Panorama Católico

Abandonar la nave

El drama del célebre naufrago, Robinson, es una metáfora de las malas decisiones que tantas veces tomamos en la vida, cuando humanamente tenemos la certeza de que no hay otro modo: o morimos en la nave o nos lanzamos “a la mar tonante”, como decía Marechal, donde podremos sobrevivir, tal vez, con una probabilidad en diez mil.

De mis recuerdos de lector infantil hay uno que viene a cuento en estos tiempos post exhortación pontificia: es el relato del naufragio del Robinson Crusoe, leído en una de esas colecciones de literatura para niños, tan populares en otros tiempos. Como era de rigor, tenía una láminas en blanco y negro cada tanto, y a pesar de que no podría hoy calificar la calidad del dibujo, lo presumo no muy bueno. Pero la calidad no hace mella a la impresión infantil. Relato, pues, mi recuerdo, no he vuelto al texto para esta ocasión.

Robinson vuelve al barco encallado en los arrecifes cercanos a la costa en una improvisada balsa, habiéndose ya encalmado la tormenta. Vuelve a rescatar lo que pudiera serle útil en su terrible situación y constata que la decisión de aventurarse al mar a nado hacia una costa incierta cuando el casco de la nave crujía terriblemente fue la peor de todas. Si hubieran permanecido a bordo, todos se hubieran salvado… La nave resistió. Contra toda previsión, contra los consejos de los marinos más expertos. Contra, diríamos, la evidencia natural.

El drama del célebre naufrago es una metáfora de las malas decisiones que tantas veces tomamos en la vida, cuando humanamente tenemos la certeza de que no hay otro modo: o morimos en la nave o nos lanzamos “a la mar tonante”, como decía Marechal, donde podremos sobrevivir, tal vez, con una probabilidad en diez mil.

Tirarse al mar es decisión más propiamente juvenil: la fuerza empuja, la falta de experiencia pinta mucho más fácil lo que en realidad será prodigioso si llega a ocurrir. El orgullo, además, tan común a todas las edades, pero particularmente connatural a la juventud… la arrogancia y la intrepidez, piden a gritos lanzarse a nado. Convengamos, sin embargo, que este modo de ver las cosas, cuando no compromete la fuerza del cuerpo, que da razones sólidas para no aventurarse, también se ve en personas que practican una adolescencia perpetua, cuyo precio se paga también en este mundo, pero mucho más en el otro.

Me apena y hasta me avergüenza oír a hombre maduros repetir chiquilinadas, o celebrarlas, en materias tan graves como la salvación del alma. Ellos alientan a los jóvenes a tirarse a nado porque “la nave cruje y es obvio que se está hundiendo”. A tirarse al mar. Al mar enemigo, como si en razón de la temeridad nos fuese perdonada la vida que exponemos con toda temeridad. La vida eterna.

Están, por supuesto, los que se lanzan sin reservas. Y aunque más “auténticos”, no menos desquiciados en su decisión. Y están los que se lanzan de mentira. Alientan pero, si uno mira bien, solo alientan a los inexpertos, ellos no se lanzan realmente. Porque un resto de prudencia les queda para retenerlos en ese esqueleto quebrantado que vociferan barco naufrago.

O se arrojan, pero atados a una cuerda corta, mientras miran la borda, siempre de reojo, buscando por dónde volverán a subir:“¡ tírense al agua, naden, naden a la costa!” Ellos, cada tanto, tantean el nudo de la cuerda que los debería tragar cuando todo se vaya al fondo, no sea que se suelte y los deje a su merced.

Supongamos que los marinos más expertos del barco en el que Robinson naufragó tuviesen una promesa de algún modo infalible de que ese casco, a pesar de todo, resistirá la tormenta. Dado que son marinos, y por lo tanto muy sensibles a la superchería, esta promesa, aunque fuera imposible de cumplir, para ellos, en virtud de las leyes del mar, de ciertos hados y alineación de astros, sería una promesa infalible. Si tuvieran esta certeza ¿se arrojarían para ganar la costa a nado?

Entiéndase, no discuto la calidad de la promesa, que nunca podría tener esa certeza total. Pero sí parto de su convicción de que la tiene. Locos estarían si con una garantía tal se pusieran en un peligro tan grande.

Aquí se acaba el símil con el Robinson. Ese casco duramente castigado a poco se desmembró y el mar lo fue tragando. Se salvó sólo lo que Robinson pudo rescatar en el tiempo de sus incursiones al barco encallado, otra escena que le dio a Chesterton motivo para una bella reflexión sobre el gran naufragio del pecado original. Pero el navío del que trata esta reflexión no se puede hundir. Ni encallado, ni azotado por la peor tormenta, ni desahuciado por los marinos más expertos.

Ni puede fallar la promesa, que la hay, y no es superchería sino compromiso firme y expreso de quien es Señor de los mares y de las tierras. Tan delicada fue la formulación de este compromiso que hasta lo ejemplificó con anticipación cierta vez con una tormentita en un mar que es propiamente un lago grande. Y con una nave que era más bien un bote de pescadores. Pescadores de toda la vida, marinos expertos, al menos en ese mini-mar donde veían el naufragio en cada ola rompiendo contra las bordas.

Y el promesante, en tanto, dormía. ¿Cómo se puede dormir en un bote sacudido por el mar, salpicado, ¡qué digo! empapado por las olas. Es la pregunta que oigo permanentemente. ¿Cómo puede dormir? Yo entiendo que hay profecías, que es el castigo de los pecados, que los problemas vienen de lejos… pero ¿esto? ¿Cómo puede tolerar esto?

Preguntas que se pueden disculpar en los jóvenes, en los recién llegados, en los simples. La respuesta que todos ya conocemos es esa frase lapidaria que subrayó para siempre la promesa formal: ¿”por qué teméis, hombres de poca fe”? Levantándose, reprendió a los vientos y a la mar. La respuesta es simple. Dos palabras. “Poca fe”.

La propuesta debe ser un repetido Kyrie eleison, porque somos nosotros también culpables de “esto”, aunque tengamos toda una vida de militancia en contra de “esto”. “Esto” es la culpa de nuestra poca santidad. Y el ansiado reposo de esa “mar tonante”, que puede muy bien ser encalmada en cualquier momento por una palabra de quien es la Palabra, de algún modo habrá de anticiparse por nuestra –poca generalmente- santidad en acción: vigilancia, oración y sacrificio. En el sustento de la esperanza sobrenatural. Todo ello nace de la Fe.

Hay algo por cierto: todos los que se mantengan dentro de la Nave sobrevivirán. Esto me recordó esta madrugada -un recuerdo raro, no se bien a cuento de qué- esa ilustración del Robinson Crusoe de mi niñez, constatando las muertes inútiles de sus camaradas. De los que se arrojaron por un lado o por el otro de la borda, porque la nave, obviamente, iba a naufragar…

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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