Panorama Católico

A 100 años de la canonización de Juana de Arco

En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Queridos seminaristas, queridos hermanos,

En el centésimo aniversario de su beatificación por San Pío Xº, confieso que es difícil para mí no hablar sobre nuestra querida santa Juana de Arco, Patrona secundaria de mi país. Y lo haré más aún cuando sé que muchos de ustedes la admiran y veneran.

La vida de todos los santos y santas son un reflejo de la vida y de las virtudes de Nuestro Señor Jesucristo. Con Juana de Arco, el paralelo es sobrecogedor, desde su infancia hasta su muerte. El fin de estas palabras es aumentar vuestro amor y confianza en Nuestro Señor: fue la razón de existir y de vivir de los santos que encontraron en Él el Modelo y la fuente de su heroísmo y santidad. Sea lo que fuere nuestro camino en esta vida, y el grado de santidad que Dios nos pide, debemos alcanzar la santidad, si queremos ir al Cielo, y la alcanzaremos solamente per Ipsum, cum Ipso et in Ipso, por Jesús, con Jesús y en Jesús.

En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Queridos seminaristas, queridos hermanos,

En el centésimo aniversario de su beatificación por San Pío Xº, confieso que es difícil para mí no hablar sobre nuestra querida santa Juana de Arco, Patrona secundaria de mi país. Y lo haré más aún cuando sé que muchos de ustedes la admiran y veneran.

La vida de todos los santos y santas son un reflejo de la vida y de las virtudes de Nuestro Señor Jesucristo. Con Juana de Arco, el paralelo es sobrecogedor, desde su infancia hasta su muerte. El fin de estas palabras es aumentar vuestro amor y confianza en Nuestro Señor: fue la razón de existir y de vivir de los santos que encontraron en Él el Modelo y la fuente de su heroísmo y santidad. Sea lo que fuere nuestro camino en esta vida, y el grado de santidad que Dios nos pide, debemos alcanzar la santidad, si queremos ir al Cielo, y la alcanzaremos solamente per Ipsum, cum Ipso et in Ipso, por Jesús, con Jesús y en Jesús.

 

No fue una estrella milagrosa la que manifestó el nacimiento de Juanita, que ocurrió en el Tiempo de Navidad de Nuestro Señor, el día 6 de enero de 1411; pero fue también un ser sin alma, un animal, y no uno solo, sino centenares: ¡todos los gallos de Francia, de repente y al unísono, sin causa natural, se pusieron a cantar! Gallo canente, spes redit, como para volver a dar a un reino la esperanza que había perdido.

Después, hasta los 17 años, Juana, ayudada por su santa madre, Isabel Romée, se dedicó a las humildes tareas de una niña campesina: hacer la limpieza, hilar, coser, guardar las ovejas. Esta vida escondida constituirá la mayor parte de su vida, como nuestro Salvador. En Domrémy, su aldea, nadie habría imaginado el destino increíble de esta niña. Era, es verdad, una cristianita pura y muy piadosa, pero de ahí a decir que haría coronar a un Rey y restablecer la unidad de su Patria, ¡había un buen trecho!

Su vida pública durará… tres años, una vida que superó muchísimo las capacidades de una jovencita: conducir un ejercito a grandes victorias, aconsejar y dar órdenes a jefes militares experimentados, establecer y mantener el orden moral en este ejercito (un día, ella rompió una espada sobre las espaldas de una mujer de mala vida y exigía de sus tropas que se confesaran y comulgaran antes de la batalla), será también el terror del enemigo (que huía y pegaba gritos a la vista de su estandarte), volverá a dar al pretendiente legítimo al trono, débil y desanimado, la conciencia de su misión y la fuerza de cumplirla (entre otras cosas, lo había identificado sin haberlo nunca visto cuando se había ocultado entre sus cortesanos), ya en su vida será venerada por todo un pueblo que vivía desalentado y presa de la duda (su alegría y jubilo fueron impresionante después de la batalla de Orleans y en la coronación de Carlos VIIº), y, por fin sufrió con constancia un proceso inicuo y una muerte horrible. “Nada es verosímil en la vida de Stª Juana de Arco; sin embargo, ahí están los hechos”. Su misión fue esencialmente sobrenatural, inspirada y guiada hasta el fin por el Cielo, por San Miguel, Santa Catalina y Santa Margarita, lo que no significa que la virgen de Domremy no fuese de carne y hueso, sino que nadie habría podido cumplirla sin una ayuda divina particular. Además, se puede afirmar que, incluso después de su muerte, su oración y su sacrificio produjeron frutos que no fueron solamente de orden político, sino también religioso: como decía Monseñor Lefebvre a los franceses, “si Juana de Arco no hubiera sido suscitada, ¡hoy todos seríamos protestantes”! Expulsando al enemigo, la santa de Lorena preservó en el futuro su país del cisma de Enrique VIII. Además, la Iglesia, canonizándola, nos la ha dado como modelo de vida cristiana. Algo la caracteriza desde su infancia, algo que todos podemos imitar: frecuentaba a menudo los sacramentos de Penitencia y de la sagrada Eucaristía; cuando estaba al frente de su ejercito, se confesaba dos veces por semana y comulgaba muchas veces, oyendo con fervor la santa Misa. Como decía: “Messire Dieu, premier servi”: Dios, primer servido.

Detengámonos un poco, amadísimos hermanos, sobre la Pasión que sufrió Juana. Se puede decir “Pasión”: tan parecida fue su muerte en Rouen con la de Nuestro Señor Jesucristo, desde el principio hasta el fin.

Los enemigos de Juana de Arco eran poderosos, tenían puestos oficiales e importantes tanto en la sociedad civil como en la religiosa.

Como Nuestro Señor, fue traicionada, vendida, encarcelada y, después, entregada a un poder civil. A pesar de su derecho a una cárcel de Iglesia para mujeres, fue detenida en condiciones atroces, humillada, insultada, maltratada por la soldadesca que, varias veces, atentó contra su virginidad. No era por casualidad que llevaba traje masculino, uno de los motivos hipócritas de acusación: la protegían, por supuesto. Tampoco no fue por causalidad que, al fin del proceso, cuando, bajo amenazas, vistió de nuevo un traje femenino, dejaron entonces estos vestidos de hombre en su cárcel; tuvo que usarlos de nuevo para protegerse y fue así… ¡condenada! ¡Inicuo!

La trataron de bruja, la acusaron de recibir mensajes del demonio; de hereje y cismática (a pesar de eso, con toda lógica, claro, fue autorizada a recibir la sagrada comunión antes de subir al cadalso). Rechazaron su pedido de apelación al Papa. La amenazaron con tortura.

Tuvo que sufrir un proceso realmente infame. Sus respuestas, inspiradas por Dios, a las preguntas tramposas de eclesiásticos perversos son famosas: —“¿Estás en estado de gracia?” —“Si no lo estoy, que Dios me ponga; si lo estoy, que Dios me guarde; puesto que sería la más infeliz del mundo si supiera que no estoy en gracia de Dios” –“¿Por qué tenía usted su estandarte en la catedral, en el día de la coronación?” —“Compartió la pena, era justo que fuera honrado” – “¿Qué aspecto tenía San Miguel cuando se le apareció?… ¿Estaba desnudo?” (¡vean la agudeza de esta pregunta!) —“¿Piensa que Dios no tiene con qué vestirlo?”… Para resumir, he aquí un corto extracto de la conclusión del proceso de rehabilitación de 1456, prescrito por el Papa Calixto IIIº, que expresa bien lo que fue la otra parodia que provocó la indignación de la Iglesia: “Destruimos, aniquilamos, anulamos estos artículos como falsa, calumniosa y dolosamente obtenidos y contrarios a las confesiones de la acusada, y mandamos que sean despedazados” (…) Decimos, pronunciamos, decretamos y declaramos que este proceso y sus sentencias están repletas de dolo, calumnia, iniquidad, inconsecuencia y errores manifiestos, tanto de hecho como de derecho, y que son nulos y sin efecto”.

En fin, fue condenada a ser quemada viva y en público, con un letrero de acusación. Para humillarla más aún, hicieron una hoguera elevada, como una cruz, para que todos la viesen sufrir y morir. Pedirá una cruz para unir su sacrificio con el de Nuestro Señor. Por tres veces, pronunciará en voz alta: “¡JESÚS, JESÚS, JESÚS”! Y Le entregó su alma. Varios se golpearon el pecho, diciendo y gritando: ¡“Hemos quemado a una santa”! Un centurión habría dicho: “Verdaderamente, era una santa”… En el lugar del suplicio, por orden de la Iglesia, será colocada una cruz para “perpetua memoria de la difunta”. La Cruz de JC para conmemorar el sacrificio de Juana de Arco…

Como Nuestro Señor, cuyo cuerpo no se corrompió, el corazón de Juana de Arco quedó intacto, como había quedado fiel e intacto su amor a Jesucristo, su obediencia a Dios hasta la muerte y la muerte en una hoguera.

Queridos hermanos, como Santa Juana, procuremos imitar a Nuestro Señor. Decía San Pío Xº: “La Iglesia es militante y, por consiguiente, se encuentra en una lucha continua. Esta lucha hace del mundo un verdadero campo de batalla, y de cada cristiano un soldado valiente, que combate bajo el estandarte de la Cruz”. Dijo Santa Juana de Arco: “Los soldados combatirán y Dios dará la victoria”. Hay que luchar, y Dios nos ayudará. Sigamos, entonces, a NS. Por eso, debemos conocer y amar mejor a nuestro divino Capitán. ¿Dónde podemos conocer y amar a Nuestro Señor, el Amor crucificado por nosotros, y que está en agonía hasta el fin del mundo? En la Santa Misa. Ave María Purísima – En el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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