Panorama Católico

A sesenta años de la Provida Mater Ecclesia, Sobre los Institutos Religiosos

Pensando Nos una y otra vez todas estas cosas en nuestro corazón, por
obligación de nuestra conciencia y por el paternal amor que profesamos
a las almas que tan generosamente buscan la santidad en el siglo, y guiados de
la intención de que se pueda hacer una sabia y rígida discriminación
de las Sociedades y se reconozcan como verdaderos Institutos sólo aquellos
que profesen auténticamente la plena vida de perfección; para que
se evite el peligro de la erección de nuevos y nuevos Institutos —que
no rara vez se fundan imprudentemente y sin maduro examen —; para que los
Institutos que merezcan la aprobación obtengan una ordenación jurídica
peculiar que responda apta y plenamente a su naturaleza, fines y circunstancias,
determinamos y decretamos llevar a cabo con respecto a los Institutos Seculares
lo mismo que nuestro predecesor, de feliz memoria, León XIII…


Constitución Apostólica


"PROVIDA MATER ECCLESIA"*


Del Sumo Pontífice Pío XII

 

1. El gran cuidado y maternal afecto con que la providente madre Iglesia se ha
esforzado porque sus hijos predilectos[1] los que, entregando toda su vida a Nuestro
Señor Jesucristo, le siguen con libertad y valentía por la senda
de los consejos, se hicieran plenamente dignos de tan celestial propósito
y angélica vocación,[2] y por ordenar con sabiduría su reglamento
de vida, lo atestiguan los frecuentísimos documentos y monumentos de los
Papas, Concilios y Padres, y lo demuestran ampliamente todo el curso de la historia
de la Iglesia y toda la orientación de la disciplina canónica hasta
nuestros días.

2. En efecto, ya desde la cuna de la cristiandad, la Iglesia se dedicó
a ilustrar con su magisterio la doctrina y ejemplos de Cristo[3] y de los Apóstoles,[4]
que animaban a la perfección, enseñando con seguridad por qué
camino había que conducir y cómo había que disponer aptamente
una vida que se dedicara a dicha perfección. Y con sus trabajos y su ministerio,
tan intensamente fomentó y propagó la plena entrega y consagración
a Cristo, que las comunidades cristianas de los primeros tiempos ofrecían,
en cuanto a los consejos evangélicos, una buena tierra preparada para la
semilla y prometedora de seguros y óptimos frutos;[5] y poco después,
como puede comprobarse fácilmente por los Padres Apostólicos y los
más antiguos escritores eclesiásticos,[6] floreció ya tanto
en las diversas Iglesias la profesión de la perfección de vida,
que sus seguidores comenzaron a constituir en el seno de la sociedad eclesiástica
como un orden y clase social, claramente reconocido por varios nombres —ascetas,
continentes, vírgenes, etc.— y por muchos aprobado y honrado.[7]

3. En el curso de los siglos, la Iglesia de Cristo, fiel a Cristo su esposo y
siempre consecuente consigo misma, se guió desenvolviendo, bajo la guía
del Espíritu Santo, con pasos continuos y seguros, la disciplina relativa
al estado de perfección, hasta llegar a la redacción del actual
Código de Derecho Canónico. Inclinada maternalmente hacia aquellos
que, con ánimo dispuesto, profesaban en variadas formas, externa y públicamente,
la vida de perfección, nunca dejó de ayudarles en toda forma en
tan santo propósito desde dos puntos de vista. En primer lugar, por lo
que toca a aquella profesión de la perfección, singular, pero hecha
siempre ante la Iglesia y como acto público —tal como aquella primitiva
y venerada bendición y consagración de las vírgenes[8] que
se hacía litúrgicamente —, la Iglesia no sólo aceptó
y reconoció, sino que la sancionó sabiamente y la defendió
con ardor, llegando a atribuirle muchos efectos canónicos. Pero el principal
apoyo y el más diligente cuidado de la Iglesia se volvió y ejerció,
con mucha razón, hacia aquella plena profesión de la perfección,
más bien pública, usada desde los primeros tiempos después
de la paz de Constantino, que se emitía en las sociedades y colegios erigidos
con su venia, aprobación y mandato.
4. Todos saben cuán estrecha e íntimamente va unida la historia
de la santidad de la Iglesia y del apostolado católico con la historia
y fastos de la vida religiosa canónica, que por la gracia continuamente
vivificante del Espíritu Santo creció de día en día
con variedad admirable y se fortaleció más y más con nueva,
más alta y más firme unidad. Nada tiene de extraño el que
la Iglesia, siguiendo fielmente, aun en el campo del Derecho, el modo de conducta
que la sabia Providencia divina claramente indicaba, se ocupara de propósito
y ordenara de tal modo el estado canónico de perfección, que con
toda razón quisiera edificar sobre él, como sobre una de las piedras
angulares, todo el edificio de la disciplina eclesiástica. De aquí
que, en primer lugar, el estado público de perfección se contó
entre los tres principales estados eclesiásticos, y en él únicamente
buscó la Iglesia el segundo orden y grado de personas canónicas.
Es cosa digna de fijar en ella la atención, mientras que las otras dos
clases de personas canónicas, es decir, los sacerdotes y los seglares,
por derecho divino, al que se debe la institución de la Iglesia, se toman
de la Iglesia en cuanto que ésta es una sociedad jerárquicamente
constituida y ordenada; en cambio, esta otra clase, los religiosos, intermedia
entre los clérigos y los seglares, y que puede ser común tanto a
los unos como a los otros, se toma toda de la estrecha y peculiar relación
que dice a la eficaz y bien planeada prosecución del fin de la Iglesia,
que es la santificación.

5. Y no fue esto solo. Para que la profesión pública y solemne de
santidad no se frustrara y sufriera detrimento, la Iglesia, cada vez con mayor
rigor, quiso reconocer este estado canónico de perfección únicamente
en las sociedades por ella erigidas y ordenadas, es decir, en las Religiones,
cuya forma y disposición general hubiera ella aprobado con su magisterio
después de maduro y lento examen, y cuya institución, y estatutos,
en cada caso particular, no sólo los hubiera discutido una y otra vez doctrinalmente
y en abstracto, sino que los hubiera experimentado de hecho y en la práctica.
Tan severa y absolutamente están definidas estas cosas en el Código
de Derecho, que en ningún caso, ni siquiera excepcionalmente, se admite
el estado canónico de perfección si su profesión no se emite
en una Religión aprobada por la Iglesia. Finalmente, la disciplina canónica
del estado de perfección, en cuanto estado público, fue tan sabiamente
ordenada por la Iglesia que, cuando se trata de Religiones clericales, generalmente
las Religiones hacen el oficio de diócesis para todo aquello que se refiere
a la vida clerical de los religiosos y la adscripción a la Religión
sustituye a la incardinación clerical a una diócesis.

6. Después que el Código Piano-Benedictino, en la parte segunda,
libro segundo, dedicada a los religiosos, una vez recogida diligentemente, reconocida
y perfilada con cuidado la legislación de religiosos, confirmó en
diversos modos el estado canónico de perfección, aun bajo el aspecto
público, y completando sabiamente la obra comenzada por León XIII,
de feliz memoria, en su inmortal Constitución "Conditae a Christo",[9]
admitió a las Congregaciones de votos simples entre las Religiones estrictamente
tomadas, parecía que nada quedaba por añadir en la disciplina del
estado canónico de perfección. Pero la Iglesia, con esa gran amplitud
de ánimo y miras que la distingue y con un rasgo verdaderamente maternal,
creyó deber añadir un breve título a la legislación
religiosa, a modo de oportuno complemento. En él, la Iglesia quiso equiparar
casi por completo al estado canónico de perfección las sociedades,
tan beneméritas de ella y muchas veces de la misma sociedad civil, que
aunque carecían de algunas solemnidades jurídicas necesarias para
completar el estado canónico de perfección, como los votos públicos,
sin embargo, estaban unidas por una estrecha semejanza y como parentesco a las
Religiones verdaderas en las restantes cosas que se reputan sustanciales para
la vida de perfección.

7. Ordenados todos estos detalles con sabiduría, prudencia y amor, se había
atendido con amplitud a la multitud de almas que dejando el siglo desearan abrazar
un nuevo estado canónico estrictamente dicho, consagrado única e
íntegramente a la adquisición de la perfección. Pero el benignísimo
Señor que sin acepción de personas[10] invitó una y otra
vez a todos los fieles a perseguir y practicar la perfección[11] en todas
partes, dispuso con el consejo de su admirable providencia divina que aun en el
siglo, por tantos vicios depravado, sobre todo en nuestros tiempos, florecieran
y florezcan en gran número almas selectas que no solamente arden en el
deseo de la perfección individual, sino que permaneciendo en el mundo por
una vocación especial de Dios, puedan encontrar óptimas y nuevas
formas de asociación, cuidadosamente acomodadas a las necesidades de los
tiempos, que les permitan llevar una vida magníficamente adaptada a la
adquisición de la perfección cristiana.

8. Encomendando con toda el alma a la prudencia y estudio de los directores espirituales
los nobles esfuerzos de perfección de los particulares en el foro interno,
nos ocuparemos ahora de las Asociaciones que ante la Iglesia, en el foro que llaman
externo, se esfuerzan y empeñan en conducir de la mano a sus miembros hacia
la vida de sólida perfección. No se trata aquí, sin embargo,
de todas las Asociaciones que en el siglo persiguen sinceramente la perfección
cristiana, sino sólo de aquellas que en su constitución interna,
en la ordenación jerárquica de su régimen, en la plena entrega,
sin limitación de otro vínculo alguno, que de sus miembros propiamente
dichos exigen, en la profesión de los consejos evangélicos y, finalmente,
en el modo de ejercer los ministerios y el apostolado, se acercan en la sustancia
a los estados canónicos de perfección, y especialmente a las Sociedades
sin votos públicos, aunque no usen de la vida común religiosa, sino
de otras formas externas.

9. Estas Asociaciones, que por ello recibirán el nombre de "Istitutos
Secolares", comenzaron a fundarse, no sin especial inspiración de
la Divina Providencia, en la primera mitad del siglo pasado, para fielmente "seguir
en el mundo los consejos evangélicos y ejercitar con mayor libertad los
oficios de la caridad, que a duras penas o de ningún modo podían
ejercitar las familias religiosas, por la malicia de los tiempos".[12] Habiendo
dado buena prueba de sí los más antiguos de tales Institutos, y
habiendo comprobado suficientemente con obras y hechos, por la severa y prudente
selección de sus socios, por la cuidadosa y bastante larga formación
de ellos, por la adecuada, a la vez firme y ágil, ordenación de
la vida, que también en el siglo, con el favor de una peculiar vocación
de Dios y el auxilio de la divina gracia, se podía obtener, ciertamente,
una consagración de sí mismo al Señor bastante estrecha y
eficaz, no sólo interna, sino también externa y casi religiosa,
y se tenia un instrumento bien oportuno de penetración y apostolado, todas
estas razones hicieron que más de una vez "estas Sociedades de fieles,
no de otro modo que las verdaderas Congregaciones religiosas, fueran alabadas
por la Santa Sede".[13]
10. Del feliz incremento de tales Institutos se echó de ver, cada día
más claramente, encáantosaspectos podía hacerse de ellos
una ayuda eficaz de la Iglesia y de las almas. Para llevar seriamente siempre
y en todas partes una vida de perfección y para abrazarla también
en muchos casos en los cuales una vida religiosa canónica no era posible
o conveniente; para una intensa renovación cristiana de las familias, las
profesiones y la sociedad civil, por el contacto íntimo y cotidiano con
una vida perfecta y totalmente consagrada a la santificación, para un multiforme
apostolado y para el ejercicio de los ministerios en lugares, tiempos y circunstancias
prohibidos o inaccesibles a los sacerdotes y religiosos, estos Institutos pueden
utilizarse y adaptarse con facilidad. Por el contrario, la experiencia ha comprobado
que no faltan dificultades y peligros, que a veces, y aun fácilmente, lleva
consigo esta vida de perfección, si se conduce con libertad sin la ayuda
externa del hábito religioso y de la vida en común, sin la vigilancia
de los Ordinarios, que fácilmente pueden ignorarla, y de los Superiores,
que con frecuencia residen lejos. Hasta se llegó a disputar de la naturaleza
jurídica de estos Institutos y de la intención de la Santa Sede
al aprobarlos. Aquí juzgamos oportuno hacer mención de aquel decreto
"Ecclesia Catholica" que la Sagrada Congregación de obispos y
Regulares dio y Nuestro predecesor, de inmortal memoria, León XIII confirmó
el 11 de agosto de 1889.[14] En él no se prohibía el elogio y aprobación
de estos Institutos, pero se afirmaba que la Sagrada Congregación cuando
alababa o aprobaba estos Institutos, los alababa y aprobaba "no como Religiones
de votos solemnes o como verdaderas Congregaciones de votos simples, sino como
píos Sodalicios en los que, fuera de otras cosas que según la actual
disciplina de la Iglesia se requieren, no se emite una profesión religiosa
propiamente dicha, sino que los votos si se hacen, se consideran privados, no
públicos, que en nombre de la Iglesia son aceptados por el Superior legítimo".
Además, estos Sodalicios —añadía la misma Sagrada Congregación
— se elogian y aprueban con la condición esencial de que sean conocidos
plena y perfectamente por los Ordinarios respectivos y se sujeten en absoluto
a su jurisdicción. Estas prescripciones y declaraciones de la Sagrada Congregación
de obispos y Regulares contribuyeron a definir oportunamente la naturaleza de
estos Institutos y ordenaron su evolución y progreso, lejos de impedirlo.

11. En nuestro siglo, los Institutos Seculares se han multiplicado silenciosamente
y han revestido formas muy variadas y diversas entre sí, bien autónomas
o unidas de diferentes formas a otras Religiones o Sociedades. No se ocupó
para nada de ellos la Constitución Apostólica "Conditae a Christo",[15]
que sólo se refería a las Congregaciones religiosas. El Código
de Derecho Canónico calló igualmente de propósito sobre estos
Institutos y dejó para una futura legislación lo que sobre ellos
hubiera que determinar, pues todavía no parecía suficientemente
maduro.

12. Pensando Nos una y otra vez todas estas cosas en nuestro corazón, por
obligación de nuestra conciencia y por el paternal amor que profesamos
a las almas que tan generosamente buscan la santidad en el siglo, y guiados de
la intención de que se pueda hacer una sabia y rígida discriminación
de las Sociedades y se reconozcan como verdaderos Institutos sólo aquellos
que profesen auténticamente la plena vida de perfección; para que
se evite el peligro de la erección de nuevos y nuevos Institutos —que
no rara vez se fundan imprudentemente y sin maduro examen —; para que los
Institutos que merezcan la aprobación obtengan una ordenación jurídica
peculiar que responda apta y plenamente a su naturaleza, fines y circunstancias,
determinamos y decretamos llevar a cabo con respecto a los Institutos Seculares
lo mismo que nuestro predecesor, de feliz memoria, León XIII hizo con tanta
sabiduría y prudencia con la Constitución Apostólica "Conditae
a Christo" para las Congregaciones de votos simples. Así, pues, aprobamos
por las presentes letras el Estatuto General de los Institutos Seculares, que
ya había sido diligentemente examinado por la Suprema Sagrada Congregación
del Santo oficio por lo que toca a su competencia, y que por nuestro mandato y
bajo nuestra dirección fue ordenado y perfilado cuidadosamente por la Sagrada
Congregación de Religiosos; y todo lo que sigue lo declaramos, determinamos
y constituimos con nuestra autoridad apostólica.


13. Y esto establecido como arriba consta, diputamos a la Sagrada Congregación
de Religiosos, con todas las facultades necesarias y oportunas, para llevarlo
todo a ejecución.



Ley peculiar de los Institutos Seculares

Art. I. Las Sociedades, clericales o laicas, cuyos miembros, para adquirir la
perfección cristiana y ejercer plenamente el apostolado, profesan en el
siglo los consejos evangélicos, para que se distingan convenientemente
de las otras Asociaciones comunes de los fieles, recibirán como nombre
propio el de Institutos o Institutos Seculares, y se sujetarán a las normas
de esta Constitución Apostólica.

Art. II. § 1. Como los Institutos Seculares ni admiten los tres votos públicos
de religión, ni imponen a todos sus miembros la vida común o morada
bajo el mismo techo, según la norma de los cánones:


1° En Derecho, regularmente, ni son ni, propiamente hablando, se pueden llamar
Religiosos o Sociedades de vida común.

2° No están obligados por el Derecho propio y peculiar de los Religiosos
o Sociedades de vida común, ni pueden usar de él sino en cuanto
que alguna prescripción de aquel Derecho, sobre todo del que usan las Sociedades
sin votos públicos, les fuere acomodada y aplicada por excepción.

§ 2. Los Institutos, salvadas las normas comunes del Derecho Canónico
que les afectan, se regirán por las siguientes prescripciones, que responden
más estrechamente a su peculiar naturaleza y condición:

1° Por las normas generales de esta Constitución Apostólica,
que constituyen como el Estatuto propio de todos los Institutos Seculares.

2° Por las normas que la Sagrada Congregación de Religiosos, según
la necesidad lo exija y la experiencia lo aconseje, crea oportuno publicar para
todos o algunos de estos Institutos, sea interpretando la Constitución
Apostólica, o bien completándola o aplicándola.

3° Por las Constituciones particulares, aprobadas según las normas
de los artículos que siguen, que acomoden prudentemente las normas generales
del Derecho y las peculiares antes descritas a los fines, necesidades y circunstancias,
no poco diversas entre sí, de cada uno de los Institutos.

Art. III § 1. Para que una Asociación piadosa de fieles, según
la norma de los artículos que siguen, pueda conseguir la erección
en Instituto Secular, se requiere que tenga, fuera de las demás cosas comunes,
las siguientes condiciones:


§ 2. En cuanto a la consagración de la vida y la profesión
de la perfección cristiana:

Los socios que desean ser adscritos a los Institutos como miembros, en el más
estricto sentido, además de aquellos ejercicios de piedad y abnegación
a que todos los que aspiran a la perfección de la vida cristiana es necesario
que se dediquen, deben tender eficazmente a ésta por los peculiares modos
que aquí se enuncian:

1° Por la profesión hecha ante Dios del celibato y castidad perfecta,
afirmada con voto, juramento o consagración que obligue en conciencia,
según la norma de las Constituciones.

2° Por el voto o promesa de obediencia, de tal modo que, ligados por un vínculo
estable, se entreguen por entero a Dios y a las obras de caridad o apostolado,
y estén siempre y en todo, moralmente, bajo la mano y dirección
de los Superiores, según la norma de las Constituciones.

3° Por el voto o promesa de pobreza, en virtud del cual no tengan libre uso
de los bienes temporales, sino uso definido y limitado, según las normas
de las Constituciones.

§ 3. En cuanto a la incorporación de los miembros al Instituto y al
vínculo que de ella nace:

El vínculo que conviene que una entre sí al Instituto secular y
a sus miembros propiamente dichos, debe ser:

1° Estable, según las normas de las Constituciones, o perpetuo o temporal,
renovable al terminar el plazo (canon 488, 1°).

2° Mutuo y pleno, de tal modo que, según la norma de las Constituciones,
el miembro se entregue totalmente al Instituto, y el Instituto cuide y responda
del miembro.

§ 4. En cuanto a las sedes y casas comunes de los Institutos Seculares:

Los Institutos Seculares, aunque no imponen a todos sus miembros, según
la norma del Derecho, la vida común o la conmoración bajo el mismo
techo (art. II, § 1), sin embargo, conviene que tengan, según la necesidad
o utilidad, una o varias casas comunes, en las cuales:

1° Puedan residir los que ejercen el régimen del Instituto, sobre todo
en el orden supremo o en el regional.
2° Puedan morar o reunirse los miembros para recibir y completar su instrucción,
para hacer los ejercicios espirituales y otras cosas semejantes.

3° Puedan ser recibidos los miembros que por enfermedad u otras causas no
puedan valerse por sí mismos, o que no convenga que vivan privadamente
en su casa o en la de otros.

Art. IV. § 1. Los Institutos Seculares dependen de la Sagrada Congregación
de Religiosos, salvo los derechos de la Sagrada Congregación de Propaganda
Fide, según la norma del canon 252, § 3, en cuanto a las Sociedades
y Seminarios destinados a las Misiones.

§ 2. Las Asociaciones que no tienen la índole o no se proponen plenamente
el fin descAto en el artículo 1, y aquellas que carecen de alguno de los
elementos enumerados en los artículos I y III de esta Constitución
Apostólica, se rigen por el derecho de las Asociaciones de fieles, de que
se habla en los cánones 684 y siguientes, y dependen de la Sagrada Congregación
del Concilio, salvo lo prescrito en el canon 252, § 3, en cuanto a los territorios
de Misiones.

Art. V. § 1. Pueden los obispos, pero no los Vicarios capitulares ni generales,
fundar Institutos Seculares y erigirlos en persona moral, según la norma
del canon 100, § 1 y 2.

§ 2. Pero ni aun los Obispos funden ni permitan fundar aquellos Institutos
sin consultar a la Sagrada Congregación de Religiosos, según la
norma del canon 492, § 1, y del artículo que sigue.

Art. VI. § 1. Para que la Sagrada Congregación de Religiosos conceda
a los Obispos que consultan previamente sobre la erección de Institutos,
según la norma del art. V, § 2, la licencia de erigirlos, debe ser
enterada, proporcionalmente según el propio juicio, de todo lo que en las
Normas (nn. 3-5) publicadas por la misma Sagrada Congregación se define
respecto a la erección de Congregaciones o Sociedades de vida común
de Derecho diocesano, y de todo lo demás que se ha ido introduciendo o
en lo futuro se introduzca en el estilo y práctica de la misma Sagrada
Congregación.

§ 2. Obtenida por los Obispos la licencia de la Sagrada Congregación
de Religiosos, nada impedirá ya que ellos puedan usar de su propio derecho
libremente y lleven a cabo la erección. Los Obispos no omitan enviar a
la misma Sagrada Congregación un aviso oficial de la erección practicada.

Art. VII. § 1. Los Institutos Seculares que consiguieren la aprobación
o Decreto de alabanza de la Santa Sede se hacen de Derecho pontificio (cc. 488,
3°; 673, § 2).

§ 2. Para que los Institutos Seculares de Derecho diocesano puedan obtener
el Decreto de alabanza o aprobación se requieren en general, dejando la
oportunidad al juicio de la Sagrada Congregación de Religiosos, aquellas
cosas prescritas o definidas, o que en lo futuro se definan, contenidas en las
Normas (nn. 6ss.) y en el estilo y práctica de la Sagrada Congregación,
referentes a las Congregaciones y Sociedades de vida común.

§ 3. Para la primera, segunda y, si el caso se da, definitiva aprobación
de estos Institutos y de sus Constituciones, se procederá así:

1° De la causa, preparada según costumbre e ilustrada por el voto y
la disertación de, al menos, un consultor, se hará una primera discusión
en la Comisión de Consultores bajo la presidencia del Excelentísimo
Secretario de la misma Sagrada Congregación o de otro que haga sus veces.

2° Entonces se someterá todo el asunto al examen y decisión
de la reunión plena de la Sagrada Congregación, bajo la presidencia
del Eminentísimo Cardenal Prefecto de la Sagrada Congregación e
invitados a discutir con más diligencia la causa, según la necesidad
o utilidad lo sugiera, los peritos o los de más peritos consultores.

3° La resolución de la reunión debe ser referida en Audiencia
por el Eminentísimo Cardenal Prefecto o por el Excelentísimo Secretario
al Santo Padre y sometida al supremo juicio de éste

Art. VIII. Los Institutos Seculares, además de las leyes propias, si las
hay o en lo futuro se promulguen, estarán sujetos a los Ordinarios del
lugar, según las normas del Derecho que rige para las Congregaciones y
Sociedades de vida común no exentas.

Art. IX. El régimen interno de los Institutos Seculares puede ordenarse
jerárquicamente, a semejanza del régimen de los Religiosos y Sociedades
de vida común, según la naturaleza y fines de tales Institutos,
dejando el juicio de la oportunidad a la misma Sagrada Congregación.

Art. X. En cuanto a los derechos y obligaciones de los Institutos que ya han sido
fundados y aprobados por los obispos, con la consulta de la Sede Apostólica,
o por la misma Santa Sede, nada se muda en esta Constitución Apostólica.

Esto publicamos, declaramos y sancionamos, determinando además que esta
Constitución Apostólica es y será siempre firme, válida
y eficaz y surtirá y obtendrá sus plenos e íntegros efectos,
sin que obste cosa alguna en contrario, aunque sea digno de peculiarísima
mención. Ningún hombre, pues, se atreva a infringir esta Constitución
por Nos promulgada o a contradecirla con temerario atrevimiento.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 2 de febrero, consagrado a la Purificación
de la Beatísima Virgen María, el año 1947, octavo de nuestro
pontificado.

 

Pío PP. XII


*El texto original es en latín.
[1]Pío XI, Mensaje radiofónico, 12 de febrero de 1931 R.C.R., 1931,
89.
[2]Cfr., TERTULLIANUS Ad uxorem lib. I, c. IV (PL, 1, 1281); AMBROSIUS, De virginibus,
I, 3, 11 (PL, XVI, 202); EUCHERIUS LUGDUN., Exhortatio ad Monachos, I (PL, L,
865); BERNARDUS, Epistola CDXLIX (PL, CLXXXII, 641); Idem Apologia ad Guillelmum,
c. X (PL, CLXXXII, 912).
[3]Mt 16,24; 19, 10-12, 16-21; Mc 10, 17-21, 23-30; Lc 18, 18-22, 24-29; 20, 34-36.
[4]I Co 7, 25-35, 37-38, 40; Mt 19, 27; Mc 10, 28; Lc 18, 28; Hch 21, 8-9; Ap
14, 4-5.
[5]Lc8, 15; Hch 4, 32, 34-35; 1 Co 7, 25-35, 37-38, 40; EUSEBIUS, Historia eclesiáshca,
III, 39 (PG, XX, 297).
[6]IGNATlUS,Ad Polycarp., V(PG, V,724); POLYCARPUS,Ad Philippen, V, 3 (PG. V,
1009); IUSTINUS PHILOSOPHUS, Apologia I pro christianis (PG, V1, 349; CLEMENS
ALEXANDRINUS, Stromata (PG, VIII, 24); HYPPOLITUS, in Proverb. (PG, X, 628); Idem,
De Virgine Corinthiaca (PG, X, 871-874); ORIGENES, In Num. hom., II, 1 (PG, XII,
590); METHODIUS, Convivium decem virginum (PG, XVIII, 27-220); TERTULLIANUS, Ad
uxorem, lib. 1, c. VII-VIII (PL, 1, 1286-1287); Idem, De resurrectione carnis,
c. VIII (PL, 11, 806); CYPRIANUS, Epistola XXXVI (PL, IV, 327); Idem, Epist LXII,
11 (PL, IV, 366); Idem, Testimon. adv iudeos, lib. lll, c LXXIV (PL, IV, 771);
AMBROSIUS, De viduis, 11, 9 et spp. (PL, XVI, 250-251); CASSIANUS, De tribus generibus
monachorum, V (PL, XLIX, 1094); ATHENAGORAS, Legatio pro christianis (PG, VI,
965).
[7]Hch 21, 8-10; cfr IGNATIUS ANTIOCH., Ad Snym., XIII (PG, V, 717); Idem, Ad
Polyc., V (PG, V, 723); TERTULLIANUS, De vilginibus velandis (PL, 11, 935 sqq.);
Idem, De exhortutione coshtatis, c. Vrl (PL, 11, 922); CYPRIANUS, De habihl virginum,
n (PL, IV, 443); HERONYMUS, Epistola LVIII, 4-6 (PL, XXII, 582-583); AUGUSTINUS,
Sermo CCXIV (PL, XXXVIII 1070);Idem,Contra Faustum Manichaeum, lib.V, c IX(PLXLII,226).
[8]Cfr. OPTATUS, De schismate donatistarum, lib. VI (PL, XI, 1071 sqq.); Pontificale
Romanum, II: De benedictione et consecratione Virginum.


[9]Const."Conditae a Christo Ecclesiae", 8 de diciembre de 1900: cfr.
LEONIS XIII, Acta, vol. XX,317-327.
[10]Rm 2, 11;Ef 6,9;Col 3,25.
[11]Mt 5. 48; 19,12; Col 4, 12.
[12]S.C. Episcoporum et Regularium dec."Ecclesia Catholica", d. 11 de
agosto de 1889; cfr. A.S.S., XXIII, 634.
[13]S.C. Episcoporum et Regularium dec. "Ecclesia Catholica".
[14]Cfr. A.S.S. XXIII, 634.
[15]Cfr. LEONIS XIII, Acta, Vol XX, 317-327.

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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