Cuando la manada brama…

O la contaminación de la pornografía

Lo más pornográfico que leí en mi vida es el libro “Teología Moral para Seglares” de Royo Marín. La parte contra sexto. Me creó una verdadera incomodidad. Las personas bien criadas tenemos una repugnancia natural por lo indecente, lo obsceno. Pero estamos fuera de época, porque lo obsceno se hace público todo el tiempo.

Que un sacerdote estudie las enfermedades morales es propio de su oficio de médico (pastor y juez) de las almas. Los manuales de moral tratan de enfermedades morales y las tienen que describir. Este desagradable deber se contrapesa con la “gracia de estado”. Digo esto porque en otro tiempo la sola mención del tema que tratamos era antisocial y ofensiva, para los niños, las damas y el clero, salvo en consulta o confesión. Y los hombres cuidaban a sus mujeres.

Lo mismo, creo, será para un juez que tiene que ver vídeos repugnantes y describirlos con retórica judicial. De modo que el Juez González (nada que ver) que votó por la absolución de “la Manada”, grupete de jóvenes excitados que en la fiesta de San Fermín organizaron un orgía callejera con la colaboración de una señorita que pasaba por ahí, habrá tenido gracia de estado para describir el vídeo que se grabó en dicho encuentro. Porque en materia sexual no basta hacer, sino que además hay que registrar y si es posible ser hackeado, como le pasa a tantas actrices de moda de un modo incomprensible.

Estos jóvenes mostraron lo obsceno, donde, según el juez González, la joven que acusa parece se encontraba muy feliz y halagada por tantos muchachos vigorosos. En la calle, en medio del tumulto de sanfermines. ¡Pobre San Fermín!

Tenemos simpatía por el juez González por razones obvias: no hubo delito alguno. Es más, si hay que atenerse a la ley, la inmoralidad pública no ofende a nadie, como ocurría cuando todos éramos heterosexuales y patriarcales. Ahora basta el consentimiento a la edad adecuada donde sea, con quien sea, y por donde sea. El dice que la muchacha no parecía sufriente ni forzada. Y yo le creo.

La otra manada, la de las brujas feministas, piden todo. Todo se puede hacer porque prefieren ser antes putas que sumisas según sus propias palabras. No queda claro cuando la putez se convierte en sometimiento, abuso o violación. Los de la Manada sanfermínica fueron a disfrutar de la algarabía callejera, porque no está prohibido sino más bien alabado por la sociedad este modo de enjugar las pasiones. Pero hay un momento -atentos jóvenes cargados de testosterona- en que la partenaire se victimiza. ¿Por qué? Que lo diga Satanás, que ha de saberlo. Tal vez por un puñado de euros, por la gloria (ahora ser víctima de violación es una gloria) o porque la manada de brujas tiene tema para alborotar. O todo a la vez.

Yo veo en el caso varios atenuantes para los de la Manada, que ciertamente no son unos ángeles. La emprendieron con una mujer, que hoy por hoy… La chica parecía feliz, dice el juez González con palabras que no me atrevo a repetir pero son bien descriptivas. Entonces, ¿qué hay de malo? Le dieron a la otra manada la posibilidad de ser putas. Una colaboración. ¡De onda!

Además de que la “víctima” se contradijo unas 60 veces, por dar un número aproximado. Tal vez cuando vio el vídeo, con menos entusiasmo que el día de San Fermín, se sintió humillada, mujer objeto, trozo de carne para alimentar a los sanguinarios heterosexuales. Pero esto no es compatible con una mujer liberada. Ni con la corte de feministas que la apoya. Libertad es una cosa, abuso es otra, dicen, de un modo sorprendente.

Yo creo, con sinceridad, que debería haber algún elemento público de alerta para ese momento crucial en que se pasa del jolgorio callejero al abuso sexual. Algo, una clarinada, un bramido. Algo que alerte a los practicantes de la liberación moral que ya es tiempo de suspender lo que están haciendo. Porque si todo se puede hacer no es justo que después los denuncien a la justicia, que con total libertad, sin apremios de la prensa, los condena a 10 años de prisión por abuso porque no saben qué hacer. En última instancia, que sea una infracción al código de convivencia y se los multe con 20 euros y dos semanas de trabajo social.

Los sanfermines ya no son lo que eran. Ni la moral social. Las normas, pues, deberían sustituir al buen sentido, lo que es una utopía. Cada vez más normas, más extensión de derechos y las cosas empeoran ¿Acaso el muchacho marroquí que violó a una niña no lleva algo de razón cuando argumenta que no sabía que violar fuese delito? Pues hombre, dice bien. ¿Es delito?

Si vamos hacia una sociedad más justa que las normas sean claras. O que no haya normas, que parece más saludable. Así pues nada es delito y ya. Pero eso de vamos majos pa’ aquel rincón y luego me violaron no es jugar limpio. Sobre todo porque al ser iguales, ninguna mujer puede aducir que unos fuertes brazos la inmovilizaron. ¿O acaso el hombre es más fuerte que la mujer? ¡Igualdad!, por favor.

Y si quieren hacer una experiencia que funcionó por unos miles de años, que la ley proteja a las mujeres porque están en un estado de más debilidad ante el atacante. Y la acción legal, que es de carácter privado, y por lo tanto no obligatoria, sea discreta, porque posiblemente dañe más a la víctima que el presunto agravio. Porque más allá de la Manada y algunos viandantes curiosos, la cosa se supo en todo el mundo por ruido de la parte actora, que la llevó a los medios. Y si ella realmente aprecia su pudor, su buen nombre (¿qué era eso?) y honor, no debería exponerlo a tanta publicidad. Y si ella solamente quería una fregadita amistosa, debería buscar más cuidadosamente a sus compañeros de diversión.

Una violación es como un cáncer, algo terrible que sucede a un/a inocente. Hay que superarlo con gran dolor, pero, como el cáncer, viene cuando viene. Ahora bien, si fumamos 2 cajetillas por día lo estamos cultivando. Y si nos metemos en medio de un tumulto de jóvenes excitados, en una sociedad que no penaliza la libertad sexual sino que la promueve: ¿a cuántas cajetillas equivale? La mujeres no tienen la libertad de “ser fáciles” porque el hombre no tiene la libertad de “ser continente”. La pasión lo sacude. Ambas partes deben acatar una norma. Deben sujetarse, someterse a una ley moral. Y si no se sujetan a una ley moral, liberan al otro/a de toda continencia.

Y obviamente SI tiene que ver el modo de vestirse, el trato, los temas que se hablan, el cuidado del pudor, lo que se mira en cine o TV, la pornografía rampante. Los Estados ya no pueden hacer la vista gorda con la pornografía y la educación sexual, que son casi lo mismo. Después le cargan al juez González un fallo de 370 páginas con más de 200 de descripción del jolgorio, la gestualidad de la presunta víctima y hasta sus suspiros… Cuando en realidad quiere irse a su casa a ver La Familia Ingals.

Así pues, la pornografía necesaria para mejorar a la sociedad es la de Royo Marín. Todo lo demás alimenta manadas y víctimas. Has recorrido un largo camino, muchacha. Te has liberado de todo, aguántate las consecuencias. No sea cosa que te de el cáncer y la culpa sea de los otros. Del juez González, por ejemplo.

 

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