Panorama Católico

Antonio Dragon, S.J.: Vida Intima del Padre Pro

A los 80 años de su martirio nos sorprendió la Providencia leyendo sin motivación en el aniversario, un libro muy particular sobre este tan particular santo sacerdote (técnicamente “beato” hasta hoy).

A los 80 años de su martirio nos sorprendió la Providencia leyendo sin motivación en el aniversario, un libro muy particular sobre este tan particular santo sacerdote (técnicamente “beato” hasta hoy).

Antonio Dragon, S.J.,
Vida Íntima del Padre Pro
Editorial Buena Prensa
México, 2004,
304 pp

Decirle “beato” al Padre Pro lo hubiera puesto de malhumor. Tal vez hubiese respondido: “Más beata será tu abuelita”. Tal vez también hubiese protestado sonoramente contra la tapa del libro y su retrato. Aunque a juzgar por el testimonio fotográfico de su persona, toda su chocarrería no se ve ni se sospecha. Está muy serio, y a toda edad.

Los cierto es que era un bromista incansable y cuando a los 20 años entra en el noviciado de los jesuitas se lleva la gran decepción. Le parece que su amada Compañía de Jesús era un hato de solemnes aburridos. Por lo cual al mes pide salir. Enfrenta a su superior con la franqueza que no lo dejará hasta la tumba y le dice estas o parecidas palabras.


-Padre mío, antes de entrar aquí yo amaba a los jesuitas, ahora los detesto, incluyéndolo a Ud.

Atención: es un novicio jesuita hablándole a su maestro en 1911. El superior lanza una carcajada y le da licencia para tener un régimen más “alegre”. El canto, zapateo y las bromas se conjugan con una profundísima piedad, una gran caridad, un pulcrísimo cumplimiento de todos sus deberes.

El superior –que merece tal nombre- lo prueba en la obediencia. Cierta vez, llegado el provincial al noviciado le pide que haga alguna de sus famosas parodias o imitaciones por las que era célebre ya en la orden. Se avergüenza y se niega. El mismo superior que le permitió expandir su espíritu juguetón, le recrimina: “Parece que no ha aprendido Ud. aun lo que es la obediencia”. Nunca más desobedecerá una orden, pero tendrá el arte de obtener los permisos, tanto para un día de campo, como para una excursión al martirio.

Ya quisiéramos superiores como estos, y novicios como el hermano Pro.

El libro del P. Dragon, escrito en francés, está concebido tal vez con el esquema un tanto predecible de la hagiografía clásica. Su valor más grande es la documentación. El novicio, profeso y luego sacerdote Miguel Pro era un gran escribidor de cartas, diría él, jugando con el lenguaje popular que tan bien conocía y representaba. Y sus cartas lo pintan por lo que dice y por el cómo. Hombre no muy dotado para las ciencias abstractas, poseía sin duda un talento literario más que regular y una increíble simpatía.

Sus estudios fueron a trancas y barrancas por las persecuciones y las enfermedades. Sufría de úlcera estomacal y de otro mal intestinal que, según decía con humor chocarrero, lo obligó a presentar el reverso de la medalla a los cirujanos. Su primer año de sacerdocio fue menguado por casi seis meses de operaciones y convalecencias fallidas de las que salió desahuciado. Volvió a México porque sus superiores querían que muriera en su patria. Tenía 36 años.

Un año y medio, más o menos, ejerció el apostolado en México, en la clandestinidad, prácticamente solo, porque la mayoría de los sacerdotes habían decidido “guardarse” para mejor ocasión.

Llegó a dar hasta 1600 comuniones diarias. Disfrazado, viviendo en distintas casas, recorriendo la ciudad en bicicleta o en un “forcito”, organizó el sustento para casi 100 familias desamparadas por las venganzas políticas y el odio religioso de Plutarco Calles. Predicó retiros, casó, bautizó, convirtió comunistas, anarquistas, dio cientos de extramaunciones… Sostuvo vocaciones vacilantes, organizó un sistema monetario de vales para canjear entre los católicos y hasta colocó más de una treintena de huérfanos entre familias adoptivas.

A pesar de su ingenio sin límites para pasar desapercibido ante las barbas de la policía, finalmente fue detenido y acusado de participación en un ataque dinamitero contra el general Obregón, padrino político y sucesor “electo” de Calles. Junto con sus hermanos Humberto y Roberto se habían escondido, temiendo ser imputados en un hecho del que nadie sabía nada, porque fue decidido por dos dirigentes de la resistencia armada (en la que no participaban los Pro) y luego comunicado a otros dos para tareas auxiliares. Cabe destacar que el intento de tiranicidio era moralmente lícito y no se concretó por medios que pusieran en riesgo la vida de inocentes. Por eso, quizás, fracasó. Pero de esto, los Pro no tuvieron ni noticias hasta consumado el ataque, el 13 de noviembre.

El responsable del intento de tiranicidio, Luis Segura Vilches, se entregó bajo promesa de que liberarían a los hermanos Pro, exculpándolos en su declaración. Sin embargo, él, su complice y los dos hermanos Pro fueron fusilados el 24 de noviembre de 1927 bajo un mismo cargo. Roberto quedó en libertad gracias a los buenos oficios del embajador argentino, que trató de salvar a los tres Pro, presionando al gobierno de Plucarco Elías Calles, quien habría -no se sabe con certeza- prometido liberarlos sin intención de cumplir. De modo que Miguel y Humberto Pro fueron asesinados por odio a la Fe. En tanto que Segura Vilches (de solo 24 años) y su compañero cayeron heroicamente como soldados. Por eso el título de “mártir”, les corresponde a los Pro, en especial al Miguel, que perdonó y bendijo a sus asesinos. De hecho fue beatificado en 1988.

Este santo tan particular, tan poco solemne, salvo en la liturgia que celebraba con piedad ejemplar, casi no puede ser sospechado si uno no lee sus escritos,los relatos de sus andanzas y el talante de su estilo. Estilo que se vuelve sublime al hablar de las cosas de Dios.

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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