Panorama Católico

Andad como prudentes, no como necios… XX domingo de P. Pentecostés

 La prudencia meramente humana, que es buscar los medios mejores y honestos para conseguir un fin natural, pero sin la consideración del fin de los fines: la salvación del alma. Por ejemplo, un empresario que busca un importante volumen de negocios, o un jefe de familia que establece un ambiente simpático en casa, pero ninguno de ellos se preocupa por el bien último de su alma y de las de los demás. Estas personas olvidan la advertencia de Nuestro Señor: “¿de qué sirve al hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma?”.

 La prudencia meramente humana, que es buscar los medios mejores y honestos para conseguir un fin natural, pero sin la consideración del fin de los fines: la salvación del alma. Por ejemplo, un empresario que busca un importante volumen de negocios, o un jefe de familia que establece un ambiente simpático en casa, pero ninguno de ellos se preocupa por el bien último de su alma y de las de los demás. Estas personas olvidan la advertencia de Nuestro Señor: “¿de qué sirve al hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma?”.

 La prudencia meramente humana, que es buscar los medios mejores y honestos para conseguir un fin natural, pero sin la consideración del fin de los fines: la salvación del alma. Por ejemplo, un empresario que busca un importante volumen de negocios, o un jefe de familia que establece un ambiente simpático en casa, pero ninguno de ellos se preocupa por el bien último de su alma y de las de los demás. Estas personas olvidan la advertencia de Nuestro Señor: “¿de qué sirve al hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma?”.

En Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén
Queridos fieles,

La primera frase de la epístola de este Domingo me ofrece un buen tema de sermón. Dice san Pablo a los Efesios y a nosotros: “Hermanos, procurad andar, no como necios, sino como prudentes (…) los tempos son malos, por tanto no seáis imprudentes, sino entended cuál sea la voluntad de Dios”.

Seamos, particularmente hoy en día, prudentes.

La prudencia es la primera de las virtudes cardinales; se define como siendo la virtud que ordena todas las acciones al debido fin y, para ello, busca los medios convenientes de modo que la obra salga bien hecha y, por tanto, agradable al Señor.

En varias situaciones y ocasiones concretas de la vida, la prudencia nos es absolutamente necesaria, queridos hermanos, para no seguir caminos equivocados: en la educación de sus hijos, la elección de su escuela, la elección también, para los jóvenes, de un estado de vida, de un oficio, y el tema del noviazgo; la vida de familia, el horario, el uso de las vacaciones, diversiones, internet, el trato con los demás, etc. etc. Son tantas oportunidades serias para ser prudentes.

Hay dos falsas prudencias:

  1. La prudencia de la carne, que consiste en el cálculo para pecar y para alcanzar un fin malo.
  2. La prudencia meramente humana, que es buscar los medios mejores y honestos para conseguir un fin natural, pero sin la consideración del fin de los fines: la salvación del alma. Por ejemplo, un empresario que busca un importante volumen de negocios, o un jefe de familia que establece un ambiente simpático en casa, pero ninguno de ellos se preocupa por el bien último de su alma y de las de los demás. Estas personas olvidan la advertencia de Nuestro Señor: “¿de qué sirve al hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma?”.
  3. La verdadera prudencia, como dice San Pablo, considera la voluntad divina y el fin de nuestra existencia: ir al Cielo.

Para “andar con prudencia” tres cosas son absolutamente necesarias:

  1. En primer lugar, PENSAR según principios seguros, la propia experiencia y también la de personas sensatas. Saber pedir consejo (cosa que hacen rara vez los jóvenes). Y pedir consejo a la Sabiduría infinita, a Dios, por la oración
  2. En segundo lugar: DECIDIR, elegir la solución correcta. No quedarse en la teoría y hacer cualquier cosa. Alejar toda especie de mala influencia: la de las pasiones, la ignorancia, las impresiones, el sentimiento, el miedo del qué dirán, las ideas a la moda, etc. Se trata de decidir con toda objetividad, según lo que ES y lo que es BUENO. Mucha gente sabe, por ejemplo, que la Misa tradicional es excelente sin discusión y la nueva peligrosa, dudosa, pero no asisten a ella porque se dice que los sacerdotes de la Tradición son cismáticos; se dejan influenciar por los periodistas y no buscan la verdad sino una solución fácil.
  3. Por fin, en tercer lugar, hay que REALIZAR, hacer con determinación lo que hemos decidido. Sin eso, no somos prudentes. No basta considerar que tal escuela es buena y decidir inscribir sus niños y tal otra es mala y hay que sacar a los niños. HAY QUE HACERLO DE HECHO. No basta considerar que su vida espiritual es floja y decidir hacer un retiro, hay que ir a ese retiro. No es prudente concluir que tal relación es peligrosa o que hay que parar tal noviazgo (el verdadero noviazgo es para casarse, no para pecar), si las cosas siguen igual. Y las consecuencias malas, si no desastrosas, sobrevendrán

En verdad, en todo pecado hay una falta de prudencia, un desprecio a Dios y a la propia alma, lo que es una actitud sumamente imprudente.

Si no queremos andar en la ilusión, es muy prudente rezar, especialmente el santo Rosario. Hay que pensar en la Eternidad: “Si muriera mañana, ¿tomaría esta decisión?”. Este pensamiento ya ha salvado a muchos, igual que lo que aconsejaría a tal amigo sobre tal asunto.

No sigamos ciegamente las pasiones, el respeto humano y el orgullo, como hace este mundo loco.

Que la luz de la razón y de la fe inspiren siempre nuestras decisiones y nuestras acciones, bajo la protección de la Virgen prudentísima.

Ave María Purísima
En Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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