Alfie, esa molestia para el progreso de la humanidad

¡Después de tantos esfuerzos por el progreso, no nos vamos a detener por un niño más o menos!

El caso de Alfie Evans, como otros, aunque no tan resonados, hace emerger una realidad que no todos advierten, por fuerza de hábito y atavismo: la vida se ha convertido en la variable de ajuste del mundo moderno, posmoderno o lo que sea. Del mundo de hoy. Si queremos un mundo mejor, no podemos estar fijándonos en un niño más o menos.

La historia del progreso es cruel: primero un desesperado intento para dominar a la naturaleza y por inventar artificios que hagan de la producción de bienes un fin ético y social: liberar al hombre de la servidumbre del trabajo para que goce de la vida. Habrá bienes baratos para todos. Grandes inventos. Carros que se desplazarán sin caballos, aparatos voladores, y hasta robots, palabra que tiene sus años. Increíbles comodidades. Confort.

Claro, hubo que realizar algunos cambios sociales. Despoblar el campo y, lamentablemente, hacinar a millones de personas en los suburbios, en condiciones propias de alimañas, explotados por los industriales y por los sindicatos mafiosos. Era gente que antes vivía en el campo, haciendo una vida dura –nadie se engañe, el trabajo del campo no es un idilio de fin de semana- con la ilusión de una apacible serenidad en la rutina diaria, el tiempo lento, fiestas sencillas y costumbres resguardadas. Todo bien, todo muy lindo, pero el mundo no progresaba.

Más tarde, en la hora de la industrialización, se amuchaban en los callejones mugrosos de las grandes ciudades, en lugares malolientes, y enemigos de toda salud, física y moral, es verdad. Un sacrificio necesario. Según algunas corrientes progresistas, para que tomasen conciencia de clase. Según otras, para que luego la masa obrera pudiera prosperar y obtener, con salarios más razonables, los bienes que ellos mismos producían. Lo cual, en cierto modo ocurrió, pero no tanto como para que la introducción de nuevas máquinas dejaran desempleados a muchos, expuestos y en la miseria, sin resguardo social ni familiar. Hay que entenderlo: son crisis de crecimiento. Cada tanto un crack, millones y millones que vuelven a los callejones de los que salieron sus abuelos. El progreso no es un mecanismo de relojería, avanza necesariamente, pero con pasos dispares.

El progreso no se detiene. Se descubren medicinas nuevas que hacen sencilla la cura de enfermedades antes mortales o invalidantes. Y con el tiempo estas curas se van haciendo más y más accesibles a lo menos pudientes. Por cierto, alguna gripe se cargó unos millones por aquí y alguna guerra comercial, para disputar mercados para esos productos que harían feliz a la humanidad, aunque ya saturaban en las naciones de origen, cargaba cada tanto algunos otros millones por allá. Una selección natural, apenas inducida. Sobreviven los más fuertes y la sociedad se depura de individuos débiles y e inútiles.

Sacrificios necesarios para el progreso. Año tras año Occidene. prospera, pero ese hábito de la guerra no es fácil de dejar, ni conveniente por el momento. Si lo miramos bien, sin sentimentalismos, la guerra es una forma de progreso. Tiene un interesante atractivo comercial e industrial. La industria bélica, que crea armas y artefactos cada vez más mortíferos, los cuales son subsidiados por los gobiernos porque nadie quiere perder una guerra, son una fuente de riqueza. No es nuevo, pero si es nueva la escala, el monto de dinero, el poder de los industriales y financieros que tienen en las guerras más de un motivo para el regocijo. Y no digamos nada de los lugares conquistados como mercado para los productos.

Más millones muertos de un modo que algunos llamaron tan inútil como ignominioso, en las trincheras de la Primera Guerra, llamada “mundial”. Pasos inevitables de un proceso que se abre camino pujando, sin embargo, como nos demuestran las mentes iluminadas. Algunas revoluciones que nacen, a veces de un modo espontaneo pero más bien como seres de probeta, los cuales a su vez, cuando llegan a la instancia del poder, avanzan en sus planes de reingeniería social para que ya no haya pobres en el mundo. La mirada es la misma: la felicidad humana, el paraíso en la tierra. No más pobres, no más guerras, no más enfermedades y –soñemos- no más muerte. La medicina todo lo podrá…

Aunque haya que sacrificar a varios millones de personas para que las cosas encajen, que nada es gratis. Finalmente, ya no habrá guerras porque unos señores importantes se reúnen y lo deciden. Como en cualquier conflicto humano, las naciones tendrán que presentarse ante una Sociedad Internacional que regule y juzgue quién tiene la razón. Se reúnen en Ginebra otros señores para determinar qué tanto se puede maltratar el enemigo en una guerra. Preparan unas normas maravillosas, y los gobiernos las acatan. Por lo cual, si hubiera una nueva guerra –cosa casi imposible- sería según un código humanitario muy estricto. Casi un duelo entre honorables caballeros.

¿Qué paso? No se sabe, pero al poco tiempo comenzó otra “Guerra Mundial”, mucho más mundial que la anterior. Y aunque sigue en vigencia el librito de la Convención de la ginebra, se aplica con cierto desgano. La guerra a reglamento es complicada y francamente aburrida. Tampoco podemos estar fijándonos en unos muertos más o menos, baldados o huérfanos si queremos realizar el milagro de la sociedad del confort. Hubo que arrasar Europa, borrar del mapa a Japón, entregar el Sudeste Asiático a unos regímenes sádicos, pero se logró la paz. O la guerra fría, que ocasionalmente se encendía en Corea, Vietnam, Camboya (y su bonito experimento social conducido por el Khmer Rouge). Y no olvidemos a China, ese extraordinario experimento social… Ellos son un modelo a seguir. Los que sobran, aborto por inyección letal durante el parto. Y si desgraciadamente ya nacieron, una buena dieta en bajas calorías en pleno invierno soluciona muchos problemas.

Gracias a Dios, en el “mundo libre” se producía un milagro tras otro. Milagro en Alemania, milagro en Italia, milagro en Francia… Florece la ciencia, se liberan las ataduras culturales, la técnica multiplica sus resultados de un modo impensado. Comienzan a proclamarse y hacerse reales los derechos más básicos: la liberación sexual, el divorcio, el aborto. El estado de bienestar es una realidad, sustentada con alguno que otro expolio en Africa, Hispanoamérica, Asia.

Comienzan a tomar cuerpo social viejas ideas: la maltusiana advertencia sobre la sobrepoblación, el fantasma del hambre (fantasma para ellos, realidad para muchos millones que ellos expolian para vivir en el bienestar). La industria, penoso es decirlo, que fuera esperanza de la humanidad, pasa a ser un “factor contaminante”, y la prolongación de la vida hasta edades impensadas (ese viejo ideal) muestra su cara horrible. Millones y millones de viejos no se mueren más… y el Estado tiene que gastar plata en mantenerlos. Y encima, los niños que en otros tiempos eran inviables, ahora nacen y aunque primero fueron la gloria de los defensores de las “capacidades diferentes” ahora constituyen una boya de plomo para las finanzas. Cada tratamiento es millonario. Hay que calibrar el sistema.

Por lo que, el pensamiento humanista moderno llega a la conclusión de que algunas personas tienen que morir dignamente cuando ya no son o nunca podrán ser “productivas”. Tal vez los hijos, tal vez los padres, según los casos, opondrán una cierta resistencia, pero se puede persuadir a la masa de esta triste necesidad. Sobre todo si el clero católico nos da una mano…

¡Hemos logrado un mundo maravilloso! ¿Quién se atreve a discutirlo? Pero para mantenerlo necesitamos regular la variable de ajuste, es decir, elegir a un cierto porcentaje de la población que pueda gozar de este universo increado, producto de una fascinante serie de casualidades materiales. No podemos permitir que se extinga la ballena azul, ni el lagarto de Tasmania, bellísimos resultados de los rebotes de partículas y martingalas combinadas de elementos inertes. Salvemos al planeta de su mayor enemigo: el hombre.

De un modo preventivo se ha trabajado, sembrando la idea de la “familia regulada”. Con la contraindicación, lamentable pero necesaria, de que al cabo de dos o tres generaciones la sociedad se llena de viejos obstinados en vivir. Y hay unos pocos jóvenes, que han vivido muy bien y no creen que sea necesario hacer ningún esfuerzo para sostener a los viejos, que, de última, no sirven para nada.

Por eso los reúnen en esos geriátricos tan parecidos a los horribles asilos de niños huérfanos de los relatos dickensianos, regenteados por personas perversas, donde sufrían todo tipo de vejaciones. Parecidos, puede ser, pero no iguales. Aquí, cuando los internos fastidian, no les tiran de la orejas, les dan una que otra pastilla. Y si se pasan de pastillas, gentilmente piden a los deudos que vengan a retirar los restos, salvo que deseen que los conviertan en cenizas y se los envíen por algún sistema de courrier para que los puedan depositar en la maceta preferida del muerto, o bajo el árbol donde solía pasar las tardes en la plaza la abuela, ceremonia conmovedora solo perturbada, a veces, por los ímpetus miccionales de algún perro.

Con algunos ajustes más, y ciertos sacrificios, podemos llegar a un estado de felicidad completa. Los insatisfechos y deprimidos siempre tienen la opción de suicidarse. Los pobres, con alguna campaña de salud reproductiva, irán desapareciendo. A los revoltosos los podemos rociar con una andanada de misiles: siempre está la excusa de las armas químicas. Y si no se mueren, les tiramos con armas químicas, ¡qué jorobar!

¿Y Alfie, esa no persona, porque no puede razonar? Es fácil, lo desenchufamos. Que se joroben los padres. Pudieron haberlo abortado y no lo hicieron. Les dimos todas las facilidades. Los padres tenían el derecho de elegir la muerte en el útero, pero ahora no tienen el derecho de elegir la vida del nacido. Así son las cosas. Tampoco hay que hay que perder el tiempo con gente que pretende todo. ¡Egoístas e insensibles!

¡Siempre dispuestos a interponerse para frenar progreso de la humanidad!

P.S. Con el mayor respeto por los lectores, aclaro que este texto es irónico. Nunca falta un distraído...

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