Panorama Católico

APOCALYPTO

Después de asistir a la proyección de “Apocalypto” no me quedan dudas de que, en definitiva, Mel Gibson ha privilegiado los aspectos hollywoodenses del producto destinado, antes que nada, a entretener y a fascinar al espectador resaltando el carácter indomable de su protagonista principal (el indio “Casi”), al mejor estilo del Aland Ladd de la década del ´50. Por alguna razón el programa lo cataloga como género de “aventuras”.

Por Ricardo Fraga

Después de asistir a la proyección de “Apocalypto” no me quedan dudas de que, en definitiva, Mel Gibson ha privilegiado los aspectos hollywoodenses del producto destinado, antes que nada, a entretener y a fascinar al espectador resaltando el carácter indomable de su protagonista principal (el indio “Casi”), al mejor estilo del Aland Ladd de la década del ´50. Por alguna razón el programa lo cataloga como género de “aventuras”.

Por Ricardo Fraga

Después de asistir a la proyección de “Apocalypto” no me quedan dudas de que, en definitiva, Mel Gibson ha privilegiado los aspectos hollywoodenses del producto destinado, antes que nada, a entretener y a fascinar al espectador resaltando el carácter indomable de su protagonista principal (el indio “Casi”), al mejor estilo del Aland Ladd de la década del ´50. Por alguna razón el programa lo cataloga como género de “aventuras”.

Tampoco es posible negar el contenido sangriento que presentan prácticamente todas sus escenas, así como la caracterización un tanto maniquea (malos vs. buenos) de las tribus nativas que intervienen en la acción.

Empero, el gran mérito incuestionable del realizador ha sido mostrar, con rigor histórico, en la pantalla grande (y para un tiempo en que domina y sólo prevalece la imagen) la verdadera idiosincrasia y la degradación moral de muchos pueblos americanos precolombinos, “desfaziendo entuertos”, esto es, desmitificando tanta burda mentira indigenista antiespañola ahora en boga.

Así como no es posible sostener una “leyenda rosa” hispanófila, tampoco resulta viable embarcarse en la “leyenda blanca” pro-aborigen sostenida por oscuros intereses económicos trasnacionales y, principalmente, generada por un racionalismo roussoniano y hegeliano eurocéntrico que desconoce (o más bien miente) sobre la auténtica situación de las etnias primitivas y, por lo tanto, tiende a negar (o descaradamente a calumniar) el influjo “benéfico de España en Indias” (Cayetano Bruno).

En este plano la película no ahorra momentos de horror escalofriante al reconstruir los escabrosos sacrificios humanos practicados por mayas y aztecas en idolátrica adoración de sus dioses y que señalan, dado el intenso grado de ejecución (se practicaron con miles de víctimas simultáneas en ocasión de las “guerras floridas”) el nivel de envilecimiento a que, por lo menos sus clases dirigentes (y no es poco) habían llegado.

Súmase a ello tantas otras degeneradas costumbres (que la obra omite), tales como el desollamiento, la antropofagia, la poligamia, la salvática sodomía, la violentísima esclavitud que sufrían los más débiles a manos de los más fuertes (que el film sí documenta) y otras lindezas por el estilo que demuestran hasta el hartazgo que la predicación del Cristianismo no es un acontecimiento superficial del cual puede, sin más, prescindirse ya que la renovación moral que en todos los órdenes, y a nivel global, ha introducido es hija directa de su hondo contenido teológico y éste, a su vez, la consecuencia necesaria e inevitable del dogma lucífero de la Encarnación del Verbo de Dios (Jesucristo Nuestro Divino Redentor).

Las aberraciones en que incurrieron las antiguas poblaciones del suelo americano no fueron, por lo demás, exclusivas de su ingenio perverso sino las pavorosas secuelas del pecado original común a todos los hijos de Adán y Eva. También la antigüedad pagana en Oriente se enlodó en tales abismos de miseria y éstos no hacen más que señalar el imperioso y obligado socorro de la gracia divina para elevar a los hombres, precisamente, a este estado de gratuidad santificante y dignificante que la doctrina católica denomina orden sobrenatural de la justificación por la fe y por las buenas obras.

En “Apocalypto” la salvación a tantos desastrosos males se significa con la llegada de las carabelas misioneras de la Corona de Castilla y así fue con toda verdad histórica, más allá de los siempre invocados excesos que, ni fueron los que se pretenden ni estuvieron jamás en la intención de los Reyes y, por ende, tampoco fueron sistemáticos, antes al contrario, una vez conocidos, fueron reprimidos con energía ante las continuas denuncias de frailes y visitadores.

Sabemos, de hecho, que cierta facilidad con que (por señalar sólo el marco del imperio mejicano) contó Hernán Cortés para su arribo a Tenochitlán se debió al pronto y espontáneo auxilio brindado por las alcavelas indígenas esclavizadas por los aztecas.

También sabemos que la gran empresa civilizadora que la Conquista española emprendió se sintetizó magníficamente no en la salvaguarda de un modelo utópico de vida errática (para burbuja de museo etnográfico) sino en la fusión común de razas aborígenes y europeas cuyo resultado viviente es hoy el mestizaje indiano y su símbolo más delicado y elocuente la cobriza (y, a la vez, tan española y ¡hasta visigótica!) Virgen de Guadalupe. Ella aparece aludida en el film de Gibson invocada como “Madre de la misericordia” (Itxchel) y protectora de los débiles.

En fin, que pese a sus efectos especiales tan intensivos (sin duda, para sus diseñadores, uno de los meritos de la producción) y a su incontenida efusión de sangre (perfectos, con todo, la recreación de los sacrificios solares descritos con un espanto que sobrecoge) la vista que comento sale totalmente fuera de lo común y trillado (y además falso) en materia de realidades prehispánicas y, por ello mismo, merece verse en compañía de la familia cuyos valores el director, una vez más, resalta en su carrera.

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cabezadetortugamacho@gmail.com

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