Pontificatus horribilis

Breve balance de un año

Queridos amigos y lectores, 

En este año cargado de noticias tristes y humanamente desesperanzadoras sobre la marcha de los asuntos eclesiásticos, nos ha parecido prudente insistir poco en las noticias, sino más bien opinar con una cierta pretensión de análisis, alentar la esperanza y recordar (también a nosotros mismos) los deberes de un buen católico en todo momento: cumplir con las exigencias de su estado (deberes de estado) y recurrir con más fervor a los sacramentos y a la oración. En particular, el Santo Rosario, el arma de la victoria que nos ha entregado la Santísima Virgen para este tiempo espantoso.

Tengo la convicción de que la sociedad y el mundo están dominados por el demonio y sus servidores. Imagino que muchos de ustedes opinan lo mismo. Pude ver, por primera vez en mi vida, algunos lugares donde la Cristiandad dejó huellas magníficas de su apogeo, a la vez que contrastar el estado penosísimo de la sociedad ex cristiana de Europa. Alguna esperanzas se dibujan por el Oriente del Viejo Continente. Haríamos mal si nos las tuviéramos en nuestras oraciones, movidos por un equivocadísimo sentimiento derrotista.

También insistimos en acercarse a los sacramentos en su forma tradicional. Y en empezar a desapegarnos de cierta mundanidad que afecta a todos los católicos, conservadores y tradicionales, lo que esteriliza o al menos debilita la eficacia de la gracia. Porque no es solo la deformación de la liturgia, sino las disposiciones espirituales con que se reciben los sacramentos y la frecuencia con que se los recibe. Especialmente la confesión, con un ánimo firme de mejorar y superar la tibieza. Y la comunión para fortalecer este propósito.

El único sentido de que un seglar (o laico, como se dice modernamente) se meta a publicar o difundir de algún modo estas cuestiones es el deber de defender la Fe. Pero la Fe sola no basta. Eso decía justamente Lutero (sola fides) y así estamos. Muchos van en camino a creer que todo se resuelve en la polémica, sutil o aguerrida, pero alejada de la práctica ferviente. Por un motivo o por el otro. Sin la frecuencia sacramental o al menos el deseo fervoroso y práctico de la frecuencia sacramental. O sea, poner todos los medios posibles.

En este tiempo de paz navideña quisiéramos haber estado más en silencio o invitar a la contemplación. Pero los hechos de este pontificatus horribilis no dan tregua, por más que sea saludable para el alma y el cuerpo abstenerse de un seguimiento puntilloso de dichos y hechos de eclesiásticos descarriados. Algunos confirman –esto dicho para los que aún tienen dudas- que el entorno de Francisco es de una profunda inmoralidad e hipocresía. Pueden leer el análisis de Sandro Magister que acabamos de publicar.

Quisiéramos agradecer a todos los amigos de Panorama sus finas cortesías, no siempre conocidas públicamente. A medida que nos hacemos viejos tenemos menos adversarios (al menos de parte nuestra) y más amigos o personas con quienes nos relacionamos amistosamente. Para nosotros es una buena confirmación de que además de la Fe, es necesario pedir la Esperanza y el aumento de la Caridad, los pedidos de los tres primeros misterios gloriosos del Rosario. En medio de esta confusión podemos enfrentarnos en defensa de la Fe, y hasta llegar al resentimiento y el odio. Este es el germen del espíritu cismático. Pero con la Esperanza en los bienes venideros y las promesas de Cristo, y con la práctica más esmerada de la Caridad es como estos enfrentamientos ceden, aún cuando no nos pongamos de acuerdo en la solución de ciertos problemas actuales acuciantes.

La humildad está en la base del éxito cuando procuramos crecer en las virtudes. Pedirla y hacer algún progreso en adquirirla. Dios va supliendo lo demás.

Pero, por sobre todo, los sacramentos. Los verdaderos incontaminados sacramentos tradicionales, y el sacerdocio tradicional. Allí donde se encuentren. Allí está la Iglesia, fuera de la cual no hay salvación.

¡Santo Año Nuevo!

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Y 335º aniversario de la liberación de Viena del asedio turco: recordando la liberación de Viena.

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la Peregrinación pone en lugar principal el conocimiento y amor a la misa tradicional. La misa se convierte en el centro de los tres días de peregrinación. Misa de campaña, rezada bajo la lluvia y el frío, sobre el suelo de barro. Acompañada de cánticos en latín y castellano que ayudan a la devoción. La devoción era otro elemento patente entre los caminantes.

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