Panorama Católico

Al mejor cazador se le escapa la liebre…

El Papa eligió a Mons. Wielgus y lo apoyó. Finalmente debió pedirle la renuncia, ante el escándalo que produjeron los documentos que prueban su afiliación a los servicios secretos polacos bajo el régimen comunista. Es un caso especialmente grave. ¿Quién asesoró al Papa? ¿Quién lo informa cuando designa los obispos?

Escribe el Editor y Responsable

El Papa eligió a Mons. Wielgus y lo apoyó. Finalmente debió pedirle la renuncia, ante el escándalo que produjeron los documentos que prueban su afiliación a los servicios secretos polacos bajo el régimen comunista. Es un caso especialmente grave. ¿Quién asesoró al Papa? ¿Quién lo informa cuando designa los obispos?

Escribe el Editor y Responsable

El refrán es veraz. Al más diestro cazador se le escapa la liebre… alguna vez. El problema es cuando escapan más liebres que las que se caza.

Más allá de los casos de espionaje o infiltración (recordamos en esta edición el de Alighiero Tondi –comunista-, no está de más repasar el del Card. Rampolla del Tíndaro –masón-, casi papa en el cónclave que eligió a San Pío X); más allá de estos casos extremos, el problema son las designaciones que a diario leemos en el Vatican Vis: y de ellas, las que nos conciernen. La política de nominación de obispos es muy deficiente. Lo ha sido por muchos años. Diríamos que los buenos obispos son la excepción de una trágica regla de selección inversa.

Se sabe que la designación de Wielgus fue una salida política para aplacar una tremenda interna en el clero polaco. Por desgracia, el jesuita resultó peor como remedio que el mal que venía a curar. El internismo hace estragos, fagocita la paz y vuelve irónico el uso de la expresión “hermano en el episcopado”.

En estos días la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Argentina está en Roma haciendo algunas gestiones que tienen que ver con las designaciones de obispos, monopolizada por los sectores más liberales del clero (que los diarios curiosamente llaman “moderados”: hay que leer a Volkoff para entender esta melange semántica), Es decir, están haciendo interna, llevando agua para su molino, asegurando su poder. Sabe Dios como les irá, pero en eso están.

¡Cuanto nos sorprende leer en la vida de los santos que muchas veces eran obligados a aceptar la dignidad del episcopado! Nunca se sentían dignos, se prosternaban suplicando que los eximieran de las dignidades eclesiásticas. Conmueve el relato del Cardenal Merry del Val en el que nos cuenta como convenció al Cardenal Sarto de aceptar el Sumo Pontificado. Asumían estos cargos como una cruz. Se crucificaban en vida, por toda su vida.

¡Que lejos parecemos estar de estos santos prelados! ¡Que cortas han de ser las listas de candidatos dignos al episcopado! ¡Qué crisis espantosa vive la Iglesia! ¿Habrá, como parece casi probado, un segundo texto del Tercer Secreto que ni Sodano permitió publicar, ni Ratzinger tuvo la fuerza de revelar, y del que Bertone no quiere oír hablar? ¿Qué dirá ese breve escrito de no más de 20 líneas?

Las pústulas supuran y revientan. ¿Estaremos en vísperas de la convalecencia o entrando en la sepsis generalizada? No lo sabemos. Solo sabemos que algo grave está por pasar. Roguemos a Dios que sea grave y bueno.

Volkoff nos habla también en una novela recientemente editada en castellano sobre el mensaje de Fátima, concerniente a la conversión de Rusia, y la misteriosa muerte del Metropolitano Nikodim en presencia misma de Juan Pablo I, apenas unos días antes de la misteriosa muerte del Sumo Pontífice. Hay allí una esperanza, una profecía extraordinaria que nos promete el triunfo del Corazón Inmaculado de María: “Rusia se convertirá y le será dado al mundo un tiempo de paz”. Aire puro para el alma. Dios no duerme, la Medianera de Todas las Gracias intercede.

Muchos millones de rosarios, penitencia y fidelidad lo harán posible.

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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