Panorama Católico

Ante probables confusiones: apuntes sobre el mensaje de Cuaresma del Cardenal Primado

El autor de estas líneas, Dr. Juan Olmedo Alba Posse, resume en los siguientes apuntes las posibles confusiones a las que puede mover el mensaje de Cuaresma del Cardenal Primado de la Argentina y Arzobispo de Buenos Aires, Mons. Jorge Bergoglio. Aquí las notas, al pie el mensaje al cual hacen alusión:

El autor de estas líneas, Dr. Juan Olmedo Alba Posse, resume en los siguientes apuntes las posibles confusiones a las que puede mover el mensaje de Cuaresma del Cardenal Primado de la Argentina y Arzobispo de Buenos Aires, Mons. Jorge Bergoglio. Aquí las notas, al pie el mensaje al cual hacen alusión:

I.- Dilema Hay ocasiones –y esta resultaría una de ellas- en que escuchadas las palabras del pastor, el feligrés se encuentra ante el dilema de reflexionar callando o ponerse a buscar la aclaración de algunos aspectos obscurecidos por matices o silencios. Más todavía cuando sólo aparecen interpretaciones, para peor confusas, difundidas desde una tribuna influyente.

El cardenal arzobispo de Buenos Aires ha dirigido su mensaje cuaresmal remontándose a la historia de Jonás. Aquel profeta bíblico cuya presencia en Nínive obtuvo el arrepentimiento y la salvación de esa gran urbe. En su carta, el prelado subraya primordialmente que “necesitamos responder con mayor fidelidad evangelizadora al desafío que esta ciudad de Buenos Aires y su gente nos presenta”. Recuerda además que “nuestra identidad y valoración se sienten amenazadas, (y) no ejercemos como antes el liderazgo moral”.

Las palabras del pastor se extienden mucho más por cierto, prestándose a variadas reflexiones. Pero principalmente su advertencia de graves amenazas contra nuestra identidad y valoración, evoca directamente los grandes extravíos perpetrados en la ciudad de Buenos Aires, parejos con su triste abandono espiritual. Desfilan por la memoria, desde el escándalo impune del obelisco asquerosamente revestido por las autoridades, hasta la perversión de los niños con la educación sexual motorizada por SIGLA (Sociedad de Integración Gay Lesbiana Argentina); pasando por las afrentas homosexuales a la Catedral porteña y la exposición blasfema de la Recoleta. Y tantas otras miserias más. Tan graves como la persecución calumniosa al Obispo que citara el Evangelio ante un escándalo público de enormes proporciones y la prisión alevosa de un sacerdote por cumplir su difícil ministerio. O el caso del boliche rockero trágicamente incendiado, que suscitó un santuario antes que el arrepentimiento social por la proliferación de semejantes antros.

Su Eminencia en fin, consigna una grave situación eclesiástica al recordar actitudes quejosas por los problemas: “faltan laicos comprometidos, la gente no entiende –el obispo tampoco-, la gente viene a usarnos –el obispo también- no se puede todo, nadie se da cuenta de lo que pasa, nadie se preocupa…” Comenta luego que se esperaba y buscaba en el estado de asamblea un tiempo para decidir y planificar. Pero “el Señor nos pateó el tablero” y nos fue llevando con su Espíritu a posar nuestra mirada sobre la gente: para no ver lo que queremos ver, sino aquello que es. Así reconocimos experiencialmente las heridas y las fragilidades de nuestro pueblo que también son las nuestras.

De tal manera, si bien el Mensaje no se ha referido explícitamente a la conversión de la ciudad, va de suyo que “el desafío de la gran urbe herida” -referido por el dignatario- está reclamando una respuesta “con fidelidad evangelizadora”. Vale decir una vehemente instancia a la conversión y la penitencia.

Por supuesto que nadie podría deducir esta sola interpretación del texto, por más que ella se ajusta exactamente al ejemplo de Jonás y recoge todo el sentido de la evocación del señor Arzobispo. Porque no cabe duda que lo más grave y perentorio del episodio bíblico fue el mandato del Señor: “Levántate y ve a Nínive, la gran ciudad, y proclama en ella que su maldad ha llegado hasta mí”.

II.- Conclusión periodística Estas consideraciones enfocadas hacia el aspecto histórico desde el entendimiento de un feligrés, recogen aspectos esenciales del mensaje. Y en buena medida responden sin ningún ánimo polémico, a relevantes sugestiones del diario “La Nación” (26.2.97). En cuya Sección “Actualidad religiosa” y bajo el llamativo título “Bergoglio habló no sólo de Jonás”, un conocido periodista -a menudo intérprete de la voz eclesial- saca una conclusión propia, afirmando que lo dicho por el cardenal significa un vibrante llamado a la “creatividad”. A la vez infiriendo un imperativo pastoral: el de ser gestores de “diálogo”.

Justamente ninguno de los términos -creatividad y diálogo- aparecen en el texto conocido. Y aunque de por sí no les caben reparos, resulta innegable que para algunos sectores, la “creatividad” suele representar actitudes opuestas a las tradiciones actualmente en jaque. Tal el caso de las innovaciones litúrgicas asombrosas, en pugna con lo prescripto desde Roma (acudiendo al respecto el recuerdo de la paradigmática “Teodanza”, ya ensayada en un templo cercano a la catedral metropolitana).

Así también preocupa la promoción del “diálogo” –inferida por el periodista- sobre todo por la triste experiencia de la “Mesa del Diálogo”, que hasta acompañó la declinación institucional del país y mantuvo su mutismo ante la abolición de la enseñanza religiosa en Catamarca o frente a los atropellos de la persecución religiosa promovida desde el decreto 1086/05. Pero más todavía acaso, porque erigido el diálogo en valor absoluto, se presta a justificar en los predispuestos a la claudicación, penosas transacciones con el error, eludiendo la lucha por la Verdad alentada desde el Evangelio.

Todo lo cual –más allá de las intenciones- contribuye a desleír la enseñanza del pastor, y explica por sí mismo la aparición del respetuoso comentario presente. Ya que es muy evidente que suele pesar más lo expresado por un medio de difusión que las propias manifestaciones jerárquicas.

Juan Olmedo Alba Posse, marzo de 2007

Mensaje del cardenal jorge Mario Bergoglio,?arzobispo de Buenos Aires, a los sacerdotes, consagrados, consagradas y fieles laicos de la arquidiócesis?(Buenos Aires 21 de febrero de 2007, Miércoles de Ceniza)

Queridos hermanos:

Comenzamos el camino hacia la Pascua. Nuestro peregrinar se hace más intenso contemplando, desde ahora, el Misterio que nos restauró la Vida, el Misterio de nuestra reconciliación con Dios por medio de Cristo Jesús, que padeció, murió y resucitó por nuestros pecados.

Nos preparamos andando, y todo andar implica una partida, una salida. Como la de Abraham, como la de los profetas, como la de cualquiera de aquellos que un día, allá en Galilea, se pusieron en marcha para seguir a Jesús. La historia del pueblo de Dios y de la Iglesia está marcada desde su origen por la ruptura, la partida y los desplazamientos: Abrahán, Moisés, Elías, Jonás, Ruth, San Pablo, Antonio, el gran padre de los monjes, Domingo y Francisco, Ignacio, Teresa de Jesús y tantos otros. La intuición, respuesta a la gracia de estos grandes, hizo fecundas sus vidas y alimentó con su espíritu el andar de la Iglesia durante muchos siglos.

Esta característica, no simplemente geográfica, tiene mucho de simbólico: es una invitación descubrir en el trance de la itinerancia el movimiento del corazón que, paradójicamente, necesita salir para poder permanecer, cambiar para poder ser fiel. En esta tensión, sin embargo, nuestro corazón no deja de sentir las consecuencias del miedo.

Sin lugar a dudas que los tiempos cambian y las situaciones no se vuelven a repetir, pero los modos de afrontar la vida tienen rasgos muy comunes, y eso puede convertirse, para nosotros, en fuente constante de inspiración y sabiduría para afrontar nuestro momento.

Quisiera pedirles que vivamos intensamente como Iglesia orante, reflexiva, penitente y adoradora este tiempo de Cuaresma para que la gracia de la Pascua se derrame abundantemente sobre todos nosotros y todo el pueblo santo de Dios. Necesitamos responder con mayor fidelidad evangelizadora al desafío que esta ciudad de Buenos Aires y su gente nos presenta. Fidelidad que vamos tratando de descubrir desde lo que se llamó desde hace unos años “Estado de Asamblea”.

En este andar hacia la Pascua pienso ahora en Jonás; es un ícono profético pascual que el mismo Jesús utilizó para anunciar su muerte y su resurrección. Creo que la figura de este profeta escapista, desconforme, quejumbroso pero finalmente fiel puede ayudarnos en nuestro peregrinar cuaresmal-pascual.

Con el profeta descubrimos dos elementos que están presentes en el dinamismo de cada desplazamiento: la ruptura y la vinculación. El libro se abre con un mandato de “salida” dirigido por Dios a su profeta: “Levántate y vete a Nínive, la gran ciudad, y proclama en ella que su maldad ha llegado hasta mí”.

Jonás vivía tranquilo y ordenado, con ideas muy claras sobre el bien y el mal, sobre cómo actúa Dios y qué es lo que quiere en cada momento; sobre quiénes son fieles a la alianza y quiénes no. Tanto orden lo llevó a encuadrar con demasiada rigidez los lugares donde había que profetizar. Jonás tenía la receta y las condiciones para ser un buen profeta y continuar la tradición profética en la línea de “lo que siempre se había hecho”.

De pronto, Dios desbarató su orden irrumpiendo en su vida como un torrente, quitándole todo tipo de seguridades y comodidades para enviarlo a la gran ciudad a proclamar lo que El mismo le dirá. Era una invitación a asomarse más allá del borde de sus límites, ir a la periferia: Nínive, «la gran ciudad», era símbolo de todos los separados, alejados y perdidos. Jonás experimentó que se le confiaba la misión de recordar a toda aquella gente, tan perdida, que los brazos de Dios estaban abiertos y esperando que volvieran para curarlos con su perdón y alimentarlos con su ternura. Pero esto casi no entraba en todo lo que Jonás podía comprender, y se escapó. Dios lo mandaba a Nínive, y él se marchó en dirección contraria, a Tarsis, para el lado de España.

Las huidas nunca son buenas. El apuro nos hace no estar demasiado atentos y todo puede volverse un obstáculo. Embarcado hacia Tarsis se produce una tempestad y los marineros lo tiran al agua porque confiesa que él tiene la culpa. Estando en el agua un pez se lo traga. Jonás, que siempre había sido tan claro, tan cumplidor y ordenado, no había tenido en cuenta que el Dios de la alianza no se retracta de lo que juró, y es machaconamente insistidor cuando se trata del bien de sus hijos. Por eso, cuando a nosotros se nos acaba la paciencia, Él comienza a esperar haciendo resonar muy suavemente su palabra entrañable de Padre.

Y por segunda vez, con la misma frescura de la primera, le fue dirigida la palabra del Señor a Jonás en estos términos: “Vete a Nínive, la gran ciudad, y proclama lo que yo te diga”. Jonás, ahora sí, va a Nínive y allí predica. Cuando Nínive se convierte, Jonás extrañamente, en lugar de alegrarse, presenta su queja a Dios: “¡Ay, Yahvé!… bien sabía yo que tú eres un Dios entrañable y misericordioso, tardo a la cólera y rico en amor, que se arrepiente del mal…” Jonás se resistía dejar atrás todas sus ideas sobre Dios, para poder así revincularse con Él, que lo conduciría más allá de lo que conocía y creía que podía. Jonás no le temía a Nínive, a quien temía era a Dios y a su amor desconcertante y desmesurado.

Jonás era un testarudo. Había cercado su alma con el alambrado de esas certezas y convicciones que, en vez de dar libertad con Dios y abrir horizontes de mayor servicio a los demás, terminan por aprisionar el espíritu y ensordecer el corazón. Su pertinacia lo hacía prisionero de sí mismo, de sus puntos de vista, de sus valoraciones y sus métodos. Le costaba descubrir la voz de Dios. En ese microclima existencial había aislado su conciencia de la marcha del pueblo de Dios. No sabía de la intervención de Dios en medio de su gente, de la capacidad de conducir a su pueblo con su corazón de Padre. Para él ya estaba todo dicho y las cosas eran así y nada más. ¡Cómo endurece el corazón la conciencia aislada! Desconoce la alegría, el gozo del Espíritu Santo que sostiene la esperanza. La presión interior de su aislamiento habitualmente encuentra un camino de salida: la queja. Quien aísla su conciencia es quejumbroso de alma. Parece que, como los chicos de la parábola (Lc. 7,32), nada le viene bien. Santa Teresa advertía de esto a sus monjas: “Ay de la que dice: hiciéronme sinrazón”. Los coleccionistas de injusticias, los insatisfechos constantes, los que no saben de la felicidad de abrir su corazón al Señor que siempre está viniendo (el Erjómenos) suelen ser personas de conciencia aislada.

Ojalá podamos identificarnos con Jonás en mucho de lo que hoy vivimos en la Iglesia, y muy especialmente en nuestra Iglesia arquidiocesana en este desconcertante “Estado de Asamblea”. El encuentro con la realidad particular de nuestra ciudad y sus exigencias, con sano interés, nos interpeló a buscar “cómo ser hoy Iglesia en Buenos Aires”. Pero también, acudiendo a una memoria repetidora, esperábamos y buscábamos en el estado de asamblea un tiempo para decidir y planificar. Sin embargo el Señor nos pateó el tablero y nos fue llevando con su Espíritu a posar nuestra mirada sobre la gente: para no ver lo que queremos ver, sino aquello que es. Así reconocimos experiencialmente las heridas y las fragilidades de nuestro pueblo que también son las nuestras. Porque, en la medida que nos involucramos con la vida de nuestro pueblo fiel y la sentimos en sus heridas más hondas podemos ponernos, a la luz del Evangelio, a pensar y discernir lo que necesita. Un pensar y discernir distinto: no el del que, a modo funcionalista, busca soluciones rápidas y prearmadas, sino el de aquel que desde la rumia en un corazón que busca dejarse iluminar y trasformar por la oración, y desde la confrontación con los otros, permite que sea Dios el que hable y no los viejos conocimientos, las recetas mágicas o las mañas bautizadas.

Por las heridas y fragilidades Dios nos habló pidiéndonos el bálsamo de la gracia que cura, la fuerza del Evangelio que se hace Buena Noticia que anima y presencia fraterna que sostiene. El pueblo fiel de Dios nos pidió la ternura del Padre que sólo podemos acercarle en la medida en que renovamos nuestro fervor apostólico siendo osados testigos del amor de Aquel “que nos amó primero”.

Igual que a Jonás, la realidad hacia la que somos enviados se nos presenta difícil y avasallante. Aparecen nuevas exigencias que nos piden repuestas inéditas. Mientras antes nos podíamos arreglar muy bien solos haciendo las cosas a nuestra manera, la fragmentación que vive nuestra sociedad nos pone frente a la exigencia evangelizadora de una identidad eclesial que brote de una mayor comunión. Este espíritu de comunión fortalecerá nuestra unidad con la armonía del Espíritu Santo y también nos defenderá del vértigo con que somos tentados al ver que se nos tambaleen las seguridades y que incluso el sistema de trabajo pastoral que hemos probado mucho tiempo y sentimos como inamovible puede tener que adquirir una nueva forma.

En nuestro andar eclesial hemos hecho y seguimos haciendo enormes esfuerzos por distintos caminos, hemos sostenido y sostenemos diversas formas de pastoreo, hemos afrontado y seguimos afrontando crisis y sacudones, vimos y vemos cómo muchos de los proyectos a los que dedicamos tiempo y esfuerzo se nos revelan incapaces de sostener nuestros anhelos y buenas expectativas evangelizadoras, a medida que mucha gente se nos queda por el camino.

Sin embargo, una y otra vez volvemos a empezar después de cada tormenta. Pero cuando creemos estar tranquilos en el vientre de la ballena nos sorprende la evidencia de que todo lo realizado no ha sido más que una etapa, y que ahora la ballena nos ha vomitado en la Nínive de un mundo en el que Dios parece estar más ausente que un rato antes y al que nosotros, con las palabras que decimos, no le interesamos y los valores que tratamos de anunciar le resultan sin importancia y pasados de moda. Esta realidad nos llamó, como Iglesia arquidiocesana, a procurar el modo de acoger a todos nuevamente haciendo de nuestras parroquias y geografías pastorales santuarios donde se experimente la presencia de Dios que nos ama, nos une y nos salva.
Nuestra identidad y valoración se sienten amenazadas; no ejercemos como antes el liderazgo moral ni tenemos un lugar social de relevancia; se nos presentan problemas para los que aparentemente no tenemos la respuesta. Somos minoría y nos resistimos a ser uno dentro de tantos. Sigue siempre latente la tentación de huir a una "Tarsis" que puede tener muchos nombres: individualismo, espiritualismo, encerramiento en pequeños mundos, dependencia, instalación, repetición de esquemas ya fijados, dogmatismo, nostalgia, pesimismo, refugio en las normas…

Desde la queja por los problemas que tenemos: (faltan laicos comprometidos, la gente no entiende –el obispo tampoco-, la gente viene a usarnos –el obispo también-, no se puede todo, nadie se da cuenta de lo que pasa, nadie se preocupa) tal vez nos estamos resistiendo a salir de un territorio que nos era conocido y manejable. Sin embargo, las mismas dificultades pueden ser como la tormenta, la ballena, el gusano que secó el ricino de Jonás o el viento y el sol que le quemaron la cabeza; y lo mismo que para él, pueden tener la función de forzarnos a regresar de nuestros evasivos “Tarsis”, para acercarnos a Nínive y, sobre todo, perderle el miedo a ese Dios que es ternura y viene a nosotros para cercarnos con su gracia y llevarnos a una itinerancia constante y renovadora.

Lo mismo que Jonás, podemos escuchar una llamada persistente que vuelve a invitarnos a correr la aventura de Nínive, a aceptar el riesgo de protagonizar una nueva evangelización, fruto del encuentro con Dios que siempre es novedad y que nos empuja a romper, partir y desplazarnos para ir más allá de lo conocido, hacia las periferias y las fronteras, allí donde está la humanidad más herida y donde los hombres, por debajo de la apariencia de la superficialidad y conformismo, siguen buscando la repuesta a la pregunta por el sentido de la vida. En la ayuda para que nuestros hermanos encuentren una respuesta también nosotros encontraremos renovadamente el sentido de toda nuestra acción, el lugar de toda nuestra oración y el valor de toda nuestra entrega.

Tratemos de caminar este año levantando la mirada para ver bien lejos y después encontrar, bien adentro de nosotros, lo que tenemos que ir dejando para que Jesús como maestro evangelice; para llegar a dónde llegó nuestra mirada desde el Espíritu. Desplacémonos sin miedo a toda periferia, a todo borde, unidos en la Iglesia, Asamblea unida y sostenida por el Dios de la Vida. Que este andar sea discernidor de lo que se necesita; y cada paso nuevo, provocador del que tendremos que dar, sin previsibilidades ni recetas mágicas sino con apertura generosa al Espíritu que va conduciendo la historia por los camino de Dios.

Les pido, por favor, que recen por mí. Que Jesús los bendiga y la Virgen Santa los cuide. Afectuosamente

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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