Panorama Católico

10 de Noviembre, Día de la Tradición

En la república Argentina, el 10 de noviembre se celebra el Día de la Tradición, en honor a José Hernández, el poeta nacional, autor del Martín Fierro. Si bien la fiesta se conserva en el calendario, ya no es feriado nacional desde hace décadas y en el mejor de los casos, los actos oficiales -cuando los hay- se limitan a cierto pintoresquismo gauchesco.

Escribe Marcelo González

En la república Argentina, el 10 de noviembre se celebra el Día de la Tradición, en honor a José Hernández, el poeta nacional, autor del Martín Fierro. Si bien la fiesta se conserva en el calendario, ya no es feriado nacional desde hace décadas y en el mejor de los casos, los actos oficiales -cuando los hay- se limitan a cierto pintoresquismo gauchesco.

Escribe Marcelo González

Hemos querido hablar de la Tradición con palabras propias, a sabiendas de que lo que digamos va a ser una semblanza muy menguada de eso que grandes escritores han sabido decir bien y oportunamente. Y asumimos este compromiso porque, más allá del recurso a un texto venerable, nos parece necesario dar un testimonio personal de la Tradición. A esto nos obliga la militancia que hemos asumido.

Debemos decir que patria y tradición tienen una íntima e indisoluble unidad. Porque solo puede haber tradición en una sociedad humana (aunque no se limite necesariamente a una tradición humana) y la sociedad humana se sintetiza biológica y culturalmente en la familia, la cual existe porque sus miembros fundantes son patres y el suelo en el que descansan es la patria.

Y esa familia, como esa patria, desde tiempos inmemoriales tiene en las civilizaciones (a excepción de la anómala civilización moderna) un carácter fundante y sagrado, un mandato de transmisión de vida, principios y costumbres, el cual, con mayor o menor perfección, se ha actualizado concorde a la voluntad de Dios. Después de haberse creado la naturaleza, una vez quebrada la armonía del paraíso por el pecado original, aunque heridas por el desorden, las familias, permanecieron fieles a esa transmisión por la evidencia, clara y distinta a los ojos del alma recta, de los mandatos del orden natural.

Y acataron ese mandato por voluntad del Creador manifestada en el orden natural de las cosas -aún cuando muchos paganos no tuviesen clara noción de un creador-. Se perpetuó la familia y la civilización de la patria.Y toda vez que se desviaron de ese camino, caminaron hacia el abismo de la ruina.

Con más razón aún cuando por la Revelación y la Redención, las inteligencias fueron iluminadas y las voluntades sometidas por la gracia de un modo mucho más suave y perfecto, cuando les fue abierto y ofrecido el único camino de salvación. Allí se fundó la civilización cristiana, imperfecta por humana, pero eminente entre todas las demás, porque se fundó sobre la roca firme de la Iglesia.

Es necesario que repitamos la recomendaciones paulinas sobre las tradiciones: "Os alabo porque en todas las cosas os acordáis de mí y conserváis las tradiciones tal como os las he transmitido" I Corintios 11,2… "Así pues, hermanos, manteneos firmes y conservad las tradiciones que habéis aprendido de nosotros, de viva voz o por carta" II Tesalonicenses 2,15. Y también: “…os he transmitido lo que he recibido del Señor”… (tradidi enim vobis quod et accepi) I Tesalonicenses, 15, 3. Y aunque el Apóstol de las Gentes aluda principalmente a la Sagrada Tradición de la Iglesia, a la Tradición apostólica, bendice a toda tradición que merezca dicho nombre, en definitiva subsidiaria de las verdades eternas.

Cuando por la permisión divina, la civilización cristiana, la ciudad católica fue asediada, dividida y llevada a las ruinas por el enemigo de la humanidad, el padre de la mentira y del mundo moderno, los jirones de cristiandad que van quedando como un archipiélago de luces que ilumina tenue pero eficazmente las tinieblas de los tiempos actuales son las familias cristianas, las pequeñas comunidades católicas, pequeñas cristiandades. Y cuanto más arrecia la oscuridad, más brillan estos santuarios de la tradición, siempre nutridos por los buenos sacerdotes, por los que ofrecen una liturgia santificadora, por las escuelas que merecen el nombre de católicas, por las obras de misericordia: en suma, por la confesión verbal y testimonial de la Fe.

Puesto que la cristiandad es la suma de la Fe y de la historia, en la Argentina, como en todas las patrias hispanoamericanas, la cristiandad se ha encarnado en hombres, hechos y obras. Y don José Hernández ha sabido poner en una obra de arte, que es el poema nacional argentino, Martín Fierro, los remanentes de la cristiandad derramada en las pampas salvajes por la generosidad evangelizadora y civilizadora de la España católica. Un renuevo que fue esplendor en las jornadas de 1806 y 1807 contra el hereje británico, y girón en la Argentina poderosa y rica de la logia. Que se sembró y brotó en flores como Ceferino, medio araucano, medio huinca, santificado por la prodigiosa acción evangelizadora de Don Bosco. Que renació en el catolicismo de las décadas primeras del siglo XX, rico en pensadores, artístas, teólogos y militantes. Que floreció como un milagro en 1934, admirando a Card. Pacelli, en aquel glorioso Congreso Eucarístico. Que rindió servicios a la Patria en hijos, trabajo, arte, sangre y pensamiento. Que fue defraudado y malversado por una jerarquía vacilante e infiel. Un catolicismo que subsiste hoy reducido y larvado, pero con un enorme potencial. Vive aún el heroico criollo, con sus luces y sus sombras, aunque su coraje parezca amenguado hasta la inacción. Vive porque responde a la voz católica, que habla católicamente, harto de la mentira mitrada.

De allí que, aunque no se celebre oficialmente, sea justo y necesario recordar a éste a quien Dios ha querido darnos por padre (pater) de la poesía de la patria, un hombre que supo intuir profundamente el catolicismo del gaucho, pilar de la nación.

Alguien preguntó a San Agustín… ¿maestro, qué es el alma? Y el santo doctor le respondió: eres tú lo mismo que tu cadáver. No. Pues bien, concluyó el maestro, la diferencia entre ti y tu cadáver, eso es tu alma.

Podríamos decir, aplicando la analogía que aquello que subsiste de la Argentina, de Hispanoamérica,restándole la contingencia temporal, eso es el alma de nuestra patria. Esa es la tradición fundada en la occidental y por tanto en la Tradición de nuestra Madre, la Iglesia. Esa es la tradición que han entregado tal cual han recibido innumerables argentinos.

Nuestra Madre, la Iglesia, a pesar de las infidelidades de sus hijos, no puede perecer. Que Dios, la Santísima Virgen y el bienaventurado Ceferino nos concedan, por su amparo, que la patria tampoco muera.

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