Panorama Católico

A Propósito de Dos Beatificaciones


Vayamos, ahora, a nuestro Ceferino. Lo adventicio, su condición
de hijo "de los pueblos originarios", según la perífrasis al uso, se ha exaltado
hasta el paroxismo y el absurdo. Hay que quedar bien con la ola indigenista.
Entonces los Obispos deslizan, por allí, que su beatificación significa, entre
otras cosas, "encuentro y aceptación de otra cultura y religiosidad". ¿Qué religiosidad
es la que se acepta?


Vayamos, ahora, a nuestro Ceferino. Lo adventicio, su condición
de hijo "de los pueblos originarios", según la perífrasis al uso, se ha exaltado
hasta el paroxismo y el absurdo. Hay que quedar bien con la ola indigenista.
Entonces los Obispos deslizan, por allí, que su beatificación significa, entre
otras cosas, "encuentro y aceptación de otra cultura y religiosidad". ¿Qué religiosidad
es la que se acepta? ¿Los cultos paganos precolombinos? ¿O la religiosidad popular
criolla expresión de la admirable inculturación del Evangelio que llevaron adelante
aquellos santos y abnegados hijos de Don Bosco en nuestra inmensa Patagonia?
No lo sabemos. La ambigüedad, muy episcopal, puede leerse como un guiño al indigenismo.
O no. De todos modos, nadie aclarará nada. E cosí via

Mario Caponnetto

Parece obvio; y lo es. Pero en estos tiempos de
confusión es necesario decir lo obvio: la beatificación o canonización de uno o
más hijos de la Iglesia son acontecimientos esencialmente religiosos que trasuntan una realidad
sobrenatural, a saber, el prodigo de la gracia de Dios que esplende en sus
criaturas, el don de Dios que se derrama, a raudales, en el Cuerpo Místico de
la Iglesia, en la comunión de los santos.

Esto es lo esencial. Y es lo que se ha de tener
presente cada vez que se analiza el acontecimiento extraordinario de una
beatificación. Lo que no quiere decir que cada beatificación, o canonización,
no venga, además, unida a determinadas situaciones históricas, políticas,
sociales, culturales, situaciones que es plenamente lícito y necesario tener
también en cuenta a la hora de examinar los hechos; mas a condición de que se
tenga muy en claro que todo ello es adventicio y no hace a lo esencial. Si se pierde de vista la
adecuada proporción y relación entre lo esencial y lo adventicio se corren,
seguramente, serios riesgos de distorsionar los hechos o, al menos, de no
entenderlos en plenitud. Desechar por completo lo adventicio es caer en un
sobrenaturalismo inoperante. Desechar lo esencial es incurrir es un
temporalismo devastador. La virtud, como siempre, está en el medio.

Cada vez que la Iglesia beatifica o canoniza a algunos
de sus hijos, el mundo
-dominado por el padre de la mentira- no ve sino lo adventicio; y siempre con
mala fe, tergiversando, por regla general, los hechos e interpretándolos según
criterios ideológicos a la zaga de las novedades de turno. Esto no debe
sorprendernos. Pero ocurre que también, y esto es cada vez más frecuente por
desgracia, dentro de la
misma Iglesia se oyen voces (o sospechosos silencios) que hacen como eco a las
mentiras del mundo o se rinden a sus criterios. Aquí vale lo de la Escritura: Porque
no son mis pensamientos vuestros pensamientos, ni vuestros caminos son mis
caminos
(Isaías, 55, 8).

Vista general de la beatificación (Foto La Nación)

En las últimas dos semanas hemos asistido a dos
beatificaciones muy cercanas y caras a nosotros. El domingo 28 de octubre, en
Roma, fueron inscriptos en el catálogo de los beatos, 498 mártires asesinados,
por odio a la fe, durante la ominosa Segunda República Española en el marco de
la más sangrienta persecución religiosa de la que haya memoria en el siglo XX y
en la historia toda de la Iglesia. Quince días después, en nuestra lejana
Patagonia, ascendía a los altares, el Beato Ceferino Namuncurá, un compatriota
nuestro, una figura entrañablemente viva en el alma de nuestro pueblo sencillo
y fiel.

A nadie escapa que ambas beatificaciones, aparte de lo
esencial, desde luego, vienen acompañadas de ciertas cuestiones adventicias
que, en el particular contexto del mundo contemporáneo y de la Iglesia (más
propiamente de ciertos sectores eclesiales), se han vuelto "polémicas"
como se dice ahora. La mirada mundana y su correspondiente acompañamiento
eclesiástico han tenido, así, la oportunidad de expresarse. Lo que corresponde
al mundo no nos interesa. Sí, en cambio, nos interesa destacar algunas actitudes
de aquellos predichos "sectores" de la Iglesia que le hacen eco.

Si nos atenemos a la primera de las beatificaciones lo
que ha llamado la atención es el silencio, casi unánime, respecto de lo adventicio;
en cambio, se ha subrayado lo esencial -lo cual es bueno por supuesto y corresponde-
pero con una impostación que suena más bien a imperiosa necesidad de disimulo.
Resulta que aquellos beatos mártires no se sabe bien quien los asesinó, ni
en qué contexto preciso. Se habló, sí, de persecución religiosa en España,
mas de un modo tan difuso, tan sin contornos que no se ha dicho, por ejemplo,
que aquellos crímenes fueron cometidos por el comunismo ateo, enseñoreado
por aquel entonces en la Península, régimen ominoso y criminal del que España
pudo librarse gracias a la intersección de sus mártires y al heroísmo de sus
soldados. Es adventicio, sí. ¿Pero no hubiera sido oportuno decirlo, justamente
hoy, cuando asistimos a una nueva opresión comunista en España, a una renovada
persecución de la Iglesia, incruenta, por ahora, pero no menos furiosa y cruel?
¿Qué se teme? ¿Beatificar a Franco? Es que no se trata de ello. Pero alguna
gratitud, algún reconocimiento a aquel hombre al que tanto deben España y
la Iglesia, quizás hubieran sido oportunos. En cambio, el silencio. No es
políticamente correcto decir que Franco fue católico y reconocer que su régimen
-sin perjuicio de sus errores y de sus sombras- fue modelo de una política
verdaderamente cristiana. Echar loas e inciensos a la democracia abortista
y contra natura, eso sí parece "civilizado" y "adecuado" a los tiempos
que corren.

Solemne fervor del clero… (Foto de La Nación)

Vayamos, ahora, a nuestro Ceferino. Lo adventicio, su condición
de hijo "de los pueblos originarios", según la perífrasis al uso, se ha exaltado
hasta el paroxismo y el absurdo. Hay que quedar bien con la ola indigenista.
Entonces los Obispos deslizan, por allí, que su beatificación significa, entre
otras cosas, "encuentro y aceptación de otra cultura y religiosidad". ¿Qué religiosidad
es la que se acepta? ¿Los cultos paganos precolombinos? ¿O la religiosidad popular
criolla expresión de la admirable inculturación del Evangelio que llevaron adelante
aquellos santos y abnegados hijos de Don Bosco en nuestra inmensa Patagonia?
No lo sabemos. La ambigüedad, muy episcopal, puede leerse como un guiño al indigenismo.
O no. De todos modos, nadie aclarará nada. E cosí via

Pero esto no es lo peor. En el sitio web de Ceferino, hallamos una curiosa "carta" del
nuevo Beato dirigida a los jóvenes argentinos. Es una pieza en la que no falta
ninguno de los tics del
indigenismo "políticamente correcto" ni de las boberías de la evanescente
"espiritualidad" progresista. Una verdadera ofensa a Ceferino (algunas de
cuyas cartas auténticas se incluyen en el mismo sitio y son muy bellas y revelan
la pureza y la piedad de aquel santo joven que siempre se manifiesta en ellas
católico y argentino). Veamos algunos pasajes de tan insólita "carta". Así
comienza: "Aunque sé que muchos han escuchado hablar de mí quiero presentarme
y estrechar la mano de cada uno de los que lean estas líneas. Soy Ceferino
Namuncurá, hijo de los mapuches Don Manuel y Rosario Burgos, nacido en Chimpay,
a la vera del Currú Leufú (Río Negro), como se dice en nuestra lengua originaria".
Primera mentira. Doña Rosario Burgos no era mapuche sino una cristiana blanca
cautiva. Es que, como lo ha recordado un Arzobispo, el "indiecito" no era
indio ¡sino mestizo! Este dato ha sido cuidadosamente ocultado. Claro,
¡es que los indigenistas se quedan sin libreto! Aparte no faltaría alguno
que, por ganas de incordiar nada más, preguntara ¿y los derechos humanos de
Doña Rosario hecha cautiva y sometida a las condiciones de vida infrahumanas
que llevaban aquellas mujeres en las tolderías? Y si los indios eran tan inmaculadamente
concebidos sin pecado original ¿por qué hacían cautivas a las blancas?

Rito pagano frente a los obispos, (¿sincretismo?)

Veamos más de la "carta". Después de hablar de sus
orígenes y de su bautismo, "Ceferino" escribe: "Eran tiempos difíciles.
Veníamos de haber perdido todo, después de años de luchas sangrientas y
encarnizadas. Vivíamos en la miseria más dura, sin hospital ni escuela, ni ley
que nos ampare. A merced de comerciantes tramposos y soldados violentos". Lejos
de nuestro ánimo reivindicar a Roca, masón insigne, promotor del laicismo y
perseguidor de la Iglesia. Pero ¿no suena esto demasiado a folletín del tipo La
Patagonia rebelde
?

Nobleza obliga. En la "carta" "Ceferino" habla de
su encuentro con Cristo; y no lo hace del todo mal salvo las concesiones a
la bobería progresista ya apuntadas. Pero ¿era necesaria esta impostación
indigenista, radicalmente falsa, que sólo buscar quedar bien con un indigenismo
que, por más esfuerzos que se hagan, permanece impenitentemente anticatólico
porque es hijo del marxismo?

Lamentamos tener que escribir en estos términos a
propósito de estas dos beatificaciones que nos llenan el alma de alegría y de
esperanza. Pero es el mundo que tenemos, la Patria que tenemos y la Iglesia que
tenemos. Que los Beatos Mártires de España y el glorioso Ceferino intercedan
por los tres.

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *