Lucía a Vuelo de Pluma

A 100 años de la última aparición de Fátima

Hace algunos meses, en preparación de este año del Centenario de Fátima escribí un texto titulado “Francisco a Vuelo de Pluma”. Quisiera ahora reflejar en éste las impresiones que me ha causado una larga lectura de textos y trabajos dedicados a la mayor y más longeva de los videntes de la Cova da Iría en 1917.

Los santos niños Jacinta y Francisco Marto conmueven por su piedad heroica a tan corta edad. Dios les infundió en sus visiones gracias místicas extraordinarias que los convirtieron, en este caso es muy adecuada la expresión, en santos súbitos. Súbitos en la realidad espiritual de sus almas anegadas por la gracia de Dios.

Sus penitencias heroicas –el solo pensar en ellas estremece– su piedad perfecta, la aceptación de la voluntad de Dios sin reticencias, su anhelo del cielo. Y también algunas gracias gratis datae como el don de profecía y curaciones.

Lucía, destinada a estar en la tierra “algún tiempo más” para ser el instrumento querido por Dios para difundir sus advertencias, alentar con sus promesas y atestiguar que la última (“si es la última significa que no habrá más”, decía Lucía al P. Fuentes en 1957) arma para derrotar al demonio, sería el rezo intenso y piadoso del Santo Rosario junto con la devoción al Corazón Inmaculado (los cinco sábados) y la mortificación (esencialmente, el cumplimiento perfecto del deber de estado que tanto sacrificio exige).

Mucha gente tiene la idea de que Lucía fue una testigo pasiva y callada durante los 88 años que vivió tras las apariciones de la Cova. La realidad es muy distinta. Ella fue, primero, víctima de incomprensión de parte de su familia, del clero (salvo algunas almas santas que la fueron guiando) y de las mismas religiosas doroteas donde se refugió para educarse, porque aunque era una niña de gran inteligencia y lucidez, no sabía leer ni escribir. Toda la doctrina cristiana la recordaba de memoria, así como la historia sagrada y las vidas de los santos que su madre le enseñó desde la más tierna infancia.

Su aspecto tosco, cierto modo impulsivo y rústico fueron la carta de presentación que hizo fruncir el ceño a la superiora del colegio internado de Vilar, cerca de Oporto, donde se refugió secretamente, bajo un nombre que hacía imposible que la prensa y los curiosos la rastrearan. Tenía apenas 14 años. Esto implicó una primera y dura separación de su familia. Y sufrir la mirada algo despectiva de sus compañeras. Poco duró, sin embargo, la impresión inicial porque Lucía se destacó por sus dotes intelectuales así como por su bondad y perfecta obediencia. Nadie en el colegio sabía, con excepción de la superiora, que ella era Lucía de Fátima. Y nadie lo supo hasta su egreso, cuatro años después. A ella ni se le ocurrió hacer referencia al tema, y cuando llevada por la piedad invitaba a sus compañeras a alguna devoción inspirada en las oraciones del Ángel o de la Señora, decía que eran cosas que había aprendido en su pueblo.

–¿Dónde queda tu pueblo?

–Cerca de Lisboa…

A poco más de 100 kms de Fátima, no tan cerca en ese tiempo. El santo obispo de Leiría-Fátima que la tenía bajo su protección, Don José Alves Correia da Silva, ya cercano el tiempo de su egreso y preocupado por su futuro le pregunta qué quiere hacer de su vida. Le sugiere un año para pensarlo. Naturalmente, todos le auguran la vida religiosa y ella también lo desea así. Pero mientras dan por seguro que será de la orden Dorotea, ella quiere ser Carmelita descalza. Pasado el año, se le vuelve a preguntar por su decisión.

– ¿Ya has pensado en tu vida de aquí en más?

– Sí, claro. Hace mucho que me he decidido.

– ¿Y por qué no nos avisaste?

– Nadie me preguntó…

Lucía concibe la obediencia de un modo radical. Cuando manifiesta que le gustaría ser carmelita, tanto la superiora como el obispo le hacen saber que desearían que entrara en la misma orden en la que se ha educado. Tal vez el Carmelo sea demasiado exigente… Tal vez. Pero, ciertamente, ¿qué orden querría perder a la vidente de Fátima? Lucía acepta ingresar donde le sugieren. Pero pide ser oblata y no monja de coro. ¿Por su falta de aptitudes para el rezo del oficio? De ningún modo, era y luego lo demostró en sus memorias, una escritora nata, de memoria privilegiada, perfectamente apta.

Lucía debía esperar que la Virgen o Nuestro Señor le fueran manifestando de un modo u otro sus deseos para que ella los transmitiera a las autoridades eclesiásticas. Las preguntas y los interrogatorios del proceso canónico de las apariciones habían probado su prematura paciencia. “Vendré a pedir la devoción a mi Inmaculado Corazón”, había dicho la Virgen. La devoción de los Cinco Primeros Sábados con sus maravillosas promesas, para empezar con los remedios que proponía el Cielo a los males del mundo. Este pedido se produjo en Tuy, Pontevedra, España el 10 de diciembre de 1925. Pero esta devoción debía ser autorizada por la Iglesia, y el clero, desde su obispo hasta el papa, en ese momento Pío XI, se mostraron muy reticentes.

Con permiso especial Lucía hacía una hora de adoración los días viernes, de 11 a 12 de la noche en la iglesia del convento. Allí se le manifiestan varias veces la Virgen, Nuestro Señor, allí experimentó su conocida teofanía trinitaria, locuciones interiores, apariciones de Jesús en forma de niño. Nadie se entera de nada entre sus hermanas de religión, todo se va sabiendo por las confidencias a sus confesores. Advertencias sobre castigos si no se consagran las naciones al Corazón Inmaculado, reproches al clero, en cabeza de sus obispos. ¿Alguien puede imaginar el extraordinario valor y la terrible angustia que le causaba a esa oblata dirigir advertencias a los “señores obispos”. Algunos de los cuales las tomaron muy a mal, por cierto.

Lucía escribió sus distintas memorias (relatos de las apariciones, de la vida en Aljustrel durante los años previos, la vida de Jacinta, y finalmente las partes primera y segunda del “Secreto” que les fue revelado el día 13 de junio, cuando contemplaron el infierno. Cada paso lo daba por obediencia, y puso sobre el papel los detalles del “secreto” sólo cuando de algún modo la Virgen se lo autorizaba, confirmando así la voluntad de sus superiores. Este texto se redactó en 1941.

Pero el “Tercer Secreto” o la tercera parte fue una prueba angustiosa para su alma. Su obispo le pedía (no le mandaba, ciertamente, lo dejaba a su criterio, con lo que creaba más dudas todavía) que lo redactara. Su salud había sufrido gravemente y se temía que muriera sin revelarlo. Pero ella no se sentía capaz. El pedido del obispo siempre había sido confirmado por el Cielo, pero esta vez el Cielo callaba. Su angustia era terrible. No se atrevía a poner por escrito esa visión ni las palabras de la Virgen explicándola. En realidad, no podía hacerlo, maniatada por una imposibilidad misteriosa.

Dos puntos debía relatar, uno la “visión”, que se conoció en 2000. El segundo punto, las palabras de la Virgen explicando el sentido de esa visión, como había ocurrido en las dos partes anteriores. Esta explicación de la Virgen son una pocas líneas entregadas unos días después del relato de la visión al representante del obispo de Leiría-Fátima, texto que aún no se conoce y oficialmente se niega su existencia. (*)

Lucía se angustia profundamente, sufre una agonía que la postra a causa de esta parte del secreto. ¿Qué hechos terribles pueden sofocar la siempre bien dispuesta voluntad de Lucía al punto de imposibilitarle poner sobre el papel unas poca líneas. Recibe finalmente un consuelo del Cielo y su alma se aquieta. Logra redactarlos finalmente tras varios intentos. Entre la Navidad de 1943 y el 7 de enero de 1944. Debe ser revelado en 1960 o en caso de que su muerte se produzca antes de esa fecha. Están autorizados a leerlo el obispo de Leiría-Fátima, el Cardenal Patriarca de Portugal y el Santo Padre.

Lucía ha cumplido su misión de poner por escrito, lo que en cierto modo significa revelar, el secreto más misterioso y atemorizador, ahora debe insistir en que el papa y los obispos promuevan la devoción de los Cinco Sábados y Consagren Rusia al Corazón Inmaculado. Cartas van a Roma. Enviados de su confianza las entregan por vías seguras. Pío XI conoció estos pedidos de la vidente, pero los ignoró. El Cielo, por medio de diversas apariciones privadas le pide que insista. Ella reza y busca el modo de llegar a quienes pueden decidir, aunque ya le ha sido confiado que a estos jerarcas de la Iglesia les pasará lo mismo que a los reyes de Francia cuando se les pidió que honraran al Sagrado Corazón. Cien años después del pedido que nunca se atendió, caía la monarquía y rodaban las cabezas de la familia real y cientos de miles de franceses.

En 1939 es electo Pío XII. Se considera a sí mismo “el Papa de Fátima”. Se abre camino la devoción de los Cinco Sábados, pero no progresa la Consagración de Rusia. En Roma se teme una represalia de la URSS. Pío XII hace una y otra consagración, pero no como lo pide la Virgen. Estas consagraciones son gratas a Dios, dice Lucía, abreviarán la Segunda Gran Guerra, evitarán la invasión de Europa Occidental por parte del bloque soviético cuando la decisión tenía día y hora. Poco antes, Stalin muere y el plan se cancela. Así como inexplicablemente Hitler no invadió España ni Portugal cuando a todas luces era militarmente indispensable para tener el control del Mediterráneo y proteger sus fuentes de abastecimiento de petróleo. ¿Qué lo evitó? Primero la dócil consagración de los obispos portugueses de su tierra al Corazón Inmaculado. Luego la de España, refunfuñada por los obispos amonestados por la vidente en nombre de la Virgen, pero luego aceptada y realizada. En todos estos años, aún cuando pide ser recibida en el Carmelo y se sujeta a una regla mucho más estricta, Lucía lleva adelante una actividad permanente para advertir a las autoridades de la Iglesia de los tremendos castigos que resultarán si se omite la consagración.

En 1957, el P. Fuentes, postulador de la causa de Jacinta y Francisco, da a conocer en dos renombradas conferencias unas declaraciones de Lucía. “Ya nadie hace caso del pedido de Nuestra Señora”, ni los malos ni los buenos. No esperemos que la jerarquía haga algo. Etc. El texto causa un gran escándalo y el P. Fuentes es apartado de su cargo. La diócesis de Coimbra, donde Lucía ha profesado como carmelita, niega todo como si fuera una patraña. Se reproducen versiones fantasiosas del texto. Finalmente, requerido el testimonio de Lucía, ella niega haber hecho esa declaración. Otra vez Lucía y su radical concepción de la obediencia.

-¿Hizo Ud. esta declaración al P. Fuentes?

- No.

Causa finita. Hasta el P. Alonso, el más grande experto en el tema de Fátima se expresa extrañado y molesto por esta “falsificación”. Pero años después, sin embargo, reconoce que el texto representa fielmente el pensamiento de Sor Lucía. (Ver aquí) El error del P. Fuentes fue darle forma literaria.

Pero ella lo negó. Negó haber hecho esa declaración. Nadie le preguntó si estaba de acuerdo a su pensamiento. Lucía responde siempre a lo que se le pregunta, y no agrega nada que no se le pide. Nada más alejado de ella que el deseo de protagonismo. Así, cuando años después, sometida al ostracismo a causa del episodio del P. Fuentes, pudiendo recibir solo visitas de sus familiares directos y de personas autorizadas por la Santa Sede, cuando el Card. Sodano le pregunta (no sabemos cómo porque el acta es sumamente escueta) si el escrito que tiene ante sí es auténtico (se le mostró el texto de la visión del tercer secreto) ella respondió afirmativamente. Nadie le preguntó si el texto estaba completo.

Así como nunca quiso responder a las preguntas sobre qué significaba tal o cual parte del mensaje. “Mi misión no es interpretar el mensaje, sino transmitirlo”. La decisión de cuando transmitirlo, todo o en partes es de la jerarquía. La libertad para comentar en privado sobre la reticencia del clero a cumplir los pedidos del Cielo la tuvo bajo los reinados de Pío XI y Pío XII. Pero con Juan XXIII comenzó la censura y ya casi no conocemos más correspondencia o declaraciones. Apenas cartas autógrafas agradeciendo o respondiendo a pedidos de oraciones de los fieles, muy breves y censuradas.

Para entender el silencio de Lucía, que algunos atribuyen a una fantasiosa suplantación de persona, hay que entender la docilidad, la claridad, la fortaleza, la humildad, la perfecta conformación de su voluntad a la voluntad de Dios. Ella vivió “un tiempo” para hacer lo que Dios le mandó y nunca se apartó de su misión. Si vio el desplome de la Iglesia, no se habrá sorprendido, porque lo supo casi 80 años antes, cuando la Virgen misma se lo reveló. Cumplió cabalmente el mandato del Cielo, perseveró en el buen combate, guardó la Fe y a pesar de los poderosos enemigos de Fátima, a 100 años, ese mensaje y esa devoción está profundamente arraigada entre los católicos, y es la luz de esperanza en las tinieblas de estos tiempos.

Quien la hizo conocer y contribuyó de un modo insustituible a su arraigo fue esta humilde religiosa, Lucía, que jamás alzó la voz pero tampoco cedió ante las presiones. Lucía es el perfecto modelo de una vidente: dócil, humilde y obediente a Dios, sin ceder un ápice en lo que se le mandó hacer, ni avanzar un paso sobre lo que no le correspondía hacer.

(*)Estudios, documentación y testimonios han llevado a la conclusión de que dicho texto sí existe, y hay una altísima probabilidad de que no lo hayan conocido ni siquiera todos papas a partir de 1960, al menos no junto con el de la visión. Fueron deliberadamente separados. Así lo afirma el testimonio de Mons. Capodevilla, secretario de Juan XXIII, que ha disparado una sorprendente línea de investigación.

Ver también: Fátima Incomprendida

Las Apariciones privadas de Sor Lucía

Francico a Vuelo de Pluma

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