para conservarlos como son, sin modificarlos o alterarlos jamás; y viviendo en unión con Dios, para que el testimonio dado de la fe católica, el firme testimonio defendido, sea un resultado del amor.

¿Una visión demasiado espiritual no termina finalmente “desmovilizando” a los católicos tradicionales de la acción apostólica?

Nuestra lucha contra el Modernismo, aunque sea librada con la oración, como debería de ser, o aunque se utilicen las armas adecuadas, no está en proporción con el mal. Esta vez, la apostasía ha afinado sus métodos tan perfectamente que sólo con un milagro podrán ser vencidos. Nunca dejemos de implorar este milagro al Corazón Inmaculado de María. Continuemos la lucha con todas nuestras fuerzas como siervos inútiles que somos, pero pongamos nuestra esperanza, más que nunca, en la todopoderosa intercesión de Santa María, la Madre de Dios siempre Virgen, pues es ella quien, una vez más, vencerá la herejía. Gaude Maria Virgo, cunctas haereses sola interemisti quae Gabrielis archangeli dictis credidisti.

Referencias tomadas del artículo]]> Aniversario 110º de la Pascendi. ¿Cuál es el remedio para el Neomodernismo?]]>

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