Panorama Católico

Ahora, el sacrilegio y la blasfemia

Por Mario Caponnetto

Desde que se inició el llamado juicio contra el Padre Christian von Wernich
nuestra paciencia se ha visto sometida a las pruebas más rudas. Sin
embargo, no lo habíamos soportado todo. Al desfile de testigos mendaces,
a la burda escenificación de una sala de audiencias colmada de activistas
ante a la mirada cómplice y complaciente de unos jueces falsos, se
ha sumado, ahora, el sacrilegio y la blasfemia.

Por Mario Caponnetto

Desde que se inició el llamado juicio contra el Padre Christian von Wernich
nuestra paciencia se ha visto sometida a las pruebas más rudas. Sin
embargo, no lo habíamos soportado todo. Al desfile de testigos mendaces,
a la burda escenificación de una sala de audiencias colmada de activistas
ante a la mirada cómplice y complaciente de unos jueces falsos, se
ha sumado, ahora, el sacrilegio y la blasfemia.

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Sí,
porque eso fue -blasfemia y sacrilegio- el testimonio, en contra del
acusado, del tristemente célebre sacerdote Rubén Capitanio de la ¿diócesis?
de Nuequén. Sus antecedentes, al parecer, no lo favorecerían demasiado.
Se habla, en efecto, de una etapa en la que habría sido compañero
de ruta de los montoneros, cuando éstos intentaban infiltrar el peronismo
(estrategia conocida como “entrismo”) hasta que, fracasado el delirante
proyecto llamado “Contraofensiva Popular” con el consiguiente “reflujo
de masas”, allá por los años 80, se refugió al amparo del Obispo
Jaime de Nevares quien lo nombró párroco en la localidad neuquina
de San Lorenzo. Allí se hizo famoso por su desembozado y constante
apoyo a los “organismos de derechos humanos”, sobre todo las Madres
de Plaza de Mayo, sus homilías “revolucionarias”, su constante
ataque a las Fuerzas Armadas en la persona de sus miembros (a quienes
llegó a negar la comunión) y por un gesto francamente sacrílego:
cubrir con el pañuelo blanco de las “madres” la cabeza de una imagen
de la Santísima Virgen en su advocación de Nuestra Señora de la Paz.

Ahora
bien, ¿qué hacía este personaje en el estrado de los testigos? Según
él mismo se esforzó en aclarar, no fue un testigo de cargo. Es decir,
no testificó respecto de hechos o delitos concretos y singulares que
pudieran imputarse a su “hermano” von Wernich. No; fue una suerte
de consultor “doctrinario”, es decir, su testimonio consistió en
“ilustrar” al “tribunal” respecto del pensamiento de la Iglesia
en materia de “derechos humanos” y de crímenes de lesa humanidad.
Casi podemos decir que hizo las veces de un “experto”.

Pero,
¿con qué títulos? ¿Es, acaso, Capitanio, un especialista en Teología
Moral? ¿Es un erudito canonista? ¿Es una personalidad intelectual
representativa o relevante de la Iglesia en Argentina? Hasta donde sabemos,
nada de eso. Más bien, en el único momento en que se le preguntó
acerca de las sanciones eclesiásticas que pudieren caberle al Padre
von Wernich, tuvo que reconocer que los cánones no eran su fuerte.
Por otra parte, ¿qué autoridad tiene Capitanio, eclesiásticamente
hablando, para hablar en nombre de la Iglesia? Por cierto, no lo hizo
oficialmente pero es más que evidente que goza del respaldo total de
su obispo al que se suma el silencio del resto del Episcopado. ¿Quien
calla, otorga?

Más
allá, empero, de estas cuestiones formales, lo importante es analizar
qué dijo Capitanio. Y lo que dijo no tiene nada que ver con la Doctrina
Social de la Iglesia sino con una burda y grosera desnaturalización
y tergiversación de la Fe Católica abrevada en las aguas envenenadas
del teologismo liberacionista, del marxismo cristiano y del anacrónico
tercermundismo, tantas veces rechazados por el Magisterio genuino de
la Iglesia. Durante la exposición hubo tramos en los que esta deformación
de la Fe alcanzó extremos de inusitada gravedad. Por ejemplo, cuando
dijo, sin hesitar, que la razón de ser de la Iglesia no es alabar a
Dios sino servir a la sociedad. Conciente, tal vez, de semejante “gaffe”,
añadió para disimular: “alabar a Dios sirviendo a la sociedad”.
Resulta pertinente, por tanto, preguntarnos ¿qué Iglesia es ésta
a la que aludió Capitanio y en cuyo nombre se permitió sentar cátedra?
No, por cierto, la que fundó Jesucristo cuya misión es la salvación
eterna de los hombres. Nuestro Señor no fundó una ONG sino la Iglesia
que es Su Cuerpo Místico a la que puso en el mundo como sacramento
de Caridad, de Verdad y de Unidad.

Por
supuesto no faltaron las consabidas recriminaciones e imputaciones que
la propaganda izquierdista enrostra a la Iglesia: su supuesto silencio
ante el “genocidio”, el no haber hecho lo posible para salvar de
las garras de la “dictadura” la vida de tantos “idealistas”
y “luchadores por un mundo mejor”, su “complicidad con los poderosos”
y un largo etcétera.

Tampoco
se privó Capitanio de uno de sus caballitos de batalla preferidos:
exigir la abolición de las capellanías militares y de las Fuerzas
de Seguridad. ¿Olvidó, acaso, que Juan Pablo II, en la Constitución
Apostólica Spirituali Militum Curae, no sólo reguló, sino
impulsó la pastoral castrense, de acuerdo con el expreso deseo del
Concilio Vaticano II? ¿No se enteró de que Benedicto XVI, por su parte,
ratificó esta preocupación pastoral de la Iglesia cuando en su mensaje
de la Jornada Mundial de la Paz, del año 2006, hizo expreso su “aliento
tanto a los Ordinarios como a los capellanes castrenses para que sigan
siendo, en todo ámbito y situación, fieles evangelizadores de la verdad
de la paz”? Pero, ¿todo es fruto de un olvido o es que, sencillamente,
la “iglesia” de la que habla Capitanio no es ni la de Juan Pablo
II ni la de Benedicto XVI? Porque está bien claro que en la Iglesia
de Cristo, militares, gendarmes y policías siguen siendo hijos de Dios.
En la “iglesia” de Capitanio, al parecer no. Digámoslo claramente:
la de Capitanio no es la Una, Sancta,
Catholica et Apostolica
Ecclesia
que confesamos en el Credo sino esa falsa iglesia, la “iglesia clandestina”
que denunció y combatió Carlos Sacheri, Mártir.

Los
católicos tenemos pleno derecho de preguntar ¿a qué o a quién representó
Capitanio en el “tribunal”? Y de dirigir esta pregunta a nuestros
Pastores pues es a ellos a quienes se les ha conferido el triple ministerio
de enseñar, regir y santificar a los fieles. Esperamos esa palabra
porque el mal avanza y el escándalo cunde poniendo en peligro las almas.

Al
final de su pomposo alegato, que arrancó unos módicos aplausos de
las “madres”, Capitanio agradeció al “tribunal” por el “servicio”
que este juicio presta a la Iglesia. Dios le perdone tamaña blasfemia.
Dijo, también, que la Iglesia ha de estar siempre del lado de los crucificados,
no de los crucificadores. Y esta es la única verdad en medio de tantas
mentiras e hipocresías. Por eso, oramos por el Padre von Wernich, el
verdadero crucificado. A Capitanio, en cambio, le decimos lo que el
Señor a los judíos que lo crucificaban: “Perdónalos, Padre, porque
no saben lo que hacen”.

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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