Caminar pisándose el zapato

Iglesia Católica, ¿Dónde Vas?: Una declaración final que desilusiona nuevamente.

Caminar pisándose uno mismo el zapato es una tarea difícil. No imposible, pero fastidiosa. Cualquiera de niño ha jugado a esto. Quiero dar un paso con la pierna derecha a tiempo que me piso la punta del pie con el talón del izquierdo. Si solamente “mordemos” la punta, vamos avanzando con cierta inestabilidad y lentitud. Si lo pisamos sobre el empeine, adiós al movimiento.

Pase como juego de niños. El problema grave es cuando lo practican los adultos. Y no como juego, que, no ofendiendo las buenas costumbres, cada uno se divierte como le parece, sino expresión de falta de coordinación o vicio en la forma de desplazarse. Física y moralmente, que es la cuestión aquí.

Hacer las cosas difícilmente y de un modo torcido, cuando se pueden hacer de manera más sencilla y derecha. El impedimento de avanzar con rectitud hacia una meta, intelectual o moral. Se avanza mal hacia un lugar cuya existencia está en duda o de la que de a ratos se tienen claridades y en otros, penumbras. Una enfermedad moral, analogable a los movimientos espasmódicos de las personas afectadas por parálisis, que caminan con dificultad porque su cuerpo está contrahecho. Alcanzar tal meta, personal, familiar, espiritual, material, pero no poner los medios para llegar al objetivo. Dudas, falta de voluntad para afrontar las consecuencias, pereza que impide comprometer el esfuerzo necesario… Confusión, estos son los motivos de este progreso contrahecho y tantas veces fallido.

Toda esta introducción tiene sentido, me parece, si buscamos una forma simple de explicar algo que está en buen camino pero no avanza a buen paso sino en zigzag, o a ritmo de comparsa. Cuando no se detiene o se desvía. Leí la declaración final de la Conferencia en Roma; Iglesia Católica, ¿dónde vas? y vino a la mente esta imagen que también publiqué al pie como comentario del texto:

Uno tiene la impresión, al leer la declaración final y habiendo repasado las entrevistas y los resúmenes de las conferencias, que estos clérigos quieren dar un paso adelante con el pie derecho en la restauración de la Iglesia. Pero a la vez se pisan el zapato con el pie izquierdo.

Naturalmente, los puntos centrales de la declaración son doctrina dogmática indiscutible. Nada que decir sino enhorabuena por profesar y enseñar estas verdades, reverendos clérigos y estimados fieles. Es el contexto lo que empaña esta declaración y en cierto modo la vuelve un martillazo de gomaespuma.

En primer lugar, la cita de Lumen Gentium 33. Para justificar la participación de los fieles en la defensa de la Fe, y el “sensum fidei fidelium” que se invoca en las conferencias previas a la declaración. ¿Por qué citar un documento donde precisamente el tema ha sido manoseado con intención de desvirtuar el sentido tradicional y no acudir a las fuentes prístinas de la teología y la Tradición de la Iglesia. Trento, Vaticano I, etc.

Luego viene la referencia al beato Cardenal Newman, figura descollante de la Iglesia moderna, maestro de toda una generación de conversos al catolicismo desde las vacías formalidades del anglicanismo. Crítico de mirada penetrante que hizo su camino en subida por un peñasco casi impracticable: del anglicanismo al catolicismo a puro músculo intelectual y rectitud moral. Y desbrozó, de paso, algunos zarzales que habían crecido en las laderas del catolicismo. Respeto y admiración.

Nada que objetar, pero sí señalar que como cimiento para apoyar tan importante declaración, bien hubiera podido buscarse una peña más inconmoviblemente consagrada por la historia de la Iglesia que un ensayo del Card. Newman. Parece que ha primado en esta elección una razón estética más que teológica. Y es que él luce muy bien ante el público anglosajón, y probablemente los patrocinadores de este congreso sean principalmente de este origen y apunten a ese público.

La primera razón me parece grave, la segunda desluce.

La primera es grave porque se quiere fundamentar una acción restauradora en un texto del Concilio que causó la necesidad de tal restauración. De algún modo, monumentos a las causas y cadalsos a las consecuencias. Esto se ve muy claro y repetido en estos cardenales juanpablistas y benedictistas. No quieren apartarse del Concilio Vaticano II, ni admiten, al menos en público, que estamos empantanados en los lodos de aquellos polvos. Dicho esto con aprecio y esperanza en ellos.

Y un tercer punto que me desasosiega: Al oír a estos venerables clérigos, sus referencias a San Atanasio y el arrianismo, a la “papolatría”, etc. se siente una escalofrío de dejà vu. Los tradicionalistas venimos diciendo esto desde hace más de cuarenta años. Y haciendo lo posible, con razonable éxito con la gracia de Dios.

El Card. Burke ha dicho hace poco que la última atribución del periodista Scalfari a Francisco, la famosa negación de la existencia del infierno y la teoría de la destrucción de las almas malvadas, ha pasado los límites de lo tolerable. Y tiene razón. Pero no advierte, o no manifiesta advertir, que los límites tolerables se pasaron mucho antes, con la reforma litúrgica, los mea culpa, los Asís, y una innumerable cantidad de declaraciones de papas conciliares previos. Con el Concilio mismo. ¿Ninguno de ellos se dio cuenta en su momento?

Asumimos que no, por las razones que sea, concediéndoles como corresponde el beneficio de la duda. Ahora bien, ¿es razonable decir esto ahora, que el buque se hunde a toda velocidad y no aludir siquiera a quien, en cumplimiento de sus mismas responsabilidades como pastor de la Iglesia, dijo que las cosas habían pasado el límite de lo tolerable hace más de 40 años?

20 de diciembre de 1966, Carta al Card. Ottaviani, prefecto de lo que actualmente se llama Doctrina de la Fe: “En consecuencia, impulsado por los hechos, hay que concluir que el Concilio ha favorecido de una manera inconcebible la difusión de los errores liberales. La fe, la moral y la disciplina cristiana son conmovidas en sus fundamentos, tal como lo predijeron todos los Papas”.

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Hoy parece que solo la moral moviliza una reacción, enhorabuena, pero para curar esta llaga y ¿no la pestilencia? Si Francisco respondiera a las dubia como corresponde, ortodoxamente ¿se acabaría el problema? Entiendo que se planteen las dubia, pero no solo las dubia sobre Amoris Laetitia.

El 29 de agosto de 1976 se realiza una declaración que ha resultado ser un hito en la vida del movimiento tradicionalista.

“Nosotros lo decimos llorando. Porque ¿qué quisieron los católicos liberales durante un siglo y medio? Casar la Iglesia con la Revolución. Casar la Iglesia con la subversión. Casar la Iglesia con las fuerzas destructoras de la sociedad, de toda sociedad, desde la sociedad familiar y la sociedad civil, hasta la sociedad religiosa. Y este casamiento de la Iglesia está inscrito en el concilio: tomen el esquema Gaudium et Spes y encontrarán allí: hay que casar los principios de la Iglesia con las concepciones del hombre moderno.

¿Qué quiere decir esto? Quiere decir que hay que casar a la Iglesia, la Iglesia católica, la Iglesia de Nuestro Señor Jesucristo con principios que son contrarios a esta Iglesia, que la minan, que siempre han estado contra la Iglesia. Y es precisamente este casamiento el que fue intentado en el Concilio por hombres de Iglesia. Y no por la Iglesia. Porque jamás la Iglesia puede admitir una cosa así.

Durante un siglo y medio precisamente todos los soberanos pontífices condenaron ese catolicismo liberal, rechazaron ese casamiento con las ideas de la Revolución, con las ideas de aquellos que adoraron a la diosa razón. Los papas jamás pudieron aceptar cosa semejante. Y en nombre de esta Revolución algunos sacerdotes subieron al cadalso, algunas religiosas igualmente fueron perseguidas y asesinadas. Recuerden los pontones de Nantes, donde eran amontonados todos los sacerdotes fieles y eran hundidos mar adentro. Eso es lo que hizo la Revolución.

Bueno, yo les digo, mis queridísimos hermanos, lo que hizo la Revolución no es nada al lado de lo que ha hecho el Vaticano II. Nada. Más hubiera valido que los treinta y cuarenta y cincuenta mil sacerdotes que abandonaron la sotana, que abandonaron su juramento hecho ante Dios, sean martirizados y vayan al cadalso; habrían por lo menos ganado su alma”.

(…)

“Ah, hay un consejo que quisiera darles: es preciso que no se pueda decir de nosotros, de estos católicos que somos —no me gusta mucho el término de "católicos tradicionalistas", dado que no veo lo que pueda ser un católico que no es tradicionalista: la Iglesia es una tradición; y por otra parte, ¿qué serían los hombres si no estuvieran dentro de la tradición? ¡Pero si no podríamos vivir!

Hemos recibido la vida de nuestros padres, hemos recibido la educación de los que estaban antes de nosotros. Somos una tradición. Dios lo ha querido así. Dios ha querido que las tradiciones vayan pasando de generación en generación tanto para las cosas humanas, para las cosas materiales, como para las cosas divinas. Por consiguiente, no ser tradicional, no ser tradicionalista, es la destrucción de uno mismo, es un suicidio.

Entonces, somos católicos, seguimos siendo católicos. Que no existan divisiones entre nosotros. Precisamente si somos católicos, estamos en la unidad de la Iglesia, la unidad de la Iglesia que está en la fe. No hay unidad sino en la fe. Entonces nos dicen: "Ustedes tienen que estar con el Papa, el Papa es el signo de la fe en la Iglesia".¡Claro! en la medida en que el Papa manifieste su estado de sucesor de Pedro, en la medida en que se hace eco de la fe de siempre, en la medida en que trasmite el tesoro que debe trasmitir. Porque una vez más, ¿qué es un Papa? Es el que nos da los tesoros de la tradición y el tesoro del depósito de la fe, y la vida sobrenatural por los sacramentos y por el sacrificio de la Misa”.

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Esto lo dice alguien que rechaza ser llamado “jefe del tradicionalismo” y advierte sobre el nombre mismo, “tradicionalismo” para que no lleve a confusión. Hoy ya está consagrado como “nombre de guerra”, pero la advertencia sigue vigente. Lo mismo que las demás advertencias: “La fe, la moral y la disciplina cristianas son conmovidas en sus fundamentos”. Póngale un nombre a esta predicción, el que quiera. Pero no lo limite a Amoris Laetitia. Mucho menos invoque las causas en contra de las consecuencias...

Nota. Si tienen la paciencia y el tiempo, un par de vídeos sobre el personaje que dijo esto hace más de 40 años. Para valorar la situación actual en su justa medida.

 

Sermón de Mons. Lefebvre Venecia, 1980

 

Film documental: Un obispo en la Tormenta

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