Panorama Católico

4º Domingo de Cuaresma

El evangelio de este domingo nos cuenta el milagro de la multiplicación de los panes y de los peces que hizo Nuestro Señor para alimentar la muchedumbre que lo seguía. Este gran milagro es anuncio y símbolo de la Santísima Eucaristía. Es un misterio maravilloso al cual la muchedumbre de los católicos de todos los tiempos y naciones puede participar íntimamente.

El evangelio de este domingo nos cuenta el milagro de la multiplicación de los panes y de los peces que hizo Nuestro Señor para alimentar la muchedumbre que lo seguía. Este gran milagro es anuncio y símbolo de la Santísima Eucaristía. Es un misterio maravilloso al cual la muchedumbre de los católicos de todos los tiempos y naciones puede participar íntimamente.

En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén. Queridos hermanos,

El evangelio de este domingo nos cuenta el milagro de la multiplicación de los panes y de los peces que hizo Nuestro Señor para alimentar la muchedumbre que lo seguía.

Este gran milagro es anuncio y símbolo de la Santísima Eucaristía. Es un misterio maravilloso del cual la muchedumbre de los católicos de todos los tiempos y naciones puede participar íntimamente. Es tan extraordinario que cuando Jesús lo anunciará tal cual, varios de sus discípulos se quedarán escandalizados y lo abandonarán: “Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron. Yo soy el pan vivo bajado del cielo, afirmó Nuestro Señor; quien coma de este pan vivirá eternamente. El pan que yo he de dar para salvación del mundo es mi carne”.

La Hostia consagrada de la Santa Misa es realmente Jesucristo con su Cuerpo, su Sangre, su alma y su divinidad.

Es el alimento, el divino consuelo de nuestra alma, el principio de nuestra santificación y de la vida eterna.

Tenemos un cuerpo con una vida natural, sometida al desgaste, y por eso necesitamos comer.

También tenemos un alma con una vida sobrenatural, y necesita un alimento espiritual; la Eucaristía es ese alimento, sin el cual nuestra alma morirá: “Quien no comiere la carne del Hijo del Hombre, no tendrá vida”, dijo Jesús.

Por supuesto, no se puede comulgar sin las condiciones debidas: después de un ayuno de una hora y con la consciencia limpia de todo pecado mortal. Pero una tal persona que nunca se pusiese en las condiciones para comulgar sería espiritualmente muerta.

Y otra persona que pudiese comulgar más frecuentemente corre el riesgo de ser espiritualmente raquítica, poco desarrollada y con poca fuerza para el bien. El niño debe hacerse hombre. También el alma está pidiendo este desarrollo hasta la plenitud de la santidad.

Desgraciadamente, muchos cristianos son espiritualmente como niños, sin madurez, porque no comulgan o muy raramente, o sin verdadera devoción. La falta de desarrollo espiritual de un alma se manifiesta por señales como, por ejemplo:

  • Una preocupación excesiva para las cosas terrenas, los bienes de este mundo.
  • La pereza espiritual; eso es una falta de deseo de santidad, de conocer a Dios, de amarlo.
  • La influencia muy grande de las pasiones humanas poco dominadas y controladas.
  • Una tibieza habitual.
  • El respecto humano: un gran temor por lo que piensan los otros y que hace que se esconden la fe y las convicciones cristianas en la presencia del mundo y de su espíritu.
  • Una visión demasiada naturalista de los acontecimientos: la falta de espíritu sobrenatural, la incapacidad de inscribirse a un retiro espiritual…
  • Esta alma espiritualmente atrasada también nunca pide consejos a un sacerdote. “Estoy muy bien así”, dice, pero corre a los médicos por cualquier dolor….

Todas estas señales manifiestan una vida eucarística muy reducida si no ausente, y un riesgo serio de perder el cielo…

La Sagrada Hostia es nuestra fuerza. En este mundo no cristiano, no es nada fácil ser católico de convicción y de vida. Necesitamos una ayuda divina. La encontramos en la sagrada comunión.

La Sagrada Hostia es nuestro consuelo en este valle de lágrimas; Nuestro Señor se quedó en la Eucaristía para consolarnos. Así, conocemos mejor a nuestro Salvador y llevamos a nuestra cruz con Él.

Que la sagrada comunión frecuente sea el momento más importante de nuestra vida; preparémosla bien, como si fuese la última, y no dejemos la iglesia sin haber hecho la acción de gracias fervorosa de un corazón sumergido en el océano del amor divino.

El principio válido para el alimento del cuerpo: “Debemos comer para vivir y no vivir para comer” no vale para la comunión eucarística. El cristiano, ciertamente, debe comulgar para vivir de la gracia, pero también debe vivir de tal modo que pueda comulgar a menudo. La felicidad del cielo, donde la visión substituirá la fe, será una comunión eterna.

Ave María Purísima.

En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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