Panorama Católico

A 50 años de la muerte de Pío XII

Apuntes para la memoria de la Argentina Católica

Escribe Carlos Stuart,
Corresponsal de Panorama Católico

9 de octubre de 1958 – El Vaticano anunció la muerte de S.S. el Papa Pío XII.

Hondo dolor produjo la noticia propagada en horas de la mañana por la radiofonía. Muchos ojos estaban húmedos. Quien esto escribe vivía frente a una parroquia, y puede recordar que las señoras con la bolsa de las compras en la mano se congregaron en la parroquia donde se celebró Misa. Solo faltaban los niños que estaban en la escuela y los hombres que estaban en sus trabajos. Cosas de esa maravillosa Argentina Católica -tal parece, hoy adormecida por la catarata de inmundicia que se vuelca sobre ella para que no despierte y vuelva a vivir en Gracia de Dios-  en la que el centro de reunión de los barrios era la parroquia, y los hombres tenían trabajo-. La consternación era grande, había muerto el Papa, pero era ese Papa que había visitado la Argentina 24 años antes como cardenal Legado de Pío XI para el ‘Congreso Eucarístico’, como lo llamábamos de entrecasa. El recuerdo del Cardenal Pacelli estaba presente como si nos hubiese visitado ayer. Aún en 1958, muchas casas ostentaban en la puerta el escudo del Congreso, que fue el de la ciudad de Buenos Aires, al que se le agregó una custodia. Luego de la Misa, las campanas tocaron a muerto por horas y horas, y como entonces los niños no éramos ‘emos’ ni otro tipo de macanas, sino de la Acción Católica, nos turnamos durante todo ese día para darle una mano a Tito Di Fiore, el sacristán. 

Apuntes para la memoria de la Argentina Católica

Escribe Carlos Stuart,
Corresponsal de Panorama Católico

9 de octubre de 1958 – El Vaticano anunció la muerte de S.S. el Papa Pío XII.

Hondo dolor produjo la noticia propagada en horas de la mañana por la radiofonía. Muchos ojos estaban húmedos. Quien esto escribe vivía frente a una parroquia, y puede recordar que las señoras con la bolsa de las compras en la mano se congregaron en la parroquia donde se celebró Misa. Solo faltaban los niños que estaban en la escuela y los hombres que estaban en sus trabajos. Cosas de esa maravillosa Argentina Católica -tal parece, hoy adormecida por la catarata de inmundicia que se vuelca sobre ella para que no despierte y vuelva a vivir en Gracia de Dios-  en la que el centro de reunión de los barrios era la parroquia, y los hombres tenían trabajo-. La consternación era grande, había muerto el Papa, pero era ese Papa que había visitado la Argentina 24 años antes como cardenal Legado de Pío XI para el ‘Congreso Eucarístico’, como lo llamábamos de entrecasa. El recuerdo del Cardenal Pacelli estaba presente como si nos hubiese visitado ayer. Aún en 1958, muchas casas ostentaban en la puerta el escudo del Congreso, que fue el de la ciudad de Buenos Aires, al que se le agregó una custodia. Luego de la Misa, las campanas tocaron a muerto por horas y horas, y como entonces los niños no éramos ‘emos’ ni otro tipo de macanas, sino de la Acción Católica, nos turnamos durante todo ese día para darle una mano a Tito Di Fiore, el sacristán. 

 Es muy posible que muchos medios recuerden en esta fecha al insigne pontífice, por eso les dejamos su biografía, y preferimos rescatar algunas anécdotas del Pastor Angélico -su divisa en la profecía de San Malaquías-, que tocan de cerca a los argentinos en particular por su inolvidable presencia, aún para los que no vivíamos entonces, y recuerden al mundo una vez más que siguen desatendidos los pedidos de Nuestra Señora de Fátima para alcanzar paz mundial y la vuelta de la Iglesia, Una, Santa, Católica, Apostólica y Romana, a sus mas gloriosas y milenarias tradiciones, y que muestran que -notablemente- a partir de la muerte de Pío XII el mundo y la Iglesia parecieron cambiar totalmente. Una somera revisión de los sucesos mundiales y eclesiásticos desde entonces nos darían una sorpresa.

Un autor francés, el Hno. Michel de la Sanite Trinité, nos dice en su obra crítica monumental Toute la Vérité sur Fatima, que a la muerte de Pío XII la Iglesia presentaba el aspecto de una ciudad próxima a ser invadida. Pocos días atrás, Panorama Católico publicó un extracto de esa obra en el que se relataba una anécdota muy triste ocurrida en el entorno inmediato del Papa Pacelli, y que muestra los arrecifes que debió sortear y las aguas borrascosas por las que navegó el piloto Pacelli en esos difíciles años. Recordemos que como Nuncio Apostólico en Alemania vivió los prolegómenos del incendio que se preparaba para Europa desde mediados de los 1930’s; y llamado a la Secretaría de Estado por el Papa Ratti pudo imprimir a los últimos años de ese pontificado un nuevo sesgo, claro y enérgico,  que definió la posición de la Iglesia ante los horrores que se avecinaban. Nos referimos aquí a la enclíclica Divini Redemptoris del 19 de marzo de 1937 que apostrofó al Comunismo como ‘bárbaro, intrínsecamente perverso y diabólico”, señaló los horrores que se estaban viviendo en Rusia desde la Revolución Octubre, recordó las persecuciones anticatólicas de Calles en México, y nombró varias veces a la Rusia soviética como la responsable de la sangre católica que también inundaba la España de entonces, y llamó inequívocamente la atención a los católicos que pudieran  prestar su presencia y colaboración a ese régimen sangriento.

Unas pocas palabras más para este ítem.  Pío XII fue el Papa de la Guerra Fría, y sin duda moverse en ese medio pudo resultarle difícil. Recibió todo tipo de críticas, pero de aquellos que parecieron no molestarse en indagar en su biografía. Un breve análisis de los antecedentes de la familia Pacelli desde principios del siglo XIX,  arrojan luz notable sobre las acusaciones que le endilgan.

Postal que recuerda el Congreso Eucarístico de Buenos Aires

Los Pacelli formaron parte de lo que en tiempos de Pío IX se dio en llamar la ‘nobleza negra’, nobles romanos laicos relacionados con la Iglesia y con el gobierno de los Estados Pontificios -birlados so capa de unificación italiana- durante el pontificado Mastai-Ferretti, y entre ellos había economistas, diplomáticos, canonistas y algún obispo. Permítasenos destacar como breve digresión, que Monseñor Masttai-Ferretti, luego el Beato Pío IX, estuvo de paso en la Argentina en misión diplomática hacia Chile y fue visitado por nuestro General José de San Martín en tres oportunidades en la fonda en que se alojaba; el bueno de Rivadavia se había apoderado de los bienes eclesiásticos y el diplomático vaticano debió recurrir a la humilde oferta hostelera que le ofrecía el Buenos Aires de entonces. Los contactos el Siervo de Dios y el Libertador continuaron por años.

Pero volvamos a las acusaciones. Es común ver últimamente por Internet una serie de páginas que llaman a Pío XII ‘un papa sin experiencia pastoral’. Si por experiencia pastoral quieren referirse al tachín-tachín a que nos tienen acostumbrados los modernistas encaramados en tantos estratos de la Iglesia -precisamente a partir de la muerte de Pío XII-, reconozcamos que tienen razón. Le cupo en suerte, o mas bien, Dios lo dispuso así, que el Padre Eugenio Pacelli tuviera siempre destinos vaticanos, y es muy posible que lamentara la falta de una parroquia como las tuvieron el Papa Sarto o el gran Don Bosco. Pero no les fueron en zaga medidas tales como haber facilitado a los fieles el acceso a la liturgia, y especialmente a la Eucaristía. En su pontificado se modificó el ayuno eucarístico por el que hoy conocemos y se permitió la celebración de la Misa vespertina.

Pero nadie podrá negar que la experiencia familiar le permitió moverse con holgura en los ambientes diplomáticos de entonces, en los que se jugó durante su pontificado el destino del mundo a partir de la II Guerra Mundial.

Se habló entonces de su amistad con el Presidente Roosevelt, y a partir de ella, otra fracción lo acusa de haber soslayado críticas a la alianza Roosevelt-Stalin en medio de los Aliados. También le endilgan una actitud desaprensiva con grupos de refugiados durante la Segunda Guerra. Pero volvamos a los principios de su actividad diplomática ‘extramuros’, y nos encontraremos al Nuncio Apostólico en Berlín, que pudo presenciar, palpar diríamos, los prolegómenos del incendio Europeo que pronto comenzaría.

Reunamos estas últimas acusaciones, pasémoslas por la óptica de la diplomacia, y encontraremos al sutil diplomático, que mientras sonreía al otro lado del Atlántico para guardar algún as en la manga contra Stalin, abría las nunciaturas de toda Europa a los refugiados, y no solo las nunciaturas sino cuanta institución religiosa pudo cubrir con el manto diplomático del Vaticano, para librarlos de las persecuciones, albergarlos, curarlos y alimentarlos a cargo de la Iglesia Católica.

Pasemos ahora a un par de coincidencias que no por accidentales dejan se mostrar la mano del Cielo en el pontificado Pacelli.

El 13 de mayo de 1917, a mediodía, en la Capilla Sixtina, el Padre Eugenio Pacelli recibía la Consagración Episcopal.

El 13 de mayo de 1917, a mediodía, en la Cova da Iria, Portugal, se aparecía la blanca Reina del Santo Rosario a Lucía, Francisco y Jacinta y les anunciaba un Mensaje que mostraría el plan del Cielo para la verdadera paz del Mundo y el retorno de la Iglesia a sus sacrosantas  tradiciones. Y para quienes pudieran extrañarse de esto último, recordamos las exhortaciones de León XIII sobre el orden en la barca de Pedro y sugerimos repasar las preces finales de la Misa de San Pío V. Recordemos  también a los sorprendidos la temible Pascendi de San Pío Xque tantos parecen hoy ignorar y pocos se atreven siquiera a hojear.

En 1944 la Hermana Lucía ponía por escrito y lacraba la tercera parte del Mensaje de Nuestra Señora de Fátima, no sin antes completar la segunda parte Mensaje ya revelada con la primera frase del mensaje oculto: “En Portugal se conservará siempre el dogma de la Fe, etc…” El sobre se conservó en la Cancillería de Leiría hasta 1957 en que el Santo Oficio pidió ‘todos los escritos de la Hermana Lucía’ lo que hizo que Monseñor Venancio, coadjutor del ya anciano Obispo Da Silva, mirara el sobre al trasluz y viera que contenía una hoja de cuaderno con no más de 25 renglones escritos.

El Santísimo Sacramento es venerado en las calles de Buenos Aires

Ese sobre, aunque tal vez no pedido por él, se conservó en el escritorio privado de Pío XII en su calidad de Prefecto del Santo Oficio. El Papa sabía que la Santísima Virgen había pedido que el sobre se abriera y se difundiera su contenido no más allá de 1960, porque entonces se vería ‘más claro’, y Pío XII resolvió esperar esa fecha, pero Dios lo llamó a su seno el 9 de octubre de 1958. Observemos también que es muy posible que el Papa diera cumplimiento a los pedidos de la Santísima Virgen; además era muy bien conocida su particular devoción mariana, a la que debemos atribuir la definición del Dogma de la Asunción. Muerto el Papa, poco concreto se sabe del sobre y de su contenido, pero una cosa es innegable, no se consagró Rusia al Inmaculado Corazón de María como lo pidió Nuestra Señora, ni se difundió en la Iglesia la Devoción de Reparación de los Cinco Sábados, a las que están vinculadas tantas promesas celestiales.

Debemos agregar, aunque excediendo tal vez el sentido de estas líneas, que en 1941 Pío XII recibió una carta de la Hermana Lucía pidiéndole la ‘Consagración del Mundo’ al Inmaculado Corazón de María. Sobre esto podemos decir dos cosas: la primera, la Hermana escribió esa carta en obediencia; la segunda, el P. Gonçalves, su confesor y superior de los Jesuitas en Portugal, en conocimiento de las objeciones que aparecían en el entorno de Pío XII tratándose de Rusia, en un exceso de buena voluntad cambió el pedido de la Consagración de Rusia por el Papa y los obispos del orbe católico como lo pidiera Nuestra Señora de Fátima, por la sola consagración del mundo, la que no dio como resultado la conversión de Rusia y la paz mundial, y si fue origen de una polémica vaticana que dura hasta el presente sobre si no es lo mismo consagrar el mundo donde está Rusia incluida. Y todo en nombre de la Ostpolitik iniciada a partir del Vaticano II.

Y ahora algo más sobre el origen del gran cariño y recuerdo de los argentinos al querido Pontífice. Otro 9 de octubre, pero de 1934, llegaba al puerto de Santa María de los Buenos Aires el Cardenal Eugenio Pacelli, para realzar, en su calidad de Legado Pontificio del Papa Pío XI, las jornadas del XXXIIº Congreso Eucarístico Internacional.

Tomamos del insigne Hugo Wast el relato siguiente:

‘Podrán pasar mil años de prevaricaciones, como un torrente de lodo,  pero no se borrará la marca divina que el Congreso Eucarístico grabó en el corazón de la ciudad’. Y de la Argentina toda nos atrevemos a agregar.

 

Integrantes de las Fuerzas Armadas comulgan durante el Congreso

‘Ni en los tiempos apostólicos, ni en las Catacumbas, ni en las Cruzadas, los ojos vieron, ni los oídos oyeron confesiones de fe colectiva como las que desbordaron en la calles atónitas de la inmensa ciudad’.

‘Porque Buenos Aires que conocía toda suerte de pecados, era inocente, por rara misericordia, del pecado nauseabundo de la blasfemia, que ha contaminado a otros pueblos.’

Y desde la planchada del Giulio Cesare pudo escucharse en un castellano perfecto con suave acento de Lacio, la voz del Legado:

“Mensajero de la paz de Dios, que el mundo no puede dar… Que ni un solo corazón esquive las llamas del Corazón de Cristo… Sobre nuestros sentimientos flota una esperanza, que es una plegaria… En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.

Pero la Argentina Católica brindó desde la mañana siguiente una serie sorpresas al Legado Pontificio. Se había programado una Misa de Primera Comunion en la que debían recibir a Jesús Sacramentado 87.000 niños, pero se presentaron 107.000. Monseñor Pacelli solo pudo exclamar “Esto es el Paraíso”. La segunda de las sorpresas fue una Misa de Comunión para hombres en la Plaza de Mayo, a la que se esperaban 40.000 asistentes, pero ¡oh Argentina Católica!, fueron 400.000 los convidados al Banquete Celestial. Veinte sacerdotes debieron ingresar a la Catedral para celebrar y consagrar para poder seguir distribuyendo la Santa Comunión. Los sacerdotes llegaron a movilizarse en el subterráneo y el amanecer vio aún comulgantes; las comuniones terminaron a las 5 de la mañana. En ese día, en la ciudad de Buenos Aires se consagraron 1.200.000 hostias. Y para seguir con los números, la última sorpresa para el Cardenal Pacelli fue el acto de cierre del Congreso Eucarístico: asistieron 2.000.000 de personas. Multitudes nunca registradas en la historia de la Cristiandad hasta entonces.

Dos santos viajan en el mismo barco hacia la Argentina:
Don Orione y el Siervo de Dios Eugenio Pacelli

Y para ir abreviando, pero para no cortar esta serie de maravillas, en el mismo barco que trajera al ilustre purpurado, venía un humilde sacerdote italiano que mucho amó a la Argentina y a los argentinos, que mucho trabajó por los desvalidos físicos y mentales y nos dejó sus ‘Cotolengos’, y que pidió que su corazón descansara en su querida Argentina; ya el lector pudo comprender que nos referimos a San Luis Orione, más popularmente conocido como “Don Orione”. 

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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