Panorama Católico

Al Historiador Español Pío Moa

“En 1936 las izquierdas eran mayoritariamente mesiánicas y totalitarias”

Una entrevista de Pedro Fernández Barbadillo

“En 1936 las izquierdas eran mayoritariamente mesiánicas y totalitarias”

Una entrevista de Pedro Fernández Barbadillo

La pasada semana se presentó el nuevo libro de Pío Moa: 1936, el asalto final a la República. Con este motivo, y su presencia este próximo jueves en la conferencia que ofrecerá el Club Minuto Digital en Madrid, traemos de nuevo a Pío Moa a nuestras páginas en forma de entrevista.

¿Espera que este nuevo libro suyo tenga el éxito popular de otros títulos suyos anteriores y se reciba con el mismo silencio en los medios universitarios?

Espero que sí. En cuanto a la política de silenciamiento y boicot, está en pleno auge. Compare la casi nula repercusión de la presentación del libro en la prensa de papel -salvo La Razón- con el enorme apoyo mediático recibido por el libro de Anthony Beevor, que repite básicamente las tesis de Paul Preston.

¿Se puede sostener que el Frente Popular ganó las elecciones de 1936 de una manera tan clara y limpia como hicieron las derechas en 1933?

Las elecciones del 33 fueron, en rigor, las únicas realmente normales de la república. Las del 36 fueron anómalas, y la presión de la izquierda desde la calle en la misma noche electoral tuvo mucho de golpista.

Niceto Alcalá Zamora fue el principal responsable de la guerra; él allanó el camino a la revolución, y también fue víctima de su propia locura.

Niceto Alcalá Zamora disolvió las Cortes con mayoría de las derechas en 1935 y luego el Frente Popular le destituyó. ¿Fue el presidente de la República uno de los responsables de la guerra?, ¿cómo califica la pasmosa maniobra de las izquierdas de destituir a quien les permitió la victoria?

Alcalá Zamora fue realmente el principal responsable de la guerra, pues la izquierda, tras el fracaso de octubre del 34, no estaba en condiciones de reanudarla. Fue él quien allanó el camino a la revolución, y también fue víctima de su propia locura (Azaña le trata sistemáticamente de orate, y también Alejandro Lerroux y a veces José María Gil-Robles), pues le echaron deshonrosamente los mismos a quienes benefició.

Usted afirma que el Frente Popular pretendía usar el poder para aniquilar a la derecha. La conclusión es que entonces en la República apenas había partidos y políticos democráticos, salvo en sectores de la derecha. ¿Es así?

En realidad no había partidos democráticos en aquel momento. La CEDA, como el sector socialista de Julián Besteiro, no era realmente democrático, pero sí moderado, pacífico y legalista. Con esos mimbres puede funcionar una democracia. Pero las izquierdas eran mayoritariamente mesiánicas y totalitarias. Eso impedía cualquier tipo de convivencia.

¿Cuándo empieza la conspiración contra el Frente Popular?, ¿después de las elecciones o unos meses más tarde?

Comenzó casi de inmediato, pero realmente careció de importancia hasta finales de abril, cuando el general Mola se hace cargo de ella. Hubo conspiraciones militares, más pintorescas que otra cosa, a lo largo de toda la República, después de la llamada quema de conventos, que fue también de bibliotecas y colegios.

En los archivos de Largo Caballero está la constatación de un intento golpista de Azaña, en el verano de 1934. Nadie había reparado en ello hasta ahora.

Los historiadores favorables al Frente Popular presentan el asesinato de José Calvo-Sotelo como una reacción al del teniente Castillo. Santiago Carrillo llega a escribir en una biografía de La Pasionaria que los participantes en el crimen tomaron esa decisión en un "momento de acaloramiento". ¿Son equiparables ambos asesinatos?, ¿había una conspiración?

Si se equiparan los dos asesinatos quiere decir que las fuerzas de seguridad del estado se habían convertido en grupos terroristas. Lo cual no está muy lejos de la verdad. Castillo y otros muchos oficiales de la policía y la Guardia Civil se dedicaban, entre otras cosas, a instruir militarmente a las milicias revolucionarias.

El asesinato de Calvo Sotelo responde a una conspiración, y seguramente Carrillo sabe mucho más de lo que dice, como en el caso de Paracuellos. Calvo Sotelo y Gil Robles habían sido amenazados de muerte en las Cortes, y precisamente, entre otros, por los comunistas. Gil-Robles se salvó aquella noche por no encontrarse en su casa. Yo creo que el inspirador principal del crimen fue Indalecio Prieto. Al menos hay muy fuertes indicios en esa dirección.

¿Cree que su libro y otros, como ‘El colapso de la República, de Stanley Payne, pueden frenar la imposición de la nueva verdad oficial por parte del Gobierno de Rodríguez Zapatero?

Depende: si la gente partidaria de la verdad histórica se mueve y divulga esos libros y los defiende, rompiendo la campaña de silencio, entonces las manipulaciones del Gobierno y sus paniaguados se vendrán abajo. Pero si la gente se limita a lamentarse y no aplica lo que está en su mano hacer, entonces las manipulaciones se impondrán, como ha pasado durante veinte años.

Las elecciones de 1936 fueron anómalas, y la presión de la izquierda desde la calle desde la misma noche electoral tuvo mucho de golpista

Sus adversarios académicos le reprochan la calidad de sus libros, incluso que no acuda a los archivos. ¿Qué fuentes y materiales ha empleado para redactar 1936: el asalto final a la República?

La debilidad de la crítica historiográfica en España es tremenda. Decir que un libro es malo es muy fácil. Demostrarlo, no tanto. Yo he demostrado sistemáticamente la pésima calidad académica de la mayoría de los libros publicados en estos años sobre esta época, cosa que mis "adversarios académicos" no han podido hacer con los míos, y voy a escribir una serie de artículos semanales en La Razón para examinar los que vayan apareciendo. Mi libro último es de divulgación, y se basa en una parte de mi libro anterior El derrumbe de la República, junto con otros más recientes como El Colapso de la República, de Stanley Payne y Los mitos de la represión, de íngel David Martín. La documentación procede de archivos de la izquierda, de la prensa de la época, de los diarios de sesiones de las Cortes y de testimonios o memorias personales.

También hay que decir que no basta consultar los archivos: hay que saber leerlos y relacionar las cosas. Por ejemplo, en los archivos del socialista Largo Caballero está la constatación de un segundo intento golpista de Azaña, en verano del 34. El dato es fundamental para entender la época, pero nadie había reparado en él hasta ahora; ningún biógrafo de Azaña lo citaba. Santos Juliá lo tuvo ante sus narices; no supo o no quiso verlo. La historiografía es un trabajo difícil, no se basa en la simple recopilación de datos, requiere saber valorarlos y relacionarlos entre sí.

Una entrevista de Pedro Fernández Barbadillo Profesor del Instituto de Humanidades íngel Ayala-CEU en la Universidad San Pablo-CEU.

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