Panorama Católico

Algunos rasgos que definen el modernismo religioso

En 2007 se cumplirán 100 años de la Encíclica Pascendi Dominici Gregis de San Pío X. Este Sumo Pontífice ha tenido la inspirada idea de sistematizar, explicar y condenan los errores que bajo este nombre genérico vienen dominando ciertos ámbitos intelectuales eclesiásticos desde mediados del siglo XIX, y tuvieron su eclosión a partir del Concilio Vaticano II.

En 2007 se cumplirán 100 años de la Encíclica Pascendi Dominici Gregis de San Pío X. Este Sumo Pontífice ha tenido la inspirada idea de sistematizar, explicar y condenan los errores que bajo este nombre genérico vienen dominando ciertos ámbitos intelectuales eclesiásticos desde mediados del siglo XIX, y tuvieron su eclosión a partir del Concilio Vaticano II.

La teología y el modernismo.

a) Origen y naturaleza de la fe. Inmanencia y simbolismo.

Aquí ya, Venerables Hermanos, se nos abre la puerta para examinar a los modernistas en la arena teológica. Materia ciertamente escabrosa, pero la reduciremos a pocas palabras. Se trata, pues, de conciliar la fe con la ciencia, y eso de tal suerte que la una se sujete a la otra. En este género el teólogo modernista usa de los mismos principios que, según vimos, usaba el filósofo, y los adapta al creyente… a saber, los principios de la inmanencia y el simbolismo. Simplicísimo es el procedimiento. El filósofo afirma: el principio de la fe es inmanente… el creyente añade: ese principio es Dios… concluye el teólogo: luego Dios es inmanente en el hombre. De donde sale la inmanencia teológica. De la misma suerte es cierto para el filósofo que las representaciones del objeto de la fe son sólo simbólicas… para el creyente lo es igualmente que el objeto de la fe es Dios en sí: el teólogo, por tanto, infiere: las representaciones de la realidad divina son simbólicas. De donde sale el simbolismo teológico. Errores en verdad grandísimos, y cuán perniciosos sean ambos se descubrirá al verse sus consecuencias. Pues comenzando desde luego por el simbolismo, como los símbolos son tales respecto del objeto, a la vez que instrumento respecto del creyente, ha de precaverse éste ante todo, dicen, de adherirse más de lo conveniente a la fórmula en cuanto fórmula, usando de ella únicamente para unirse a la verdad absoluta que la fórmula descubre al mismo tiempo que encubre y se empeña en manifestarla sin jamás lograrlo. A esto añaden además que semejantes fórmulas debe emplearlas el creyente en cuanto le ayuden, pues se le han dado para su comodidad y no como impedimento… eso sí, con el incólume honor que, según la consideración social, se debe a las fórmulas que el magisterio público juzgó idóneas para expresar la conciencia común y en tanto que el mismo magisterio no hubiese declarado otra cosa distinta. Lo que realmente opinan los modernistas sobre la inmanencia difícil es decirlo, pues no todos sienten una misma cosa. Unos la ponen en que Dios, obrando, esté más íntimamente presente al hombre que éste a sí mismo… lo cual nada tiene de reprensible con tal que se entendiera rectamente. Otros en que la acción de Dios sea una con la acción de la naturaleza, como causa primera con la segunda… lo que a la verdad borra el orden sobrenatural. Por último, hay quienes la explican de suerte que den sospechas de significación panteística… lo cual concuerda mejor con lo demás de su doctrina.

La permanencia divina. A este postulado de la inmanencia se junta otro que podemos llamar de permanencia divina: difieren entre sí casi del mismo modo que difiere la experiencia privada de la experiencia transmitida por tradición. Aclarémoslo con un ejemplo sacado de la Iglesia y de los Sacramentos. La Iglesia, dicen, y los Sacramentos no se ha de creer de modo alguno que fueran instituidos por Cristo. Lo prohibe el agnosticismo que en Cristo no reconoce sino a un puro hombre cuya conciencia religiosa se formó, como en los otros hombres, poco a poco… lo prohibe la ley de inmanencia, que rechaza las externas, según dicen, aplicaciones… lo prohibe también la ley de la evolución, que para que los gérmenes se desarrollen pide determinado tiempo y cierta serie de circunstancias consecutivas… lo prohibe, para concluir, la historia, que enseña que tal fue de hecho el curso de la cosa. Con todo, hay que sostener que la Iglesia y los Sacramentos fueron instituidos mediatamente por Cristo. Pero ¿de qué modo? Todas las conciencias cristianas estaban en cierta manera incluidas virtualmente, como la planta en la semilla, en la conciencia de Cristo. Y como los gérmenes viven la vida de la simiente, así hay que decir que todos los cristianos viven la vida de Cristo. Mas la vida de Cristo, según la fe, es divina: luego también la vida de los cristianos. Si pues esta vida, en el transcurso de las edades, dio principio a la Iglesia y a los Sacramentos, con toda razón se dirá que semejante principio proviene de Cristo y es divino. Así cabalmente concluyen que son divinas las Sagradas Escrituras y divinos los dogmas. A esto, poco más o menos, se reduce en realidad la teología de los modernistas: pequeño caudal, sin duda, pero sobreabundante al que mantenga que la ciencia debe ser siempre y en todo obedecida. Cada uno verá por sí fácilmente la aplicación de esta doctrina a lo demás.

b) el dogma.

Hasta aquí hemos tratado del origen y naturaleza de la fe. Pero, siendo muchos los retoños de la fe, principalmente: la Iglesia, el dogma, el culto, los libros que llamamos santos, será bien que inquiramos lo que de ellos enseñan los modernistas. Y comenzando por el dogma, cuál sea su origen y naturaleza, arriba lo indicamos. Brota aquél de cierto impulso o necesidad en cuya virtud el que cree trabaja sobre sus pensamientos para ilustrar más tanto su conciencia como las ajenas. Todo este trabajo consiste en penetrar y perfilar la primitiva fórmula de la mente, no en sí misma, según el desenvolvimiento lógico, sino según las circunstancias o, como ellos dicen con menos propiedad, vitalmente. De donde acaece que en torno a aquélla se formen poco a poco, como ya insinuamos, ciertas otras secundarias: las que, reunidas después en cuerpo y en un edificio doctrinal, así que son sancionadas por el magisterio público, puesto que responden a la conciencia común, se denominan dogma. De esto han de separarse cuidadosamente las especulaciones de los teólogos, que aunque no vivan la vida de los dogmas, no se han de considerar por del todo inútiles ya para conciliar la religión con la ciencia y quitar su oposición, ya para ilustrar extrínsecamente y defender la misma religión, acaso también sean útiles para allanar el camino a algún futuro dogma.

c) El culto.

En lo que mira al culto sagrado, poco habría que decir, a no comprenderse bajo este título los Sacramentos, sobre los cuales defienden los modernistas gravísimos errores. El culto, según enseñan, brota de un doble impulso o necesidad… porque en su sistema, como hemos visto, todo se engendra, a lo que aseguran, en fuerza de impulsos íntimos o necesidades. Una de ellas es para dar a la religión algo de sensible, la otra a fin de extenderla… lo que no puede en ningún modo hacerse sin cierta forma sensible y actos santificantes que se dicen Sacramentos. Éstos, para los modernistas, son puros símbolos o signos, aunque no destituidos de fuerza, y para explicar dicha fuerza se valen del ejemplo de ciertas palabras que vulgarmente se dice haber hecho fortuna, por tener la virtud de propagar ciertas nociones poderosas y que hieren grandemente los ánimos. Pues como esas palabras se ordenan a tales nociones, así los Sacramentos se ordenan al sentimiento religioso: nada más. Hablarían con mayor claridad si afirmasen que los Sacramentos se instituyeron únicamente para nutrir la fe. Pero esto lo condenó el Concilio Tridentino: Si alguno dijere que estos Sacramentos fueron instituidos para alimentar sola la fe, sea excomulgado.(12)

d) los Libros Sagrados.

Ya también hemos tocado algo sobre la naturaleza y origen de los Libros Sagrados. Conforme al pensar de los modernistas, podría uno definirlos rectamente por una colección de experiencias, no de las que a cada paso ocurren a cualquiera, sino de las extraordinarias e insignes que suceden en toda religión. Eso cabalmente enseñan los modernistas sobre nuestros libros, así del Antiguo como del Nuevo Testamento. En sus opiniones, sin embargo, advierten astutamente que aunque la experiencia pertenezca al tiempo presente, no obsta para que tome la materia de lo pasado y aun de lo futuro, en cuanto el creyente, o por el recuerdo hace que lo pasado viva a manera de lo presente, o por anticipación hace lo propio con lo futuro. Lo que explica cómo pueden computarse entre los Libros Sagrados los históricos y apocalípticos. Así, pues, en esos libros Dios habla en verdad por medio del creyente… mas, según quiere la teología de los modernistas, sólo por la inmanencia y permanencia vital. Se preguntará: ¿qué dicen entonces de la inspiración? Ésta, contestan, no se distingue sino es acaso por la vehemencia del impulso que siente el creyente de manifestar su fe de palabra o por escrito. Una cosa parecida tenemos en la inspiración poética… por lo que dijo uno: Dios está en nosotros… agitándose él, nos calentamos. De este modo debe decirse que Dios es origen de la inspiración de los Sagrados Libros. Añaden además los modernistas que nada absolutamente hay en dichos libros que carezca de semejante inspiración. En cuya afirmación podría uno creerlos más ortodoxos que a otros modernos que restringen algo la inspiración, como, por ejemplo, cuando introducen las citaciones que se llaman tácitas. Pero no hay sino disimulo de su parte y engaño de palabras. Pues si juzgamos la Biblia según el agnosticismo, a saber, como una obra humana compuesta por los hombres para los hombres, aunque se dé derecho al teólogo de llamarla divina por inmanencia, ¿cómo, en fin, podrá restringirse la inspiración? Aseguran, sí, los modernistas la inspiración universal de los Libros Sagrados, pero en el sentido católico no admiten ninguna.

e) La Iglesia

Su origen en la conciencia colectiva y su autoridad. Más abundante materia de hablar ofrece lo que la escuela modernista fantasea acerca de la Iglesia. Ante todo, suponen que se originó de dos necesidades: una, que existe en cualquier creyente, y principalmente en aquel que logró la primitiva y alguna singular experiencia: para comunicar a otros su fe… otra, después que la fe ya se engendró en muchos, está en la colectividad, y tiende a reunirse en sociedad y a conservar, aumentar y propagar el bien común. ¿Qué viene a ser, pues, la Iglesia? Fruto de la conciencia colectiva o de la unión de las conciencias particulares, las cuales, en virtud de la permanencia vital, dependen de su primer creyente, esto es, de Cristo, si se trata de los católicos. Ahora, cualquier sociedad necesita de una autoridad rectora que tenga por oficio encaminar a todos los socios a un fin común y conservar prudentemente los elementos de cohesión, que en una sociedad religiosa consisten en la doctrina y culto. De aquí se deriva en la Iglesia católica una triple autoridad, disciplinar, dogmática, cultual. La naturaleza de esta autoridad se ha de colegir de su origen, y de la naturaleza los derechos y obligaciones. En las pasadas edades fue error vulgar que la autoridad venía de fuera a la Iglesia, esto es, inmediatamente de Dios y por eso con razón se consideraba como autocrítica. Pero tal creencia ahora ha envejecido. A la manera que se dice que la Iglesia nace de la colectividad de las conciencias, así igualmente la autoridad procede vitalmente de la misma Iglesia. La autoridad, pues, lo mismo que la Iglesia, brota de la conciencia religiosa, a la que, por lo tanto, está sujeta, y si desprecia esa sujeción obra tiránicamente. Vivimos ahora en una época, en que el concepto de la libertad ha alcanzado su mayor altura. En el estado civil la conciencia pública introdujo el régimen popular. Pero una, como la vida, es la conciencia en el hombre. Pues si no se quiere excitar y fomentar la guerra intestina en las conciencias humanas, tiene la autoridad eclesiástica el deber de usar las formas democráticas, tanto más que si no las usa le amenaza la destrucción. Loco, a la verdad, sería quien pensara que en el concepto de la libertad que hoy florece, pudiera hacerse alguna vez cierto retroceso. Estrechado y acorralado por la violencia, se extenderá con más fuerza, deshechas Iglesia y religión juntamente. Así discurren los modernistas, quienes se entregan, por lo tanto, de lleno a buscar los medios para conciliar la autoridad de la Iglesia con la libertad de los creyentes.

Las relaciones de la Iglesia con la sociedad civil. Pero no sólo dentro del recinto doméstico tiene la Iglesia gentes con quienes conviene componerse amigablemente, mas también la tiene fuera. No es ella la única que habita en el mundo… hay asimismo otras sociedades a las que no puede negar el trato y comunicación. Cuáles, pues, sean sus derechos, cuáles sus deberes en orden a las sociedades civiles, es preciso determinar, y eso con arreglo a la naturaleza de la Iglesia, según los modernistas nos la han descrito. En lo cual se rigen por las mismas reglas de la ciencia y de la fe que antes mencionamos. Allí se hablaba de objetos, aquí de fines. Y así como por razón del objeto, según vimos, son la fe y la ciencia extrañas entre sí, de idéntica suerte lo son el Estado y la Iglesia por sus fines, siendo temporal el de aquél, espiritual el de ésta. Fue ciertamente lícito en otra época subordinar lo temporal a lo espiritual, y tratar de las cuestiones mixtas, en las que la Iglesia intervenía cual reina y señora, porque se creía que la Iglesia había sido fundada, sin intermediario, por Dios, como autor del orden sobrenatural. Pero todo esto ha sido ya desechado por filósofos e historiadores. Luego el Estado se ha de separar de la Iglesia, como el católico del ciudadano. Por lo cual el católico, por ser también ciudadano, tiene el derecho y la obligación, sin cuidarse de la autoridad de la Iglesia, pospuestos los deseos, consejos y preceptos de ésta, y aun despreciadas las reprensiones, de hacer lo que juzgue más conveniente a la utilidad de la patria. Señalar bajo cualquier pretexto al ciudadano el modo de obrar, es un abuso del poder eclesiástico que con todo esfuerzo debe rechazarse. Las teorías de donde estos errores manan, Venerables Hermanos, son ciertamente las que solemnemente condenó Nuestro Predecesor Pío VI en su Constitución apostólica: Auctorem fidei. (13)

La Iglesia sujeta al Estado. Mas no se satisface la escuela de los modernistas con que el Estado deba separarse de la Iglesia. Como la fe en lo que mira a sus elementos que dicen fenoménicos conviene que se subordine a la ciencia, así en los negocios temporales la Iglesia conviene que se someta al Estado. Tal vez no lo digan aún abiertamente, pero por la fuerza del raciocinio se ven obligados a admitirlo. Concedido, pues, que en las cosas temporales sólo el Estado pueda poner mano, si acaece que algún creyente, no contento con los actos interiores de religión, ejecuta otros exteriores, como la administración y recepción de Sacramentos, éstos caerán necesariamente bajo el dominio del Estado. Entonces ¿qué será de la autoridad eclesiástica? Como ésta no se ejercita sino por actos externos, pertenecerá plenamente al Estado. Estrechados muchos protestantes liberales por esta conclusión, quitan de en medio todo culto externo sagrado, y aun también toda sociedad externa religiosa, y se esfuerzan en introducir la religión que llaman individual. Y si hasta ese punto no llegan claramente los modernistas, piden entretanto, por lo menos, que la Iglesia de su voluntad se dirija adonde ellos la empujan y se ajuste a las formas civiles. Esto por lo que atañe a la autoridad disciplinar. Porque muchísimo peor y más pernicioso es lo que opinan sobre la doctrina y dogmática.

El Magisterio de la Iglesia, según los modernistas. Así discurren sobre el magisterio de la Iglesia. La sociedad religiosa no puede verdaderamente ser una, a no ser una la conciencia de los socios y una la fórmula de que se valgan. Ambas unidades exigen como cierto sentir común al que incumba el encontrar y determinar la fórmula que mejor diga a la conciencia común, y a aquel sentir debe competir toda la necesaria autoridad para imponer a la comunidad la fórmula que estableciere. Y en esa unión y como fusión tanto de la mente que elige la fórmula cuanto de la potestad que la prescribe, colocan los modernistas el concepto del magisterio eclesiástico. Como, en resumidas cuentas, el magisterio nazca de las conciencias individuales, y, para bien de las mismas conciencias, se le haya impuesto el cargo público, síguese forzosamente que depende de las mismas conciencias y que, por lo tanto, debe inclinarse a las formas populares. Es, por tanto, no uso, sino abuso de la potestad que se concedió para utilidad el prohibir a las conciencias individuales manifestar clara y abiertamente los impulsos que sienten y el cerrar el camino a la crítica para que lleve los dogmas a necesarios desenvolvimientos. De igual manera en el uso mismo de la potestad se ha de guardar moderación y templanza.

La prohibición de libros

Autoridad eclesiástica y libertad. Notar y proscribir un libro cualquiera sin noticia del autor, sin admitir ni explicación ni discusión alguna, es en verdad algo así como tiranía. Por lo cual se ha de buscar aquí un camino intermedio que deje a salvo los derechos todos de la autoridad y de la libertad. Mientras tanto el católico debe conducirse de modo que en público se muestre obedientísimo a la autoridad, sin que por eso cese de seguir las inspiraciones de su ingenio. En general, así acerca de la Iglesia prescriben: como el fin único de la potestad eclesiástica es espiritual, se ha de desterrar todo aparato externo con que a los ojos de los espectadores aparece con demasiada magnificencia. En lo que seguramente no se fijan, que si la religión pertenece a las almas, no se restringe, sin embargo, a solas las almas, y que el honor tributado a la potestad redunda en Cristo su fundador.

(12) Sess. VII, De sacramentis in genere, can. 5.

(13) Prop. 2. La proposición que dice que la potestad dada por Dios a la Iglesia para comunicarla a los Pastores, que son sus ministros en orden a la salvación de las almas: entendida de modo que de la comunidad de los fieles se deriva en los Pastores el poder del ministerio y régimen eclesiástico, es herética. Prop. 3. Además, la que afirma que el Pontífice Romano es cabeza ministerial, explicada de suerte que el Romano Pontífice, no de Cristo en la persona de San Pedro, sino de la Iglesia reciba la potestad de ministerio que, como sucesor de Pedro, verdadero Vicario de Cristo y cabeza de toda la Iglesia, posee en la universal Iglesia, es herética.

Además…

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Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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