Panorama Católico

Accidentes no tan Accidentales

Es habitual decir, en referencia al tema litúrgico, que la reforma conciliar, en definitiva, no fue tan importante: altar coram Deo o versus populus, latín o lengua vernácula, uno solo canon o diez, cáliz con velo o sin velo, son meramente aspectos accidentales que no modifican la sustancialidad de la Misa: sigue existiendo consagración del pan y del vino, sigue ofreciéndose el sacrificio, ¿a qué tanto alboroto entonces? ¿Hacer tanto lío por unos cuantos accidentes? Obedezcamos a nuestros pastores, bajemos la cerviz, y Dios será servido de ese modo, aseguran. Pero es un error descuidar lo accidental aduciendo que es meramente accidental, y en tanto tal, sin importancia, y que nuestro interés radica exclusivamente en la sustancia, porque nos ocupamos de las cosas importantes. Y de tal error padecemos hoy innumerables consecuencias.

Escribe Vicente Feliú

Hace algunos años, mientras vivía en Renania, la otrora zona católica de Alemania, acompañé a un amigo, dedicado al lucrativo negocio de la compra-venta de libros de segunda mano, a un antiguo monasterio ubicado en las cercanías de Colonia en el que se habían formado generaciones de misioneros a los cuales le deben la fe extensos territorios americanos y africanos. Hoy, como es de rigor en los tiempos de posconcilio, la enorme construcción alberga a una decena de religiosos, comandado por el más joven de ellos, un zagal de setenta años.

El motivo de nuestra visita era aprovechar la barata que los monjes hacían de su enorme biblioteca, pues habían decidido transformar el gran salón que ocupaba en una confortable sala de video y televisión a fin de solazar en tan elevada contemplación filmica los últimos años de vida de los religiosos (preparación para una buena muerte, que le dicen). Los libros se vendían a 50 euros la caja (de las utilizadas para el transporte de bananas), sin importar el tipo de libros que en ellas se colocaran. Yo, tratando de obtener alguna ventaja al menos material de la crisis eclesial, y con la generosa venia de mi amigo germano, puede rescatar a precios más que de saldos la Suma de Teología de Santo Tomás de Aquino, en la edición comentada de la Revue des Jeunes, el Précis de Patrologie, en dos tomos, de A. Cayre, el Saint Paul de Aman, un bellísimo libro de Alexandre de Saint-Albin titulado La captivité de Pie IX. Histoire des huit derniá¨res annés de son pontificat (La cautividad de Pío IX. Historia de los ocho últimos años de su pontificado), publicado en París en 1878, entre otras preciosidades. Y cayó también en mis manos una interesante obra en dos tomos de Mons. X. Barbier de Montault profusamente intitulada Traité practique de la construction, de l&#8217…ameublement et de la décoration des églises selon les régles canoniques et les traditions romaines avec un appendice sur le costume ecclesiastique (Tratado práctico de la construcción, del amoblamiento y de la decoración de las iglesias según las reglas canónicas y las tradiciones romanas con un apéndice sobre las vestiduras eclesiásticas), editada en París en 1878.

Se trata de un obra que se hace sufrir. En efecto, su lectura hace patente todo lo que perdimos y la ciénaga de fealdad y chabacanería en el que ha caído gran parte de la Iglesia hoy. Me enteré en ella de muchos detalles interesantes e insospechados. Por ejemplo, que los cardenales, cuando se desplazaban en visitas oficiales por la ciudad de Roma, lo hacían en un cortejo compuesto por tres carrozas: en el primera va sentado el cardenal con un obispo a su izquierda y dos prelados frente a ellos. El vehículo debe ser colorado y dorado, con el escudo del cardenal pintado en las puertas. En la segunda carroza se traslada el maestro de ceremonias, el maestro de cámara que porta el capelo cardenalicio, un gentilhombre y un capellán. Y en la tercera se ubican el caudatario (aquel que lleva la cola de la capa cardenalicia), el ayudante de cámara y el decano de los domésticos de Su Eminencia. Los valets, vestidos de librea, marchan a pie, a izquierda y derecha del cortejo. No hay que olvidar que los carruajes deben ser tirados por dos caballo negros de larga cola, con sus cabezas adornadas de un penacho de seda roja, sus crines trenzadas y sus arneses decorados con fiocchi de seda.

Aunque más no sea que con la imaginación, uno queda sorprendido de la gala y solemnidad de tamaño cortejo, sobre todo cuando tenemos en cuenta nuestros mínimos y despojados prelados, aunque en su descargo debemos decir que algún obispillo mediático en retiro efectivo ha conservado el penacho si no de seda, al menos de plumas, que se encarga de aventar en sus arremetidas televisivas o radiales. Muchos dirán, y con razón: aquellas eran costumbres propias de otros tiempos, cuando la iglesia era, además, un importante Estado y sus cardenales verdaderos príncipes… otros asegurarán que trasladar semejantes prácticas a la actualidad causaría escándalo por la ostentación de riquezas que en ella se hace, y los más filósofos objetaran que de nada vale lamentarse por la pérdida de semejantes detalles, todos ellos accidentales y, por tanto, con una importancia sumamente relativa. Lo que verdaderamente importa es la sustancia.

Coincido con las críticas y no propongo retornar a tales prácticas. Simplemente considero oportuna un reflexión acerca del status de los accidentes. La pregunta es: ¿Los accidentes, son tan accidentales como se piensa? Dicho de otro modo, que algo sea accidental, ¿significa, sin más, que carece de importancia y que, por tanto, no vale la pena preocuparse por él? Veamos un ejemplo: pensemos en un hombre llamado Juan, nacido en 1960 en Buenos Aires, ingeniero de profesión, católico practicante, casado y padre de tres hijos, morocho y con bigotes. Y pensemos en otro hombre llamado Christian, nacido en 1710 en Oslo, predicar luterano, casado y sin hijos, rubio y afeitado. Ambos seres tienen en común solamente el ser hombre, su sustancialidad, pero en cuanto a los accidentes, son totalmente diversos. En efecto, ¡qué distintos son Juan y Christian! Pero, ¿tan distintos son? Si solamente los separan algunos insignificantes accidentes… Sin embargo, para ellos no son tan insignificantes por cierto, y para nosotros tampoco.

Es que los accidentes no son insignificantes. Nosotros aparecemos a los demás y a nosotros mismos tal como nos hacen nuestros accidente: altos o bajos, gordos o flacos, generosos o mezquinos, amables u hoscos, valientes o cobardes, prudentes o arrebatados. Nuestras virtudes y nuestros vicios son accidentes del alma. Por eso no podemos descuidar lo accidental aduciendo que es meramente accidental, y en tanto tal, sin importancia, y que nuestro interés radica exclusivamente en la sustancia, porque nos ocupamos de las cosas importantes. Si se nos permite una digresión filosófica me preguntaría si no podemos hablar, incluso, de una &#8220…perseidad&#8221… de los accidentes, es decir, de un existencia accidental per se (hace pocos meses se defendió en una universidad nacional una interesante tesis doctoral sobre este tema).

Esta reflexión tiene importantes aplicaciones en el ámbito de nuestra fe. Por ejemplo, es habitual decir, en referencia al tema litúrgico, que la reforma conciliar, en definitiva, no fue tan importante: altar coram Deo o versus populus, latín o lengua vernácula, uno solo canon o diez, cáliz con velo o sin velo, son meramente aspectos accidentales que no modifican la sustancialidad de la Misa: sigue existiendo consagración del pan y del vino, sigue ofreciéndose el sacrificio, ¿a qué tanto alboroto entonces? ¿Hacer tanto lío por unos cuantos accidentes? Obedezcamos a nuestros pastores, bajemos la cerviz, y Dios será servido de ese modo, aseguran.

Por cierto que la orientación y ubicación del altar, la lengua litúrgica, el canon y demás elementos de la Santa Misa son aspectos accidentales, pero ¿son por ello insignificantes? ¿Es lo mismo, y no vale la pena hacerse malasangre, si se es Juan o se es Christian? Por cierto que Juan no quisiera ser Christian y la esposa y madre de uno no quisiera que se lo trocaran por otro, aunque le explicáramos que los cambios de su esposo o hijo son meramente accidentales. Y entonces, ¿es lo mismo la liturgia tradicional de más de quince siglos de historia que las ceremonias de alto contenido sociológico producidas como apropiado fruto del Vaticano II? ¿No valdrá la pena cuestionarse estos cambios &#8220…accidentales&#8221…?

Y una última reflexión se impone. ¿Cómo explicar que centenares de valientes católicos hayan puesto sus viriles pechos para impedir que un aquelarre feminista o una piara de degenerados pintarrajaran las paredes de nuestros templos, acto de la más pura accidentalidad y que, sin embargo, acepten disciplinados y sumisos la accidentalidad bochinchera de la nueva misa? En definitiva, ¿Qué es más accidental? ¿La profanación de las paredes de algunos pocos templos argentinos o la profanación de la Misa en todos los templos el orbe? ¿No habrá llegado, acaso, la hora de sopesar con otro criterio las accidentalidades?

No cabe duda que el recurso a la excusa de la accidentalidad es cómoda, no sólo para responder a los demás sino, sobre todo, para responder a las propias conciencias. ¿Para qué preocuparme por conseguir que se celebre la misa tradicional si la nueva es también válida? ¿Para que discutir con uno u otro justificando mi asistencia a la Misa de siempre en alguna capilla no oficializada por el Obispo, pudiendo asistir a la liturgia de la parroquia de la esquina, aunque en ella hayan guitarras y bombos y el cura no se canse de decir herejías en el sermón? Los cambios son todos accidentales y yo voy a la esencia de las cosas, se tranquilizan.

La aspirina del recurso al accidente tranquiliza fácilmente las conciencias, pero ¿es un remedio efectivo?

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