Panorama Católico

A 20 años…

Hace 20 años, a principios de mayo de 1988, concluían en fracaso las negociaciones entre la Santa Sede y Mons. Marcel Lefebvre para regularizar la situación canónica de la FSSPX.

Escribe Marcelo González

El famoso protocolo del 5 de mayo, con un preacuerdo, firmado por el Padre Tissier de Mallarais en nombre de Mons. Lefebvre e inicialmente aceptado por el arzobispo fue denunciado al día siguiente. El fundador de la FSSPX se echó atrás después de una noche terrible de vacilación.

Hace 20 años, a principios de mayo de 1988, concluían en fracaso las negociaciones entre la Santa Sede y Mons. Marcel Lefebvre para regularizar la situación canónica de la FSSPX.

Escribe Marcelo González

El famoso protocolo del 5 de mayo, con un preacuerdo, firmado por el Padre Tissier de Mallarais en nombre de Mons. Lefebvre e inicialmente aceptado por el arzobispo fue denunciado al día siguiente. El fundador de la FSSPX se echó atrás después de una noche terrible de vacilación.

El non possumus y la consiguiente consagración de obispos, uno de ellos el mismo negociador que Mons. Lefebvre envió a Roma para lograr un acuerdo, apenas si unos 60 días después de este episodio, dio origen al largo conflicto que todavía se vive con quienes lideran el núcleo duro del tradicionalismo.

Roma golpeó con la excomunión y simultáneamente abrió una instancia de reconciliación para los que dejasen al arzobispo francés. El resultado fue la fundación de la Comisión Pontificia Ecclesia Dei Adflicta, y la casi inmediata recepción de una veintena de sacerdotes que no quisieron seguir el camino decidido por Mons. Lefebvre.

Fue la fundación de la FSSP (Fraternidad Sacerdotal San Pedro), a la que se les hizo la concesión de la misa tradicional (bajo la supervisión de los obispos ordinarios). La esperanza de Roma era erosionar y llevar a vía muerta al tradicionalismo combativo. La realidad de los hechos demuestró un crecimiento de ambas congregaciones, pero no la una a expensas de la otra. La San Pedro se nutrió de gente que quería la misa tridentina pero no enfrentar los otros aspectos conflictivos del Concilio, no al menos en abierta confrontación.

La San Pío X siguió creciendo con gente que no acepta ni reservada ni públicamente callar lo que considera una desviación de la doctrina definida infaliblemente por el Magisterio.

De este modo el espectro tradicionalista se amplió mucho, aunque con posiciones diversas y frecuentes confrontaciones.

El negociador que por dos veces marcó inflexiblemente el límite que Mons. Lefebvre no quiso aceptar (a saber, el permiso para la ordenación de cuatro obispos), era el actual Sumo Pontífice, por entonces Cardenal Joseph Ratzinger.

Un clérigo italiano, muy cercano a las negociaciones, y cuyo testimonio hemos podido conocer de primera mano, atribuye a la “teutónica falta de flexibilidad” del entonces cardenal el fracaso del acuerdo. El propio Ratzinger, se dice, ha quedado con cierto cargo de conciencia por no haber cedido más en 1988.

Además de las razones doctrinales, han de tenerse en cuenta los distintos “frentes internos” que se inquietan o presionan cuando se abre una posibilidad de reconciliación. El problema se vuelve entonces intrincado sobremanera.

La voluntad de hacer algo a favor de la liturgia que ha manifestado siempre el Papa Benedicto y que es el único puente que se ha tendido hasta ahora, tambalea cuando el pontífice reafirma las líneas doctrinales más conflictivas del Concilio Vaticano II. Los márgenes de maniobra son pequeñísimos.

En la medida que el Santo Padre respalde la línea litúrgica que ha comenzado y la haga efectiva, por ejemplo protegiendo a Mons. Ranjith y aplicando sanciones a los obispos que oculta o abiertamente se oponen al Summorum Pontificum, el diálogo quedará abierto. Si el papa cede en este punto, es inevitable que la cuestión tradicionalista se empantane.

Es cierto que la habilidad diplomática del Card. Castrillón Hoyos, Presidente de Ecclesia Dei ha logrado esmerilar el entorno de la FSSPX con diversos golpes de mano. El más duro, sin duda, ha sido el acuerdo de la Asociación San Juan María Vianney de Brasil, que regularizó su situación canónica bajo condiciones bastante particulares.

Los “reconciliados” están obligados, por razones connaturales al hecho mismo de la reconciliación a moderar muchísimo o reinterpretar o guardar silencio sobre los temas extralitúrgicos (y acaso también litúrgicos) que en el fondo constituyen el núcleo del problema. Salvo casos muy raros, todos ellos tienen in pectore las mismas previsiones que tenían antes de los acuerdos, sobre los temas álgidos del Concilio. De donde la regularización opera a modo de mordaza, no sin las angustias y dobles discursos que estas situaciones suponen. Tampoco gozan del amor incondicionado de todos los obispos. Apenas el apoyo de algunos que a su vez son presionados por el entorno colegiado para estrechar el cerco.

Así pues están las cosas. Esto no parece predecir un cambio inmediato de las condiciones generales en que el movimiento tradicionalista convive con la jerarquía de la Iglesia. Por el único lado por donde se ve un crecimiento sostenido y la aproximación de las partes es por el lado litúrgico. Cada vez más sacerdotes se van acercando a la misa tradicional. Ayer mismo y casi por casualidad hemos sabido de cuatro casos más en la Argentina.

Por lo cual, y rogando a Dios que el Santo Padre sostenga su posición de regreso a formas litúrgicas más tradicionales, no creemos que quepa esperar ningún suceso extraordinario. Salvo, acaso, tal vez, el levantamiento de las excomuniones a los obispos de la FSSPX, un movimiento que dejaría la jugada en el campo de la Fraternidad, obligándola a entablar las comprometidas discusiones doctrinales.

Pero los episcopados no admiten sutilezas en la materia. Ya han mordido el polvo con la Summorum Pontificum. No cederán ante esta medida, ni aún viendo la ventaja táctica que supondría para el Vaticano. El próximo movimiento está en las manos del Papa.

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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