Panorama Católico

Ad jesuitas universitatis cordubensis

¿Qué autoridad tendrían el Papa, o los Concilios (no hablemos de los presbíteros), para cambiar la Palabra de Dios, modificar Evangelios, Epístolas, etc.? Ni siquiera para legislar lo que está bien y lo que está mal en la materia “mediante encíclicas”, como si el Vaticano fuera el autor de la Ley.

¿Qué autoridad tendrían el Papa, o los Concilios (no hablemos de los presbíteros), para cambiar la Palabra de Dios, modificar Evangelios, Epístolas, etc.? Ni siquiera para legislar lo que está bien y lo que está mal en la materia “mediante encíclicas”, como si el Vaticano fuera el autor de la Ley.

por Edmundo Gelonch Villarino

No conozco a los firmantes, no juzgo sus intenciones ni su amor a la Iglesia. Pueden partir de una concepción eclesiológica moderna o progresista, y estar sinceramente convencidos de sus razones para oponerse al Evangelio, al Concilio Vaticano II, a la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, y al mismo Santo Padre Benedicto XVI.

Pero sí conozco que son Rector y Autoridades pastorales en la denominada Universidad Católica de Córdoba, subtitulada Universidad Jesuítica (más que “católica”, aunque tampoco sería justo atribuir la autoría del ataque a todos los miembros de la querida y venerada Compañía). Y algo sé también de los errores objetivos que contiene su proclama aparecida en “La Voz del Interior” del sábado 17 de marzo de 2007, en la página A 14. Y los errores de las Autoridades Universitarias producen escándalo. Vamos a puntos gruesos.

1º) Cito:

    “Si a esto se le suma la reciente carta apostólica firmada por Benedicto XVI sobre la Eucaristía en la que se vuelve a insistir en que no pueden comulgar los divorciados y vueltos a casar salvo que “vivan como hermanos” (con lo que se confirma la sospecha de que “lo malo” es el sexo), y que se recomienda volver al uso del latín en algunas oraciones de la misa, el panorama de retroceso es claro… y lamentable.

    (…) La ratificación explícita de que se continúa excluyendo de la comunión a los divorciados y vueltos a casar, es la confirmación de lo que ya se sabía, pero en este contexto no deja de ser un nuevo cachetazo”.

No está claro porque se atribuye la autoría del “nuevo cachetazo” al Santo Padre Benedicto, y no a Nuestro Señor Jesucristo y a Sus Evangelios, Apóstoles y Primer Vicario, quienes son explícitos sobre el adulterio:

a) Mc 10, 11 – 12: “y les dijo: el que repudia a su mujer y se casa con otra, adultera contra aquella, y si la mujer repudia al marido y se casa con otro, comete adulterio” (cfr. Lc. 16, 18).

b) Mt 19, 18: “Jesús respondió: no matarás, no adulterarás,..”

c) Ni los truenos de San Pedro (2 Pe. 2, 14), hablando de aquellos falsos doctores –no de estos – al decir: “Sus ojos están llenos de adulterio, son insaciables de pecado, seducen a las almas inconstantes, tienen el corazón ejercitado en la avaricia; son hijos de maldición”.

d) ni la oposición de las “nuevas uniones de los casados” al amor, explicada por el Autor de Romanos (13, 9 y 10): “Pues “no adulterarás, no matarás, no codiciarás”, y cualquier otro precepto, en esta sentencia se resume “Amarás al prójimo como a ti mismo”. El amor no obra el mal del prójimo, pues el amor es el cumplimiento de la Ley”.

¿Qué autoridad tendrían el Papa, o los Concilios (no hablemos de los presbíteros), para cambiar la Palabra de Dios, modificar Evangelios, Epístolas, etc.? Ni siquiera para legislar lo que está bien y lo que está mal en la materia “mediante encíclicas”, como si el Vaticano fuera el autor de la Ley, tal como insinúan hacia el final hablando de

“conductas sexuales adecuadas a lo que las encíclicas indican”

Cuesta creer que los AA. hablen de “sexo” y no distingan entre el don natural de poder cocreador, – la maternidad y la paternidad en potencia que son las diferencias sexuales -, vocación y bendición del Padre a los humanos, y el desorden antinatural que es la fornicación. Uno es plan de Dios, lo otro es sabotaje (Gen 38, 9-10), contradicción y despilfarro. Francamente, no sé cómo pueden administrar el sacramento del Perdón si no saben distinguir qué hay que perdonar y qué hay que bendecir.

2º) Vuelvo a citar:

    “Malas noticias… Es dura la imagen de una Iglesia que sanciona a un teólogo que justamente intentó inculturar el Evangelio en un lugar sangrante de América latina, comprometiéndose él mismo (los compañeros de comunidad de Sobrino fueron asesinados en El Salvador en el año 1989 por su compromiso con los más pobres y él se salvó porque no estaba en casa esa noche, nada más)”.

Sin juzgar al P. Jon Sobrino S. J. y a sus compañeros de comunidad, el hecho de que los hayan asesinado por “su compromiso con los más pobres”, como parece haber sucedido entre nosotros con los Religiosos Palotinos o las Religiosas Francesas, tipificaría un crimen político y no un presunto martirio o testimonio de fe católica. La causa técnica del martirio es el odium fidei del asesino, y no las guerras revolucionarias y contrarrevolucionarias como tales. Si así fuera, no es la Iglesia la que está en deuda con ellos, sino quizás alguno de los movimientos marxistas de liberación alentados por esos teólogos. Porque nadie ignora que teólogos de esa laya formaron espiritualmente a terroristas tales como los alumnos de la Universidad Católica de Córdoba que coparon La Calera y murieron peleando a balazos y matando policías. (Y no quiero mencionar nombres propios, por respeto al dolor de amigos cuyos hijos fueron llevados a la muerte por jesuitas, que no “inculturaban el Evangelio”, sino la lucha de clases terrorista).

3º) Cada vez más asombrado, continúo citando:

    “El Concilio Vaticano II, dicen los que vivieron en esa época, significó una luz de esperanza, una ventana abierta al mundo…. Pero parece que entraba demasiado aire fresco y para que no se resfriaran algunos la ventana se entornó cada vez más y ahora peligrosamente se está cerrando.”

Y luego:

    “El encomio del latín en las celebraciones litúrgicas y el canto gregoriano, parece cuando menos un cultismo litúrgico de dudoso gusto, y escasísimo sentido pastoral (son contadísimos los fieles que hablan latín, incluso entre los sacerdotes).

Los AA. dicen haber oído hablar del Concilio Vaticano II. Lo raro es que no hayan leído sus conclusiones, al menos la Constitución sobre la Liturgia Sacrosanctum Concilium, o no hayan llegado al punto 36, cuyo párrafo 1 dice: “Se conservará el uso de la lengua latina en los ritos latinos, salvo derecho particular”; y en el párrafo 2 autoriza el uso de lengua vulgar por utilidad del pueblo, “ante todo en lecturas y moniciones”, etc. Tal como lo pide Benedicto XVI, en el Nº 62 de Sacramentum Caritatis:

    “Para expresar mejor la unidad y universalidad de la Iglesia, quisiera recomendar lo que ha sugerido el Sínodo de los Obispos, en sintonía con las normas del Concilio Vaticano II: exceptuadas las lecturas, la homilía y la oración de los fieles, sería bueno que dichas celebraciones fueran en latín; también se podrían rezar en latín las oraciones más conocidas de la tradición de la Iglesia y, eventualmente, utilizar cantos gregorianos. Más en general, pido que los futuros sacerdotes, desde el tiempo del seminario, se preparen para comprender y celebrar la santa Misa en latín, además de utilizar textos latinos y cantar en gregoriano; se procurará que los mismos fieles conozcan las oraciones más comunes en latín y que canten en gregoriano algunas partes de la liturgia.

El Concilio Vaticano II, hablando de los seminaristas, disponía: “Pero, además, han de adquirir el conocimiento de la lengua latina que les capacite para entender y utilizar innumerables fuentes científicas y los documentos de la Iglesia. Considérese necesario el estudio de la lengua litúrgica propia de cada rito; foméntese mucho el adecuado conocimiento de las lenguas de la Sagrada Escritura y de la Tradición” (Optatam totius Ecclesiæ, Nº 13).

¿Sería temerario sospechar que quienes, por su edad, apenas han oído hablar del Concilio Vaticano II, hayan creído que la Iglesia habría nacido después de él, desinteresándose entonces de la lengua comunicante con el Concilio y la gran Tradición latina? Si así fuera, no sería de extrañar la presencia de lagunas culturales y teológicas de lo que no aparece en el idioma vernáculo hablado habitualmente el pueblo, desde que, en la persecución religiosa de 1954, se eliminó el estudio del latín en los Colegios Nacionales.

4º) Es sabido que el gusto estético es un hábito que se adquiere mediante la educación y se cultiva en la contemplación de los grandes modelos de belleza y valor universal; y esto es un principio pedagógico que viene de Platón, y no una verdad de fe. Por eso me deja perplejo, leer que Autoridades Universitarias puedan afirmar, como leíamos:

    el canto gregoriano, parece cuando menos un cultismo litúrgico de dudoso gusto”

Si quienes dirigen una institución denominada “universidad”, no tienen educado el gusto, ¿quien podrá tenerlo? Así no puede extrañar que se opongan o que no hayan leído la recomendación del Concilio:

“116. La Iglesia reconoce el canto gregoriano como el propio de la liturgia romana; en igualdad de circunstancias, por tanto, hay que darle el primer lugar en las acciones litúrgicas” “Los demás géneros de música sacra, y en particular la polifonía, de ninguna manera han de excluirse en la celebración de los oficios divinos, con tal que respondan al espíritu de la acción litúrgica a tenor del Art. 30” (Sacrosanctum Concilium).

¿En qué difiere la recomendación conciliar de la conclusión del Sínodo recogida por el Santo Padre en Sacramentum Caritatis? :

    “La Iglesia, en su bimilenaria historia, ha compuesto y sigue componiendo música y cantos que son un patrimonio de fe y de amor que no se ha de perder. Ciertamente, no podemos decir que en la liturgia sirva cualquier canto. A este respecto, se ha de evitar la fácil improvisación o la introducción de géneros musicales no respetuosos del sentido de la liturgia. Como elemento litúrgico, el canto debe estar en consonancia con la identidad propia de la celebración. Por consiguiente, todo —el texto, la melodía, la ejecución— ha de corresponder al sentido del misterio celebrado, a las partes del rito y a los tiempos litúrgicos. Finalmente, si bien se han de tener en cuenta las diversas tendencias y tradiciones tan loables, deseo, como han pedido los Padres sinodales, que se valore adecuadamente el canto gregoriano como canto propio de la liturgia romana.”

Precisamente, la proclama de los Padres Jesuitas de la Universidad Católica de Córdoba, demuestra, sobre esto, dos cosas claras: Primero, que no saben (de conocer y de saborear), el arte de su antecesor Doménico Zípoli, ni cuán vivas están la tradición de la música sacra del barroco y la polifonía, entre los indios bolivianos que se reúnen periódicamente en los festivales de Chiquitos, por ejemplo. Y segundo, que el Papa conoce muy a fondo esa falencia, cuando recomienda:

    “Un conocimiento profundo de las formas que el arte sacro ha producido a lo largo de los siglos puede ser de gran ayuda para los que tienen la responsabilidad de encomendar a arquitectos y artistas obras relacionadas con la acción litúrgica. Por tanto, es indispensable que en la formación de los seminaristas y de los sacerdotes se incluya la historia del arte como materia importante, con especial referencia a los edificios de culto, según las normas litúrgicas. Es necesario que en todo lo que concierne a la Eucaristía haya gusto por la belleza.” (Sacramentum Caritatis 41).

5ª) Jamás se me ocurriría dar lecciones de Teología a los Padres Jesuitas de Córdoba, porque apenas si sé algo de Filosofía. Pero la lectura de las recomendaciones del Sínodo, que fueron publicadas en 2005, y la elaboración de ellas que presenta Su Santidad Benedicto XVI en esta exhortación postsinodal, me proporcionan una concepción del Santísimo Sacramento, que no es plenamente coincidente con el párrafo siguiente. Cito:

    “Algo así como si la comunión fuera un premio para “los buenos” (en particular para los que tienen conductas sexuales adecuadas a lo que las encíclicas indican), y no fuera –lo que es – Pan para el camino, alimento para los peregrinos que caminamos entre incertidumbres y penumbras en un mundo que es demasiado duro como para vivirlo sin Dios”

Sólo que, si se oponen tanto a un Concilio Vaticano II, tan mentado como desconocido, ¿será que se dejan llevar por lo que han oído y que tampoco habrán leído la Sacramentum Caritatis antes de escribir?

Comentario Druídico: El autor pone en evidencia la profunda grieta hermenéutica que separa las posiciones frente a la cuestión conciliar. Desde una visión tradicional se puede –hasta cierto punto- “interpretar” (ya esto embarra la cuestión) los textos conciliares “a la luz de la Tradición”. Por otro lado, quienes reclaman que el Concilio ha sido la puerta de entrada oficial de las ideologías progresistas para su difusión a la gran mayoría de los fieles, también tienen razón. Porque muchos textos del magisterio conciliar y sobre todo del posconciliar y la praxis pastoral avalan esta aseveración. El laiser faire de las máximas autoridades de la Iglesia, que no han querido imponer su autoridad salvo en casos muy excepcionales, muchas veces contra los que denunciaban el curso de los hechos, da un buen sustento al progresismo más moderado. Es una cuestión bien embrollada que sin duda se debatirá por años, hasta que la Iglesia de su veredicto final.

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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