Panorama Católico

11-M: Una Conmemoración Envenenada

En vísperas de cumplirse el primer aniversario del brutal ataque terrorista de Atocha, en Madrid, se ha propuesto un repique de campanas conmemorativas de las víctimas. El arzobispado y la Comunidad de Madrid (gobernada por el PP) se han puesto de acuerdo para conmemorar el atentado del 11-M con el doblar de las campanas de todas las iglesias de Madrid a la hora en que estalló la primera bomba. El proyecto ha supuesto el enfado de Pilar Manjón, la comunista que preside la asociación ‘oficial’ de víctimas de los atentados; ella asegura que el sonido dolerá a los suprervivientes y a los familiares. ¿Se deberá el enfado a que son campanas de iglesias católicas? ¿Tal vez si fuesen minaretes…?

Por Luis Miguez Macho

Una de las señales más claras de que España vive una situación de crisis nacional es que los desastres, en lugar de unir, dividen. Yo no siento ningún deseo de recordar los atentados del 11 de marzo de la mano de quienes los manipularon para alcanzar el poder, ni de honrar a las víctimas bajo la mirada de un déspota extranjero, enemigo declarado de nuestro país, cuyos servidores probablemente estén implicados en la preparación de las masacres.

Nunca he sido partidario de las manifestaciones contra el terrorismo. Admito que allí donde los terroristas cuentan con un grado relevante de apoyo y comprensión social son útiles para disputar la calle a los nacionalistas y dar aliento a los familiares de las víctimas y a los amenazados. Sin embargo, en el resto de España, donde el número de simpatizantes de los terroristas es mínimo (aunque no inexistente), sólo sirven para narcotizar a la población después de cada atentado, desviando sus justos sentimientos de ira de objetivos peligrosos para la estabilidad del sistema: los propios terroristas, los nacionalistas que comparten fines con ellos, los políticos incapaces de hacer algo efectivo.

Así se explica que en esas manifestaciones la repulsa contra los terroristas y sus cómplices se sustituya por la invocación (normalmente en silencio: se nos priva hasta de la posibilidad de gritar nuestra rabia) de ideales abstractos, como la paz y la no violencia, que no tienen relación alguna con un problema de criminalidad con objetivos políticos como es el terrorismo. Es más, resultan contraproducentes en la lucha contra aquél, que exige inevitablemente el empleo por parte del Estado de la violencia de la que es el único titular legítimo.

Con todo, yo salí a la calle el 11 y el 12 de marzo. La conmoción fue demasiado grande y la necesidad de expresar la unidad nacional frente al terror se impuso a otras consideraciones. He tenido todo un año para arrepentirme: nada me une a los canallas que, ya en esas concentraciones masivas, empezaban a culpar al Gobierno de las masacres perpetradas para desalojar del poder a aquellos en quienes yo, como tantos millones de españoles, había puesto mi confianza y que son los que más han hecho contra el terrorismo en todos estos años de democracia.

Ellos, en cambio, no se han arrepentido. Han querido hacer de los muertos del 11 del marzo sus muertos, porque los provocados por ETA, en el fondo, siempre los han considerado ajenos. Han dividido a las víctimas del terrorismo y hasta han logrado volver polémico un símbolo de nuestra tradición cristiana, el doblar de las campanas, utilizado en todo Occidente para recordar a los muertos. Pues bien, que no cuenten conmigo en su conmemoración envenenada.

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