Panorama Católico

Arde Europa

Los actos de vandalismo que comenzaron en París a principios de año se han transformado en una crisis de violencia de proporciones mayores. Extendidos a varias ciudades de Francia, la mecha ya prende en Bélgica y Alemania.

Escribe Marcelo González

Los actos de vandalismo que comenzaron en París a principios de año se han transformado en una crisis de violencia de proporciones mayores. Extendidos a varias ciudades de Francia, la mecha ya prende en Bélgica y Alemania.

Escribe Marcelo González

No es necesario describir demasiado los hechos, al menos en su aspecto externo. De eso se encargan los medios visuales. Jóvenes y adolescentes de los barrios periféricos de París comenzaron a actuar como bárbaros, quemando millares de vehículos, luego edificios (inclusive una iglesia). Ya han empezado las muertes&hellip…

La metodología es simple, bombas molotov. Los coches arden como antorchas, en segundos. Los fabricantes seguramente no han pensado que al darles tan alta composición de materiales plásticos, sumado al tanque de combustible, más que un medio de transporte estaban creando un instrumento de insurrección urbana.

La prensa políticamente correcta no se atreve a decir las cosas por su nombre, aunque los hechos cantan por sí mismos. Al menos la inmensa mayoría de estos vándalos son de origen árabe, de religión o al menos de idiosincrasia islámica. Prefieren hablar de inmigrantes marginados, víctimas de la pobreza y el desempleo. Inclusive de la discriminación.

Por lo que sabemos, las masas islámicas tienen en Francia y en Europa en general un nivel de vida muy superior al de sus países de origen, aunque sea bastante inferior al de las clases medias europeas occidentales. Los que vivimos en países de inmigración como la Argentina, que ha recibido enormes flujos de Europa en el siglo pasado y actualmente de los países del Mercosur y de Hispanoamérica sabemos que los inmigrantes pobres van a los países donde viven un poco mejor. También que todo inmigrante es de alguna manera por un tiempo un cuerpo extraño al que la sociedad local tarda en asimilar como propio. Normalmente dos o tres generaciones. Y que en general el inmigrante busca asimilarse a la sociedad que lo recibe, apelando inclusive a veces al recurso poco digno,aunque comprensible, de negar sus orígenes.

Las explicaciones sociológicas sobre las causa de estos ataques no suenan demasiado convincentes. Nos parece más realista buscar otro tipo de motivaciones, más razonables, salteándonos lo que por explicar tanto no explica nada, como por ejemplo, el resentimiento social.

Vandalismo y piqueterismo

A riesgo de hacer comparaciones inadecuadas podríamos intentar ver el fenómeno del así llamado “piqueterismo” sudamericano (incluyendo las usurpaciones de los “sin tierra”, los saqueos y motines y el particular estilo piquetero argentino) en paralelo con los ataques de los marginales franceses de origen islámico.

En el primer caso hay una gimnasia revolucionaria implantada sobre situaciones ancestrales de injusticia y pobreza. El recurso humano de estos movimientos tiene un sustrato católico, sobre el que se ha emplazado, a veces en nombre de la Teología de la Liberación supuestamente católica, otras de modelos revolucionarios al estilo cubano, una ilusión o fantasía utópica. Estos movimientos son reivindicativos. Se movilizan, saquean, ocupan, destruyen para lograr un objetivo. En función de unos principios, por precarios que sean, doctrinales. Han puesto su cielo en la tierra. Es necesario volver a poner "su" cielo en el Cielo.

Los incendiarios franceses islámicos no reivindican nada, ni doctrina ni aspiración. En todo caso, su reivindicación implícita es la destrucción de una sociedad a la que odian. Pero, ¿por qué odian a una sociedad que los ha recibido, sacándolos en muchos casos de una miseria abismal, y les ha dado acceso a medios de vida que jamás hubiesen podido ni soñar en sus tierras de origen? No se nos ocurre otra respuesta que la siguiente: la sociedad derechohumanista que los ha amparado les ha quitado el sentido de la vida. Huera, como está hoy la Europa,antes cristiana,de todo sentido de trascendencia, solo atina a ofrecerles algunos “bienes”, por cierto muchos menos que los que gozan los “nativos” europeos. Pero les ha robado –si alguna vez han tenido- toda noción de trascendencia. O les ofrece la riqueza inalcanzable por meta. Por eso la odian. No porque mueran de hambre o no tengan servicios sociales. Lo que no tienen es un cielo al que llegar, ni siquiera el cielo utópico de la tierra redimida por la revolución. Hay que predicarles el cielo.

La apostasía de Europa

La clave de esta rebelión nos parece es la apostasía de Europa. En primer lugar, el abandono de las naciones colonizadas y cristianizadas, al menos parcialmente. Esta apostasía les devolvió la marea humana de la inmigración. Pero una inmigración con ideales de venganza, no de prosperidad. Una inmigración trabajada por la idea de que el Islam es dueño de Europa por derecho de conquista.

Naturalmente no todo inmigrante árabe, islámico tendrá esta consigna en su mente. Pero sí vive en una comunidad que respira este sentido de ghetto, que conspira para desalojar a los intrusos o someterlos. Y resulta que los intrusos son los propios dueños de Europa. Algunos, muy pocos quizás sueñen con la revolución islámica. La mayoría quiere quemar la sociedad “cristiana” que los cobija. Un fenómeno parecido al del judaísmo laico, podríamos decir, sería este “islamismo” laico producido por la Europa apóstata.

¿Por qué Europa es la culpable?

Europa es culpable porque ha renunciado, en particular a partir de la Segunda Guerra Mundial a cumplir con su deber de cristianizar las tierras que ocupó. Lo único que justificaba esta posesión y el aprovechamiento de sus riquezas era el hecho de llevarles a los habitantes de esas naciones, generalmente ramilletes tribales que competían entre sí por odios ancestrales e incomprensibles, la paz, la Fe, y también la prosperidad. La riqueza de la lengua y la cultura europeas, y la inconmensurable riqueza del Evangelio. Al renunciar a esto han sembrado un odio inextinguible que (Argelia es un caso paradigmático) no cesa en Africa y además viene extendiéndose como una llamarada por tierras europeas.

La mentalidad progresista del europeo promedio actual no lo deja reaccionar. No tiene la sensatez de reconocer su culpa real, pero carga con culpas que no tiene. De donde ha perdido todo reflejo de autodefensa. Ante la presión islámica solo sabe ceder. Y los islámicos cada vez lo desprecian más, al punto de que se han propuesto incendiar las ciudades en las que viven desde hace, en algunos casos, dos generaciones, pero a la que siguen considerando tierra de conquista.

Que hacer

En lo inmediato Europa solo tiene un recurso: la fuerza. Detener la oleada islámica, impedir que Turquía entre en la C.E. Devolver a los revoltosos extranjeros, castigar a los que tienen la nacionalidad. Si tienen los derechos ciudadanos tienen también las obligaciones.

En otro orden, esto es lo más difícil, escuchar la voz de la Iglesia. Volver a Dios, volver a sus raíces católicas. Y de ellas retomar el espíritu del cruzado que es tanto ofensivo como defensivo. Defender las tierras de la Cristiandad. Atacar a los enemigos violentos de la Cristiandad haciendo uso del derecho natural de legítima defensa. Y proponer a su juventud un ideario trascendente, un conjunto de principios que no excluyan a ningún hombre de la justicia que le es debida. Por ahora la oferta ha sido el humanismo masón, con los resultados que vemos en las portadas de los diarios. Ha llegado la hora de redescubrir la Verdad de Cristo.

No les queda mucho tiempo. Cabría devolverles la famosa frase de Ortega y Gasset dedicada a los argentinos por las primeras décadas del siglo XX:¡Europeos, a las cosas!

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Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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