Panorama Católico

Algunas reflexiones sobre cuestiones calientes

Ciertas reacciones de algunos de nuestros lectores, que creemos representativas, nos mueven a hacer algunas reflexiones sobre ciertas cuestiones candentes del mundo tradicional y sus vertientes.

Escribe Marcelo González

Ciertas reacciones de algunos de nuestros lectores, que creemos representativas, nos mueven a hacer algunas reflexiones sobre ciertas cuestiones candentes del mundo tradicional y sus vertientes.

Escribe Marcelo González

Ciertas reacciones de algunos de nuestros lectores, que creemos representativas, nos mueven a hacer algunas reflexiones sobre ciertas cuestiones candentes del mundo tradicional y sus vertientes.

Escribe Marcelo González

Cuando se anunció la campaña de 1.000.000 de rosarios ofrecidos a Nuestra Señora para obtener la gracia del retiro de las excomuniones que pesan sobre los obispos de la FSSPX nos llamó la atención cierta lentitud de reacción en algunas instancias jerárquicas de la hermandad sacerdotal. Es indudable que esta causa no ha generado la devoción ni el entusiasmo que la campaña por la liberación de la Misa tradicional.

Debajo de esta renuencia está la idea de que siendo inválidas las excomuniones no corresponde pedir su retiro o declaración de nulidad. Y en esta idea hay errores jurídicos y morales.

Pasemos el caso al orden civil. ¿quién no presenta un recurso de apelación o de queja, o deja de solicitar por los medios a su alcance que se anule una sentencia injusta? Más aún, ¿quién no desea que su nombre sea públicamente reivindicado? Más aún, el nombre de su venerado fundador.

En el caso que nos ocupa, el error jurídico consiste en creer que la solicitud del retiro de las sanciones supone un reconocimiento de validez. Es como si un pedido de declaración de nulidad matrimonial implicara el reconocimiento de la validez del vínculo, lo cual es, a todas luces, absurdo. También resulta curioso que algunos paladines de esta postura maximalista no tengan la misma actitud coherente a la hora de solicitar a Roma recursos de nulidad, o pedido de exención de voto de castidad y obligación del rezo del breviario, cuando después de haber recibido las órdenes mayores han decidido no acceder al  presbiterado. Proceso que comienza por los tribunales diocesanos, titularizados por obispos de los cuales tienen la peor de las opiniones.

Recurrir al juicio canónico de la Iglesia es coherente con la posición de la FSSPX. Es decir, la aceptación de la validez y legitimidad de las autoridades eclesiásticas, comenzando por el Sumo Pontífice y toda la cadena jerárquica. Esta es la convicción sostenida por Mons. Lefebvre y por la FSSPX siempre. Por lo tanto, no se comprende que pueda surgir alguna duda sobre la licitud de formular un pedido como el que habría de haberse hecho.

El error de juicio moral consiste en creer que el recurrir a las autoridades competentes implica ceder en las posiciones doctrinarias. Dar por entendido que esto es un acto de relajación de la doctrina, o de asentimiento a los hechos cuestionables de la iglesia posconciliar.

Mons. Fellay, por mandato del último Capítulo General, estableció sendas campañas de rezo del rosario a fin de que la intercesión de la Ssma. Virgen hiciera posible lo que parecía imposible en la práctica. La primera, que acercó al Soberano Pontífice 2.500.000 coronas ofrecidas por la intención, dio frutos en menos de un año. Ese fruto fue un documento claro en los punto esenciales: la Santa Misa según el ordo modificado por última vez por S.S. Juan XXIII, nunca ha sido abrogada.

Para algunos, parece que la oposición de los obispos y el crecimiento lento del número de los sacerdotes celebrantes (aunque sería bueno informarse mejor en la materia) prueban la inutilidad del Motu Proprio Summorum Pontificum y en definitiva confirma que haber formulado tal pedido ha sido una “peligrosa veleidad”. Estos parecen no valorar la trascendencia de la ratificación pontificia. Más valiosa aún tratándose de un “papa conciliar”.

Supermercado litúrgico

La teoría del supermercado litúrgico avasalla, asimismo, toda distinción sobre las necesidades de una realpolitik pontificia, y sobre las convicciones personales del Papa. Dicha teoría consiste, a saber, en que el Papa Benedicto ha dado su lugar a la Misa tradicional, poniéndola inclusive un escalón debajo del N.O. como parte de una maniobra de integración al panteón litúrgico. En caso de ser así, solo pocos obispos y cardenales han entendido la sutil trampa del Pontífice, puesto que se oponen con todos los medios a su alcance al crecimiento de la Misa Tradicional.

Es fundamental hacer las distinciones del caso: Joseph Ratzinger fue siempre enemigo de la reforma litúrgica a la manera bugniniana.  No pretendemos entrar ahora en el espinoso tema de la “teología del misterio pascual”, sino simplemente ratificar, porque es una verdad a ojos vista, que siempre y cada vez más, que nuestro actual Papa ha vuelto sobre sus pasos en algunos aspectos desde que fue perito del CVII, pero siempre, decimos, ha propugnado la liberación de la Misa tradicional, como acto de justicia y como causa modélica de la “reforma de la reforma”, medida en la que trabaja arduamente desde que asumió el pontificado e inclusive antes…

Quienes pueden apreciar la espantosa decadencia que significó la reforma litúrgica no serán muy optimistas respecto al efecto práctico que tendría dicha reforma, además de que podrían considerarla insuficiente ante la perfección del modelo…

Sin embargo ha de tenerse en cuenta que: la situación de  devastación será muy difícil de remontar, y algunos pasos intermedios parecen inevitables. Pero los gestos del Santo Padre son inobjetables y crecientes en dirección a una liturgia más digna: corrección de la traducción teológicamente errónea de la fórmula de la consagración. Vuelta del altar coram Deo en sus celebraciones personales, lo que significa que propone desde la cátedra romana y desde el templo matriz de la cristiandad un modelo litúrgico que se acerca más y más a la tradición romana. Comunión en la boca, de rodillas. Reposición del crucifijo en el altar. Etc.

Cosas de poca monta, dirán algunos. No lo son. Como no lo fueron a la hora de condenar su abandono. Además, ¿se puede ir más rápido? La realpolitik de Benedicto XVI, experto conocedor de los poderes que limitan el ejercicio de su potestad suprema, además del natural arrastre de 40 años de desmadre litúrgico, al menos debe ser seguidos con cierta atención indulgente. Es probable que todo esto no sea valorado hasta muchos años después de su muerte.

Doble estándar pontificio

Es una de las acusaciones que desde sectores tradicionales se oye con más frecuencia: doble estándar o doble discurso. Una a derecha y una a izquierda. Manejo político, doble estándar doctrinal.

Bien, es necesario señalar que el Santo Padre reinante no es un hombre de formación ni de mentalidad tradicional, como resulta evidente a quien vea las cosas con un mínimo de objetividad y sin falsas actitudes de sumisión.

El papa se formó en la Nouvelle Theologie, fue una de las cabezas del sector progresista del Concilio y además tiene una vinculación afectiva muy fuerte con él. Es decir, no solo lo cree un bien para la Iglesia, sino que además, participando de la moderna teoría de la “tradición viva” lo ve perfectamente acorde al Magisterio de la Iglesia.

Desde las categorías de pensamiento tomistas esto es incomprensible. Desde las escuelas en las que se ha formado buena parte del clero desde fines de los ’40 y sobre todo en los ’50, esto es perfectamente coherente, particularmente porque el concepto de “coherencia” ha sido abandonado por cierto evolucionismo dogmático.

Se trata de una vida de pensamiento basada en estos conceptos, algo casi imposible de revertir. Así pues, en materias no menores, el Santo Padre procede conforme a su estructura de pensamiento.

Recientemente el Papa ha recibido a los neocatecumenales, otorgándoles su bendición, pero con reservas. Son reservas sutiles, pero justamente allí es donde hay que fijar la atención. Dos veces por lo menos hizo un llamado a la obediencia y a la sujeción a las autoridades diocesanas y a aplicar en la formación de sus seminaristas los criterios doctrinales de la Iglesia. Con el antecedente de su llamado a adoptar las formas litúrgicas vigentes, el que no puede leer esto como crítica no es capaz de un análisis sutil.

Se puede conceder que es insuficiente, que la cantidad de elogios prodigados neutraliza estas referencias, que continúa la línea de Juan Pablo II: llamar la atención, pero no hacer nada para aplicar correctivos. El argumento se sólido, y quedará confirmado, desmentido o al menos matizado a la luz de los pasos futuros del papa reinante.

Lo que resulta evidente es que esta es una de las grandes debilidades de los papas conciliares: su falta de ejercicio de la autoridad magisterial y de gobierno: su falta de deseo de aplicar la autoridad en aras de la “persuasión”. Su falta de disposición para condenar los errores, para ejercer la autoridad judicial que le es propia y suprema, con la excepción de poquísimos casos y entre los que se cuenta a los tradicionalistas, claro está.

Pero en este punto hay que hacer distinciones: Paulo VI tuvo un encono personal contra Mons. Lefebvre, además de una curia dominada por los más encumbrados progresistas y masones. Juan Pablo II, en cambio, trató a su modo de arreglar la situación, siendo, curiosamente el Card. Ratzinger uno de los obstáculos.

El actual pontífice, de quien se dice tiene esto como cargo de conciencia, ha hecho un propósito llevar este tema a una solución. Y de hecho ha despejado el camino con la liberación de la Misa. Probablemente pronto con el retiro de las excomuniones. Pero la “solución” que él y su equipo de asesores proponen no cuajará nunca en un “acuerdo canónico” porque la FSSPX tiene objeciones doctrinales sobre el CVII y lo que ha seguido luego. Porque no cree que pueda actuar libremente en el marco del episcopado actual, y finalmente porque su propia tensión interna no soportaría dicho acuerdo. Contrariamente a lo que muchos le endilgan, los lefebvristas no buscan la comodidad de un nicho propio, sino la puesta sobre el tapete de las cuestiones de fondo.

El obstáculo de las excomuniones

Recientemente, entrevistando a un sacerdote de la FSSPX le preguntaba sobre la validez de algunos sacramentos que dispensan, como por ejemplo el matrimonio. Me respondió: “¿Ud. cree que estaríamos jugando con el alma y la salvación de las personas si no creyéramos absolutamente en la validez de los sacramentos que administramos?”  Podría decirse equivalentemente, la esta convicción sobre la invalidez de las excomuniones está firmemente arraigada. Nadie en la FSSPX cree que los obispos estén válidamente excomulgados, ni los sacerdotes válidamente suspendidos a divinis.

Lo cual ha hecho a algunos asumir la siguiente posición: como no estamos excomulgados, no me importa que Roma sostenga que estamos excomulgados. Pero no es lo mismo. No es lo mismo creerse en conciencia inocente que ser indiferente a la difamación que recae no tanto sobre sí cuanto sobre la doctrina se predica. El ejemplo de la Misa es esclarecedor: una vez que el Papa la confirmó vigente, se acabaron 40 años de disputa en los que la FSSPX tenía la razón. No es lo mismo antes que después. Y el impulso a la Misa radicional es notable.

Y por la naturaleza apostólica de una sociedad religiosa, tampoco puede ser indiferente que estas excomuniones, aún inválidas, sean un obstáculo moral para muchos a la hora de adoptar posiciones doctrinales y de beneficiarse de los sacramentos tradicionales, de la educación de las escuelas tradicionalistas, etc. No es lo mismo, y hay una gran ligereza en quien dice “no me importa”. ¿Que puede importar más al hijo de una institución y de su fundador, padre espiritual suyo, que el buen nombre de ambas? La Fe. Correcto. ¿Pero salvada esta? Particularmente cuando ese nombre es reivindicado por aquellos mismos que lo pusieron en entredicho. Es obvio que el “no me importa” denota una cierta frivolidad y hasta un buena porción de orgullo, bajo capa de firmeza doctrinal.

Es penoso oír frases como “quiero seguir excomulgado” a los ojos de mundo. Cuando la causa que se defiende sumaría una fuerza muy difícil de mensurar al ser reivindicada por un acto de la autoridad legítima y única que puede dirimir el espinoso tema.

Y no solo hay que desear sino también agradecer si el Soberano Pontífice realiza este acto de justicia. A ello obliga
el más elemental sentido de la justicia, el amor filiar al Santo Padre, cuyas posturas ambiguas deben ser causa de dolor y no de regodeo, cuando obra de modo no conforme a la Tradición de la Iglesia, sin que esto implique un juicio puesto que solo la Iglesia puede juzgar a u papa en la persona de otro papa.

Lo nuestro es tan solo comprobar lo hechos y resistirlos si no es posible, en recta conciencia, aceptarlos como actos de la Iglesia, sino de doctor privado, ocasional ministro de la “iglesia de la publicidad”, a la vez que cabeza de la “Iglesia de las Promesas”, misterio de iniquidad que vivimos como raro privilegio, con temblor y esperanza.

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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