Ser tradi hoy

Dios está en las alturas, como afirman las escrituras, reza la liturgia y sostiene la teología.  Elevar, escalar, subir, alcanzar cumbres... términos que repite el lenguaje de la mística católica para analogar el camino de alma hacia la perfección y la salvación. Por eso esta historia se enmarca en un contexto muy particular. 

Si algo puede decirse del pontificado de Francisco es que el afán autodestructivo de la Iglesia que denunció (y a la vez propició, misteriosamente) Paulo VI regresó con furia. En estos años primeros y ciertamente últimos de su pontificado, puede deducirse, no perderá el tiempo en realizar este empeño. 

No es fácil decir la verdad ante el mundo, obstinado, empantanado en sus vicios. Pero menos lo parece, decir la verdad cuando los destinatarios de tales comunicaciones son “los buenos”, los que están del lado del bien y al cual, en ejercicio de su autoridad, le hacen mal. Por lo dicho y por mucho más que huelga decir, pues por ahora es suficiente.

Por algunos día no quise leer ninguna declaración de Francisco. ¿Para qué? Si con él o sin él, elocuente o callado, he visto con mis propios ojos a la Iglesia viva transmitiendo lo que recibió.

Sin voluntad de producir una secuela de lo publicado anteriormente, cuyo motivo fue recordar el aniversario de una declaración que marcó un momento central en la historia de la Iglesia contemporánea, parece conveniente dar a conocer también, a quien no lo haya leído, el capítulo posterior a dicha declaración, algunos meses después.

El 21 de noviembre de 1974, el arzobispo Marcel Lefebvre realizó una breve declaración doctrinal que produciría enorme impacto en su momento y durante largo tiempo. Y que toma particular relevancia en éste, bajo el reinado de Francisco, cuyas características el arzobispo francés luego jefe involuntario del tradicionalismo y fundador de la FSSPX describía en ese momento, a menos de diez años del cierre del Vaticano II, con sorprendente anticipación.

 Ningún pontífice en toda la historia ha despertado este temor específico que se está extendiendo alrededor de la iglesia: de que el magisterio, la autoridad de enseñanza investida en Pedro por Jesús, no esté segura en sus manos.

En nombre del ideario masónico revolucionarios se destruyó el orden político y social cristiano. En nombre de la justicia para los oprimidos se masacró a la población, se persiguió a la Iglesia casi hasta su extinción, se hizo desaparecer a muchas naciones.

La Relación final de la segunda sesión del Sínodo de la familia, publicada el 24 de octubre de 2015, lejos de manifestar un consenso de los padres sinodales, constituye la expresión de un compromiso entre posturas profundamente divergentes. La impresión general que se desprende de este texto es la de una confusión que no dejará de ser explotada en un sentido contrario a la enseñanza constante de la Iglesia.

La percepción que tenemos los que hemos recibido la gracia de ser fieles a la doctrina de la Iglesia es más bien de una catástrofe en ciernes. Esta percepción peca, sin embargo, no pocas veces de “prudencia” excesivamente humana o natural. El naturalismo nos ha ganado también a los católicos tradicionales.

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Se ha dicho con frecuencia: Fátima es una epifanía, una manifestación luminosa que prepara a los creyentes para vivir los tiempos más oscuros de la era cristiana. Así como la fiesta del 6 de enero celebra la revelación de Dios, en su Persona encarnada, a representantes de los gentiles.

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En este año cargado de noticias tristes y humanamente desesperanzadoras sobre la marcha de los asuntos eclesiásticos, nos ha parecido prudente insistir poco en las noticias, sino más bien opinar con una cierta pretensión de análisis, alentar la esperanza y recordar (también a nosotros mismos) los deberes de un buen católico en todo momento.

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