Mons. Fellay: la Iglesia está en un punto de inflexión

Resumen de la Conferencia de Mons. Fellay en Buenos Aires

Sin la pretensión de ser literal en las citas, quisiera resumir algunas de las palabras y conceptos que Mons. Bernard Fellay expresó en su extendida conferencia en La Manzana de las Luces, el domingo 8 de octubre, como culminación de una jornada celebratoria de los 40 años del viaje de Mons. Lefebvre a la Argentina (1977) que dio inicio inmediatamente a la instalación de la FSSPX en América del Sur a partir de Buenos Aires.

El tema de su exposición era la Historia de la Fraternidad, pero el obispo quiso pasar muy rápido por los inicios y los problemas que llevaron a las sanciones canónicas, para concentrarse en los años recientes. En particular en los pontificados de Benedicto XVI y Francisco.

Un concepto que marcó todo el relato: en Roma hay una profunda división. La elección de Benedicto XVI, el papa Ratzinger, suscitó grandes esperanzas en los sectores conservadores de la Iglesia. El pontífice, sin embargo, a pesar de la concesión de los pedidos preliminares a la FSSPX para iniciar un diálogo teológico entre representantes designados por ambas partes, nunca dejó de considerar al Concilio Vaticano II como una iniciativa necesaria y beneficiosa para la Iglesia. Y si lamentó más de una vez ciertas consecuencias “no deseadas”, las atribuyó a la existencia de un “concilio de los medios”, es decir una versión mediática distorsionada, que fue –según él- motivo de confusión de los fieles y también de la mayoría del clero del llano. Ratzinger siempre ha insistido en la necesidad de interpretar el Concilio a la luz de la “tradición”, y de allí la famosa fórmula de la “hermenéutica de la continuidad”.

Pero, afirmó Mons. Fellay, si todo hubiese sido producto de una distorsión de los “medios”, ¿dónde estaba la jerarquía de la Iglesia para corregir y encarrilar estas desviaciones? Por otra parte, la hermenéutica de la continuidad supone que todos los textos del concilio pueden ser interpretados en un sentido ortodoxo, lo cual en muchos casos es imposible. Ciertos textos sólo se pueden aceptar como una continuidad del Magisterio (libertad religiosa, por ejemplo) si se traiciona el sentido del magisterio y de la tradición. Si se los redefine en un sentido evolutivo, disfrazado bajo el engañoso concepto de “tradición viva”. Y, ciertamente, obviando el principio de contradicción.

No se ha tratado de un Concilio que formuló la explicitación de verdades implícitas en el Magisterio anterior, o en la Revelación, sino que propuso afirmaciones contrarias a ellos en muchas oportunidades.

Tan grave como esto y más pernicioso, sin embargo, ha sido la deliberada ambigüedad de los textos. Esto fue posible porque las autoridades designadas para las diversas comisiones antes del Concilio fueron removidas por medio de un “coup d’etat” tolerado por el papa, que causó gran escándalo en su momento. Se ampliaron las comisiones para imponer nuevos miembros liberales, en número suficiente como para ganar las votaciones y replantear los esquemas; se archivaron los ya preparados y se presentaron nuevos esquemas de discusión con textos escandalosos, como salidos de la nada. Los padres conciliares que formaron un bloque de resistencia fueron siendo debilitados por el desánimo al ver que el papa se ponía del lado de los revolucionarios, permitiendo que personas tan venerables como el Card. Ottaviani fuera ridiculizado mientras hacía una fogosa defensa de la doctrina tradicional.

El resto de la “resistencia” conservadora se debatió en el campo de la negociación, con el objetivo de mejorar los textos lo más posible, llegando a puntos de compromiso en muchas formulaciones ambiguas. Esta era la batalla que en realidad los neomodernistas querían ganar. De allí vendría ese posconcilio desenfrenado bajo la inspiración de textos oscuros con los que resultaba fácil torcer la doctrina. Las pruebas de que no hubo meramente un “concilio de los medios” sino una adopción entusiasta de la nueva orientación promovida desde el papado mismo son tantas que sería imposible enumerarlas. Pero “Asís” es quizás la evidencia paradigmática.

Los contactos entre Roma y la FSSPX

Tras las consagraciones episcopales de 1988, hubo un tiempo de ruptura de contactos de carácter oficial, aunque las relaciones con algunos prelados de alto rango, cardenales en general, no era raras. Cuando el jubileo del año 2000 la FSSPX quiso hacer una reafirmación de catolicidad asistiendo masivamente en peregrinación a Roma, en compañía de otros institutos amigos. La impresión que causó en la Curia Romana y en los fieles fue muy fuerte. Para unos fue la evidencia de que el tema ya no se podía postergar más. Para otros, una esperanza de restauración.

Mons. Fellay contó diversas anécdotas sobre la calidez con que los romanos recibieron a la Fraternidad, algunos de ellos de alta jerarquía, como un general de carabineros que en pocos minutos organizó la liberación de una avenida muy transitada para que los tradicionalistas pudieran marchar procesionalmente hasta la Plaza de San Pedro. Fue una maniobra muy compleja por la densidad del tránsito y las lógicas complicaciones. Cuando le fue agradecido el servicio, respondió: “Es un honor para mí”. Y así varios testimonios más sobre la buena recepción de muchos fieles y clero, admirados al ver ante sus ojos la resurrección de la Iglesia como la habían conocido algunas décadas atrás.

Esta impresión movió a los cardenales más cercanos a la FSSPX a promover iniciativas de acercamiento. La buena disposición de estos, y hasta de los papas, Juan Pablo y luego Benedicto chocaba siempre con las poderosas “segundas líneas”. Así le reveló el cardenal Castrillón Hoyos a Mons Fellay. La comisión de cardenales reunida por el papa Woytila para decidir sobre la liberación de la Misa Tradicional decide a favor y la recomienda. Pero “los secretarios y subsecretarios” se oponen y la bloquean. Oficiales de segundo rango tenían el poder de bloquear las decisiones de sus superiores… Algo que todavía sucede y resulta evidente en más de un caso.

Con todo, Benedicto dio un paso central, afirma Mons. Fellay, al publicar el Motu Proprio Summorum Pontificum, solicitado no para beneficio de la FSSPX sino para el resto de la Iglesia. Ese documento, con todas su falencias, es un paso fundamental: el reconocimiento de la libertad de todo sacerdote para rezar la Misa Romana tradicional y hacer uso de todos los libros litúrgicos, que son varios y cubren todas las necesidades pastorales, incluyendo las ceremonias episcopales. Esa libertad fue declarada completa y no requiere ningún tipo de autorización, aunque ahora se esté buscando restringirla nuevamente.

Naturalmente, en la práctica las presiones en contra de parte de muchos, la mayoría de los obispos, son muy grandes. Pero aún así, el crecimiento de la Misa Tradicional en diez años ha sido exponencial. Cientos de sacerdotes que “han encontrado su identidad sacerdotal” al celebrar la Misa y que no volverán a la nueva.

Después de la supresión de las excomuniones, se inició el diálogo teológico que, ha dicho Mons. Fellay, fue en cierto modo un fracaso. Tan solo sirvió para afinar los puntos de divergencia. Roma exigió siempre el reconocimiento del Concilio sin reservas así como la admisión de que la nueva misa no solo es válida sino lícita y provechosa para las almas. Sobre la validez, la Fraternidad nunca puso objeción, aunque actualmente, dada la deriva de las ceremonias en un maremágnum de inventos y representaciones disparatadas, se puede presumir un altísimo porcentaje de invalidez. Sobre la licitud, siempre ha sostenido que debilita la Fe y lleva confusión, aún en sus formas más prolijas.

Desde Roma, afirmó el obispo, hubo una suerte de doble discurso. Por un lado, privadamente, se aseguraba a la FSSPX que no se les pediría que aceptasen el Concilio sin reservas. Por otro, las declaraciones públicas afirmaban lo contrario. A la hora de hacer una presentación definitiva para discutir en el Capítulo General Extraordinario de la FSSPX reunido ad hoc, un mensaje del Papa Benedicto mismo confirmó lo anunciado en las declaraciones públicas. Se volvía a las mismas exigencias de siempre. Nuevamente le habían doblado el brazo a Benedicto, hombre de un temperamento débil y algo depresivo.

Marcha atrás en las iniciativas litúrgicas de Benedicto

A poco de abdicar Benedicto y llegar al pontificado Francisco, Roma da un golpe de timón a un modernismo mucho más agresivo. Su orientación es una clara continuidad del Concilio, sin sutilezas ni distinciones. Muere la teoría de la “hermenéutica de la continuidad” sentenciada por Francisco, así como la pretensión de una “reforma de la reforma” litúrgica, eslogan ambiguo que entusiasmó a muchos. Porque podría entenderse como una necesaria transición en etapas para ir reeducando a los fieles y al clero en materia litúrgica. Pero Francisco ha decretado que no habrá tal cosa, y a quienes lo desafiaron en la materia los condenó al ostracismo.

Mons. Fellay ha contado que en diálogo con el Card. Ranjith éste le decía que para llegar a restaurar el Rito Romano se precisarían varias generaciones educadas en una suerte de liturgia mejorada gradualmente, teniendo como modelo a la Misa Tradicional. Otros preveían, sin embargo, un “mutuo enriquecimiento” de las “dos formas del rito” difícil de comprender. El dilema se ha resuelto: más innovación en manos de las conferencias episcopales.

Francisco, los conservadores y los tradicionalistas

Francisco, que ha perseguido de inmediato a algunos institutos de orientación más tradicional, sin embargo ha hecho concesiones incomprensibles a la FSSPX. La primera de ellas, poco conocida, fue rechazar la excomunión de sus miembros, mediante un decreto ya preparado por el Card. Müller, entonces Prefecto de la Fe, e impulsado por él.

Siguieron luego varias concesiones “anómalas”, como diría recientemente el Card. Burke. Jurisdicción para confesar, jurisdicción para casar, legalización en la Argentina, donde el Card. Primado de Buenos Aires garantizó al Estado nacional que la Fraternidad es parte de la Iglesia Católica. Iniciativa que ya había tomado el propio Francisco como Arzobispo de Buenos Aires y era resistida desde el sector “católico” de la Secretaría de Culto de la Nación. Sobre las causas de este comportamiento, Mons. Fellay se pronuncia desconcertado, aunque él tiene una opinión que ya ha expresado en otras ocasiones. Sin embargo, solo pueden proponerse conjeturas.

Naturalmente, el tema del Card. Burke y su sonada declaración en la que afirmó que la FSSPX está en cisma y no puede administrar los sacramentos en forma lícita, era un ítem esperado por el público. Mons. Fellay dijo textualmente. “Lo que dijo el Card. Burke es una estupidez, pero él no es un enemigo”.

Justificó este juicio advirtiendo que el cardenal norteamericano en materia legal es un “positivista”. Se rige inflexiblemente por la letra de la ley. Ciertamente estas declaraciones fueron hechas en un ámbito relativamente privado, en el marco de una conferencia sobre liturgia en los EE.UU. y la pregunta resultó incómoda para el cardenal. Pero esto que dijo es lo que piensa. Con todo, el tema no deja de presentar ribetes sorprendentes. Tan paradójica es la situación que después de estas declaraciones tan fuertes, el propio cardenal escribió a Mons. Fellay pidiéndole ayuda para un sacerdote de su amistad que desea formar un instituto religioso tradicional… ¿Alguien lo puede explicar?

No puede descartarse una cierta manipulación de los hechos. La aparición del audio a poco de conocerse su designación como miembro de la Signatura Apostólica, el más alto tribunal de la Iglesia del que Burke fuera cabeza antes de ser destituido por Francisco, es sospechosa. La sucesión de hechos parece dirigida a sugerir que el Card. Burke ha “traicionado” sus convicciones por un puesto en la Curia. Una visión un tanto ingenua. El cargo es irrelevante para él, y el destino de Burke, ya sellado al sostener las dubia y anunciar una corrección al papa Francisco no puede ser otro que el ostracismo. Esta jugada busca dividir y desanimar a las filas tradicionales.

Algo, definitivamente, ha cambiado en la situación de la Iglesia

Finalmente, lo que marca, en la convicción de Mons. Fellay, un punto de inflexión en esta crisis de la Iglesia es el conjunto de circunstancias que concurren bajo Francisco:

- una activa resistencia a la desviaciones doctrinales en materia moral, respaldada por personalidades de alta jerarquía, como cardenales, arzobispos, mucho clero y un conjunto muy relevante de académicos católicos, algunos de los cuales ya han sido privados de sus cátedras por estas declaraciones. Algo sin precedentes. Ningún otro papa conciliar suscitó tal resistencia cuando lideró o toleró desviaciones tan o más graves, en materia de Fe. Tan solo la FSSPX opuso esa resistencia que ahora se va generalizando.

- la continua afluencia de mensajes de apoyo tanto de cardenales como obispos que recibe la FSSPX. “Sigan adelante, resistan, no depongan las armas”.

- finalmente, otra paradójica situación que causó la hilaridad de los asistentes al ser referida. Contó que el Card. Müller, el mismo tradicional enemigo de la FSSPX, el del decreto de excomunión que Francisco mandó archivar, le pidió a Mons. Fellay el auxilio de la FSSPX. Sin duda hablaba también en nombre de otros cardenales. La ayuda consistiría en que “se integren a la Iglesia para ayudar a combatir a los modernistas”.

Como dijo una dama al fin de esta exposición, que subió al escenario para recibir un homenaje por su largos servicios a la Fraternidad en la Argentina: “Después de escuchar estas cosas, lo único que nos queda claro es la confusión”.

Resistir, velar y orar. Fátima más vigente que nunca.

 

Más información: ]]>Web oficial de la FSSPX]]>

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