Panorama Católico

Algunas zonceras americanas, a propósito del 12 de octubre

El 12 de octubre es un aniversario frecuentemente acompañado de debate. La discusión intelectual, en un ámbito de sincera búsqueda de la verdad histórica, resulta un campo eficaz para el desarrollo de la ciencia. Ya es hora de que el debate permita a la historia cumplir su verdadero papel, que no consiste en juzgar -con riesgo de anacronismo- sino en conocer y mejorar nuestra comprensión del pasado.

Por María Inés Montserrat

El 12 de octubre es un aniversario frecuentemente acompañado de debate. La discusión intelectual, en un ámbito de sincera búsqueda de la verdad histórica, resulta un campo eficaz para el desarrollo de la ciencia. Ya es hora de que el debate permita a la historia cumplir su verdadero papel, que no consiste en juzgar -con riesgo de anacronismo- sino en conocer y mejorar nuestra comprensión del pasado.

Por María Inés Montserrat

 Asi como Arturo Jauretche, con cierta ironía, identificó lo que él denominaba las "zonceras argentinas", es decir, afirmaciones infundadas, que de tanto repetir terminan siendo creídas, podríamos identificar algunas "zonceras" americanas. En el ideario popular, se han forjado ciertos mitos, que toman cuerpo y protagonismo cada aniversario del descubrimiento. Un ejemplo es la ya tan escuchada de imposición cultural y genocidio. ¿Cuánto hay de verdad histórica?

El 12 de octubre es un aniversario frecuentemente acompañado de debate. La discusión intelectual, en un ámbito de sincera búsqueda de la verdad histórica, resulta un campo eficaz para el desarrollo de la ciencia. Ya es hora de que el debate permita a la historia cumplir su verdadero papel, que no consiste en juzgar -con riesgo de anacronismo- sino en conocer y mejorar nuestra comprensión del pasado.

Aún hoy, en algunos ámbitos se debate el lugar que debe ocupar la enseñanza del aymara en las escuelas. Cabe preguntarse si la imposición del castellano a los indígenas se debe a la política cultural aplicada por la dominación española, como tantas personas creen. En 1592, ante la actitud respetuosa de los misioneros hacia las lenguas locales, el Consejo de Indias solicitó a Felipe II que ordenara la imposición del castellano. Sin embargo, fue el mismo monarca quien declaró: "No parece conveniente forzarlos a abandonar su lengua natural; sólo habrá que disponer unos maestros para los que quieran aprender". Mientras tanto, en su afán por comunicarse, los misioneros estudiaron las lenguas nativas, y así dieron gramática y diccionarios a idiomas que, en muchos casos, no tenían hasta entonces forma escrita. Incluso el quechua, lengua del imperio inca, contaba con una cátedra en la Universidad de Lima.

Al afianzarse la sociedad hispano-criolla, en la práctica se impuso el castellano, pero sin excluir las lenguas nativas. El verdadero "imperialismo cultural" se origina en América hispana como fruto de la aplicación de las nuevas ideas ilustradas y sus derivados ideológicos.

Si entendemos por "genocidio" la eliminación sistemática de un grupo social por motivo de raza, de etnia, de religión o de nacionalidad, resulta inapropiado aplicarlo a la corona española. Una simple mirada a la composición racial actual de los Estados Unidos y de los países hispanoamericanos nos demuestra que la colonización española no realizó una eliminación sistemática de los pueblos autóctonos, cuyos rasgos raciales son mayoritarios a lo largo de los Andes. El contraste con la realidad de América del Norte, donde hoy casi no queda rastro de la población aborigen, permiten comprender cuánto más favorable resultó a nuestros pueblos el dominio español que el de otras potencias europeas de entonces.

Si bien es innegable la existencia de los abusos y excesos propios de todo proceso de conquista, no es posible adjudicar una intención de exterminio o una política "contra el indio" a España.

El mejor antídoto para enfrentar los viejos mitos sobre la historia hispanoamericana es la seriedad y cautela que un buen historiador aplica, al no creer con ingenuidad cualquier relato y abordar multiplicidad de fuentes, sin extraer conclusiones, a partir del testimonio de un solo actor. Caben como ejemplos las cifras sobre la cantidad de población aborigen en el momento del descubrimiento y los tan mentados abusos descriptos por fray Bartolomé de las Casas.

En el primer caso, los números son tan variados que invitan al desconcierto, ya que mientras unos autores hablan de trece millones, otros creen encontrar ochenta, y hasta ciento veinte millones.

¿Cuántos aborígenes poblaban estos suelos? Difícil saberlo, cuando en gran parte se trata de poblaciones nómadas que no nos han dejado ninguna fuente escrita. Si los historiadores de la población actualmente luchan por arrancar información estadística a listados y registros de los siglos XVII y XVIII, ¡cuán difícil resulta creer datos tan certeros, arrojados por algunos autores o guías turísticos sobre los antiguos pobladores del Litoral o la pampa argentina!

La explicación es bastante sencilla. Con frecuencia, se adjudica a los encomenderos muertes que los documentos muestran originadas en pestes y enfermedades. Y en todos los casos, es necesaria la mirada experta del historiador, capaz de comprender el estilo propio de los documentos del siglo XVII, en los que la hipérbole abunda y los conquistadores exageran para que sus hazañas cobren mayor brillo.

En el caso de Bartolomé de las Casas -quien ocupa un lugar privilegiado en manuales escolares y cuyos textos son citados como propios de un testigo veraz del abuso español- su afán en defender los derechos de los aborígenes resultó más fuerte que su amor a la verdad. Es así como, en sus escritos, afirma que los españoles en el Río de la Plata "han destruido y despoblado grandes provincias y reinos de aquella tierra". Hoy sonreímos al leer esto, porque sabemos lo que desconocía el pobre Bartolomé, quien nunca pisó suelo bonaerense e ignoraba que sus habitantes nómadas jamás construyeron un reino en estos desolados parajes. Sin embargo, el fraile, bien intencionado, logró convencer al rey, quien legisló a favor de los aborígenes la regulación del sistema de encomiendas.

España construyó un imperio, pero no inventó el imperialismo. Aztecas e incas ya conocían tan cruel sistema. América no era un paraíso, aunque Colón, al llegar, así lo creyera, deslumbrado por la colorida flora y fauna caribeña. La tierra americana ya sabía de dominio, de sacrificios humanos y de peleas por el poder.

La autora es profesora de Historia en la Universidad Austral y miembro del Grupo Historia de la Población de la Academia Nacional de la Historia

Fuente: La Nación

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cabezadetortugamacho@gmail.com

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