Panorama Católico

13 de junio: San Antonio de Padua (de Lisboa)

En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Queridos fieles,
Se anunció en el principio de esta Misa las fiestas de la semana; entre ellas, la de San Antonio de quien voy a hablarles hoy.

En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Queridos fieles,
Se anunció en el principio de esta Misa las fiestas de la semana; entre ellas, la de San Antonio de quien voy a hablarles hoy.
En efecto, las vidas de los santos siempre son muy provechosas para las almas cristianas porque son el evangelio puesto en práctica, el catecismo vivido, el ideal cristiano alcanzado. Son nuestros modelos porque fueron los imitadores fieles de Nuestro Señor. Por supuesto, estos grandes santos, como San Antonio, hicieron milagros y su santidad supera mucho a la que debemos conseguir, pero lo esencial de la santidad consiste en el cumplimiento con amor y perseverancia de la voluntad divina. Es el punto que quiero sobre todo destacar en la vida de este santo que elegí por ser muy querido y popular desde el siglo XIII en la Iglesia y, a pesar de eso, bastante poco conocido (Es mucho más que un santo que ayuda a los distraídos que perdieron un objeto, como vamos a ver).
No es fácil hablar sobre San Antonio de Padua (llamado así si consideramos el lugar de su muerte) o San Antonio de Lisboa (si consideramos, como los portugueses, el lugar de su nacimiento), pues su santa vida es tan rica en virtudes, milagros y hechos increíbles que el Papa Gregorio Nono lo canonizó menos que un año después de su muerte. Y cuando lo canonizó en Roma, en el año 1232, ¡todas las campanas de Lisboa tocaron solas!…
Me limitaré con tres puntos, tres hechos de la vida de San Antonio que manifiestan tres virtudes necesarias para nuestra salvación: la humildad, la fe, la confianza en el poder de la oración.
Después de una infancia y juventud muy fieles a la gracia de Dios, Fernando de Bouillon entró en el monasterio de los Agustinos, en Lisboa, y fue ordenado sacerdote. Pero su deseo de santidad era tan grande que decidió unirse a los hermanos amantes de la pobreza total recién constituidos en nueva Orden religiosa por San Francisco de Asís. No solamente quería ser franciscano sino también mártir. Por eso acompañó a algunos hermanos hasta Ceuta, en el norte del África musulmana, para este fin. Pero Dios, en su Providencia, tenía otros designios para el hermano Antonio: no será mártir, sino Doctor de la Iglesia. De repente se puso enfermo, y tan enfermo que su superior decidió hacerlo volver para Portugal. Pero… llegó a Italia porque una terrible tempestad empujó el barco hasta el país donde todavía vivía San Francisco. Lo pusieron en un pequeño convento donde fue encargado de las tareas más humildes: lavar los platos, barrer y limpiar, a pesar de su estado sacerdotal. Hasta que un día el Prior del convento le pidió que diera un sermón a la comunidad. Fray Antonio obedeció. Y predicó de modo tan edificante, tan erudito y espiritual que los hermanos se quedaron muy asombrados. San Francisco oyó hablar sobre él y le nombró lector de teología y predicador contra los herejes. San Antonio había comprendido que a Dios no le agrada la obra en sí misma sino el amor con que cumplimos nuestro deber: barrer, lavar los platos o predicar la verdad y hacer milagros no importa: lo que es importante y necesario es de amar a Dios y cumplir su voluntad en el lugar que nos destinó. Tal fue la profunda humildad de San Antonio; tal debe ser la nuestra.
Su fe también era firmísima hasta las audacias más increíbles. Su fe no lo hará mover montañas sino animales, seres sin razón, para la gloria de Dios y la conversión de los herejes. Delante de los albigenses impíos, que se negaban a adorar al Santísimo, hizo que un burro, hambriento y al que daban avena para que se alejara del santo, se arrodillara ante la custodia que el santo llevaba. En otra ocasión, los enemigos de la verdad cristiana ni siquiera quisieron escuchar su predicación y argumentos. Entonces, Fray Antonio se dirigió e hasta un lago vecino y predicó a los peces que se llegaron para oírlo, los pececitos delante de los peces de tamaño medio, y los peces más grandes detrás, todos con mucho orden y atención. Y todos los herejes de estos dos lugares se convirtieron. Queridos hermanos, nuestra fe exige que nuestra alma domine al animal que está en nosotros. Vivamos de la fe, no de las impresiones de nuestra sensibilidad viva como un pez de río (“tipo salmón”), o según los caprichos y la comodidad de nuestro hermano burro, el cuerpo. Manifestemos nuestra fe por una asistencia más regular a la Santa Misa incluso durante la semana, no perdiendo una hora santa, un vía crucis, una procesión, las santas Vísperas del Domingo con la Bendición del Santísimo. Que nuestra vida sea iluminada por nuestra fe, el criterio infalible de una vida cristiana autentica, generosa y ejemplar para los que no tienen la fe. No nos contentemos con el “mínimo”…
Por fin, he aquí el tercer hecho de la vida de San Antonio que muestra que la oración puede obtener todo, si es movida por un corazón confiado. Incluso si pedimos la intercesión de un santo como san Antonio. Un día, un hermano novicio del convento donde estaba Fray Antonio sucumbió a una fuerte tentación del demonio: decidió dejar la vida religiosa y, antes, robar un libro muy erudito que San Antonio estaba escribiendo para sacar ventajas temporales con este libro. Se fue entonces del convento con el libro robado y llegó hasta un río donde el diablo se le apareció con una espada en la mano y lo amenazó de matarlo si no volvía al convento. En verdad, el demonio obedecía a Antonio (el diablo lo temía mucho) que estaba rezando fervorosamente para que se encuentre el libro fruto de su estudio no terminado. El novicio volvió, entregó arrepentido a San Antonio su libro y retomó santamente la vida religiosa.
En este hecho de la vida del santo está el origen de la devoción a San Antonio para hallar un objeto perdido, lo que, es verdad, funciona muy bien. Pero no hay que olvidar que no sólo se halló el libro sino que también el novicio se convirtió. San Antonio es capaz también de obtener muchas gracias espirituales para quien le reza con fervor (y no solamente temporales), como una conversión, la victoria sobre una tentación o el aumento de una virtud.
Queridos hermanos, que este “santazo” que es San Antonio os bendiga y nos obtenga un profunda humildad, una fe pura y firme, y una inmensa confianza en el poder de la oración. Recémosle a él también y recibiremos, en la medida de nuestra fe y confianza.

Ave María Purísima
En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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