Panorama Católico

Aspectos modernistas de la liturgia neocatecumenal: algunas citas.

Una nota mía sobre los neocatecumenales lleva más de setenta comentarios. Estuve atento y veo que muchos de los defensores del camino caen una y otra vez en el mismo argumento inconsistente.

Escribe Agustín Moreno Wester

Una nota mía sobre los neocatecumenales lleva más de setenta comentarios. Estuve atento y veo que muchos de los defensores del camino caen una y otra vez en el mismo argumento inconsistente.

Escribe Agustín Moreno Wester

Vamos a las fuentes: San Pío X, Pascendi

El sentimiento religioso, pues, que brota por vital inmanencia de los senos de la subconciencia, es el germen de toda religión y la razón asimismo de todo lo que en cada una hay y habrá. Rudimental y casi informe en un principio tal sentimiento, poco a poco y bajo el influjo, se robusteció al par del progreso de la vida humana, de que dijimos es una de las formas. Tenemos ya así explicado el origen de toda religión, aun sobrenatural, pues es mero desarrollo del sentimiento religioso. Y nadie piense que la católica quedará exceptuada, sino al nivel de las demás en todo… ya que no de otro modo se formó por proceso de vital inmanencia en la conciencia de Cristo, varón de privilegiadísima naturaleza, cual jamás hubo ni habrá.

¡Ojo, lo anterior es un error! como aclara el papa inmediatamente:

¡Estupor causa oír estas cosas, tan gran atrevimiento en hacer afirmaciones, tamaño sacrilegio! Y sin embargo, Venerables Hermanos, no son los incrédulos solos los que tan atrevidamente hablan así, católicos hay, más aún, muchos entre los sacerdotes, que claramente publican tales cosas y con tales delirios presumen restaurar la Iglesia! No se trata ya del antiguo error que ponía en la naturaleza humana cierto derecho al orden sobrenatural. Mucho más adelante se ha ido: a saber, hasta afirmar que Nuestra santísima Religión en Cristo, lo mismo que en nosotros, es fruto propio y espontáneo de la naturaleza… nada en verdad más propio para destruir todo el orden sobrenatural. Por lo tanto, el CONCILIO VATICANO con perfecto derecho decretó: Si alguno dijere que el hombre no puede ser elevado por Dios a un conocimiento y perfección que superen a la naturaleza, sino que puede y debe alguna vez llegar por sí mismo, mediante un continuo progreso, a la posesión de toda verdad y de todo bien, sea anatema.

 

Fíjense, también, la desvalorización que se hace en los comentarios de la inteligencia y de la doctrina: el “camino” no se puede explicar: hay que vivirlo. Sobre eso decía el santo papa.

No hemos visto hasta aquí, Venerables Hermanos, dar cabida alguna a la inteligencia… cuando, según la doctrina de los modernistas, tiene también su parte en el acto de fe, y así conviene notar de qué modo. Dios se presenta al hombre, dicen, en aquel sentimiento de que repetidas veces hemos hablado… pero como es sentimiento y no conocimiento, se presenta tan confusa e implícitamente que apenas de ningún modo se distingue del sujeto que cree. Es preciso, pues, que el sentimiento se ilumine con alguna luz para que Dios así resalte y se distinga. Esto pertenece a la inteligencia, de la cual es propio pensar y analizar, y que sirve al hombre para traducir, primero en representaciones y después en palabras, los fenómenos vitales que en sí se producen. De aquí la expresión ya vulgar ya entre los modernistas, que el hombre religioso debe pensar su fe. La mente, pues, llegando a aquel sentimiento, hacia él se inclina y elabora en él como un pintor, que ilumina el viejo dibujo de un cuadro para que más vivamente aparezca… porque casi de este modo lo explica uno de los maestros modernistas.

Destaquemos: como es sentimiento y no conocimiento, se presenta tan confusa e implícitamente que apenas de ningún modo se distingue del sujeto que cree. (…) De aquí la expresión ya vulgar ya entre los modernistas, que el hombre religioso debe pensar su fe.

O sea, la fe no es un conocimiento recibido al cual se ha dado asentimiento como de divina revelación, sino un sentimiento iluminado por la inteligencia… De donde no es posible transmitir una doctrina sin antes “vivirla”. Sigue San Pío X.

En este proceso la mente obra de dos modos: primero, con un acto natural y espontáneo traduce las cosas en una aserción simple y vulgar… después con reflexión y ahínco o, como dicen, elaborando el pensamiento, interpreta lo pensado con sentencias secundarias derivadas de aquella otra simple, pero más limitadas y distintas. Estas secundarias sentencias, una vez sancionadas por el magisterio supremo de la Iglesia, formarán el dogma.

Attenti: El dogma va de abajo para arriba: es la síntesis de los sentimientos, expresado por ideas iluminadoras del sentimiento. El dogma ya no es lo que Cristo nos reveló. Lo elabora “cada creyente”. Así pues, la convicción de que el único modo de entender el “camino” es “hacer la experiencia” es bien modernista. La fe se analoga a los sentidos: no hay modo de saber el gusto del vino syrah sin haberlo probado. No bastará el arte poético de los enólogos (que serían los que pretenden conceptualizar la doctrina, sin éxito, según los modernistas).

Fuente: Pascendi, punto 4 (b

Otro aspecto modernista del “camino” es su liturgia supuestamente purista. Se supone que Kiko vuelve a las genuinas fuentes litúrgicas. En virtud de qué especial carisma, él, un laico, tiene esta inspiración tan a contrapelo de la tradición litúrgica, no lo sabemos. Pero así hubiese sido un liturgista eximio, obispo y hasta papa, no tendría potestad sobre lo que nos han revelado los apóstoles y que fue perfeccionado por el tiempo.

Nos recuerda Pío XII en Mediator Dei: La acción litúrgica tiene principio con la misma fundación de la Iglesia. En efecto, los primeros cristianos perseveraban todos en oír las instrucciones de los Apóstoles y en la comunicación de la fracción del pan y en la oración[23]. Dondequiera que los Pastores pueden reunir un núcleo de fieles, erigen un altar, sobre el que ofrecen el Sacrificio; y en torno a él se disponen otros ritos acomodados a la salvación de los hombres y a la glorificación de Dios. Entre estos ritos están, en primer lugar, los Sacramentos, o sean las siete principales fuentes de salvación; después, la celebración de las alabanzas divinas, con las que los fieles, reunidos también, obedecen a las exhortaciones del Apóstol: "Con toda sabiduría enseñándoos y animándoos unos a otros con salmos, con himnos y cánticos espirituales, cantando de corazón, con gracia y edificación las alabanzas a Dios"[24]; después, la lectura de la Ley, de los Profetas; del Evangelio y de las Cartas Apostólicas, y finalmente la homilía, con la cual el Presidente de la asamblea recuerda y comenta últimamente los preceptos del Divino Maestro, los acontecimientos principales de su vida, y amonesta a todos los presentes con oportunas exhortaciones y ejemplos.

Los apóstoles enseñan lo esencial y la Iglesia, bajo inspiración del Espíritu Santo desarrolla de un modo homogéneo las ceremonias.

El culto se organiza y se desarrolla según las circunstancias y las necesidades de los cristianos, se enriquece con nuevos ritos, ceremonias y fórmulas, siempre con la misma intención: o sea, para que estos signos nos estimulemos… conozcamos el progreso por nosotros realizado y nos sintamos impulsados a aumentarlo con mayor vigor, ya que el efecto es más digno si es más ardiente el afecto que lo precede[25]. Así el alma se eleva más y mejor hacia Dios; así el sacerdocio de Jesucristo se mantiene siempre activo en la sucesión de los tiempos, ya que la liturgia no es sino el ejercicio de este sacerdocio.

Ahora, si la liturgia es el ejercicio del sacerdocio, el papel del sacerdote es excluyente y primordial. Puede haber misa sin fieles pero no sin sacerdote. Los fieles asisten para santificarse y participan de un modo espiritual. El sacerdote es alter Christus, es otro Cristo y nadie lo puede reemplazar que no tenga el orden sagrado. Toda la liturgia está dedicada a dar gloria a Dios y santificar a los fieles.

Lo mismo que su Cabeza divina, también la Iglesia asiste continuamente a sus hijos, los ayuda y los exhorta a la santidad, para que, adornados con esta dignidad sobrenatural, puedan un día retornar al Padre que está en los cielos. Ella regenera dando vida celestial a los nacidos a la vida terrenal, los fortifica con el Espíritu Santo para la lucha contra el enemigo implacable; llama a los cristianos en torno a los altares, y con insistentes invitaciones los anima a celebrar y tomar parte en el Sacrificio Eucarístico, y los nutre con el pan de los íngeles, para que estén cada vez más fuertes; purifica y consuela a los que el pecado hirió y manchó; consagra con rito legítimo a los que por divina vocación son llamados al ministerio sacerdotal; da nuevo vigor al casto connubio de los que están destinados a fundar y constituir la familia cristiana, y después de haberlos confortado y restaurado con el Viático Eucarístico y la Sagrada Unción en sus últimas horas de vida terrena, acompaña al sepulcro con suma piedad los despojos de sus hijos, los compone religiosamente, los protege al amparo de la Cruz, para que puedan un día resurgir triunfantes de la muerte: bendice con particular solemnidad a cuantos dedican su vida al servicio divino para lograr la perfección religiosa; y extiende su mano en socorro de las almas que en las llamas del purgatorio imploran oraciones y sufragios, para conducirlas finalmente a la eterna bienaventuranza.

Fruto de la vida sacramental es la santificación de todos, clero y fieles, santidad que se transmite aunque por modos diversos, a la sociedad.

De aquí se deriva el armonioso equilibrio de los miembros del Cuerpo Místico de Jesucristo. Con la enseñanza de la fe católica, con la exhortación a la observancia de los preceptos cristianos, la Iglesia prepara el camino a su acción propiamente sacerdotal y santificadora; nos dispone a una más íntima contemplación de la vida del Divino Redentor, y nos conduce a un conocimiento más profundo de los misterios de la fe, para que de ellos obtengamos el alimento sobrenatural, con el que, fortalecidos, podamos adelantar seguros hacia la perfección de la vida por Cristo. No sólo por obra de sus ministros, sino también por la de todos los fieles, de tal modo impregnados del espíritu de Jesucristo, la Iglesia se esfuerza en empapar de este mismo espíritu la vida y la actividad privada, conyugal, social y, por último, económica y política de los hombres, para que todos aquellos que se llaman hijos de Dios puedan más fácilmente conseguir su fin.

Pero es indispensable que exista una jerarquía.

La Iglesia es una sociedad y exige por esto una autoridad y jerarquía propias. Si bien todos los miembros del Cuerpo místico participan de los mismos bienes y tienden a los mismos fines, no todos gozan del mismo poder ni están capacitados para realizar las mismas acciones. De hecho, el Divino Redentor ha establecido su Reino sobre los fundamentos del Orden sagrado, que es un reflejo de la Jerarquía celestial. (…) Por eso el sacerdocio externo y visible de Jesucristo se transmite a la Iglesia no de modo genérico, universal e indeterminado, sino que es conferido a individuos elegidos con la generación espiritual del Orden, uno de los siete Sacramentos, que no sólo confiere una gracia particular, propia de este estado y de este oficio, sino también un carácter indeleble que configura a los sagrados ministros a Jesucristo Sacerdote, demostrando que son aptos para realizar aquellos legítimos actos de religión, con los que los hombres se santifican y Dios es glorificado según las exigencias de la economía sobrenatural.

La autoridad de la Iglesia, reservada al Papa, es la única que puede decidir en cuestiones litúrgicas con legitimidad:

No es posible dejar al arbitrio de los particulares, aun cuando sean miembros del clero, las cosas santas y venerables que se refieren a la vida religiosa de la comunidad cristiana, al ejercicio del Sacerdocio de Jesucristo y al culto divino, al honor que se debe a la Santísima Trinidad, al Verbo Encarnado, a su augusta Madre y a los otros Santos y a la salvación de los hombres; por el mismo motivo a nadie le está permitido regular en este terreno acciones externas que tienen un íntimo nexo con la disciplina eclesiástica, con el orden, con la unidad y la concordia del Cuerpo Místico, y no pocas veces, con la misma integridad de la Fe católica.

Bajo ningún pretexto, ni tampoco el sugestivo y atrayente “regreso a las fuentes” se puede pasar por alto esta regla de oro.

Ciertamente, la Iglesia es un organismo vivo, y por esto crece y se desarrolla también en aquellas cosas que atañen a la Sagrada Liturgia, adaptándose y conformándose a las circunstancias y a las exigencias que se presentan en el transcurso del tiempo, dejando a salvo, sin embargo, la integridad de su doctrina. No obstante lo cual hay que reprochar severamente la temeraria osadía de aquellos que de propósito introducen nuevas costumbres litúrgicas o hacen revivir ritos ya caídos en desuso y que no concuerdan con las leyes y rúbricas vigentes. No sin gran dolor sabemos que esto sucede en cosas no sólo de poca, sino también de gravísima importancia; no falta, en efecto, quien usa la lengua vulgar en las celebraciones del Sacrificio Eucarístico, quien transfiere a otras fechas fiestas fijadas ya por estimables razones, quien excluye de los libros legítimos de oraciones públicas las Sagradas Escrituras del Antiguo Testamento, reputándolas poco apropiadas y oportunas para nuestros tiempos.

El empleo de la lengua latina, vigente en una gran parte de la Iglesia, es un claro y noble signo de unidad y un eficaz antídoto contra toda corrupción de la pura doctrina. Por otra parte, en muchos ritos el empleo de la lengua vulgar puede ser bastante útil para el pueblo, pero sólo la Sede Apostólica tiene facultades para autorizarlos, y por esto no es lícito hacer nada en este terreno sin su juicio y su aprobación, porque, ya lo hemos dicho, la ordenación de la Sagrada Liturgia es de su exclusiva competencia.

Y para abreviar esta ya larga colección de textos, citemos finalmente lo que hace a la pretendida recuperación de formas “genuinas” supuestamente deformadas por el tiempo:

Es ciertamente cosa santa y digna de toda alabanza recurrir con la mente y con el alma a las fuentes de la Sagrada Liturgia, porque su estudio, remontándose a los orígenes, ayuda no poco a comprender el significado de las fiestas y a indagar con mayor profundidad y exactitud el sentido de las ceremonias; pero, ciertamente, no es tan santo y loable el reducir todas las cosas a las antiguas. Así, para poner un ejemplo, está fuera del recto camino el que quiere devolver al altar su antigua forma de mesa; el que quiere excluir de los ornamentos el color negro; el que quiere eliminar de los templos las imágenes y estatuas sagradas; el que quiere que las imágenes del Redentor crucificado se presenten de manera que su Cuerpo no manifieste los dolores acerbísimos que padeció; finalmente, el que reprueba el canto polifónico, aun cuando esté conforme con las normas emanadas de la Santa Sede.

Creemos que esta citas ayudarán a los lectores a comprender la naturaleza del problema litúrgico que plantean las prácticas neocatecumenales.

Autor

cabezadetortugamacho@gmail.com

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